
El calor de junio en el sur no llega, lo sabemos: cae. Se instala encima de todo como si tuviera derecho, como si llevara siglos haciéndolo —que los lleva—. La persiana a medio bajar. El aire acondicionado moviéndose con esa fidelidad monótona que tienen las cosas que no se cansan. Y yo aquí, sentado sin saber bien por qué, con esa desgana que no es tristeza sino algo más honesto: el cuerpo que empieza a cobrar lo que se le debe.
Hace tiempo que no escribo, sí leo bastante, lo que mis ojos me dejan. Ocupó mi cabeza la idea de que ya no podía escribir y no tardé ─en rebeldía─ en coger el ordenador y ponerme a teclear.
¿Qué escribir, qué decir? Casi ochenta años. Hay una extrañeza suave en ese número. No es que duela, es que cuesta creerlo. Por dentro uno guarda todavía alguna versión más joven de sí mismo, un tipo que tenía planes para la tarde, que no necesitaba la siesta, que no le daba vueltas a si comer o no comer. Ahora la pregunta de qué cocinar pesa más de lo que debería. La nevera existe, los ingredientes también, pero el cuerpo dice espera y la cabeza, esta vez, le obedece.
La soledad a esta edad no es lo que dicen que es. No es necesariamente vacío —es quietud, que es distinto—. Aprendes a habitarla como se habita una casa conocida: sabes dónde crujen los muebles, sabes qué luz entra por dónde a cada hora. Esta soledad de mediodía tiene su propia textura: el ruido sordo de la calle que se ha recogido, alguna gaviota, el tiempo que pasa sin testigos y sin prisa.
Y sin embargo, hay algo que no termina de rendirse. No sé si llamarlo orgullo o simplemente "costumbre de seguir". Sé que en un rato me levantaré. Que haré algo de comer, aunque sea sencillo. Que la tarde traerá una temperatura más llevadera y con ella quizás un paseo, un libro, una llamada, algún pensamiento que valga la pena. El declive existe —no soy tonto, lo palpo en las rodillas, en la memoria que a veces resbala, en este cansancio sin causa precisa—, pero el declive no es una orden. Es solo el terreno sobre el que uno sigue caminando.
Eso es lo que nadie te cuenta de envejecer con cierta dignidad: que no se trata de negar lo que ocurre, sino de no darle más protagonismo del que merece. El cuerpo se va poniendo exigente, sí. El mediodía de junio aplasta, cierto. La pereza existe y tiene nombre y apellidos. Pero yo también existo, todavía, y tengo la manía de no quedarme quieto más de lo necesario.
La silla puede esperar un poco más.
Luego me levanto.
