jueves, 4 de junio de 2026

La libreta verde


      Escribir es ir dejando pedazos de uno mismo en el camino. Pequeños fragmentos —a veces apenas un suspiro, otras veces una tormenta contenida— que quedan impresos en el papel como huellas en la arena. Y yo, que lo sé bien, perdí una vez una libretita verde de hojas cuadriculadas que guardaba todo lo que era entonces: mis ilusiones de joven, mis desvaríos, mis reflexiones torpes y emocionadas, algún mal de amores que entonces parecía el fin del mundo. Incluso, entre sus páginas, programaba lo que debía estudiar al día siguiente.

      No sé cómo la perdí. Esas cosas se pierden así, de repente, sin aviso. Pero nunca olvidé lo que sentí al notar su ausencia: que allí iban trozos de mi juventud. Días de playa y cálido verano. El parque, el cine, los sudorosos partidos de baloncesto. Y las conversaciones con mi madre —esas largas, íntimas, irrepetibles conversaciones—. La libreta verde siempre fue una gran pérdida, y nunca continué aquellos escritos. Quizás porque sin ella, ya no sabía dónde empezar.

      Han sido tantas las etapas hasta llegar aquí. Y en cada una, aprendí algo diferente sobre el arte de curarme a mí mismo.
Hubo un tiempo en que me curaba resolviendo complicadas ecuaciones diferenciales, integrales y límites malvados y problemas de electromagnetismo. La matemática como bálsamo, la ciencia como refugio. Después descubrí —o tal vez redescubrí— que las palabras también sanan. Fue hace veintitantos años —¿tantos ya?— cuando volví a escribir.

      Lo llamo manía, aunque sé que manía no es la palabra exacta. Es terapia. Lo mismo que era para mi madre, que tampoco podía prescindir de ella: su cuaderno siempre cerca, su bolígrafo siempre listo. Tal vez lo heredé de ella sin saberlo.

      Ahora, cuando me acerco a los ochenta años con ese paso sereno que da quien ya no tiene prisa pero sí tiene propósito, prefiero manchar papeles “Canson” con llamativos colores. Otra terapia. Otra forma de dejar pedazos de mí mismo en el mundo, pero esta vez con más conciencia, con más gratitud. Contemplo lo vivido sin nostalgia amarga, sino con algo parecido al amor: un amor tranquilo por la persona que fui, por los cuadernos que llené y los que perdí, por cada etapa que me trajo hasta aquí.

      Y sin embargo —y esto es lo que más me asombra—, todavía hay ilusiones. Todavía hay mañanas en que me levanto pensando en lo que quiero crear, en lo que quiero decir, en lo que aún no he escrito. La vida, y ahora lo comprendo mejor, no tiene fecha de caducidad para quien sigue mirando hacia adelante.

      La libreta verde se perdió hace mucho. Pero la historia que empezó en ella continúa, página a página, color a color, palabra a palabra...


4 comentarios:

  1. palabra a palabra sigue llenando libretas

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  2. Que bien explicados los sentimientos, siempre me ha dado envidia de la gente que es capaz de analizar y expresar lo que siente, porque demuestra que saben lo que quieren y por tanto pueden luchar por conseguirlo.
    Estoy de acuerdo en que la vida no tiene fecha de caducidad mientras se tenga una ilusión, un proyecto que realizar.
    Me ha encantado tu escrito.

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  3. A todo eso que escribes, a lo que escribiste y perdiste (al menos éso crees), a empezar desde cero, y tantas otras cosas, le llamo yo "amar la vida".

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  4. Hay algo más terapéutico en esta vida que ejercitar la metacognicion y de esta forma tan bonita que tienes de expresar y abrirnos tu mente a todos los que te admiramos? No, no la hay. Gracias como siempre por compartirlo con nosotros. Un abrazo muy fuerte. Cristina 🤗💛

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