
Ayer tuve una larga conversación con mi amigo el pastor Cooper George Wrigth, él me llamó para hacerme unos comentarios sobre el tema de la soledad. Lo primero que dijo fue que mantenerse mental y psicológicamente en forma también es una manera de hacer frente a la soledad. Añadió que una mente activa nos impulsa a salir de casa, aprender cosas nuevas, participar en actividades y relacionarnos con otras personas. Al mismo tiempo, cultivar la curiosidad y el interés por el mundo nos ayuda a mantener conversaciones, compartir experiencias y crear nuevos vínculos.
También comentó algo que me pareció muy importante; dijo que la soledad no siempre depende de estar solo, sino de sentirse desconectado de los demás y de uno mismo. Por eso, cuidar nuestra salud mental significa también cuidar nuestras relaciones, porque cada libro que leemos, cada actividad que emprendemos o cada conversación que iniciamos puede convertirse en un puente que nos acerque a otras personas y haga nuestra vida más plena.
Creo que yo le contesté así (la conversación fue extensa y no lo recuerdo todo, ni el orden tampoco):
─Sí, es cierto, cuidar de nuestra mente es tan importante como cuidar del cuerpo. De la misma manera que salimos a caminar o procuramos alimentarnos bien, también necesitamos ejercitar el pensamiento. Leer, aprender algo, resolver un crucigrama, asistir a una charla o simplemente mantener una buena conversación. Todo eso son pequeños gestos que mantienen viva la imaginación. Y si el crucigrama se resiste, siempre queda el consuelo de pensar que, al menos, hemos entrenado la paciencia... que tampoco viene mal.
Observé que mi amigo reía con eso de la paciencia. Él añadió:
─¡Exacto! Esa virtud, un tanto olvidada en estos tiempos, tampoco viene nada mal.
Tosió y espero unos segundos para continuar.
─Ahora tenemos la costumbre de medir la edad contando los años que aparecen en el calendario. Sin embargo, creo que hay otra forma mucho más acertada de hacerlo: fijándonos en la curiosidad que conservamos, y antes ya mencioné la curiosidad como factor destacado. Observa que hay personas que, con ochenta, y más años, siguen haciéndose preguntas, aprendiendo cosas nuevas y disfrutando de cada descubrimiento. Otras, en cambio, se resignan demasiado pronto a la rutina. Al final, la verdadera juventud tiene más que ver con la actitud que con la fecha de nacimiento, estoy seguro de ello.
─Así es ─dije pausadamente. La vida también nos pide que no dejemos de sorprendernos. No hace falta recorrer medio mundo para vivir una aventura. A veces basta con probar un plato que nunca nos habíamos atrevido a pedir, escuchar una música diferente o aceptar una invitación que, por costumbre, habríamos rechazado. Cada experiencia nueva abre una ventana y nos recuerda que aún quedan muchas cosas por descubrir.
Comentó que en sus prédicas él habla mucho de todo esto y que tiene muchos fieles mayores. Siguió diciendo:
─Otro de los grandes regalos de la vida es compartir tiempo con personas de distintas generaciones. Los más jóvenes nos contagian su energía y nos ayudan a entender un mundo que cambia a gran velocidad. Los mayores, por su parte, aportan la calma, la experiencia y esa capacidad de relativizar los problemas que solo dan los años. Cuando ambos se escuchan con respeto, todos aprenden y todos crecen. Quizá el mayor error sea pensar que llega un momento en el que ya no merece la pena empezar nada nuevo. Nunca es tarde para aprender, para hacer amigos, para recuperar una afición olvidada o para descubrir otra que ni siquiera imaginábamos. Mientras exista la ilusión por seguir avanzando, siempre habrá motivos para levantarse cada mañana con una sonrisa.
Creo que al final de la conversación dije algo así:
─Envejecer es un privilegio que no todos tenemos. Por eso merece la pena vivir cada etapa con entusiasmo, manteniendo el corazón abierto y la mente despierta. Porque la edad puede dibujar arrugas en el rostro, pero solo la falta de ilusión consigue que envejezca el espíritu.

Tu escrito de hoy es muy cierto, está claro que la edad está más en la mente y la actitud de las personas que en los años que tenemos.
ResponderEliminarEs importante cuidar las relaciones con los demás, y las ganas de seguir aprendiendo cosas.
Cierto. Tenemos una tertulia de octogenarios cuyo lema es. "Envejecer aprendiendo".
ResponderEliminarMagnífica realidad
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