
Todos hemos estado solos alguna vez. No hablo de estar sin compañía en el sofá viendo la tele —eso lo podemos hacer un martes cualquiera—, sino de esa otra soledad, la que llega sin avisar y se sienta en la mesa de la cocina como si tuviera derecho a hacerlo. La que aparece cuando termina una relación, cuando los hijos se van de casa, cuando un amigo deja de llamar, o simplemente cuando, un domingo por la tarde, uno se pregunta qué demonios está haciendo con su vida.
La primera reacción casi siempre es de rechazo. La soledad tiene mala fama, y con razón: duele. Nos desordena los horarios, nos hace compañía cuando menos la queremos y se resiste a marcharse aunque le pidamos, por favor, que lo haga. Es, podríamos decir, un huésped pesado. Pero aquí viene la primera idea incómoda: puede que ese huésped no haya venido a hacernos daño, sino a decirnos algo que llevábamos tiempo sin querer escuchar.
Pensadores de distintas épocas —Kierkegaard, Nietzsche, Tolstói, Camus, cada uno a su manera y sin haberse puesto de acuerdo— coincidieron en algo curioso: que enfrentarse al silencio interior, por incómodo que sea, es también una oportunidad. No porque la soledad sea bonita (casi nunca lo es), sino porque nos obliga a preguntarnos qué pensamos nosotros, sin que nadie nos sople la respuesta. Y eso, en un mundo donde todo el rato hay alguien opinando por nosotros —la tele, el vecino, el algoritmo del móvil—, no es poca cosa.
No se trata de hacer del sufrimiento algo romántico ni de recomendar que uno se aísle en una cueva a meditar sobre el sentido de la existencia (aunque si a alguien le apetece, bienaventurado sea). Se trata, más bien, de mirar la soledad de frente antes de decidir si es enemiga o simplemente una desconocida a la que aún no le hemos dado la oportunidad de caernos bien.
Se me ocurre que podría escribir una serie de reflexiones sin pretender dar recetas ni consuelos baratos —de eso ya hay bastante en las estanterías de autoayuda—. La idea es más modesta: pensar en voz alta sobre qué es la soledad, por qué nos asusta tanto y si, quizás, con el tiempo, puede convertirse en algo parecido a la libertad. O al menos en una compañera con la que uno aprende a discutir sin llevarse tan mal.
Empezamos, pues, un viaje en tres tiempos: el golpe inicial, cuando la soledad nos cae encima como una jarra de agua fría; la pregunta incómoda que viene después, cuando toca averiguar quiénes somos sin la compañía habitual; y, con algo de suerte, la calma que a veces —solo a veces— llega al final del camino.
Es evidente que nada de esto se resuelve en un artículo. Ni en diez. Pero habrá que empezar por algún lado, y este parece tan buen momento como cualquier otro, ¿os parece bien?

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