domingo, 5 de julio de 2026

La soledad ¿(I)?: esa visita que nadie pidió


      Todos hemos estado solos alguna vez. No hablo de estar sin compañía en el sofá viendo la tele —eso lo podemos hacer cualquier día—, sino de esa otra soledad, la que llega sin avisar y se sienta en la mesa de la cocina como si tuviera derecho a hacerlo. La que aparece cuando termina una relación, cuando los hijos se van de casa, cuando un amigo deja de llamar, o simplemente cuando, un domingo por la tarde, uno se pregunta qué demonios está haciendo con su vida.

      La primera reacción casi siempre es de rechazo. La soledad tiene mala fama, y con razón: duele. Nos desordena los horarios, nos hace compañía cuando menos la queremos y se resiste a marcharse aunque le pidamos, por favor, que lo haga. Es, podríamos decir, un huésped pesado. Pero aquí viene la primera idea incómoda: puede que ese huésped no haya venido a hacernos daño, sino a decirnos algo que llevábamos tiempo sin querer escuchar.

      Pensadores de distintas épocas —Kierkegaard, Nietzsche, Tolstói, Camus, cada uno a su manera y sin haberse puesto de acuerdo— coincidieron en algo curioso: que enfrentarse al silencio interior, por incómodo que sea, es también una oportunidad. No porque la soledad sea bonita (casi nunca lo es), sino porque nos obliga a preguntarnos qué pensamos nosotros, sin que nadie nos sople la respuesta. Y eso, en un mundo donde todo el rato hay alguien opinando por nosotros —la tele, el vecino, el algoritmo del móvil—, no es poca cosa.

      No se trata de hacer del sufrimiento algo romántico ni de recomendar que uno se aísle en una cueva a meditar sobre el sentido de la existencia (aunque si a alguien le apetece, bienaventurado sea). Se trata, más bien, de mirar la soledad de frente antes de decidir si es enemiga o simplemente una desconocida a la que aún no le hemos dado la oportunidad de caernos bien.

      Se me ocurre que podría escribir una serie de reflexiones sin pretender dar recetas ni consuelos baratos —de eso ya hay bastante en las estanterías de autoayuda—. La idea es más modesta: pensar en voz alta sobre qué es la soledad, por qué nos asusta tanto y si, quizás, con el tiempo, puede convertirse en algo parecido a la libertad. O al menos en una compañera con la que uno aprende a discutir sin llevarse tan mal.

      Podríamos tratar de hacer una especie de un viaje en tres tiempos: primero el golpe inicial, cuando la soledad nos cae encima como una jarra de agua fría; la pregunta incómoda que viene después, cuando toca averiguar quiénes somos sin la compañía habitual; y, con algo de suerte, la calma que a veces —solo a veces— llega al final del camino.

      Es evidente que nada de esto se resuelve en un artículo. Ni en diez. Pero habrá que empezar por algún lado, y este puede ser tan buen momento como cualquier otro, ¿os parece bien?


7 comentarios:

  1. El escrito de hoy es muy de reflexionar.
    Yo creo que la soledad a ratos es necesaria y deseada, pero la soledad impuesta por la vida, puede llegar a ser una losa para algunas personas. Lo que si es cierto, es que a todo se acostumbra la gente. ❤️

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  2. Un tema muy fuerte para un cálido lunes de julio, pero mejor ahora. 👍

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  3. El tema de la soledad nos importa a todos, porque la hemos vivido, o la estamos viviendo. De forma puntual, o permanente. Tu reflexión creativa nos ayuda a todos....¡Gracias!

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  4. Mi querido amigo:
    Amén de creer interesante seguir con los artículos, me gustaría aportar la idea de pensar en cómo se hace frente a esa soledad que, como fruta que va madurando lentamente y ves venir con un largo horizonte temporal, creyendo que, dado que conoces que llegará, cuando finalmente tiene lugar, resulta que no estabas preparado pese a que creías que lo habías previsto.
    Un fuerte abrazo.

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  5. Un buen tema el de la soledad !! Cuando vas teniendo años, suele ser algo recurrente en nuestra mente, y me refiero a la soledad física, pero también a veces nos visita cuando estamos rodeados de gente, y no sé qué situación es peor. Lo que sí es cierto es que si al final se puede transformar en libertad, tampoco está tan mal. Depende de la idiosincrasia de cada uno, y si puede enriquecerte espiritualmente y estimular la creatividad y el autoconocimiento (no se trata de aislarte completamente), puede ser incluso agradable.

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