
Hay días en que no pasa nada. Absolutamente nada. Y eso, que debería ser una bendición, nos parece una catástrofe. Hemos convertido el aburrimiento en una enfermedad. Si esperamos cinco minutos, miramos el móvil. Si esperamos diez, buscamos algo para hacer. Si llegamos a quince, probablemente miramos si tenemos alguna notificación que no hemos visto.
Nos cuesta estar sin estímulos. El aburrimiento tiene mala prensa. Se le acusa de ser vacío, improductivo y hasta sospechoso. Pero quizá sea justamente lo contrario. El aburrimiento es un territorio sin obligaciones. Un pequeño agujero en el ruido cotidiano. En él pueden aparecer cosas curiosas: una idea. Un recuerdo. Una pregunta. Incluso una cierta paz.
Pero vivimos tiempos con pocos amigos del silencio. Ayer tuvimos un buen ejemplo con el dichoso eclipse. Durante semanas se ha estado hablando de él. Horarios. Lugares. Gafas. Pronósticos. Consejos. Mapas. Fotografías. Expectación planetaria.
Y luego llegó el momento, el cielo hizo lo que tenía previsto hacer desde hacía miles de millones de años, y nosotros, naturalmente, montamos un alboroto considerable. El eclipse duró casi nada. Después todo volvió la normalidad. El Sol siguió ahí, la Tierra siguió girando y nosotros volvimos a mirar el teléfono.
No deja de tener cierta gracia. Necesitamos acontecimientos extraordinarios para recordar que estamos vivos. Y, mientras tanto, despreciamos esos largos ratos en los que simplemente estamos. Pero la astronomía no nos va a dejar aburrirnos demasiado. En unos días llegan las Perseidas. Otra vez habrá que mirar al cielo. Pedir deseos. Hacer fotografías. Explicar que no son estrellas que caen, sino partículas que dejan a su paso los restos del cometa Swift-Tuttle.
La noche se llenará de luces y, seguramente, también de móviles. Quizá estaría bien hacer algo diferente. Apagar la pantalla, tumbarse. Mirar hacia arriba, no contar las estrellas, no fotografiar ninguna. No publicar nada... Simplemente mirar.
Y si durante unos minutos no pasa nada, mejor, porque quizá el aburrimiento no sea la ausencia de vida. Quizá sea la vida cuando, por fin, deja de hacer ruido...


















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