jueves, 25 de junio de 2026

El arte de vivir sin fórmulas (y III)


      Dos días después, Selena me llamó antes de que yo pudiera hacerlo. Quedamos en el mismo bar, a la misma hora. Cuando llegué, ella ya tenía el café listo y una expresión de quien trae las ideas ordenadas desde casa.

      —¿Sabes lo que estaba pensando esta mañana? —dijo, sin preámbulo.

      —Cuéntame.

      —Que vivimos de manera fragmentada. Hacemos una cosa mientras pensamos en otra. Comemos mirando el teléfono móvil. Escuchamos sin oír. Y así es imposible.

      Hizo una pausa breve y continuó:

      —La octava idea tiene que ver con esto: vivir al máximo lo que se está viviendo. No como consigna motivacional, sino como práctica concreta. Dejarse cautivar por cada actividad, por pequeña que sea. Cuando barras, barre; cuando lees, lees. Cuando descanses, descansa. La felicidad no está reservada para los grandes momentos; está escondida en la calidad de la atención que ponemos en los pequeños actos. Aprender a optimizar la experiencia interior, a estar en armonía con lo que se hace, es quizás la disciplina más exigente y la más rentable.

      Asentí despacio.

      —Y luego está la belleza —dije, como quien no quiere la cosa.

      Selena me miró con aprobación.

      —Sí. La novena. Vivimos rodeados de cosas horribles: guerras, enfermedades, violencia, miseria. No tiene sentido negarlo. Pero en medio de todo eso existe también algo que podríamos llamar una gracia salvadora: la capacidad de apreciar lo que es bello. Una luz determinada, una música, una conversación que vale la pena. Esa facultad —la estética, en sentido amplio— no es un adorno ni un privilegio de artistas. Es una herramienta de supervivencia emocional. Quien la cultiva encuentra anclajes en el mundo que otros no perciben.

      Guardamos silencio un momento. Afuera pasó una barca lento por el río.

      —Y la décima —añadí— tiene que ver con moverse. Con no aferrarse.

      —Dilo tú esta vez —dijo Selena, cruzando los brazos con una sonrisa.

      —La rigidez tiene un coste alto. Quien se aferra a una posición, a una manera de hacer las cosas, a una imagen fija de sí mismo, acumula tensión sin saberlo. La vida cambia, el entorno cambia, las personas cambian. Si uno no está dispuesto a ceder, a revisar, a transformar un comportamiento que ya no sirve, tarde o temprano la realidad lo fuerza de manera más dolorosa. La flexibilidad no es debilidad. Es inteligencia adaptativa. Es dejarse llevar por el movimiento sin perder el rumbo.

      Selena asintió en silencio, con esa expresión suya de quien escucha de verdad.

      —Diez ideas —dije al cabo.

      —Y alguna más —respondió ella, levantándose.

      Se quedó de pie a mi lado y añadió, casi de pasada:

      —¿Escuchamos de nuevo a Brahms?, ¿unas Danzas Húngaras?

      Esta vez sí contesté.

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