lunes, 22 de junio de 2026

El arte de vivir sin fórmulas (II)


      Habíamos quedado para desayunar en el bar de abajo, Selena ya estaba sentada cuando llegué, con el café a medias y ese aire de quien lleva rato pensando.

      —No me contestaste lo de Brahms —le dije y miré hacia el río.

      —No, es verdad.

      Me senté despacio.

      —¿Seguimos con las ideas que quedaron pendientes?

      Ella asintió, dejó la taza y empezó:

      —La quinta tiene que ver con el rumbo. Con tener uno. La sensación de que la vida carece de sentido no es filosofía barata: es, muchas veces, una señal de alarma psicológica. Y lo curioso es que vivimos en una época que facilita esa sensación. La sociedad moderna te ofrece un guión bastante estrecho: trabajar, cobrar a fin de mes, ir al supermercado y repetir. Y cuando eso es todo, algo se apaga por dentro. Por eso fijarse un objetivo propio —no el que otros esperan, sino el que uno realmente desea— cambia la textura de los días. No hace falta que sea grandioso. Hace falta que sea tuyo.

      Lo pensé un momento antes de responder.

      —Supongo que ahí entra también la esperanza. Que no es ingenuidad, sino algo más serio.

      —Exacto —dijo Selena, con una energía que delataba que era exactamente lo que quería escuchar.

      —Los estudios sobre personas que atraviesan pérdidas, enfermedades, crisis profundas, muestran algo consistente: quienes sostienen una confianza genuina en el futuro gestionan mejor el dolor. No hablo de optimismo de tarjeta postal. Hablo de seguir creyendo, incluso cuando las cosas van mal, que al final llegarás donde necesitas llegar. Esa convicción funciona como ancla. Te mantiene orientado cuando todo lo demás se mueve.

      Guardamos silencio un instante. Por la ventana entraba una luz tranquila.

      —Y la séptima —añadí, casi sin querer— tiene que ver con mirar hacia afuera.

      Selena me miró con algo parecido a la sorpresa.

      —Sigue.

      —Cuando ayudamos a alguien que lo necesita, ocurre algo extraño y real a la vez: recuperamos la sensación de que tenemos cierto control sobre nuestra propia vida. Como si el acto de ofrecer algo —tiempo, escucha, presencia— nos devolviera una perspectiva más amplia. Salimos del círculo cerrado de nuestros propios problemas y, desde ahí, todo parece algo más manejable.

      Selena sonrió de un modo que no le había visto antes.

      —Siete ideas —dijo—. Ninguna es una fórmula. Todas requieren práctica, y fallar, y volver a intentarlo. Pero seguiremos, hay algunas más.

      —Que es, más o menos, en qué consiste vivir —respondí.

      Hubo una pausa larga. Luego Selena recogió su taza, se levantó y, casi de pasada, dijo:

      —Brahms. El Intermezzo op. 118. Eso es lo que escucho cuando las cosas pesan demasiado.

      No contesté nada. No hacía falta.

3 comentarios:

  1. Hoy me encanta y estoy muy de acuerdo.
    La idea de fijarse un objetivo, me parece fundamental para salir de la rutina que nos aplasta.
    Tener esperanza es necesario para tener una buena vida, y ayudar a los demás,es lo que da un verdadero sentido a vivir, aunque a veces fallemos por miles de circunstancias.
    Tú amiga Selena es muy lista.
    Te envidio por saber expresar los sentimientos de ésta manera. 😘😘❤️

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  2. Mi querido amigo: Es cierto; prácticamente desde nuestro nacimiento, estamos desarrollando acciones (también omisiones) que constituyen la razón de ser de nuestra estancia en este mundo. Pero durante buena parte de nuestra existencia, carecemos de una constancia real de ello y lo hacemos sin saber que todo, o buena parte de ese todo, está encaminado y tiene como objeto la ayuda a los demás.
    El problema, para cada uno, surge cuando lo que considerabas que era la razón de ser de tu vida, desaparece y no encuentras el motivo de tu estancia en este mundo.
    Un fuerte abrazo.

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  3. Para Platón, ningún deseo humano alcanza su fin auténtico sino en aquello que es deseable por sí mismo y fundamento de todo valor. Esa realidad es el Bien (supra ontológico, "más allá del ser en dignidad y poder"). La vida que alcanza la visión del Bien (aunque sea momentánea en el filósofo) adquiere un sentido absoluto, porque ya no depende de circunstancias contingentes.

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