jueves, 30 de julio de 2026

La soledad de Ana


      Le comenté a Selena las palabras de anteayer de mi amiga Ana, fueron como las de un personaje de Bukowski: “Estoy en el patio, mirando allá, al fondo, a la nada. Sentada, tirada. Con un cubata y fumando un cigarrillo. Es mi fórmula antiestrés después de un día devastador”.

      La puse en antecedentes de lo que sabía y conocía de la historia de Ana. Una mujer con mil enfermedades (son sus palabras, así se definió). Selena, con su habitual perspicacia psicológica comentó:

      ─Hablo con un poco de precipitación, pero las palabras de esta mujer dibujan el perfil de una persona que ha construido su identidad alrededor de la autosuficiencia. Desde muy temprano parece haber interiorizado la idea de que no podía esperar que otros acudieran en su ayuda, lo que la ha llevado a desarrollar una notable capacidad para afrontar las dificultades por sí misma. ¿Es así?

      ─Sí creo que aciertas. Su palabras en los 'audios' las de los audios revelan un gran sentido de la responsabilidad. Hay un momento en la que ella se define como «la que resuelve», como alguien que asume el papel de sostén cuando aparecen los problemas. Eso me hace pensar (y por lo que yo sé) que posee una personalidad perseverante, orientada a la acción y con una fuerte necesidad de mantener el control de las situaciones, incluso cuando el esfuerzo personal alcanza límites muy exigentes.

      Selena asintió y dijo:

     ─Me parece que otro rasgo destacado es su resiliencia. Veo que en lugar de presentarse como víctima de las dificultades, habla en sus 'audios' de una lucha constante y de la capacidad para encontrar soluciones. La adversidad parece haber fortalecido recursos internos como la disciplina, la resistencia emocional y la determinación. Su fortaleza, sin embargo, no se presenta como una virtud idealizada, sino como el resultado de una necesidad. Aunque, paradójicamente, esa imagen de fortaleza da la impresión de que ha terminado ocultando una importante vulnerabilidad emocional. La frase del audio: «detrás de tanta fortaleza también había una mujer» expresa el sentimiento de que los demás han reconocido su capacidad para soportar cargas, pero no su necesidad de comprensión, cuidado o apoyo. Esto sugiere una experiencia de invisibilidad afectiva: sentirse valorada por lo que hace más que por lo que es. Su lenguaje deja entrever una tensión permanente entre la competencia y la fragilidad.

      ─Sí, muy cierto. Ella posee su “armadura”, como un guerrero medieval. Y esa «armadura» constituye una metáfora muy significativa: representa un mecanismo de protección psicológica que le ha permitido sobrevivir emocionalmente, pero que con el tiempo también se ha convertido en una fuente de sufrimiento. La fortaleza, inicialmente adaptativa, empieza a percibirse como una carga que limita la expresión espontánea de sus emociones.

      Selena, se quedó pensativa, después de una larga pausa añadió:

      ─Desde el punto de vista afectivo, aparecen necesidades profundas de reconocimiento, aceptación y descanso emocional. No expresa el deseo de abandonar la lucha, sino el anhelo de no tener que sostener siempre el peso de todo. Existe una demanda implícita de relaciones donde pueda mostrarse vulnerable sin sentir que pierde valor o dignidad.

      ─No sé muy bien Selena, no soy tan buen psicólogo como tú, pero todo me transmite la imagen de una mujer fuerte por necesidad más que por elección. Su identidad parece haberse construido alrededor de la capacidad de resistir, pero en el fondo emerge una aspiración profundamente humana: poder dejar la armadura a un lado y sentirse acogida sin tener que demostrar constantemente su fortaleza. La impresión final no es la de una persona invulnerable, sino la de alguien que ha aprendido a sobrevivir convirtiendo la resistencia en su modo habitual de estar en el mundo, aunque esa estrategia empiece ahora a mostrar un elevado coste emocional. ¿No crees?

      Selena afirmó moviendo su cabeza y terminó diciendo.

      ─Totalmente. Tendremos que seguir escuchando a Ana.

lunes, 27 de julio de 2026

La soledad (IV): esa visita que nadie pidió

      Acerté en las indicaciones que le di a Selena para llegar a la casa de verano. Desde la ventana a la calle vi su coche doblar y enfilar hacia mi vivienda. Al pasar por debajo me saludo con la mano y con su sonrisa. Aún tardaría unos minutos en llegar por las dificultades para aparcar.

      Subió con brío juvenil los peldaños. Entró y echó una rápida mirada.

      ─¡Se nota que aquí vive un hombre solo! ─exclamó Selena casi sin darme tiempo a saludarla.

      ─Pues debes saber que llevo un buen rato, ordenando y organizando un poco todo esto, y también preparando un buen desayuno para los dos.

      Dejó su abultado bolso sobre la mesa y dijo:

      ─Hay una pregunta que casi nadie se atreve a hacerse: ¿y si la soledad no fuera el problema, sino la solución?

      No comenté nada, seguí preparando las bandejas del desayuno. Ella continuó:

      ─Nos han enseñado a temerla. A llenar cada hueco del día con ruido, con gente, con noticias de toda índole. Como si el silencio fuera un enemigo que hay que derrotar cuanto antes. Pero para una persona que no se bombardea a sí misma con mensajes de alarma, la soledad es otra cosa: descanso, foco, una tregua.

      Casi con timidez intervine preguntándole:

      ─Pero a veces duele, ¿no?

      ─Sí, a veces. Echar de menos a alguien concreto, en un momento concreto. Nada más. Es una molestia pasajera, no una sentencia. Como un picor: se rasca y se acabó. El error no está en estar solo. Está en lo que nos contamos mientras lo estamos. Quien convierte cada rato de soledad en una tragedia se ha creído un cuento. Y ese cuento, repetido lo suficiente, se vuelve verdad. La buena noticia es que funciona también al revés: deja de contártelo y el problema desaparece contigo. Los monjes budistas tienen una costumbre que merece la pena adoptar: hacer pocas cosas, pero hacerlas bien. Sin prisa. Sin la ansiedad de llenar cada hueco por llenarlo. Esa misma calma cabe en una tarde de domingo cualquiera.

      Puse mirada de escepticismo y comenté:

      ─Tengo la impresión que lo ves demasiado fácil.

      ─Mira, piensa en la soledad como en una pizarra recién borrada. No como un vacío que asusta, sino como un espacio que por fin es tuyo. Ahí caben los planes que llevas meses posponiendo, las personas que de verdad quieres ver, y también, con la misma legitimidad, las que decides no ver. No hace falta salir corriendo a llenar la agenda. La persona serena no gestiona su tiempo libre como quien apaga un incendio. Lo habita, como el pintor que se para frente al lienzo en blanco: no con urgencia, sino con ganas.

      ─Sigo pensando, Selena, en que lo ves muy fácil, aunque la teoría está muy bien construida.

      ─Tú obsérvalo bien. Fíjate que da igual dónde estés. Aquí, en Japón, o el día que nos toque instalarnos en Marte: la soledad no es una amenaza. Es una superstición que hemos decidido creernos, y como toda superstición, se disuelve en cuanto dejamos de alimentarla.

      Vio de nuevo mi cara de incredulidad y añadió:

      ─La próxima vez que te encuentres solo, prueba algo distinto: no llenes el silencio. Escúchalo. Puede que ahí, precisamente ahí, empiece lo interesante.

      Después nos fuimos a pasear por la playa.

jueves, 16 de julio de 2026

La soledad (III): esa visita que nadie pidió

      Esta mañana, cuando bajé a desayunar con Selena, ya hacía bastante calor. Además estaban arreglando parte de la calle, también algo de la Plaza de las Galeras, y el ruido de las máquinas que utilizaban era atronador. Nos alejamos para irnos a algún lugar más tranquilo. Cuando nos sentamos observé que Selena manipulaba tres monedas agujereadas por un cuadrado en el centro.

      ─Leí con mucha atención el artículo en el que narrabas algo de tu conversación con el pastor Cooper George sobre la “soledad” ─dijo Selena.

      ─¿Qué son esas monedas? ─le pregunté.

      ─Son para practicar con I Ching. Algo idóneo para la salud mental.

      ─¿Qué demonios es el I Ching y por qué la salud mental lo necesita? ─contesté con particular vehemencia.

      ─Mira, ya sabes que la vida no nos viene con manual de instrucciones. Ante la incertidumbre, algunos miran el horóscopo, otros confían en las cartas del Tarot y los más modernos se fían de lo que diga un algoritmo de Tik-Tok. Pero hace unos 3000 años, en la antigua China, decidieron crear el oráculo definitivo: el I Ching (o Libro de las Mutaciones).

      ─Sí, algo sabía yo de eso.

      ─Pero no te imagines una bola de cristal con efectos especiales. El I Ching es más bien como ese amigo sabio, un poco críptico y brutalmente honesto, que te dice las verdades a la cara. Funciona lanzando tres monedas, estas tres monedas que aquí tengo.

      Sonreía y miraba con ojos turbadores. Continuó diciéndome:

      ─Lo mejor de todo es que no predice el futuro como si estuviera escrito en piedra; lo que hace es darte una bofetada de realidad para que entiendas tu presente y tomes mejores decisiones. Es, literalmente, el tatarabuelo del crecimiento personal. Ya te diré cómo funciona. Ahora deseo comentar algunas cosas de tu charla con el pastor Cooper.

      Hizo una pausa larga dedicándose a untar la mantequilla en el pan con mucho cuidado. Aproveché para hacer lo mismo. Luego dijo:

      ─Los tres puntos que tocasteis para mantener el equilibro mental como arma de combate contra la soledad me parecieron excelentes, pero insuficientes. Eran tres: ejercitar el cerebro, vivir nuevas experiencias y no limitarse a frecuentar personas de tu edad. ¿Eran esas?

      Afirmé moviendo la cabeza. Ella continuó:

      ─Yo ampliaría la cuestión y propondría tres más. La primera, o la cuarta, sería la de practicar lo que llamaría la salud mental preventiva.

      ─¿Y eso qué es? ─la interrumpí sin ninguna consideración.

      ─Pues mira; si empiezas a sentirte solo, aburrido o desgraciado, no dejes que estos sentimientos se apoderen de ti y te pongan enfermo. Tal como buscarías ayuda para un dolor persistente, habla con tu médico, con un psicólogo, con un buen coach o un amigo e intenta hacer algo constructivo al respecto, ¿vale?

      ─Me parece una excelente idea. Dime más.

      ─La siguiente idea sería la de llevar un diario (por escrito o grabado, da igual), o ponerte a redactar tu autobiografía. Estoy convencida que estas actividades ayudarán a revisar la vida de cada uno y lo que ha logrado, y a identificar los objetivos que todavía se podrían alcanzar. La última, y no menos importante, sería la de buscar compañeros estimulantes. Una multitud de estudios han demostrado que el simple hecho de tener a una persona inteligente y estimulante cerca ─ya sea la pareja, un amante, un compañero de piso o un buen amigo─ puede tener enormes efectos positivos sobre la agudeza mental.

      Terminó el resto del café con leche y comentó:

      ─El próximo día seguiremos con el I Ching.

lunes, 13 de julio de 2026

La soledad (II): esa visita que nadie pidió

      Ayer tuve una larga conversación con mi amigo el pastor Cooper George Wrigth, él me llamó para hacerme unos comentarios sobre el tema de la soledad. Lo primero que dijo fue que mantenerse mental y psicológicamente en forma también es una manera de hacer frente a la soledad. Añadió que una mente activa nos impulsa a salir de casa, aprender cosas nuevas, participar en actividades y relacionarnos con otras personas. Al mismo tiempo, cultivar la curiosidad y el interés por el mundo nos ayuda a mantener conversaciones, compartir experiencias y crear nuevos vínculos.

      También comentó algo que me pareció muy importante; dijo que la soledad no siempre depende de estar solo, sino de sentirse desconectado de los demás y de uno mismo. Por eso, cuidar nuestra salud mental significa también cuidar nuestras relaciones, porque cada libro que leemos, cada actividad que emprendemos o cada conversación que iniciamos puede convertirse en un puente que nos acerque a otras personas y haga nuestra vida más plena.

      Creo que yo le contesté así (la conversación fue extensa y no lo recuerdo todo, ni el orden tampoco):

      ─Sí, es cierto, cuidar de nuestra mente es tan importante como cuidar del cuerpo. De la misma manera que salimos a caminar o procuramos alimentarnos bien, también necesitamos ejercitar el pensamiento. Leer, aprender algo, resolver un crucigrama, asistir a una charla o simplemente mantener una buena conversación. Todo eso son pequeños gestos que mantienen viva la imaginación. Y si el crucigrama se resiste, siempre queda el consuelo de pensar que, al menos, hemos entrenado la paciencia... que tampoco viene mal.

      Observé que mi amigo reía con eso de la paciencia. Él añadió:

      ─¡Exacto! Esa virtud, un tanto olvidada en estos tiempos, tampoco viene nada mal.

      Tosió y espero unos segundos para continuar.

      ─Ahora tenemos la costumbre de medir la edad contando los años que aparecen en el calendario. Sin embargo, creo que hay otra forma mucho más acertada de hacerlo: fijándonos en la curiosidad que conservamos, y antes ya mencioné la curiosidad como factor destacado. Observa que hay personas que, con ochenta, y más años, siguen haciéndose preguntas, aprendiendo cosas nuevas y disfrutando de cada descubrimiento. Otras, en cambio, se resignan demasiado pronto a la rutina. Al final, la verdadera juventud tiene más que ver con la actitud que con la fecha de nacimiento, estoy seguro de ello.

      ─Así es ─dije pausadamente. La vida también nos pide que no dejemos de sorprendernos. No hace falta recorrer medio mundo para vivir una aventura. A veces basta con probar un plato que nunca nos habíamos atrevido a pedir, escuchar una música diferente o aceptar una invitación que, por costumbre, habríamos rechazado. Cada experiencia nueva abre una ventana y nos recuerda que aún quedan muchas cosas por descubrir.

      Comentó que en sus prédicas habla mucho de todo esto y que tiene muchos fieles mayores. Siguió diciendo:

      ─Otro de los grandes regalos de la vida es compartir tiempo con personas de distintas generaciones. Los más jóvenes nos contagian su energía y nos ayudan a entender un mundo que cambia a gran velocidad. Los mayores, por su parte, aportan la calma, la experiencia y esa capacidad de relativizar los problemas que solo dan los años. Cuando ambos se escuchan con respeto, todos aprenden y todos crecen. Quizá el mayor error sea pensar que llega un momento en el que ya no merece la pena empezar nada nuevo. Nunca es tarde para aprender, para hacer amigos, para recuperar una afición olvidada o para descubrir otra que ni siquiera imaginábamos. Mientras exista la ilusión por seguir avanzando, siempre habrá motivos para levantarse cada mañana con una sonrisa.

      Creo que al final de la conversación dije algo así:

      ─Envejecer es un privilegio que no todos tenemos. Por eso merece la pena vivir cada etapa con entusiasmo, manteniendo el corazón abierto y la mente despierta. Porque la edad puede dibujar arrugas en el rostro, pero solo la falta de ilusión consigue que envejezca el espíritu.

jueves, 9 de julio de 2026

El calor y sus trastornos


      Hoy, como prometí para todos los jueves, me tocaba escribir algo para mis pacientes y queridos lectores, pero con el calor y los trastornes de tener que atender a los pintores de la fachada me ha venido muy ajustado el tiempo, así que hoy no puedo tratar ningún tema sesudo o relatar mis charlas con Selena u otros amigos. Entonces me he preguntado: ¿de qué escribo hoy?

      El interrogante me ha surgido mientras buscaba los ingredientes necesarios para hacer un buen plato del conocido “arroz tres delicias”, exquisita receta china que a mi amigo japonés, Kimura, también le gusta.

      Aparté un poco de arroz de estupenda calidad en un vaso pequeño, busqué inútilmente carne picada, pero encontré una hamburguesa “bio” que me venía al pelo. En un rincón del frigorífico vi algo de jamón dulce que aún no había caducado (¡Menos mal!). Guisantes, un huevo, un trozo de cebolla, un diente de ajo... ¡todo perfecto!

      También sal y aceite.

      Primero hay que preparar el arroz blanco hervido con una pizca de sal. Corto el jamón a tiras de unos cuatro o cinco milímetros de anchura. La cebolla y el ajo se pican muy finos. Se hierven los guisantes. Pongo un poco de sal en la hamburguesa y comienzo a cortarla y a sacar de ella pedacitos muy pequeños, como si fuera carne picada de verdad.

      Bato los huevos con otros pocos de granitos de sal como para hacer una tortilla. Sobre una sartén grande pongo un chorro de aceite y dejamos que se caliente.

      Ahora echo los huevos batidos, y rápido y seguido, el arroz blanco y el resto de los ingredientes, todos a la vez, dando vueltas durante poco más de par de minutos para que se mezcle bien y la tortilla se rompa en pedacitos y quede todo repartido.

      ¡Me ha quedado fantástico!

      ¿Ustedes gustan?

domingo, 5 de julio de 2026

La soledad ¿(I)?: esa visita que nadie pidió


      Todos hemos estado solos alguna vez. No hablo de estar sin compañía en el sofá viendo la tele —eso lo podemos hacer cualquier día—, sino de esa otra soledad, la que llega sin avisar y se sienta en la mesa de la cocina como si tuviera derecho a hacerlo. La que aparece cuando termina una relación, cuando los hijos se van de casa, cuando un amigo deja de llamar, o simplemente cuando, un domingo por la tarde, uno se pregunta qué demonios está haciendo con su vida.

      La primera reacción casi siempre es de rechazo. La soledad tiene mala fama, y con razón: duele. Nos desordena los horarios, nos hace compañía cuando menos la queremos y se resiste a marcharse aunque le pidamos, por favor, que lo haga. Es, podríamos decir, un huésped pesado. Pero aquí viene la primera idea incómoda: puede que ese huésped no haya venido a hacernos daño, sino a decirnos algo que llevábamos tiempo sin querer escuchar.

      Pensadores de distintas épocas —Kierkegaard, Nietzsche, Tolstói, Camus, cada uno a su manera y sin haberse puesto de acuerdo— coincidieron en algo curioso: que enfrentarse al silencio interior, por incómodo que sea, es también una oportunidad. No porque la soledad sea bonita (casi nunca lo es), sino porque nos obliga a preguntarnos qué pensamos nosotros, sin que nadie nos sople la respuesta. Y eso, en un mundo donde todo el rato hay alguien opinando por nosotros —la tele, el vecino, el algoritmo del móvil—, no es poca cosa.

      No se trata de hacer del sufrimiento algo romántico ni de recomendar que uno se aísle en una cueva a meditar sobre el sentido de la existencia (aunque si a alguien le apetece, bienaventurado sea). Se trata, más bien, de mirar la soledad de frente antes de decidir si es enemiga o simplemente una desconocida a la que aún no le hemos dado la oportunidad de caernos bien.

      Se me ocurre que podría escribir una serie de reflexiones sin pretender dar recetas ni consuelos baratos —de eso ya hay bastante en las estanterías de autoayuda—. La idea es más modesta: pensar en voz alta sobre qué es la soledad, por qué nos asusta tanto y si, quizás, con el tiempo, puede convertirse en algo parecido a la libertad. O al menos en una compañera con la que uno aprende a discutir sin llevarse tan mal.

      Podríamos tratar de hacer una especie de un viaje en tres tiempos: primero el golpe inicial, cuando la soledad nos cae encima como una jarra de agua fría; la pregunta incómoda que viene después, cuando toca averiguar quiénes somos sin la compañía habitual; y, con algo de suerte, la calma que a veces —solo a veces— llega al final del camino.

      Es evidente que nada de esto se resuelve en un artículo. Ni en diez. Pero habrá que empezar por algún lado, y este puede ser tan buen momento como cualquier otro, ¿os parece bien?


jueves, 2 de julio de 2026

El arte de estar donde estás

      Selena tiene entre veinte y treinta años menos que yo, pero creo que su mayor afición es hurgar en mi cerebro, es invasiva conmigo (es broma, no lo tomen en serio). Hoy hemos desayunado juntos, lo hacemos de dos a tres veces a la semana, y generalmente llega antes. Cuando bajé al bar me dijo de sopetón:

      ─Ahora mismo, mientras me estás mirando, hay una probabilidad razonable de que tu mente esté en otro sitio. Quizás revisando mentalmente lo que te queda por hacer hoy, o rumiando algo que pasó ayer, o calculando si llegarás a tiempo a no sé qué. Tu cuerpo está aquí. Lo demás, no tanto.

      La miré con asombro y después de unos segundos y con los ojos casi cerrados le contesté:

      ─Pero eso no es un defecto moral. Creo que es, más bien, el modo por defecto del cerebro humano, nuestro cerebro es un tremendo generador de pensamientos que raramente se toma vacaciones. El problema no es que pensemos —la mente es una herramienta extraordinaria cuando se usa bien— sino que el piloto automático lleva puesto el cinturón las veinticuatro horas del día, y tú ni te has enterado de cuándo perdiste los mandos. ¿Lo entiendes?

      ─Sí, sí ─afirmó Selena. Aunque las consecuencias son más serias de lo que parece. Un estudio con dos mil participantes reveló que las personas que no están concentradas en lo que hacen son sistemáticamente más infelices que las que sí lo están. La cosa no es nada sorprendente. Lo desconcertante es el detalle: alguien que friega los platos con plena atención experimenta más satisfacción que quien toma un café en una terraza pensando en otra cosa. La felicidad, al parecer, no depende tanto de lo que haces sino de cómo lo haces.

      Tardé un poco en contestar, estaba ocupado con mi buen plato de churros. Después respondí:

      ─Ya sabes que la mente ausente tampoco descansa: se dedica a revisar el pasado con el ánimo de un fiscal, o a anticipar el futuro con la creatividad de un guionista de catástrofes. De ese circuito nace buena parte del estrés cotidiano. Y el estrés alimenta más pensamientos negativos, que generan más malestar emocional, que producen más pensamientos negativos. El ciclo se repite y repite con una eficiencia que envidiaría cualquier ingeniero.

      Luego añadí:

      ─Me estás mareando y liando, es demasiado pronto, aún no tengo mi cerebro suficientemente despierto.

      Selena sonrío y se puso, con gesto coqueto, la cucharilla delante de la boca. Tardó unos segundos en proseguir.

      ─Hay, sin embargo, hay una salida lateral que la psicología lleva décadas estudiando; el estado que Mihály Csíkszentmihályi llamó flujo y que Martín Seligman situó en el centro de la experiencia de bienestar. Es ese momento en que estás tan concentrado en una actividad —leer, cocinar, pintar, programar— que el tiempo se distorsiona y los pensamientos se callan solos. No porque los hayas suprimido, sino porque la tarea los ha desplazado. En ese estado, los pensamientos son casi inexistentes: la persona tiene control total sobre lo que hace, y la ansiedad desaparece. No es evasión; es presencia llevada al límite.

      Terminó Selena de tomar el resto de bebida que le quedaba y siguió su discurso:

      ─Ahora bien, ese flow no se provoca a voluntad. Lo que sí puede entrenarse es algo más modesto y, paradójicamente, más potente: la capacidad de dirigir la atención hacia el momento actual sin convertirlo en un proyecto de mejora personal. La definición que propone Jon Kabat-Zinn —médico que introdujo estas prácticas en la medicina occidental— es sencilla: prestar atención, de forma intencionada, a la experiencia del momento presente, sin hacer juicios de valor. Sin buscar nada. Sin intentar que sea distinta de lo que es.

      Concluí nuestra reflexión diciéndole:

      ─Pienso que la ironía final es que vivir en el presente no exige ningún esfuerzo extraordinario. Exige, sobre todo, dejar de hacer lo que ya estamos haciendo sin darnos cuenta. La mente no necesita ser domada ni silenciada. Solo necesita que, de vez en cuando, le recuerdes quién manda...