martes, 8 de septiembre de 2026

Selena, el calor, el informe Pisa 2026, los móviles...

      Selena llegó tarde, cosa no habitual en ella, pero su excusa era perfecta: el calor. Se dejó caer en la silla de plástico duro del bar de siempre y pidió una granizada con la solemnidad de quien pide asilo político.

      —Treinta y nueve grados —dijo, abanicándose con la carta plastificada—. Y todavía hay gente que dice "pero es que es normal, es verano". No, querido. Verano era otra cosa. Esto es una amenaza dantesca.

      Reí y le recordé que el cambio climático no entiende de nostalgias, que los veranos de nuestra infancia ya no van a volver, y que quejarse del calor en la terraza de un bar, con el aire acondicionado del local calentando la calle un grado más, es uno de los pequeños fraudes morales que todos cometemos sin pestañear.

      —¡Jo! Habla el hombre del ventilador de pie —contestó, y cambió de tema con esa habilidad suya para no dejarme ganar ni una discusión.

      Pasamos a Ceuta. Ella se había familiarizado ya con la palabra "invasión" y la repetía con desconfianza, como quien sostiene algo que sospecha que está roto.

      —Invasión es Normandía, mi querido amigo. Esto es otra cosa, más lenta, más triste, más burocrática. Gente que salta una valla porque la vida, y los que mandan al otro al otro lado, les obligan a venir.

      —Ya, pero el lenguaje importa  —dije yo. Si lo llamamos invasión, ya hemos decidido cómo sentirnos antes de pensar nada. Aunque tampoco sé llamarlo de otra forma.

      Llegó el informe PISA y Selena, que fue profesora antes de salir corriendo sensatamente de la enseñanza, puso la cara que pone la gente ante los resultados de un análisis de sangre.

      —España sigue ahí, en la zona roja de la mediocridad europea. Ni desastre absoluto ni orgullo nacional. Bastante más atrás que Inglaterra por ejemplo.

      —Lo interesante —dije yo— es que cada vez que baja la nota del informe Pisa la culpa es del método, nunca del sistema. Cambiamos de ley educativa como quien cambia de dieta: con entusiasmo y sin resultados.

      —O quizá —dijo ella, mirando su teléfono sin darse cuenta de la ironía— el problema no es cómo enseñamos, sino contra qué competimos.

      Y ahí entramos, inevitablemente, en los móviles. Ella los defendía a medias, como se defiende a un pariente incómodo: con matices y sin convicción.

      —No es el aparato, es el uso.

      —Eso mismo se dijo de la televisión ¿lo recuerdas?, y mira. La diferencia es que la tele no te seguía al cuarto de baño ni te mandaba una notificación mientras dormías.

      Hablamos de los niños que ya no se aburren, ni saben hacerlo, y de los mayores en las residencias, pegados a la pantalla no por vicio sino por soledad, buscando en un vídeo de muñequitos algo que se parezca a una compañía afectuosa.

      —Todos atrapados en la misma pantalla —dijo Selena—, unos por exceso de estímulo y otros por defecto de todo lo demás.

      Pedí la cuenta. Fuera, el calor seguía ahí, indiferente a nuestras conclusiones, esperando pacientemente a que volviéramos a salir a la calle a seguir quejándonos de él. Teléfono en mano, por supuesto...

1 comentario:

  1. ¡Qué tiempos en los que jugábamos al trompo sin necesidad de ningún algoritmo!

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