
Estos últimos días no he visto a Selena, sé que en agosto desaparece de estos lugares y viaja para ver algunas corridas de toros. Hoy llegó eufórica y le pregunté:
─¿Qué tal?, ¿a cuántas corridas has asistido?
Y de un modo un tanto improcedente añadí:
─¿Has visto mucha sangre correr?
Me miró con un mohín de disgusto y respondió:
─Hay quien va a los toros a ver sangre. Se equivoca de lugar. La sangre es el subproducto, no la mercancía. Lo que de verdad se vende en una plaza —y lo que de verdad se compra, aunque nadie lo diga en voz alta— es deseo puro y disciplinado hasta llegar a rozar el arte.
Sonreí levemente, admiré su respuesta. Después de una pausa y un buen sorbo de café, le contesté:
─Creo, que sin querer confesarlo del todo, lo dijo Federico García Lorca en una conversación ficticia con el escritor italiano Giovanni Papini: el toro representa "la energía primitiva y salvaje, y al mismo tiempo la ultrapotencia fecundadora. Es el bruto con toda su potencia oscura; el macho con toda su fuerza sexual". Pienso que no hace falta ser antropólogo para notar lo evidente: un animal de media tonelada, todo testosterona y cornamenta, soltado en un ruedo ante miles de personas, no es exactamente una metáfora ni un símbolo. ¿No?
Noté que la conversación le gustaba y se vino arriba diciendo:
─Sí, sí... Y frente a él, un hombre. Uno solo. Vestido, además, con el traje más impúdicamente bello que ha sido confeccionado por la sastrería occidental: seda, oro, medias ceñidas, la cintura marcada como en un retrato barroco. Fíjate, el torero no oculta el cuerpo: lo ofrece. Ahí está ya la primera clave erótica de la fiesta, y la más incómoda para quien prefiera pensarla como simple truculencia: hay exhibición, hay pose, hay una belleza que se sabe mirada.
Tuve la sensación de que ella misma toreaba al decir todo eso. La miré absolutamente arrobado. Siguió:
─Lo que ocurre después es, si se quiere llamar así, una coreografía de seducción y dominio. El torero no huye del toro: lo atrae. Lo cita, lo llama, lo deja pasar rozando el cuerpo con una cercanía que en cualquier otro contexto sería impensable entre dos cuerpos que no se conocen. Cada pase es un acercamiento y una retirada. Cada verónica es un juego de "ven" y "todavía no". La tensión no es solo física: es sexual en el sentido más antiguo de la palabra, el que tiene que ver con la vida y con la fuerza, no con la anécdota de alcoba.
Quizás, sin saber muy bien lo que decía, le comenté:
─¿No crees que es posible que Lorca lo llevara más lejos?: la corrida como rito en el que el hombre mata, simbólicamente, a la bestia que lleva dentro. No para negar el deseo, sino para gobernarlo. ¿No te parece así?
─En efecto, muy cierto. Ahí está el verdadero núcleo de la fiesta, y no en la sangre: la corrida no celebra la violencia, celebra la posibilidad de que la inteligencia y la estética dupliquen a la fuerza animal sin destruirla del todo, sin fingir que no existe. El puritano quiere borrar el toro que todos llevamos dentro. El torero prefiere mirarlo a los ojos y, si puede, hacerlo bailar.
Selena levantó sus ojos, como recordando alguna faena especial, y continuó con voz apasionada.
─Por eso la plaza llena de silencio antes de una faena grande tiene algo de alcoba y algo de templo a la vez. Por eso se aplaude con la garganta apretada. No es gusto por el sufrimiento: es el reconocimiento, incómodo y antiguo, de que el deseo y la muerte comparten frontera, y de que hace falta mucho arte para pasearse por ella sin tropezar y caer.
Me dieron ganas de ovacionarla.
Y ella terminó diciendo, como vuelta al ruedo imaginaria:
─Quien solo vea sangre, insisto, no ha comprendido nada...

¡Ole y ole!
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