
A veces imagino mi mente como un cielo en movimiento constante. Las nubes se forman, se transforman y se deshacen sin descanso. Entre ellas viajan pensamientos de toda clase: algunos nacen de la experiencia, otros de los sueños, otros de una emoción inesperada. Mi trabajo consiste en observar con paciencia y extender la mano hacia aquellos que contienen una chispa especial. No siempre sé por qué los elijo. Tal vez porque llevan escondida una pregunta, una posibilidad o una belleza que merece ser explorada.
Me gusta pensar que soy un cazador de mis propios pensamientos. No de esos pensamientos grandes y solemnes que llegan anunciándose con estruendo, sino de los pequeños destellos que cruzan la mente sin pedir permiso. Cada minuto, cada segundo, miles de ideas, recuerdos, intuiciones y preguntas transitan por esa nube invisible que habita en nuestro interior. La mayoría pasan de largo, como pájaros que emigran hacia horizontes desconocidos. Algunas, sin embargo, se detienen un instante, lo suficiente para que pueda reconocerlas y atraparlas antes de que desaparezcan.
Cuando logro capturar uno de esos pensamientos fugaces, comienza un proceso fascinante. La idea deja de ser una simple sombra y encuentra un lugar donde crecer: la imaginación. Allí, en ese territorio íntimo y silencioso, todo adquiere una nueva dimensión. La imaginación es el taller del alma, el espacio donde las intuiciones toman forma y los proyectos encuentran sus primeros cimientos. Antes de existir en el mundo, toda creación ha sido primero un dibujo invisible en la mente de alguien.
En ese taller no existen las fronteras de la realidad cotidiana. Allí puedo recorrer caminos que nunca he transitado, conversar con posibilidades aún inexistentes y contemplar escenarios que nadie ha visto. La imaginación permite que un pensamiento capturado se convierta en algo más grande que sí mismo. Lo transforma en una visión, en una solución, en una meta o en una historia.
Quizá por eso admiro la capacidad humana de imaginar. Dicen que Einstein visualizó el universo cabalgando sobre un rayo de luz antes de expresar matemáticamente aquella visión que cambiaría nuestra comprensión del tiempo y el espacio. Esto nos recuerda que muchas de las grandes conquistas nacen primero en el territorio invisible de la mente.
Por eso sigo aquí, en esta vigilia voluntaria frente a la nube que pasa. Porque entre todo ese ruido hay algo que me pertenece. Un pensamiento que llegó para mí, que contiene una semilla de lo que podría ser. Solo tengo que estar atento. Tender la mano en el momento justo. Y cuando lo atrape —con cuidado, como quien recoge algo delicado y frágil— llevarlo al único lugar donde puede crecer: ese taller luminoso que cada uno lleva dentro, y que llamamos imaginación.

Pensar, imaginar, vivir... parabienes amigo
ResponderEliminarQué fácil lo dices todo!!!
ResponderEliminarMe ha encantado.
Qué fácil explicas las emociones, tan difíciles de entender. Un abrazo.
ResponderEliminarIgnacio, me impresiona ver como eres capaz de plasmar en tus escritos los pensamientos y los sentimientos que todos tenemos y sentimos, pero que somos incapaces de plasmar con esa claridad que tú sabes hacerlo.
ResponderEliminarEs un gustazo poder leer lo que escribes y compartes con todos.
Gracias amigo. 😘🤗