lunes, 17 de mayo de 2021

Días ásperos


     Llevo un montón de días despistado, o mejor dicho, descentrado. No he tenido ganas de escribir ni tampoco de recopilar unas mínimas notas para decir algo de cierto interés por aquí. Estoy vacunado y crispado, quizás esas son la palabras que mejor expresan mi estar.

     El panorama político es desesperante y los otros paisajes también. El verano se acerca a marchas forzadas y nadie sabe lo qué sucederá. Hoy veo que el que preside el gobierno de la nación en la que nos encontramos, nos retrata una utopía a plazo, una arcadia feliz para el 2050; parece que para él ya no es suficiente la Agenda 2030 de Soros, la ONU y Gates; su nueva meta es el 2050, los jóvenes parados que ahora tienen 25 años ya habrán pasado la cincuentena para entonces y probablemente sigan parados en ese tiempo.

     El virus no se va, ni por las buenas ni por las malas, evoluciona, se retuerce y nos ofrece con inusitada rapidez una nueva versión, o más contagiosa o más dañina. La población en mayoría, levantado el estado de sitio (o de alarma o de queda, da igual), se lanza vorazmente a las playas, a las discotecas, a las carreteras, a los restaurantes y bares. Los inmensos colapsos de miles de vehículos.

     Los viejos vacunados no sabemos qué hacer, estamos ante un verdadero galimatías : ¿nos sumamos al entusiasmo colectivo?, ¿seguimos medio encerrados y vamos de vez en cuando al supermercado?, ¿nos tragamos esas infinitas series de las televisiones, culebrones insoportables?, ¿clamamos por más partidos de fútbol drogo-adictivos?

     ¿Veis amigos? No estoy para escribir nada, ni siquiera para hablar estoy. Tengo casi abandonados a mis amigos, hace un mes que no hablo con Briseida, no sé nada de ella. Kimura está desaparecido, no logro conectar con él. Debe estar muy recluido en su finca. Del pastor neozelandés, Cooper George Wright, tampoco sé nada. Únicamente intercambio, algún breve comunicado, con mi amigo y colega (bueno, ya es difícil de calificar como colega) Juan Pedro B., o lama Rabten Lingpa, de tarde en tarde y me manda frases suyas de carácter budista. Juan Pedro, terminó la carrera conmigo y se fue a la India, o al Tíbet, no lo recuerdo bien, y se hizo monje; un tipo de lo más curioso.

     Tengo, a veces, la sensación de estar metido en una cueva.

     Tampoco he visto mucho a mi nieto así que no he podido continuar la novela del lejano Oeste.

     Los días son claros, de sol fuerte, acogedores... ¡menos mal!

sábado, 10 de abril de 2021

De hienas y zorros; al levantar las pestañas hoy

    Aquí estamos, hoy sábado 10 de abril a la espera de la vacuna. En teoría ya debería estar vacunado a tenor de la edad y de mi constatable historial de persona de riesgo, empezando por el EPOC y terminando por la desagradable palabra que todos conocemos. En fin, esto es España y ya conocemos el percal que inunda este país. Nuestro péndulo se mueve entre dos extremos; desde el de las mentiras al de los abusos. Basta levantar las pestañas por la mañana y enseguida topas con individuos que aspiran y sueñan con la tiranía, aplastar el pensamiento y cercenar libertades. Plebe maligna alentada por quienes todos saben y que siempre es subrepticio.

     Pues sí; abro un ojo en esta mañana y me doy cuenta de que llevo un año sobreviviendo y, más o menos preso,... arrestado, confinado, da igual. Mentiras de tenderete por doquier, promesas que cambian de hoy a mañana y que nunca se cumplen, ya nadie cree en nada. Mientras el líder de la trola nacional pregona que estamos en «el principio del fin de la pandemia», ¿la tercera vez que lo lanza al aire desde el “teleprompter”? Hace nueve o diez meses aireó ─juró y perjuró─ que ya había derrotado al virus; la poca credibilidad que le quedaba se fue a la mierda entonces. Todavía somos muchos millones de ciudadanos que esperamos la vacuna-maná (¡qué vaya usted a saber!).

     Levanto la pestaña que me falta y veo el odio como una seña de identidad en el existir diario de este país. Va desde el palacio de las Cortes hasta todas las calle de España, el rencor, la inquina, todo con saña. Enconamiento, animadversión...

     ¿Hienas y zorros?, ¿hipopótamos y cocodrilos?

     Triste panorama,... de verdad.

     ¿Me tocará la vacuna antes de la Virgen del Carmen?

viernes, 9 de abril de 2021

De espaldas al sol (II)

 

     ─Abuelo, ¿Kane hablaba solo? ─preguntó Carlos.

     Me temo que debo proseguir la historia del pistolero Kane, ya mi nieto me ha insistido varias veces desde ayer.

     ─Sí, llevaba muchos días sin ver ni hablar con persona alguna, y pasaba ratos pensando en voz alta y hablando consigo mismo ─le respondí.

     ─¿Qué pasó después de lo de ayer? ¿Se comió el urogallo?...

     A Kane le agradaba mucho ver a los animales y aquella zona era rica en toda clase de ellos, se cruzaba con ciervos de Virginia, coyotes, linces rojos, Uapitís, y veía volar aves como la codorniz, palomas, cardenales, águilas calvas, gavilanes colirrojos, faisanes y otros.

     ─Abuelo, ¿había bisontes también?

     ─Sí, cuando Kane iba por partes de pradera también veía bisontes americanos, gallos de las praderas, tejones, armadillos y algunas de las mayores poblaciones del perrito de la pradera típicos animales de aquella parte occidental de Oklahoma por la que iba nuestro amigo.

     ─Yo he visto a los perritos de la pradera en televisión, ladran como los perros, son como ratones marrones, o como conejos, que viven en boquetes en el suelo y asoman la cabeza, ¿no?

     ─¿Me dejarás proseguir la historia? Si me interrumpes tanto se me va la memoria, ¿vale?

     ─Vale, ya te dejo abuelo,... sigue.


     Estaba cansado, o más bien agotado, necesitaba unos días de descanso, de coger fuerzas, de centrarse en algo. Quería encontrar algún poblado en el que pasar unos días, o mejor unas semanas, de tranquilidad. No tenía problemas de dinero, en sus alforjas llevaba una buena cantidad; podía pasar muchos meses ─posiblemente años─ sin hacer ninguna clase de trabajo. Se rascaba de continuo, le picaba todo el cuerpo, estaba muy molesto con eso, posiblemente tenía pulgas u otro insecto malvado del que no lograba deshacerse, su mala higiene le era insoportable.

     Cabalgaba, como siempre, con el sol a sus espaldas, hacía un par de horas que había amanecido y el calor ya era sofocante. Se desvió hacia un grupo de rocas con arbustos que vio a su izquierda, tendría que parar un rato. Pero una lejana y discreta nube de arena le alertó, aceleró para buscar refugio y esperar. No había pasado mucho rato cuando distinguió a un grupo de indios no demasiado numeroso, quizás veinte o veinticinco, todo lo más, no podía contarlos bien desde su escondite. Parecía que intentaban cazar alguna pieza grande. Intentó deducir de sus vestimentas y adornos a qué tribu pertenecían. Se serenó al ver que no eran “apaches”, a los que él situaba mucho más al sur; pensó (y acertaba) que era indios “osanges”, que tenía entendido que eran mucho más pacíficos y amigables. De todas formas se quedaría oculto, era lo mejor. Además, estaba preocupado por su revólver, el viejo Colt Paterson, después de matar al urogallo le parecía que estaba desajustado y que no funcionaba del todo bien; a la primera ocasión que tuviese lo cambiaría por un moderno Colt Peacemaker que sabía que era una maravilla.

     Mientras veía que los cazadores “osanges” desaparecían en dirección noreste, decidió seguir el sentido contrario, iría hacia el sudoeste, quizás encontrase algún poblado en el que descansar y reponerse.

     Tardó dos días más hasta que llegó a vislumbrar, muy a lo lejos y un poco a la izquierda de la dirección que llevaba, una o dos columnas de humo que parecían proceder de chimeneas.

     Le aumentó el picor y también el hambre...


     ─Abuelo, ¿encontró un pueblo?, ¿qué pasó?

    Le miré sonriendo y dije:

    ─Habrá que esperar a mañana, ¿no?

miércoles, 7 de abril de 2021

De espaldas al sol (I)

     Siempre cabalgaba de espaldas al sol, hasta que su espalda ardía y entonces buscaba una sombra para descansar un rato y beber unas gotas de agua. Llevaba dos semanas sin descanso y pensó ─sin mirar atrás─ que ya había dejado de perseguirle. Le dolía el hombro izquierdo de una antigua bala que le rozó, aunque ya ni se acordaba de cómo fue aquello. Quizás el tiempo iba a cambiar, un buen chubasco no vendría mal, llenaría las dos cantimploras. Pero le fastidiaría el maldito barro.

     Calculó que aún debería estar a caballo una hora o cosa así, después buscaría un refugio, cosa que no era nada fácil por aquellos lugares. Tocó, con el índice y el pulgar, la culata de su viejo Colt Paterson, notó como sus dedos dejaron algo de polvo al tocar el arma. Era una vieja manía, cada media hora rozaba el arma y escupía, esos gestos le generaban una extraña sensación de seguridad. Le quedaban unas veinte balas, tendría que comprar algunas más en cuanto hubiese ocasión de hacerlo.

     El sol le seguía ardiendo en la espalda, quizás el pequeño dolor estaba relacionado con el Winchester de 1873 que le colgaba al hombro, pocas veces lo ponía en la funda de la cabalgadura. Tendría que dispararle a algo para comer, sus reservas estaban casi agotadas. Seguro que ya podría encender fuego sin temor a señalar su posición con el humo.

     Se sabía perdido, muchas veces en su vida le había sucedido lo mismo, recordó el viejo cuento de la zanahoria que un día oyó relatar a un embaucador en una calle de no recuerda dónde. Decía que, antiguamente, en un país de Oriente, para moler el trigo, los campesinos utilizaban caballos para mover las ruedas de los molinos. Los caballos giraban incansablemente, durante todo el día, iban queriendo atrapar una zanahoria que llevaban colgada delante de su hocico; solamente podían comer esta zanahoria a la caída de la noche.

     Pensó que él, y muchos más, eran así; iban con una zanahoria colgada en la nariz, pero nunca se la comían cuando llegaba la noche. Al día siguiente ─de modo casi mágico─ tenían una nueva zanahoria en la nariz.

     Desvió su ruta un poco a la derecha ─aunque el sol seguía en su espalda─ hacia una densa floresta en la que seguramente podría encontrar agua y algún animal comestible. Pararía por allí hasta el amanecer del día siguiente, y ahora sí encendería un buen fuego.

     Con el sol ya muy arriba, encontró un arroyo con abundante agua, fresca y clara, se bañó entre las piedras y no vió ningún pez. Después, se dispuso a buscar algún frutal silvestre para comer algo. El animal ─atado a soga─ ya daba buena cuenta de todo lo que encontraba a su alrededor.

     El sonido del gallo de las praderas o urogallo grande, es inconfundible, lo percibió cerca y eso le hizo pensar que se encontraba al norte de Oklahoma, sacó el Colt Paterson y se arrodilló muy quieto, rogó que el caballo no hiciese ningún ruido que espantará a la gallinácea. Apareció con aire despistado de entre un tupido matorral. Kane disparó rápido y la pieza cayó de inmediato...


     ─¡Abuelo sigue! ─clamó Carlos.

     ─No, no. Ahora descansaré, después te seguiré contando la historia de Kane.

     ─Pero, ¿y si no te acuerdas? ─preguntó con ansia.

     ─Sí; me acordaré. Seguro que si no lo recuerdo tú te encargarás de ello.

     ─Bueno, vale, ¿después de comer?

     ─Abuelo, ¿tú conociste a Kane?...

viernes, 19 de marzo de 2021

El joven arquero y Carlitos

 

     Me encanta sorprender a mis nietos con raras historias, ayer le improvisé a Carmen un viaje a la Luna en una expedición de siete naves con siete pasajeros en cada una, se trataba de la primera incursión formada por cuarenta y nueve personas que íbamos a sentar las bases para construir una estación permanente en nuestro satélite. Por supuesto que yo era uno de los expedicionarios de este viaje al espacio. Pero, más adelante, ya contaré esta historieta que necesita varios capítulos.

     La que quería contar ahora es la que le narré a Carlitos basada en una historia de un maestro Zen.

     Empecé diciéndole que una vez en el Japón antiguo existió un joven arquero que tenía una gran destreza en el tiro, sus flechas acertaban con una enorme frecuencia en difíciles blancos y salía siempre como vencedor absoluto de los muchos campeonatos en los que participaba.

     Este joven oyó hablar un día de un anciano maestro Zen casi ciego que le dijeron que tenía unas habilidades increíbles con el arco y las flechas. El muchacho hizo un largo viaje hasta que lo pudo encontrar en una lejana tierra. Con profundo respeto, pero también con una carga enorme de vanidad, se acercó al maestro para pedirle que contemplase sus habilidades con el arma. El anciano asintió complacido y el muchacho realizó varios lanzamientos certeros con sus flechas mostrándose muy ufano de lo conseguido. El anciano no se pronunció respecto a su talento y le dijo solamente:

     ─Ven, acompáñame.

     Caminaron hasta un despeñadero cercano, en el que había un largo y grueso tronco de árbol que unía, a modo de puente, dos de sus partes. Muchos metros abajo discurría un río que apenas se veía por la enorme altitud del barranco.

     El anciano tomó su arco y con paso seguro comenzó a caminar por el tronco hasta la mitad del mismo, encima del vacío, allí tensó su arco y disparó una flecha hacia un árbol lejano acertando con mucha precisión. Regresó junto al joven y le indicó:

     ─Haz lo mismo.

     El chico se acercó al tronco y apenas puso un pie encima miró hacia el abismo y comenzó a temblar; retrocedió paralizado de miedo.

     ─Eres muy diestro con tu arco, ─le comentó el maestro, notando el desasosiego de su desafiante joven– pero tienes poca habilidad con tu mente, esa es la que no te deja lanzar la flecha.

     Mi nieto escuchó toda la historia muy interesado y le pregunté:

     ─¿Qué conclusión has sacado de la historia del arquero?

     Se quedó un poco pensativo mirando a su derecha. Y después, mirándome de nuevo, dijo:

     ─Es que el muchacho se puso demasiado chulito, ¿no abuelo?

miércoles, 17 de marzo de 2021

Tiempos de horror y esperanza

 

     Sigo mirando largo tiempo por mis ventanas. Gran parte de mis reflexiones diarias están vinculadas al azote del corona virus. No paro de pensar que nunca habíamos compartido un miedo a la muerte tan intenso y general. Incertidumbre y desasosiego penetran por nuestras mentes y por nuestros sueños. Poco a poco van pasando los días y comienzo a tener clara conciencia de que muy posiblemente nuestra vida no vuelva a ser como era antes. Antes de ese día nefasto cuando en China, una persona se contagió de un virus que jamás había infectado a los seres humanos.

     Tiempos de horror, estamos en tiempos complicados, es posible que nunca antes hayamos vivido así. Hacía muchos años que el mundo no se encontraba en una situación análoga. Una espada de Damocles sobre todas las culturas y razas de la tierra. Un microscópico enemigo que nos tiene cercados, encerrados y llenos de fatalidad. Muy probablemente, nuestros hábitos, nuestras rutinas, nuestra cotidianeidad, no vuelvan en largo tiempo y que cuando regresen, es muy posible, que toda la superficie del globo terráqueo tal como la conocíamos haya cambiado. Y sin remedio.

     Esta mañana hablaba con mi amigo Cooper George, el pastor protestante de Nueva Zelanda, y me decía con mucha razón que si la gente de alrededor no se cuida poco importa que nosotros nos cuidemos individualmente.

     Cooper añadió:

     ─Aunque estemos en un mundo alejado, en un isla del Pacífico, no vivimos aislados y es prácticamente imposible aislarse del todo, aunque nos encerremos a cal y canto en nuestras casas. Nuestra vida depende, en muy buena medida, de otros, pero especialmente de quienes ejercen el poder, toman decisiones cruciales. El mundo es una especie de trenza revuelta y todo está unido, aunque parezca separado.

     Le contesté con lentitud:

     ─Posiblemente nunca estaremos preparados para las emergencias inéditas, nunca podremos estar del todo preparados...

     Hubo una pausa y después vi en la pantalla una pregunta en la que adiviné cierta sorna:

     ─¿Te mando un versículo?

     Reí y le dije:

     ─Por supuesto que sí.

     ─Es del libro de Job, el 2:10, y dice: «Si aceptamos los bienes que Dios nos envía, ¿por qué no vamos a aceptar también los males?».

     No supe qué responder. Seguí meditando sobre la espera. Esperar a que transcurran estos días para tener otra vez tiempo de mirar paisajes de prados repletos de flores, viendo cómo, por encima del caos, las flores siguen allí, danzando, con la brisa y los vientos...

martes, 9 de marzo de 2021

La "vejez productiva"

     

     Esta mañana tuve ocasión de charlar un rato con Kimura. Por supuesto que uno de los asuntos fue la incidencia del coronavirus en nuestros respectivos países. Allí las cifras son envidiables, si se puede decir así. Han tenido, en total, unos 440.000 casos con un numero de fallecidos que ronda los 8.300 muertos a fecha de hoy, cifra muy baja a tenor de que Japón tiene unos 127 millones de habitantes. Me dijo Kimura que, sin embargo, los japoneses vacunados aún son muy pocos, por debajo de los 48.000. Le comenté que aquello es otro mundo con respecto a las cifras que aquí manejamos.

     Después estuvimos hablando de mi escrito de ayer en el 'blog' sobre los mayores y las facultades que se dilapidan por no existir un proyecto inteligente y para aprovechar toda esa capacidad y talento (“Mayores en Internet: un potencial”).

     Mi amigo Kimura dijo:

     ─Es cierto, hace falta un despliegue mayor de esfuerzos por parte de los gobiernos y de fuerzas sociales. Felizmente, en mi país, cada vez más se ponen en marcha nuevos proyectos para estimular la actividad de los mayores. Los objetivos son los de mantener una buena salud, llegar a altos niveles de bienestar y acrecentar las relaciones sociales que les permitan superar los problemas de la soledad no deseada. Pero todavía hay carencias que el sistema no logra superar.

     Como no contesté inmediatamente, él añadió:

     ─No sé cómo lleváis en España esta cuestión.

     Torcí un poco el labio tratando de lanzar algo como una especie de sonrisa que no logré emitir y le comenté:

     ─Bueno, aquí cualquier cosa debe pasar por una agotadora fase previa de charlatanería, de comisiones poco operativas que discuten y cobran dietas, pero un horizonte a corto plazo que contemple estas cosas no veo.

     ─Sí, ya sé que vuestra situación es bastante diferente, además hay aspectos culturales que nos diferencian mucho. La figura de la persona mayor, en general, no tiene el mismo peso en Oriente que en vuestro Occidente...

     Se quedó un poco en silencio y tomó de nuevo la palabra para decir con deje nostálgico:

     ─Aunque en esto también vamos cambiando.

     Intervine para comentar:

     ─En España, todavía estamos lejos de entrar en la consideración de lo que se ha dado en llamar “vejez productiva”. En la crisis que ya llevamos arrastrando unos años, ha forzado que muchos jubilados hayan tenido que acoger y mantener en sus casas a la familia de alguno de sus hijos contando con el único recurso de la jubilación y siendo esta jubilación bastante escasa con frecuencia. Hay también muchos que se ocupan del cuidado de sus nietos mientras los padres de éstos trabajan. Los hay también que dan su apoyo colaborando a cuidar a algún familiar enfermo dependiente.

     ─En Japón ─dijo Kimura─ hay también personas jubiladas que realizan un trabajo de apoyo social no remunerado, acompañando o asistiendo a personas que viven solas, ayudando en comedores sociales, o colaborando con algunas ONG's en diversas actividades. ¡Ah! Ese concepto que has citado de “vejez productiva” es muy interesante.

     ─Sí, pienso que por ahí deben de ir los tiros. Opino que las estructuras deberán tornarse más flexibles, más moldeables, para que puedan permitir a las personas manejar los diferentes tiempos: de aprendizaje, de trabajo, de ocio y de desarrollo de los valores humanos, a lo largo de todo su ciclo vital.

     Kimura se despidió de mí diciéndome:

     ─Tenemos que seguir hablando de esto, me parece que es un vagón que tenemos que empujar. Hoy día las personas estamos cambiado más rápidamente que las estructuras, ¿no?

     Me quedé con la cabeza impregnada de eso de la “vejez productiva”...

lunes, 8 de marzo de 2021

Mayores en Internet: un potencial

    Estos días anteriores he estado curioseando sobre la utilización de Internet por parte de personas mayores y he quedado muy gratamente impresionado, su uso ya es masivo. Miles, millones, de personas de más 60 años y hasta los 80 y muchos, echan mano de Internet para múltiples tareas. Hacer esta pequeña investigación vino porque estaba pensando en el potencial humano que se pierde ─que queda paralizado─ con la jubilación. En modo alguno la jubilación debe ser un sinónimo de inactividad para la gente mayor y todavía menos, suponer que tienen imposibilidad de contribuir con su esfuerzo al desarrollo económico y social de un país. Quizás todo lo contrario. El incremento de la esperanza de vida facilita que las personas mayores tengan una necesidad continua de mantenerse no sólo activos y operativos, sino también productivos. Aunque, lamentablemente, no tenemos una sociedad preparada para aprovechar este potencial. Se hacen necesarios cauces y oportunidades para el desarrollo de toda esa energía dilapidada.

     Un amigo extranjero me comentaba hace poco que conoce algunos países en los que se aprovecha la experiencia de los mayores, tanto profesional como personalmente, para elevar la actividad económica del país. Algunas empresas,  utilizan a los trabajadores que se jubilan para formar a los más jóvenes. Y lo hacen sin deterioro de su pensión. Otros lo hacen de manera altruista y desinteresada.

     En esta línea, otra cosa que me ha llamado poderosamente la atención es la enorme presencia activa ─y algunas activísimas─ de mayores en Facebook, Instagram, Gab y, supongo, que en otras de las muchas redes sociales que existen. Claro, y también destacar la amplísima utilización que hacen de WhatsApp y Telegram.

     Pero quizás lo que más me ha gustado ─y animado─ ha sido el apreciable número de páginas Web y de 'blogs' desarrollados y mantenidos espléndidamente por abuelos incansables, dignos del mayor encomio y ejemplo para nuevas generaciones. ¡Quién lo iba a decir hace veinte años!

     No quiero dejar de citar aquí a mis amigos Gonzalo y Jesús, que ─con sus más de 75 años─ son unos verdaderos jabatos, difundiendo cultura, saber e información a diario en Internet. 

     Vendrán nuevos tiempos, nuevas tecnologías, nuevos asuntos, pero habrá que contar con estos miles y miles de mayores en la vanguardia, gente ilusionada y perseverante, que recuerda a aquellos pioneros de la radio, que con sus contribuciones técnicas tuvieron tanta influencia en el desarrollo de las comunicaciones en toda una gran época.

lunes, 1 de marzo de 2021

El Apocalipsis no es tan apocalíptico

 

     Sí, es cierto, me quejo y emito mil lamentos por el confinamiento, por la pandemia y por otras muchas cosas. Pero he de reconocer que también hay algunos efectos positivos que me han sido traídos por toda esta hecatombe. Y uno de estos son los amigos que he ido haciendo en este trayecto.

     Es curioso todo lo que he aprendido, todo lo que he disfrutado en mis conversaciones con ellos, a veces ─como es natural─ teñidas de alguna polémica. ¡Qué cantidad de horas de charlas interesantes sobre mil y un temas! También he podido conocer un buen puñado de programas de comunicaciones que desconocía; sin un buen software la cosas no hubiesen sido tan fáciles. La práctica de idiomas ha tenido un protagonismo fundamental. A veces, y a trompicones, he logrado la fluidez suficiente para entenderme con ellos a la perfección. Algunos hablan un español estupendo, como Kimura y el padre Horst Seehofer. Y no quiero olvidar a mi gran amiga, Zenaide, brasileña, que este año pasado ha conseguido defenderse en español de manera admirable. Además ha sido una profesora excelente para enseñarme ese portugués ─tan musical y vivo─ del Brasil.

     Desde luego quiero recordar también las charlas con Briseida, llenas de pasión y activismo frente al “Nuevo Orden Mundial” y sus tentáculos. Pero hoy quería hablarles de mi amigo ─al cual no he citado nunca antes en ningún artículo─ Cooper George Wright, que vive muy lejos, en Nueva Zelanda, ¡nada menos! Por la cuestión horaria tengo un poco complicada la comunicación con él, pero casi todos los días nos echamos una buena charla o nos intercambiamos audios. Cooper es pastor protestante, casado y con varios hijos, ya esta semijubilado. Lo conocí por medio de Kimura. Claro, con él, los temas frecuentes de charla son: la Biblia, teología, la religión en general, la sociedad, el estado del mundo...

     Cooper, desde Wellington, habló esta mañana del Apocalipsis de San Juan e hizo una síntesis fantástica del mismo. De estos resúmenes que se quedan grabados para siempre en el cerebro. Se lo agradecí de verdad. Entró en el tema diciéndome que no estaba claro que este san Juan del libro fuese el apóstol y que algunos creían que era otro Juan desconocido, pero que eso le daba igual y prefería la idea de que fuese el mismo apóstol. Esta postura ecléctica me gustó. Comentó que para él, el Apóstol Juan escribió el libro cuando ya era muy anciano. De hecho, él era el único discípulo de Jesús que no había muerto por aquel tiempo. Dijo que estaba en prisión en la isla de Patmos, que es como una roca gigante y fea en medio del Mar Adriático y que a Cooper le gustaría conocer. Habló mi amigo que mientras el apóstol estuvo allí, experimentó las visiones contenidas en el “Libro del Apocalipsis” (al que él denomina “Revelación”). Y que tiene que ver con el fin de los tiempos y con todas las cosas que ocurrirán. Añadió que el libro está repleto de símbolos y visiones que son muy difíciles de entender. Y que eso, quizás, es porque aún no es el momento de comprenderlas.

     Le pregunté por la fecha aproximada en la que pudo ser escrito el libro y me respondió que sobre el año 95 d.C. Le comenté que mis conocimientos bíblicos son bastante insuficientes, datan de hace mucho tiempo, de cuando estudié Historia Sagrada en el bachillerato y poco más. Y que mi idea del Apocalipsis se resume en saber que se refiere principalmente al fin de los tiempos que rodean la venida de Jesús a la tierra.

     ─¿Qué versículo del Apocalipsis te gusta más? ─se me ocurrió preguntarle.

     Lo pensó unos segundo y contestó rápido:

     ─Sí, quizás Apocalipsis 3:20, «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré y cenaré con él y él conmigo.»

     ─¿Te lo sabes todo de memoria? ─le dije asombrado.

     ─Ya me gustaría, pero no, únicamente se cosas sueltas de casi todos los libros, versículos importantes de cada libro. Además con la edad voy olvidando algunos.

     Un poco en plan provocador le pedí:

     ─Dime otro párrafo del Apocalipsis.

     Ahora fue más rápido:

     ─Te digo el 21:1: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar no existía ya.»

     Este versículo lo vi optimista.

     Pensé que el Apocalipsis no era tan apocalíptico...

jueves, 25 de febrero de 2021

La guerra singular que padecemos

 

     Los temas se me acumulan, uno tras otro, pero no tengo demasiadas ganas de escribir; paso los días contemplando cómo pasan los días, valga la redundancia. Voy realizando tareas a tropezones y dando vueltas en la soledad del confinamiento. En realidad tampoco me importa mucho o, al menos, eso me agrada pensar. Este estado de guerra es tan singular que aún es pronto para contar toda su historia. Ahora pasaba un rato escuchando una música estupenda, agrupada y denominada como jazz relajante. Hace un día fresco y con un sol agradable; casi para dormir aquí sentado y viendo esas pompas de pensamientos que van pasando delante de mi frente. He escuchado un repique de campanas, parecen que suenan de otro modo ahora, su sonido es como el que oía cuando era pequeño; pienso que eso será por la menor afluencia de tráfico en las calles y por el poco ruido de la gente. ¿Existen los 'pensares' igual que los cantares?

     Me repantingué en el sillón, el jazz me obligaba. El mando de la televisión tonteaba en mi mano y dejé las imágenes solas, sin sonido. Unos señores ─unos sí lo eran y otros no─ hablaban por turnos y me llegaba únicamente su gesticulación. Apuesto que todos “trabajan para el pueblo”, ¿no? Aunque la realidad suele ser otra.

     Una vez leí, que ningún sistema político es bueno ni malo y que sólo son instrumentos de música política que deben estar siendo ─continuamente─ afinados y mejorados. ¿El mal está en los que gobiernan para sí mismos?

     Me encantaba esa idea de música política y de instrumentos que deben ser afinados continuamente.

     Unos periodistas pululaban tomando fotos, otros iban con un pequeño magnetófono en ristre. La democracia siempre termina en eso, en la manipulación de la prensa y los medios para llevar el fiel de la balanza al sitio que convenga.

     Creo que me quedé dormido...

miércoles, 10 de febrero de 2021

Vaciar la taza

 

     Hace un rato abrí "facebook" para ver qué había allí. Quizás ─pensé─ algún amigo ha dejado escrito algún comentario en alguna de las múltiples entradas que suelo poner.

     "Facebook" me asaltó de nuevo con su eterna e impertinente pregunta: ¿Qué estás pensando?

     En realidad, no estaba pensado en nada, sólo cruzaban mi mente algunas burbujas de esas que contienen pensamientos inmaduros, blandos, sutiles, que vienen y van a gran velocidad. Esas cosas que hay que detener para que se conviertan en verdaderos pensamientos.

     Estuve unos segundos, o minutos, contemplado esas burbujas y agarré una al azar. La rompí y en ella estaba la historia de Nam-în, que era un monje Zen japonés que vivió en la era Meiji bajo el mandato del emperador Mutsuhito entre 1852 y 1912. En aquella época Japón empezó a abrirse al mundo y experimentó una reestructuración de los sistemas político, económico y social, llevando el país a una modernización extremadamente rápida.

     Nam-în recibió a un profesor universitario americano que había viajado a Japón para estudiar qué era aquello del Zen y quería hacerle una serie de preguntas acerca de esa misteriosa forma del budismo.

     En el primer encuentro Nam-în le sirvió un té cortésmente. Y echó el líquido hasta llenar la taza del visitante y, no obstante, siguió vertiéndolo. El profesor contempló el té que se derramaba hasta que ya no pudo contenerse y exclamó:

      ─¡No cabe una gota más! ¡La taza está completamente llena!

      ─Al igual que esta taza ─le dijo Nam-în─, usted está lleno de sus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo puedo mostrarle qué es el Zen a menos que primero vacíe su taza?

     Noticieros, informaciones, incidencias de contagios, muertes, vacunas sí y no, elucubraciones, pronósticos, planes...

     Necesito vaciar mi taza...

lunes, 8 de febrero de 2021

Daruma y la compasión budista

 

     Ayer mi amigo Kimura tuvo a bien presentarme a una amiga suya a través de Internet, me dijo que se llamaba Daruma ─nombre que hace referencia a un famoso buda─ que era budista practicante, y que hablaba un español mucho más que aceptable. Instalé su número de teléfono como contacto en el móvil y rápidamente me pude comunicar con ella por WhatsApp.

     Iniciamos la conversación con las frases de cortesía habituales y hablamos de nuestra mutua amistad con Kimura. Dedicamos también unas palabras ─ya es cosa también normal─ al maligno virus que nos asola. De aquí pasamos a comentar sobre las actitudes mentales que debemos poner en marcha ante la pandemia.

     Nuestra charla fue muy larga y departimos de variados asuntos, sería difícil reducir todo a unas líneas aquí escritas. Pero voy a tratar de resumir algunos de los puntos que me parecieron de gran interés. Quizás el que más me llamó la atención fue el de la “compasión”. Daruma dijo:

     ─La esencia del budismo es la compasión hacia todos los seres sin diferenciación alguna y, sobre este pilar, no lastimar a nada ni a nadie. Buda afirmaba que «la mayor de las virtudes es la compasión».

     Respondí que mi concepto de compasión era ─posiblemente por ignorancia─ demasiado pobre, casi igual de aséptico que el del diccionario que únicamente dice así: «Sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien».

     El WhatsApp advertía que estaba escribiendo y pasaron algo más de dos minutos antes de salir a la pantalla su respuesta:

     ─Esa definición es, bajo nuestro punto de vista, incompleta y estática. Sin duda hay bondad y buen sentimiento cuando acompañamos el padecer de otro, pero hay ahí cierta pasividad. El concepto budista de la compasión es mucho más amplio. La compasión de la que nosotros hablamos va más allá de sentir pena o de llorar con el que llora o de sufrir con el que sufre. Y la compasión que nosotros entendemos no sólo se enfoca y dirige hacia el prójimo más inmediato si no que también se dirige hacia los enemigos. Nuestro sentido de la compasión no contempla excepciones, va hacia todos: amigos, enemigos y extraños.

     También tardé un poco en contestar lo siguiente:

     ─Sí, creo que fue San Pablo, el apóstol cristiano, el que dijo que la compasión es: «Reír con los que ríen y llorar con los que lloran», y creo que aquí se vincula su significado con la idea de “compartir”, ¿no lo ves así?

     ─Conozco esas palabras de Pablo de Tarso. Aunque si te fijas bien esas palabras parecen que tienen más que ver con la idea de empatía. Y sigue, de alguna manera, uniendo la compasión a un sentimiento estático y pasivo de lástima o pena ante el dolor o la desgracia de otro y nada más. Nosotros entendemos que al compartir un dolor, o la soledad o el sufrimiento de los demás también debemos llevar hacia ellos un consuelo real, una esperanza, un rumbo; debemos ofrecer alternativas al sufrimiento de esas personas y, en último término, a sublimar el padecimiento y a serenar su espíritu.

     Le comenté que me gustaría seguir hablando con ella de estas cosas, que me enriquecían y elevaban mi contrita moral en este maldito confinamiento.

     Nos reímos un poco cuando le dije que era la primera vez en mi vida que hablaba con una japonesa y que estaba encantado de leer su español tan perfecto y preciso. Las risas de ella aumentaron de tono cuando me confesó que no era japonesa.

     Y no me dijo cuál era su nacionalidad...