domingo, 13 de septiembre de 2026

Atascados en un mundo que ya no existe

      Tengo unas gafas muy pequeñas que se ponen pegadas a los ojos y son muy oscuras, y estupendas, para proteger mis ojos del sol. Estaba tirado boca arriba en la playa y oigo a Selena decir:

      ─¿Sabes? Mi abuela guarda las bolsas de papel en las que traemos envuelto el pan, en un cajón. Como quien atesora lingotes de oro. No es tacañería: es memoria. En su cabeza sigue viva una posguerra que a mí me suena a película en blanco y negro, pero que a ella le sigue oliendo a hambre real. El cajón de las bolsas del pan es una especie de búnker contra un mundo que ya no volverá.

      Creo que lo dijo para intentar conversar de algo, hacía rato que nos tostábamos al sol de septiembre más callados que un muerto. No sé cuánto tiempo tardé en responder. Al final dije sin haber reflexionado mucho:

      ─Y ahí está la paradoja que nadie se atreve a decir en voz alta: vivimos más que nunca, pero seguimos gobernados por reflejos de una época que se extinguió hace décadas. Hemos incrementado la esperanza de vida en décadas, y sin embargo arrastramos, generación tras generación, los mismos miedos, los mismos silencios, las mismas frases hechas de nuestros mayores, como si fueran heredadas junto con la vajilla de las bodas de plata.

      Selena también tardó un buen rato en contestar:

      ─No hablo solo de guardar bolsas de papel, claro. Hablo de la desconfianza automática hacia lo nuevo, del "esto siempre se ha hecho así" repetido como un mantra que ya nadie cuestiona, hablo de la vergüenza a pedir ayuda porque "antes no había psicólogos, había aguante". Hablo de personas que llevan sesenta años usando un mapa de un país, de un mundo, que ha cambiado mucho.

      No contesté nada, el sol me adormecía. Ella añadió después de unos instantes:

      ─Y lo triste no es que sean mayores. Lo triste es que muchos de nosotros, con treinta o cuarenta años menos encima, ya vamos por el mismo camino: acumulando certezas heredadas, ideas fósiles que defendemos con más pasión que las propias, solo porque nos las dieron gratis en la sobremesa familiar. El mundo cambia cada vez más rápido y nosotros seguimos reformando la misma casa vieja por dentro, sin atrevernos a tirar ni un tabique.

      Doblé la cabeza hacia Selena y comenté:

      ─Pienso que no es un problema de edad. Es un problema de anclaje. Hay abuelos de noventa años más abiertos que sobrinos de veinticinco, y hay jóvenes con el alma ya jubilada, instalados en la nostalgia de un tiempo que ni siquiera vivieron. La vejez, al final, no es una cuestión de años en el cuerpo, sino de años acumulados en la cabeza sin ventilar, ¿no lo crees así?

      ─Mira, quizás el verdadero envejecimiento no sea perder facultades, sino dejar de actualizar el "software", ¿lo entiendes? Seguir creyendo que el mundo es el que aprendimos a los veinte, cuando la realidad ya ha sacado tres, o cuatro, versiones nuevas sin pedirnos permiso. Así que, cuando mi abuela guarda otra bolsa del pan en el cajón, ya no la corrijo. Al fin y al cabo, yo también guardo las mías: solo que las mías son digitales, se llaman "certezas" y ocupan bastante más espacio del que creo.

      Giré de nuevo la cabeza hacia el sol y dije con afán de terminar:

      ─Puede que la lección no sea señalar a los mayores atascados en un mundo que ya no existe, sino preguntarnos, con humildad y algo de mala leche, en qué década decidimos ─nosotros dejar de transformarnos y mudarnos...

1 comentario:

  1. Me ha encantado tu artículo-reflexión de hoy.
    Y sí, lamentablemente, a todos nos pasa un poco, aunque eso de estar anclados al pasado tiene bastantes peligros.

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