martes, 7 de abril de 2026

Frente al espejo


      Hace meses que no escribo, lo he ido dejando de un día para otro. Algún día lo he intentado, pero lo he abandonado después de poner unas pocas palabras. Hoy me he sentado frente al espejo del pasillo, el mismo que colgué hace más de treinta años cuando esta casa aún olía a pintura fresca y a promesas. Ahora lo miro con otros ojos. Ya no busco si la camisa está bien planchada ni si la corbata cae recta. Me quedo quieto y observo. El espejo sigue siendo el mismo. No importa si refleja a un joven con prisa por llegar para dar sus clases o a un viejo que se toma su tiempo para atarse los zapatos. Cuando nadie pasa por delante, sigue ahí, colgado en silencio, sin perder su naturaleza. Eso me hizo pensar que quizá la mente funciona de igual manera.

      Durante años creí que yo era todo lo que pasaba por mi cabeza. Las preocupaciones cotidianas, el orgullo por los logros, la humillación por los errores. Cada pensamiento parecía definir quién era. Si las cosas iba mal, yo era un fracaso. Si mis hijos obtenían buenas notas, yo era un buen padre. Pasé mucho tiempo atrapado en esas imágenes.

      Con los años, algo ─mucho─ ha cambiado. Tal vez fue cuando mis hijos se marcharon de casa y el silencio empezó a ocupar las habitaciones. O cuando perdí a amigos que siempre pensé que estarían ahí. La vida empezó a enseñarme que todo pasa, incluso aquello que parecía firme como una roca. Ahora, cuando me siento en la cocina con el café de la mañana, dejo que los pensamientos vengan sin discutir con ellos. Recuerdo errores que cometí, palabras que dije demasiado tarde o demasiado pronto. Recuerdo alegrías sencillas: una tarde de verano, la risa de mis hijos, la mano de mi mujer apoyada sobre la mía. Las imágenes aparecen y se van, como gente cruzando una plaza.

      ¿Algo permanece?

      No soy cada pensamiento que aparece en mi mente, del mismo modo que el espejo no es cada rostro que refleja. Hay en mí una parte más quieta, más sencilla y simple, que no cambia aunque cambien los años, los trabajos o las pérdidas. Una parte que observa sin prisa ni pausa.

      A veces pienso que envejecer es aprender eso: que no hace falta aferrarse a cada recuerdo ni pelear con cada preocupación. Basta con mirar, como mira el espejo, dejando que la vida pase frente a uno.

      Y cuando la casa queda en el triste silencio de la noche, el espejo sigue ahí, sin quejarse, sin pedir nada. Solo siendo lo que es. Quizá, después de todo, eso es lo que intento aprender a ser yo también.