lunes, 24 de agosto de 2026

La deserción silenciosa

      Mientras Selena y yo esperábamos en la recepción a que una cuidadora nos la trajera, los ojos de mi amiga escrutaban como un escáner, miraba a los usuarios (nunca sé como llamarles). Unos sentados en un banco largo de color metálico, tres o cuatro en sillas de ruedas, ninguno hablaba ni hacía ruido. Una señora con un bolso colgado del brazo caminaba muy despacio, casi arrastrando los pies, se dirigía al mostrador.

      Selena me susurró:

      ─Seguro que hace un tiempo, ellos eran “alguien”. Y no en el sentido impreciso de que "toda persona es alguien", sino en el sentido de que ocupaban un lugar en las conversaciones ajenas cuando no estaban delante. Quizás se hablaba del ingenio u otras cualidades, de su carrera, de aquella vez que dijo algo tan oportuno que todavía se cita. Tenían, como quien dice, cotización social. Luego llegó el diagnóstico, y durante un tiempo —unas semanas, unos meses— la cotización no bajó. Al contrario: subió, pero con una moneda distinta. ¡Terrible!

      Mi amiga hizo una pausa y después, también hablando muy bajo, añadió:

      ─Sabemos, y hemos visto, como en muchos casos empezaron las visitas cargadas de una ternura un poco excesiva, las preguntas hechas con la voz un tono más bajo de lo normal, la cabeza ligeramente inclinada, el "¿cómo estás, cariño?" que ya presupone que la respuesta no importa demasiado. Es un afecto real —no quiero ser injusta— pero también es, ya, un pequeño espectáculo. Uno necesita representar el papel de quien se conmueve, y representarlo delante de otros, para que quede constancia de que uno es de los que se conmueven. La compasión, en esa fase, todavía tiene público. O puede ser que, como psicóloga, lo vea bajo ese prisma. No lo sé muy bien.

      Le respondí un poco al azar:

      ─Creo que el problema está en que el público se cansa. No de golpe, no con un anuncio. Un día simplemente lo deja. Pasados los primeros meses —seis, ocho, los que hagan falta para que la novedad se agote— hasta el vecino de toda la vida, el que preguntaba cada semana en el rellano, deja de preguntar. No por crueldad sino por agotamiento del guion. Ya no sabes qué añadir a "sigue igual", y "sigue igual" es una frase que, repetida tres veces, deja de generar la sensación de estar haciendo algo. Pienso que ese silencio no es una decisión. Es lo que queda cuando nadie decide nada.

      Selena afirmo moviendo la cabeza. Luego dijo:

      ─Y aquí llega la parte que preferiría no decir, pero sería deshonesto callármela: ese mismo desgaste alcanza también a la familia. No a todos, no de la misma manera, pero alcanza. Las visitas que empezaron siendo semanales pasan a quincenales, y de ahí a "cuando se pueda". El enfermo deja de aparecer en las sobremesas salvo como informe de estado —una frase, un dato clínico, un cambio de medicación— y cada vez menos como persona con opiniones, aunque ya no pueda darlas con claridad. Se le sigue queriendo, sin duda. Pero se le va dejando de contar entre los vivos con la misma naturalidad con que se deja de contar con alguien que se ha mudado lejos. La diferencia es que este no se ha mudado a ninguna parte y sigue en la habitación 224.

      Mi mirada se dirigió al fondo del pasillo, ella venía del brazo de una cuidadora. Le dije a Selena.

      ─No sé qué decirte Selena, creo que tienes razón, pero es eso, los humanos parece que estamos construidos así, defectuosamente construidos. No tengo respuestas. 

      Observé que venía caminando firme y pensé:

      "Solo me queda una pregunta: si el cariño que sentíamos por alguien resulta que necesitaba, para sostenerse, que esa persona siguiera devolviéndonos algo reconocible —una broma, una mirada, un nombre dicho a tiempo—, ¿de qué estábamos hablando exactamente cuando decíamos que la queríamos?"

jueves, 13 de agosto de 2026

Elogio —y defensa— del aburrimiento


      Hay días en que no pasa nada. Absolutamente nada. Y eso, que debería ser una bendición, nos parece una catástrofe. Hemos convertido el aburrimiento en una enfermedad. Si esperamos cinco minutos, miramos el móvil. Si esperamos diez, buscamos algo para hacer. Si llegamos a quince, probablemente miramos si tenemos alguna notificación que no hemos visto.

      Nos cuesta estar sin estímulos. El aburrimiento tiene mala prensa. Se le acusa de ser vacío, improductivo y hasta sospechoso. Pero quizá sea justamente lo contrario. El aburrimiento es un territorio sin obligaciones. Un pequeño agujero en el ruido cotidiano. En él pueden aparecer cosas curiosas: una idea. Un recuerdo. Una pregunta. Incluso una cierta paz. 

      Pero vivimos tiempos con pocos amigos del silencio. Ayer tuvimos un buen ejemplo con el dichoso eclipse. Durante semanas se ha estado hablando de él. Horarios. Lugares. Gafas. Pronósticos. Consejos. Mapas. Fotografías. Expectación planetaria.

      Y luego llegó el momento, el cielo hizo lo que tenía previsto hacer desde hacía miles de millones de años, y nosotros, naturalmente, montamos un alboroto considerable. El eclipse duró casi nada. Después todo volvió la normalidad. El Sol siguió ahí, la Tierra siguió girando y nosotros volvimos a mirar el teléfono.

      No deja de tener cierta gracia. Necesitamos acontecimientos extraordinarios para recordar que estamos vivos. Y, mientras tanto, despreciamos esos largos ratos en los que simplemente estamos. Pero la astronomía no nos va a dejar aburrirnos demasiado. En unos días llegan las Perseidas. Otra vez habrá que mirar al cielo. Pedir deseos. Hacer fotografías. Explicar que no son estrellas que caen, sino partículas que dejan a su paso los restos del cometa Swift-Tuttle.

      La noche se llenará de luces y, seguramente, también de móviles. Quizá estaría bien hacer algo diferente. Apagar la pantalla, tumbarse. Mirar hacia arriba, no contar las estrellas, no  fotografiar ninguna. No publicar nada... Simplemente mirar.

      Y si durante unos minutos no pasa nada, mejor, porque quizá el aburrimiento no sea la ausencia de vida. Quizá sea la vida cuando, por fin, deja de hacer ruido...

martes, 11 de agosto de 2026

Entropía: el desorden que nadie quiere admitir que gobierna su vida

      Mi amiga Selena me regaló una inmensa sonrisa matinal y dijo:

      ─¡Hay que ver la que hay liada con el dichoso eclipse! Parece que la ciencia de la astrofísica se ha puesto de moda. Debe ser por aquello que Mario Vargas Llosa denominó 'Civilización del Espectáculo'. Todo es susceptible de convertirse en un espectáculo universal.

      Hice un gesto ambiguo y le contesté:

      ─Seguro que algo, o mucho, de eso hay, cuesta comprender tanto alboroto. Como sé poco de astrofísica no estoy demasiado interesado en el eclipse. En otro tiempo me hubiese gustado jugar con las ecuaciones de la mecánica celeste y la geometría espacial para hacer cálculos entretenidos, pero ahora no se me apetece.

      Selena movió la cabeza afirmando y contestó:

      ─Estos día la palabra “eclipse” se ha incluido en todas las cenas. Realmente, es curioso, hay palabras que triunfan en las tertulias. "Sinergia". "Paradigma". "Resiliencia". Y luego está "entropía", que suena todavía más lista, pero que casi nadie sabe explicar sin acabar hablando de una habitación desordenada. ¿Es así?

      Ya sabía yo adónde me llevaba la pícara Selena, y haciendo un breve pausa respondí:

      ─Mira, en 1865, el físico alemán Rudolf Clausius necesitaba una palabra nueva. Estudiaba máquinas de vapor. Notó algo incómodo: en todo proceso, una parte de la energía se vuelve inútil. No desaparece. Se dispersa. Se vuelve inaprovechable. A esa medida del desorden, de la energía que ya no sirve para nada útil, la llamó entropía. Del griego en (dentro) y trope (transformación). Un nombre elegante para una idea incómoda. La segunda ley de la termodinámica dice algo simple y terrible: la entropía del universo siempre aumenta. Siempre. No hay excepciones, no hay descuentos, no hay lunes libres. Por ejemplo, un cubito de hielo se derrite. Nunca al revés. Un café caliente se enfría. Jamás recupera el calor solo. Tu escritorio se llena de papeles. Nunca se ordena solo, por mucho que uno espere el milagro. El universo, dicho sin rodeos, tiende al caos. Y lo hace con una paciencia infinita.

      Selena abrió mucho los ojos y exclamó:

      ─¡Pero eso no es solo física!

      ─¡Exacto! Y aquí viene lo interesante. Erwin Schrödinger, el mismo señor del gato, escribió en 1944 un librito llamado ¿Qué es la vida? Se preguntó cómo los seres vivos logran mantener el orden, si el universo entero rema en dirección contraria. Su respuesta fue elegante: los organismos vivos se alimentan de "entropía negativa". Comen orden. Lo toman del entorno para mantenerse organizados un rato más, antes de que la física gane, como siempre gana. Ese librito inspiró a Watson y Crick. Influyó en el descubrimiento del ADN. La entropía, sin proponérselo, ayudó a fundar la biología molecular moderna.

      Selena casi gritó:

      ─¡Qué interesante! ¡Sigue, sigue!

      ─Y aquí está lo curioso: mucha gente que cita a Nietzsche de memoria, que domina el vocabulario de las vanguardias artísticas, que sabe distinguir un Rothko de un Pollock, pero no podría explicar la entropía ni con un arma de fuego de por medio. Cuidado, no se trata de un reproche. Es solo una observación entrópica: el conocimiento, como la energía, también tiende a dispersarse de forma desigual. Observa que la entropía no es un capricho de laboratorio. Es la razón por la que envejecemos, por la que las estrellas se apagan, por la que el universo tiene una dirección temporal y no simplemente existe congelado en un instante eterno.

      Con una pizca de sorna de viejo profesor añadí:

      ─Y así que la próxima vez que alguien presuma de cultura general, puedes preguntarle, con toda la educación del mundo, ¿qué es la entropía? El silencio que probablemente siga también es, técnicamente, una forma de desorden.

      Mi amiga se levantó del sillón y se acercó a darme un beso en la mejilla; lo sentí como si hubiese dado una vuelta al ruedo.

jueves, 6 de agosto de 2026

La manzana, la Luna y la pregunta

 

      Selena dice con frecuencia que hay preguntas tan obvias que nadie las hace. Por eso, cuando alguien las hace, cambia la historia.

      Quedé un rato pensando y se me vino a la cabeza un asunto tan trivial como una manzana que cae de un árbol. Eso es algo que a casi todo el mundo le parece absolutamente normal. Pero a a Isaac Newton no. Newton miró la manzana, luego miró la Luna, y se preguntó algo que suena casi tonto: si la manzana cae, ¿por qué no cae la Luna? De esa pregunta un poco boba salió media física moderna.

      Selena soltó un carcajada y dijo:

      ─Te estoy viendo, ya vas a lo tuyo.

     ─Sí, claro. Fíjate que tres siglos después, otro hombre hizo algo parecido. Se llamaba Erwin Schrödinger. Ya tenía un Nobel guardado en el cajón por sus ecuaciones sobre el mundo atómico. Podría haberse jubilado tranquilo. En cambio, dirigiendo un instituto de física en Dublín, se hizo una pregunta que ningún científico serio se había planteado hasta entonces: ¿por qué envejecemos? ¿Por qué morimos?

      Selena comentó:

      ─En realidad esa pregunta no es una pregunta de laboratorio. Es una pregunta de barra bar. Pero nadie la había llevado al laboratorio, ¿no?

     ─Pero Schrödinger sí. Y encontró una respuesta con nombre técnico y aire solemne: envejecemos por el aumento de entropía. Traducido del físico al humano: todo tiende al desorden. Una taza se rompe y no se recompone sola. Una habitación ordenada, si no la tocas, termina hecha un caos. El universo entero rema hacia el desastre, y nosotros, hechos de materia, remamos con él. Y de ahí surge una pregunta muy incómoda: si todo tiende al desorden, ¿cómo es que un cuerpo humano se mantiene razonablemente ordenado durante ochenta años, en vez de disolverse en una semana?

      ─¿Y cómo la respondió Schrödinger?

      ─Bueno, la respuesta de Schrödinger fue casi provocadora. Dijo que comer no es solo llenar el estómago. Comer es robarle tiempo al caos. Los alimentos, según él, llevan dentro algo parecido que llamó "antientropía": orden concentrado que tomamos prestado para mantener a raya nuestro propio desorden. Cuando comemos, no solo repostamos calorías. Compramos, literalmente, un poco más de estructura.

      Proseguí diciendo:

      ─A esa antientropía la llamaron entonces de varias maneras rimbombantes: neguentropía, ectropía. Nombres que suenan casi a brujería, pero que describen algo bastante simple: la capacidad de un sistema vivo de mantenerse organizado en medio de un universo que solo quiere desordenarlo todo.

      Selena me miraba con mucha atención y parecía estar muy interesada en el tema. Preguntó curiosa:

      ─¿Y en aquel tiempo cómo se explicaba la nutrición?

      ─Hasta ese momento, la nutrición se explicaba con un esquema ingenuo, escolar: alimentos plásticos (para construir), catalíticos (para regular) y energéticos (para moverse). Servía para aprobar exámenes de medicina. Pero no explicaba por qué la vida, a diferencia de una piedra o una silla, se resiste tan tercamente a desmoronarse. Con Schrödinger, la biología heredó un problema que antes era solo de los físicos: pelear contra la entropía, ese "impuesto universal" que el tiempo cobra a todas las cosas.

      ─Me tienes que hablar más de todo esto, creo que me interesa mucho ─comentó mi interlocutora.

      ─¿Lo curioso es que la pregunta seguía abierta. Saber que comemos para combatir el desorden no explicaba todavía por qué unos seres vivos son mucho más estables que otros. Un helecho lleva millones de años reproduciendo la misma forma. Un cuerpo humano, en cambio, se deteriora en unas décadas. Esa desproporción llevó a Schrödinger a una pregunta todavía más incómoda, que es donde empieza la segunda parte de esta historia: ¿qué hace que algo tan pequeño como un “gen” sea más estable que una montaña de granito?

      ─¿Seguirás con esto el lunes? ─dijo mi amiga.

lunes, 3 de agosto de 2026

Los nudos de las manos y los nudos de la vida

      Hay objetos tan humildes que apenas les prestamos atención. Un botón, una cuchara, una llave... o un simple trozo de cuerda. Sin embargo, basta que esa cuerda forme un nudo para que deje de ser un objeto cualquiera y se convierta en algo sorprendente.

      La Real Academia Española define un nudo con precisión: un lazo que se estrecha al tirar de sus extremos y que no se deshace fácilmente. Es una buena definición, aunque sospecho que los académicos nunca intentaron explicar por teléfono cómo hacer un as de guía. Después de unos minutos de instrucciones del tipo "pasa el cabo por detrás, ahora por delante, vuelve hacia ti...", el interlocutor acaba haciendo cualquier cosa... menos el nudo. Hay conocimientos que las palabras no consiguen atrapar. Los nudos pertenecen a esa rara familia de habilidades que solo entienden de verdad los ojos y las manos.

      Y eso, curiosamente, dice mucho de nuestro cerebro.

      Cuando aprendemos un nudo, no solo estamos doblando una cuerda. Estamos obligando al cerebro a coordinar ambas manos, a recordar una secuencia de movimientos, a orientarse en el espacio, a corregir errores y a anticipar el resultado final. Es una pequeña coreografía en la que participan la memoria, la atención, la percepción y la coordinación motora. Todo ello en apenas unos segundos. Quizá por eso hacer nudos sea uno de esos ejercicios que parecen un juego y, sin embargo, esconden un extraordinario valor como estimulación neurocognitiva. Para quienes comienzan a experimentar los primeros signos de deterioro cognitivo puede ser una actividad sencilla, agradable y muy completa. No necesita pantallas, ni aplicaciones, ni inteligencia artificial. Solo una cuerda, un poco de curiosidad y la disposición a equivocarse unas cuantas veces.

      Porque uno se equivoca. Y mucho.

      Confieso que, cuando intento aprender un nudo nuevo, a menudo termino fabricando otro que probablemente no existe en ningún manual de marinería. Si alguna vez se publicara un tratado sobre Los nudos imposibles, sospecho que podría firmar alguno de los capítulos. Pero precisamente ahí reside parte del encanto. El error obliga al cerebro a buscar otro camino. Y el cerebro, cuando se le desafía con amabilidad, suele agradecerlo.

      Los marinos, los escaladores, los pescadores o los cirujanos conocen desde hace siglos el valor práctico de los nudos. Cada uno responde a una necesidad distinta: sujetar, unir, asegurar, rescatar. No todos sirven para lo mismo, igual que no todas las soluciones sirven para todos los problemas.

      Pensándolo bien, la vida también está llena de nudos.

      Hay nudos familiares, nudos emocionales, nudos de los que cuesta salir y otros que preferimos no deshacer porque mantienen unidas las cosas importantes. Curiosamente, muchos de esos nudos no se resuelven tirando con más fuerza. Al contrario. Igual que sucede con las cuerdas, cuanto más nos empeñamos en forzarlos, más se aprietan.

      Tal vez por eso me gusta esta vieja habilidad, tan sencilla y tan antigua. Porque nos recuerda que las manos también piensan. Que aprender no siempre consiste en leer un libro o memorizar datos. A veces basta con entrelazar una cuerda una y otra vez hasta que, sin darnos cuenta, los dedos aprenden un camino que el cerebro ya no olvidará.

      ¿Quién iba a decir que un simple nudo podía enseñarnos tanto?

      Y, de paso, ayudarnos a mantener bien atados algunos de nuestros mejores recuerdos.