
Hace meses que no escribo, lo he ido dejando de un día para otro. Algún día lo he intentado, pero lo he abandonado después de poner unas pocas palabras. Hoy me he sentado frente al espejo del pasillo, el mismo que colgué hace más de treinta años cuando esta casa aún olía a pintura fresca y a promesas. Ahora lo miro con otros ojos. Ya no busco si la camisa está bien planchada ni si la corbata cae recta. Me quedo quieto y observo. El espejo sigue siendo el mismo. No importa si refleja a un joven con prisa por llegar para dar sus clases o a un viejo que se toma su tiempo para atarse los zapatos. Cuando nadie pasa por delante, sigue ahí, colgado en silencio, sin perder su naturaleza. Eso me hizo pensar que quizá la mente funciona de igual manera.
Durante años creí que yo era todo lo que pasaba por mi cabeza. Las preocupaciones cotidianas, el orgullo por los logros, la humillación por los errores. Cada pensamiento parecía definir quién era. Si las cosas iba mal, yo era un fracaso. Si mis hijos obtenían buenas notas, yo era un buen padre. Pasé mucho tiempo atrapado en esas imágenes.
Con los años, algo ─mucho─ ha cambiado. Tal vez fue cuando mis hijos se marcharon de casa y el silencio empezó a ocupar las habitaciones. O cuando perdí a amigos que siempre pensé que estarían ahí. La vida empezó a enseñarme que todo pasa, incluso aquello que parecía firme como una roca. Ahora, cuando me siento en la cocina con el café de la mañana, dejo que los pensamientos vengan sin discutir con ellos. Recuerdo errores que cometí, palabras que dije demasiado tarde o demasiado pronto. Recuerdo alegrías sencillas: una tarde de verano, la risa de mis hijos, la mano de mi mujer apoyada sobre la mía. Las imágenes aparecen y se van, como gente cruzando una plaza.
¿Algo permanece?
No soy cada pensamiento que aparece en mi mente, del mismo modo que el espejo no es cada rostro que refleja. Hay en mí una parte más quieta, más sencilla y simple, que no cambia aunque cambien los años, los trabajos o las pérdidas. Una parte que observa sin prisa ni pausa.
A veces pienso que envejecer es aprender eso: que no hace falta aferrarse a cada recuerdo ni pelear con cada preocupación. Basta con mirar, como mira el espejo, dejando que la vida pase frente a uno.
Y cuando la casa queda en el triste silencio de la noche, el espejo sigue ahí, sin quejarse, sin pedir nada. Solo siendo lo que es. Quizá, después de todo, eso es lo que intento aprender a ser yo también.

Mi querido amigo, es muy cierto que hasta que pasan bastantes días, desde que tienes que concentrarte en tí para tratar de seguir adelante, hasta que comienzas a dar los primeros y tímidos pasos.
ResponderEliminarDe todas formas es imprescindible seguir adelante, aunque sea sin ánimo ni ganas.
Por mi parte, quiero reiterarte mi agradecimiento por tu callado y diario apoyo. Un fuerte abrazo.
Un fuerte abrazo también para ti.
EliminarEscribir es aliviar el alma, primo. A mí me ha salvado muchas veces de reencontrarme con el espejo y arrepentirme delante de él cosas que hice y otras que obvié.
EliminarMe alegra leerte y comprobar que el alma puede estar melancólica, pero viva. Un abrazo.
Me ha gustado mucho.
ResponderEliminarVuelve, por favor, no pares, sigue escribiendo así. Un abrazo.
ResponderEliminarNunca pienses que has debido ser un espejo, es inerte.
ResponderEliminarTú eres energía, y has creado circuitos energéticos en la mente de muchas personas, de todas las que han pasado por tu vida y que aún pasan. Con una buena conversación y una opinión magistral. La gente te escucha cuando hablas.
¿Que tal si mejor cambiar tú pensamiento frente al espejo?
Has venido a este mundo para que aquellos que gozan de neuroplasticidad consciente lleven una semilla plantada por ti.
Muchas gracias por todo lo que me aportas.
Una mente como la tuya, Ignacio, no era para quedarse quieto viendo la vida pasar, en silencio.
Cristina
Muchísimas gracias Cristina, eres un sol. Me animan mucho tus palabras. Un beso grande.
Eliminar👍
ResponderEliminarSomos muchas las semillas fecundas plantadas por ti y seguimos admirandote y esperándote. ¡ Mucho ánimo !...
ResponderEliminarMe ha gustado mucho, tu historia, junto a la del espejo.
ResponderEliminarSi ellos pudieran también escribir, cuantas historias contarían.
Amigo Ignacio; me alegro mucho poder leerte. Sé que estás melancólico y, por ello, sin ganas de escribir. Pero ahí estás, magistral como siempre. Me has emocionado y habrá más gente que habrá sentido lo mismo. Y es que pones en tus reflexiones, pensamientos de todos nosotros. Por eso necesitamos que escribas. Mejor que espejo, sé foco, o aunque sea,linterna al principio. Con el tiempo irás cogiendo tu potencia natural. Un abrazo grande.
ResponderEliminarQué texto tan bonito. La idea de observar sin pelear con todo me ha llegado.
ResponderEliminarQué profundos son tus pensamientos. ¡Sigue escribiendo, por favor! Un abrazo.
ResponderEliminarQue bonito texto, de um homem forte e corajoso...e muita superação... obrigada amigo Ignácio...👏👏 felicidades!
ResponderEliminarMe encanta que vuelvas a escribir, y más si lo haces mostrando esos sentimientos que todos sentimos cuando la vida y los años nos van devorando.
ResponderEliminarEl espíritu también envejece desgraciadamente.
No dejes nunca de escribir querido Ignacio. 😘🤗
Simplemente grandioso señor profesor
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