
Hoy es uno de esos días grises. De esos en los que la lluvia golpea la ventana con una cadencia hipnótica y el cielo parece aplastarte con su peso. Hay momentos en los que la vida se siente así, como una interminable cuesta arriba, un esfuerzo constante por llegar a una cima que ni siquiera sé si quiero alcanzar.
Selena llegó pronto hoy, con sus prisas habituales. Le leí el párrafo anterior, lo único que he alcanzado a escribir. Se quedó pensativa haciendo un exagerado visaje doblando sus labios y dijo:
─¡Uf! ¡Eso me huele demasiado a seis de espadas! Mira, yo estaré aquí, callada, jugando con mis cartas, sin mirarte, y tú sigue escribiendo, no te voy a estorbar, ¿vale?
─¿Cómo?, no sé si podré estando tú ahí delante.
─¡Venga, olvida que estoy aquí! ─exclamó en plan conminatorio.
Mastiqué el bolígrafo y estuve pensado un rato. Intenté seguir el escrito.
Me pregunto cuántos de estos pasos son realmente míos y cuántos son solo el eco de las voces que me han acompañado desde siempre. "Tienes que esforzarte más", "No puedes rendirte", "Debes llegar más alto". Frases dichas con buenas intenciones, pero que se han convertido en cadenas invisibles. Y me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo cargando con expectativas que no son mías.
A veces pienso que este peso lo fui aceptando sin cuestionarlo, como quien se acostumbra a una mochila demasiado llena y olvida cómo se siente caminar ligero. Pero hoy, mientras miro la lluvia resbalar por el cristal, siento el cansancio de los años acumulados, de los “deberías” impuestos, de las metas que nunca me pregunté si eran realmente las mías.
De nuevo me detuve a pensar.
¿Qué pasaría si me detuviera? Si sacudiera los hombros y dejara caer todo lo que no me pertenece. ¿Si soltara la carga y me atreviera a caminar sin ese peso?
Da miedo. Porque sin esa carga, ¿quién soy? Si dejo de perseguir lo que otros esperan, ¿qué queda de mí? Pero tal vez, solo tal vez, lo que queda es lo más auténtico, lo más real.
Hoy, en este día gris, no tengo todas las respuestas. Pero sí sé que estoy cansado de subir montañas que no elegí. Y tal vez, solo por hoy, me permito imaginar cómo se sentiría caminar sin ese peso.
Tal vez la lluvia no solo moje, sino que también limpie.
Me quedé parado y vi que Selena tenía un perfecto abanico de las 78 cartas desplegado en la mesa y dijo:
─Elige la que tú quieras, una sola.
Iba a coger una de las de las situadas a la mitad, pero cuando mi mano se acercaba a una posición central, la desvié ─casi de forma involuntaria─ y opté por una que estaba casi en el extremo de la derecha. La arrastré lentamente y la mantuve oculta. Me quedé mirando muy fijo a mi amiga. Ella dijo:
─Dale la vuelta.
¡Era el seis de espadas invertido!
