jueves, 2 de julio de 2026

El arte de estar donde estás

      Selena tiene entre veinte y treinta años menos que yo, pero creo que su mayor afición es hurgar en mi cerebro, es invasiva conmigo (es broma, no lo tomen en serio). Hoy hemos desayunado juntos, lo hacemos de dos a tres veces a la semana, y generalmente llega antes. Cuando bajé al bar me dijo de sopetón:

      ─Ahora mismo, mientras me estás mirando, hay una probabilidad razonable de que tu mente esté en otro sitio. Quizás revisando mentalmente lo que te queda por hacer hoy, o rumiando algo que pasó ayer, o calculando si llegarás a tiempo a no sé qué. Tu cuerpo está aquí. Lo demás, no tanto.

      La miré con asombro y después de unos segundos y con los ojos casi cerrados le contesté:

      ─Pero eso no es un defecto moral. Creo que es, más bien, el modo por defecto del cerebro humano, nuestro cerebro es un tremendo generador de pensamientos que raramente se toma vacaciones. El problema no es que pensemos —la mente es una herramienta extraordinaria cuando se usa bien— sino que el piloto automático lleva puesto el cinturón las veinticuatro horas del día, y tú ni te has enterado de cuándo perdiste los mandos. ¿Lo entiendes?

      ─Sí, sí ─afirmó Selena. Aunque las consecuencias son más serias de lo que parece. Un estudio con dos mil participantes reveló que las personas que no están concentradas en lo que hacen son sistemáticamente más infelices que las que sí lo están. La cosa no es nada sorprendente. Lo desconcertante es el detalle: alguien que friega los platos con plena atención experimenta más satisfacción que quien toma un café en una terraza pensando en otra cosa. La felicidad, al parecer, no depende tanto de lo que haces sino de cómo lo haces.

      Tardé un poco en contestar, estaba ocupado con mi buen plato de churros. Después respondí:

      ─Ya sabes que la mente ausente tampoco descansa: se dedica a revisar el pasado con el ánimo de un fiscal, o a anticipar el futuro con la creatividad de un guionista de catástrofes. De ese circuito nace buena parte del estrés cotidiano. Y el estrés alimenta más pensamientos negativos, que generan más malestar emocional, que producen más pensamientos negativos. El ciclo se repite y repite con una eficiencia que envidiaría cualquier ingeniero.

      Luego añadí:

      ─Me estás mareando y liando, es demasiado pronto, aún no tengo mi cerebro suficientemente despierto.

      Selena sonrío y se puso, con gesto coqueto, la cucharilla delante de la boca. Tardó unos segundos en proseguir.

      ─Hay, sin embargo, hay una salida lateral que la psicología lleva décadas estudiando; el estado que Mihály Csíkszentmihályi llamó flujo y que Martín Seligman situó en el centro de la experiencia de bienestar. Es ese momento en que estás tan concentrado en una actividad —leer, cocinar, pintar, programar— que el tiempo se distorsiona y los pensamientos se callan solos. No porque los hayas suprimido, sino porque la tarea los ha desplazado. En ese estado, los pensamientos son casi inexistentes: la persona tiene control total sobre lo que hace, y la ansiedad desaparece. No es evasión; es presencia llevada al límite.

      Terminó Selena de tomar el resto de bebida que le quedaba y siguió su discurso:

      ─Ahora bien, ese flow no se provoca a voluntad. Lo que sí puede entrenarse es algo más modesto y, paradójicamente, más potente: la capacidad de dirigir la atención hacia el momento actual sin convertirlo en un proyecto de mejora personal. La definición que propone Jon Kabat-Zinn —médico que introdujo estas prácticas en la medicina occidental— es sencilla: prestar atención, de forma intencionada, a la experiencia del momento presente, sin hacer juicios de valor. Sin buscar nada. Sin intentar que sea distinta de lo que es.

      Concluí nuestra reflexión diciéndole:

      ─Pienso que la ironía final es que vivir en el presente no exige ningún esfuerzo extraordinario. Exige, sobre todo, dejar de hacer lo que ya estamos haciendo sin darnos cuenta. La mente no necesita ser domada ni silenciada. Solo necesita que, de vez en cuando, le recuerdes quién manda...