A veces se me
entrecruzan las historias, no sé si son situaciones que viví yo con mi abuelo o
se trata de momentos de que he vivido, en días recientes, con mi nieto; en
realidad no importa, todos es lo mismo, se trata ─únicamente─ de esos momentos
esenciales...
LAS HORMIGAS DEL OLIVO
Un niño paseaba con
su abuelo, ambos serios y con las manos atrás, mirando todo en derredor. Habían
subido a los bancales de la abuela en donde estaban los viejos olivos. El
abuelo siempre hablaba de los campos de la abuela, pues ella era la que los
había heredado.
Contemplaban el mar
─bellísimo─ allá abajo y a lo lejos. Al
entrar en el bancal el terreno se hizo pedregoso, y el abuelo cogió de la mano
al niño para evitar que tropezara y cayese.
Llegaron delante del olivo más viejo, y se pararon allí. Había un gran
silencio, seco silencio de verano mediterráneo en el campo. El niño esperaba paciente alguna indicación o
palabra, pasaron más segundos y el abuelo susurró: «Retorcido... retorcido...
retorcido... retorcido...», lo decía como hablando consigo mismo. El pequeño lo miró extrañado y también miró
al olivo. El árbol era enrevesado como una gárgola del maligno; torturado.
«Nuestro país es retorcido, se ve muy bien desde el aire», dijo eso mirando y
señalando al cielo.
Ahora dirigieron los
ojos al mar que parecía pequeño y lejano: «Me gusta más el mar, me gusta más el
mar...», repitió con voz ensoñada. «¿Por qué abuelo? ¿Por qué?» le preguntó el
niño.
Nunca contestaba
pronto, hacía pausas a las que el nieto ya estaba acostumbrado.
«El mar es un gran
espacio para los sueños», dijo. El niño no supo qué responder y se encogió de
hombros.
Otra vez el olivo.
Miles y miles de hormigas surcaban sus hendiduras e infinitos canales, se
movían rápidas, cada una sabía su fila y su camino. Había varios hormigueros al
pie del árbol y rodeaban su tronco.
«Abuelo, ¿por qué hay
tantas hormigas en el olivo?», preguntó otra vez el niño. Su abuelo devolvió la
mirada al mar, le daba el sol en la cara y su pelo ─muy blanco─ plateado le
brillaba. Tardó un poco, como siempre, en contestar: «Este invierno lloverá
mucho... lloverá mucho... lloverá».
No se si mis ideas son correctas o no, pero pienso que hay una diferencia abismal entre el trato nieto-abuelo y el de hijo-padre. El segundo es necesariamente más rígido, debido a la absolúta responsabilidad y necesidad de corrección hacia el hijo, que tiene el padre. De otra parte, la primera es aquella en que se puede descargar todo el amor, que el abuelo no pudo manifestar claramente hacia su hijo debido a la responsabilidad indicada, y que ahora, puede hacerlo sin ataduras ni restricciones de ningún tipo; dodo ello sin que represente una pérdida de las formas más correctas.
ResponderEliminarEstoy de acuerdo con el comentario anterior, el peso de la responsabilidad de ser padre, de educar, de enseñar, de hacer hombres y mujeres con unas formas y unos valores, te impiden lo que la naturaleza te devuelve cuando eres abuelo, que es poder enseñarlos de forma diferente, te puedes relajar en los mimos, en los caprichos, porque los padres están para educar, y los abuelos para mimar. Quizás por eso la relación de los nietos con los abuelos son tan entrañables y cariñosas. Los abuelos somos especiales para los nietos.
ResponderEliminarUna bonita historia. La relación abuelos-nietos es muy entrañable y más de igual a igual que la de padres-hijos. Cuando tienes hijos, eres joven y temes que tu autoridad sea cuestionada. A veces tienes que corregir y mostrar tu enfado, cosa que con los nietos ya no es necesario.
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