
Hoy llegó Selena con un pequeño paraguas muy plegado y con un gorrito de tela de gabardina. Al recibirla le pregunté:
─¿Va a llover hoy?
Apretó la boca, doblo el cuello unos pocos grados y enseñándome el paraguas dijo:
─Por si acaso.
Rápidamente añadió:
─¿En qué piensas?, te veo cara de “pensón”.
─Pues sí, pensaba en lo siguiente: ¿Cuánto tiempo de nuestros días pasamos dentro de un recuerdo que todavía nos provoca un pellizco en el estómago? Puede ser cualquier cosa, una injusticia en el trabajo, la traición de un amigo, esa discusión familiar de la que nunca volvimos a hablar pero que dejó una distancia fría que aún se siente. La cosa ocurrió hace años, quizá décadas. La persona que te hirió puede que ni recuerde lo que hizo, o que ya no forme parte de tu vida. Y sin embargo, cada mañana la dejas entrar, tomar asiento cómodamente y robarte la tranquilidad de la tarde.
Bebí un sorbo de mi café mañanero y seguí:
─Imagina que hace años alguien encendió un fuego que te quemó la mano. Dolió. Dejó cicatriz y fue profundamente injusto. Pero el fuego, con el tiempo, se apagó del todo. Hoy no queda llama ni calor ni peligro: solo un pedazo de carbón frío y negro tirado en el suelo. Y aun así, cada mañana te agachas, lo recoges con las manos limpias y te lo metes en el bolsillo. Caminar con ese carbón no reaviva el incendio del pasado, pero sí te mancha las manos a diario y te pesa en los bolsillos.
Selena escuchó con atención y luego arqueó una ceja con esa media sonrisa suya de psicóloga que huele la trampa antes de que se cierre.
—Bonita imagen —dijo—. Pero es la típica metáfora que funciona en un póster y se derrumba en cuanto la empujas un poco.
—¿Por qué? —pregunté expectante.
—Porque asume que soltar el carbón es una decisión de voluntad, como quien abre la mano sin más. Y el rencor no vive en la mano, vive en la amígdala. El cerebro guarda esas ofensas antiguas en el mismo cajón que las amenazas reales, con la misma urgencia bioquímica. Decirle a alguien "suelta el carbón" es tan útil como decirle a un insomne "duérmete ya".
Le di la razón a medias, que es como suelo dársela.
—Pero algo hay de cierto en que el fuego original ya no existe, ¿no?
—Ahí está la parte que sí me convence —contestó—. No la moralina del perdón, sino el dato frío: mantienes una reacción de emergencia activa por un incendio que terminó hace veinte años. Eso no es virtud ni vicio, es un desajuste de calendario interno.
—Entonces qué hacemos, ¿aprendemos un yoga peculiar para evitar el rencor?
—No, seamos serios un momento —dijo, sin ironía por una vez—. Lo único que funciona no es "soltar" de golpe, sino dejar de alimentar el relato cada mañana. Cada vez que repasas la escena con el mismo guion, refuerzas la misma conexión neuronal, como quien repasa un camino en la nieve hasta convertirlo en el único posible. La brasa no se apaga por decreto: se apaga por falta de uso.
—O sea que el carbón no lo sueltas. Dejas de ir a buscarlo cada mañana.
—Exacto.
Me quedé pensando que la sabiduría popular acierta en el diagnóstico y falla en la receta. El fuego, en efecto, se apagó hace tiempo. Lo que no se apaga tan fácilmente es la costumbre de ir a comprobar cada mañana que los restos siguen ahí, fríos y negros, esperando pacientemente a que decidamos, una vez más, guardárnoslos en el bolsillo.

















