
Takumi Kimura, amigo mío desde hace años, me escribió hace un par de días desde su Japón natal con una pregunta a la que él llevaba algún tiempo dándole vueltas:
─¿Por qué últimamente todo el mundo llama "psicópata" a cualquiera que tiene un comportamiento anómalo?
Y tiene razón. La palabra ha saltado de los manuales de psiquiatría a las redes sociales, a los variopintos tertulianos y a las conversaciones de bar. El exnovio que no la llama: psicópata. El jefe que no saluda por las mañanas: psicópata. El político falsario: psicópata. Pero creo que la realidad clínica es bastante más compleja, y bastante más inquietante.
Me informé, para explicar a Kimura, que el psicólogo canadiense Robert Hare lleva décadas estudiando el tema, y que los rasgos que definen a un psicópata de verdad van mucho más allá de «ser un maleducado y un tanto vil». Los psicópatas son un retrato coral de la frialdad humana llevada al extremo.
Para empezar, tienen un encanto desconcertante. Son verbalmente hábiles, seductores incluso, capaces de caer bien a casi cualquiera en los primeros minutos de conversación. Pero ese encanto es una herramienta, no un sentimiento. Debajo no hay nada cálido.
─Como un escaparate perfectamente decorado con la tienda vacía por dentro ─dijo Kimura.
─Exacto ─respondí. Y esa tienda vacía explica el resto: son incapaces de sentir empatía genuina por el sufrimiento ajeno, no experimentan remordimiento ni culpa tras hacer daño, y su afecto hacia los demás es puramente superficial. Nadie, en realidad, les importa de verdad.
Proseguí diciéndole:
─A esto se suma una autoestima desorbitada. Se perciben a sí mismos como seres superiores y ven a los demás como presas o instrumentos. De ahí su tendencia al parasitismo: explotan a quienes los rodean con una naturalidad que resulta pasmosa, sin el menor rastro de vergüenza. Mienten con una fluidez que desarma. No como quien miente nervioso y se delata: mienten con calma, con detalle, de manera sostenida. La manipulación y la estafa son para ellos recursos cotidianos, no excepciones. Y si se les descubre, rara vez asumen responsabilidad; la culpa siempre es de otro.
Tomé un poco de aire para seguir hablando:
─Tampoco toleran bien el aburrimiento. Necesitan estimulación constante, lo que los lleva a la impulsividad, a las decisiones arriesgadas, a una vida que desde fuera puede parecer intensa pero que en el fondo carece de objetivos reales a largo plazo. Los matrimonios les duran poco. Los empleos, también. El rastro que dejan es de caos y personas dañadas. Y cuando cruzan la línea hacia el delito —que no todos cruzan, aunque muchos lo hacen— su versatilidad criminal es llamativa: del fraude fiscal al secuestro, del incendio provocado a la falsificación. No se especializan en un solo tipo de maldad.
─Suena a tipo muy maligno de película ─dijo Kimura, esta vez en voz más baja.
─Muy cierto, y ahí está el problema. El cine nos ha dado psicópatas con traje y monólogos brillantes. Pero la mayoría no son Hannibal Lecter sino que son personas aparentemente normales que dejan un rastro silencioso de daño a su alrededor, y a quienes durante mucho tiempo nadie llama por su nombre.
─Entonces ─resumió Kimura─ cuando llamamos psicópata al jefe de nuestra oficina, estamos trivializando algo muy serio.
─Exactamente; estamos siendo muy imprecisos. Y quizás también estamos evitando hacer algo más difícil: encontrar las palabras precisas para describir lo que realmente nos duele. Aunque, pensándolo bien, quizás el verdadero psicópata es el que tenemos dentro cada vez que usamos esa palabra para no tener que pensar demasiado. No sé.
Luego me quedé pensando en que la psicopatía es, quizás, solo un índice de esa «escala de demencia» en la que estamos todos nosotros.
Miré alrededor un tanto asustado...
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Magnífico, aunque en esta tira es más sencillo, se dice que "si los HP volasen nunca veríamos el sol".
ResponderEliminarquise decir tierra
ResponderEliminar¡Qué miedo que haya gente así en puestos de responsabilidad y mando!
ResponderEliminar¡Pues has definido un arquetipo, de cuyo nombre no me gustaría acordarme...!
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