
Selena dice con frecuencia que hay preguntas tan obvias que nadie las hace. Por eso, cuando alguien las hace, cambia la historia.
Quedé un rato pensando y se me vino a la cabeza un asunto tan trivial como una manzana que cae de un árbol. Eso es algo que a casi todo el mundo le parece absolutamente normal. Pero a a Isaac Newton no. Newton miró la manzana, luego miró la Luna, y se preguntó algo que suena casi tonto: si la manzana cae, ¿por qué no cae la Luna? De esa pregunta un poco boba salió media física moderna.
Selena soltó un carcajada y dijo:
─Te estoy viendo, ya vas a lo tuyo.
─Sí, claro. Fíjate que tres siglos después, otro hombre hizo algo parecido. Se llamaba Erwin Schrödinger. Ya tenía un Nobel guardado en el cajón por sus ecuaciones sobre el mundo atómico. Podría haberse jubilado tranquilo. En cambio, dirigiendo un instituto de física en Dublín, se hizo una pregunta que ningún científico serio se había planteado hasta entonces: ¿por qué envejecemos? ¿Por qué morimos?
Selena comentó:
─En realidad esa pregunta no es una pregunta de laboratorio. Es una pregunta de barra bar. Pero nadie la había llevado al laboratorio, ¿no?
─Pero Schrödinger sí. Y encontró una respuesta con nombre técnico y aire solemne: envejecemos por el aumento de entropía. Traducido del físico al humano: todo tiende al desorden. Una taza se rompe y no se recompone sola. Una habitación ordenada, si no la tocas, termina hecha un caos. El universo entero rema hacia el desastre, y nosotros, hechos de materia, remamos con él. Y de ahí surge una pregunta muy incómoda: si todo tiende al desorden, ¿cómo es que un cuerpo humano se mantiene razonablemente ordenado durante ochenta años, en vez de disolverse en una semana?
─¿Y cómo la respondió Schrödinger?
─Bueno, la respuesta de Schrödinger fue casi provocadora. Dijo que comer no es solo llenar el estómago. Comer es robarle tiempo al caos. Los alimentos, según él, llevan dentro algo parecido que llamó "antientropía": orden concentrado que tomamos prestado para mantener a raya nuestro propio desorden. Cuando comemos, no solo repostamos calorías. Compramos, literalmente, un poco más de estructura.
Proseguí diciendo:
─A esa antientropía la llamaron entonces de varias maneras rimbombantes: neguentropía, ectropía. Nombres que suenan casi a brujería, pero que describen algo bastante simple: la capacidad de un sistema vivo de mantenerse organizado en medio de un universo que solo quiere desordenarlo todo.
Selena me miraba con mucha atención y parecía estar muy interesada en el tema. Preguntó curiosa:
─¿Y en aquel tiempo cómo se explicaba la nutrición?
─Hasta ese momento, la nutrición se explicaba con un esquema ingenuo, escolar: alimentos plásticos (para construir), catalíticos (para regular) y energéticos (para moverse). Servía para aprobar exámenes de medicina. Pero no explicaba por qué la vida, a diferencia de una piedra o una silla, se resiste tan tercamente a desmoronarse. Con Schrödinger, la biología heredó un problema que antes era solo de los físicos: pelear contra la entropía, ese "impuesto universal" que el tiempo cobra a todas las cosas.
─Me tienes que hablar más de todo esto, creo que me interesa mucho ─comentó mi interlocutora.
─¿Lo curioso es que la pregunta seguía abierta. Saber que comemos para combatir el desorden no explicaba todavía por qué unos seres vivos son mucho más estables que otros. Un helecho lleva millones de años reproduciendo la misma forma. Un cuerpo humano, en cambio, se deteriora en unas décadas. Esa desproporción llevó a Schrödinger a una pregunta todavía más incómoda, que es donde empieza la segunda parte de esta historia: ¿qué hace que algo tan pequeño como un “gen” sea más estable que una montaña de granito?
─¿Seguirás con esto el lunes? ─dijo mi amiga.














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