
Acerté en las indicaciones que le di a Selena para llegar a la casa de verano. Desde la ventana a la calle vi su coche doblar y enfilar hacia mi vivienda. Al pasar por debajo me saludo con la mano y con su sonrisa. Aún tardaría unos minutos en llegar por las dificultades para aparcar.
Subió con brío juvenil los peldaños. Entró y echó una rápida mirada.
─¡Se nota que aquí vive un hombre solo! ─exclamó Selena casi sin darme tiempo a saludarla.
─Pues debes saber que llevo un buen rato, ordenando y organizando un poco todo esto, y también preparando un buen desayuno para los dos.
Dejó su abultado bolso sobre la mesa y dijo:
─Hay una pregunta que casi nadie se atreve a hacerse: ¿y si la soledad no fuera el problema, sino la solución?
No comenté nada, seguí preparando las bandejas del desayuno. Ella continuó:
─Nos han enseñado a temerla. A llenar cada hueco del día con ruido, con gente, con noticias de toda índole. Como si el silencio fuera un enemigo que hay que derrotar cuanto antes. Pero para una persona que no se bombardea a sí misma con mensajes de alarma, la soledad es otra cosa: descanso, foco, una tregua.
Casi con timidez intervine preguntándole:
─Pero a veces duele, ¿no?
─Sí, a veces. Echar de menos a alguien concreto, en un momento concreto. Nada más. Es una molestia pasajera, no una sentencia. Como un picor: se rasca y se acabó. El error no está en estar solo. Está en lo que nos contamos mientras lo estamos. Quien convierte cada rato de soledad en una tragedia se ha creído un cuento. Y ese cuento, repetido lo suficiente, se vuelve verdad. La buena noticia es que funciona también al revés: deja de contártelo y el problema desaparece contigo. Los monjes budistas tienen una costumbre que merece la pena adoptar: hacer pocas cosas, pero hacerlas bien. Sin prisa. Sin la ansiedad de llenar cada hueco por llenarlo. Esa misma calma cabe en una tarde de domingo cualquiera.
Puse mirada de escepticismo y comenté:
─Tengo la impresión que lo ves demasiado fácil.
─Mira, piensa en la soledad como en una pizarra recién borrada. No como un vacío que asusta, sino como un espacio que por fin es tuyo. Ahí caben los planes que llevas meses posponiendo, las personas que de verdad quieres ver, y también, con la misma legitimidad, las que decides no ver. No hace falta salir corriendo a llenar la agenda. La persona serena no gestiona su tiempo libre como quien apaga un incendio. Lo habita, como el pintor que se para frente al lienzo en blanco: no con urgencia, sino con ganas.
─Sigo pensando, Selena, en que lo ves muy fácil, aunque la teoría está muy bien construida.
─Tú obsérvalo bien. Fíjate que da igual dónde estés. Aquí, en Japón, o el día que nos toque instalarnos en Marte: la soledad no es una amenaza. Es una superstición que hemos decidido creernos, y como toda superstición, se disuelve en cuanto dejamos de alimentarla.
Vio de nuevo mi cara de incredulidad y añadió:
─La próxima vez que te encuentres solo, prueba algo distinto: no llenes el silencio. Escúchalo. Puede que ahí, precisamente ahí, empiece lo interesante.
Después nos fuimos a pasear por la playa.

Muy interesante. Todas sus pláticas son muy aleccionadoras.
ResponderEliminarGusto de leerle.
A lo mejor Selena tiene razón. Siempre se nos ha puesto la soledad como algo temible de lo que hay que alejarse, pero pensándolo bien, y sabiendo gestionarla, puede ser una fuente de creatividad y libertad para desarrollarla !! Para mí es sinónimo de paz, tranquilidad y calma, y siempre está la opción de disfrutarla por momentos o salir a socializar !! Como corolario me parece perfecta la cita de Hermann Hesse
ResponderEliminarBuenos días Ignacio, buena pluma y profundidad en examinar los sentimientos que nacen en nuestra alma.
ResponderEliminarTal vez en la trayectoria del célebre pensador Hermann Hesse, que sintió una profunda fascinación por el pensamiento oriental.
Pero , también, mostró gran admiración por figuras del catolicismo místico e histórico, sin que esto implicara una conversión o adhesión a la Iglesia Católica.