viernes, 29 de enero de 2021

Un vaso de vino, un trozo de tarta de chocolate y muchas flores

     Siempre recuerdo un proverbio, creo que es galés, que dice: «El amor perfecto a veces no llega hasta el primer nieto». Y suelo repetir aquello que escuché una vez de que los abuelos somos simplemente niños pequeños antiguos.

     Tengo la inmensa suerte de estar cerca de mis nietos y pasar algún tiempo con ellos a menudo; eso aparte de las parrafadas por teléfono que casi a diario nos echamos. Ayer estuve un rato con la mayor ─que en unos días cumplirá once años─ y me hizo unos comentarios espléndidos sobre la lectura que está terminando: “La vuelta al mundo en 80 días” de Verne. Me contó que ya le falta espacio en su mueble biblioteca, pero le regalé unos cuantos libros más y unos cuadernos de viñetas de Mafalda, quedó encantada.

     Por la tarde/noche llegó la llamada que esperaba, era mi nieto que había estado atento al momento en que alguno de sus progenitores dejaba el teléfono a su alcance para ponerse en contacto conmigo. Me contó varias cosas de su día, del colegio y de esas construcciones de “Lego” que tanto le entusiasman. Después de unos minutos me pasó a Emma que, por lo visto, tenía urgencia de hablar conmigo.

     Emma, tiene gran facilidad expresiva y me comunica todas sus cuitas, incluso los pequeños dramas con sus amigas. Primero contó que el “cumple” de su hermano, Carlos, era el día 6, y después de una serie de disquisiciones, salió explicándome que en enero, y con muy pocos días de diferencia cumplíamos años su madre, ella y yo. Entonces preguntó:

     ─A ver, abuelo, ¿tú cuántos años tienes?

     Lo dijo en un tono que no tuve más remedio que lanzar una carcajada y responderle entre más risas:

     ─¡Tantos como Matusalén! ¡Novecientos sesenta y nueve años!

     Quedó reflexiva un par de segundos y contestó:

     ─Eso no tiene sentido abuelo, estarías ya muerto. No se puede vivir tantos años; nadie vive eso.

     ─Es verdad, no tengo tantos, pero son muchos ya ─le contesté, sin parar de reír y le pregunté─: ¿Tú cómo sabes que no se vive tanto tiempo?

     Mirándome con un atisbo de conmiseración, dice:

     ─Yo lo he visto en los cementerios, en las tumbas dicen los días de nacer y los de morir.

     ─¿Qué cementerios has visto tú? ─le pregunté sorprendido.

     ─He visto dos, el de aquí, del Puerto y uno pequeño muy bonito en un monte, en “Villalengua Rosario” (algo así dijo). Quiero ir otra vez contigo a verlo de nuevo. En el de aquí, que esta cerca de casa y fuimos andando, he visto la tumba de mis bisabuelos y más.

     Pensé que yo, la primera vez que vi las tapias de un camposanto, tendría catorce años. Estaba absolutamente perplejo con mi nieta.

     Al final de la conversación, y con la naturalidad más grande del mundo añade:

     ─Abuelo, cuanto te mueras yo iré todos los día trece de enero al cementerio y pondré en tu tumba un vaso de vino, un trozo de tarta de chocolate y muchas flores.

     Ella sabe que me encantan las tartas de chocolate...

martes, 26 de enero de 2021

Emma y su rabo de toro

     Graham Greene decía que escribir es una forma de terapia, y cuando los tiempos son como los que estamos viviendo/padeciendo está muy claro que tenía mucha razón. Ponernos delante de un folio en blanco (ya saben, aquella antigua metáfora) es un intento de comprender lo que nos rodea, es tratar de representar todo aquello que es irrepresentable, de decir lo que nunca se dice.

     Y sí; es una terapia. Contar cosas es una acción curativa y necesaria. Cualquier pequeña narración, por nimia que parezca, nos libera.

     No sé si mi nieta pequeña aceptaría lo que digo en los párrafos anteriores, a veces, cuando le comento alguna cosa que le parece compleja o dudosa me contesta, segura y firme: "Abuelo, eso no tiene sentido". Aunque también conoce la palabra "absurdo", ella siempre prefiere decir que algo no tiene sentido.

     Ya escribí hace unos meses sobre algunas de las anécdotas que ella nos proporciona a diario ("Los tonos de Emma"). Acaba de cumplir ocho años, es menudita y bien proporcionada, cariñosa y de sabia mirada. Minuto a minuto sorprendente. El domingo pasado fuimos a comer a una venta y ─ni corta ni perezosa─ pidió, como primer plato, un suculento rabo de toro. El primer sorprendido fue el propio camarero que quedó un poco paralizado, atónito, al oír la petición y nos miró a los mayores para ver si lo aceptábamos. Con media sonrisa todos asentimos y el hombre marchó a cursar la petición de la niña.

     Al llegar el plato humeante y repleto, todos miramos a la mesa de los pequeños.

     Con ceremoniosos gestos, cogió el cuchillo y el tenedor, se levantó porque sentada en la silla no alcanzaba con comodidad y púsose a trocear aquella enormidad.

     Sus bellísimos ojos grises lo escrutaban todo, miraba el rabo que cortaba y estaba pendiente de las asombradas miradas que caían sobre ella. Esbozaba su singular y leve sonrisa de bruja sabihonda.

     Mientras tanto, su hermano se hacía ─y comía a la vez─ un tremendo bocadillo relleno de croquetas de puchero.

     Al final, “nos homines sumus”, humanos somos, no pudo acabar tan desmesurada vianda.

     Su hermanito y su papá ─ambos al quite─ dieron fin al rabo de toro, ya frío, de Emma.

     (Quizás, escribir sólo sea hallar cosas para contar a los demás.)

lunes, 25 de enero de 2021

Trescientas treinta

 

     No quiero llegar a las cuatrocientas palabras, no soy capaz hoy...

     Estoy escribiendo con dificultades, sin apenas ganas, intento conocer en qué momento estoy, trato de desbrozar las emociones y los pensamientos que me aturden. Escucho música clásica tratando de afinar la mente y ver a través de ella las imágenes de lo que puede ayudarme, o de lo que me atribula. Pienso que eso sería una medida terapéutica recuperadora.

     Miro a la calle, el cielo está gris, la lluvia emborrona los cristales y veo el exterior con intermitencias: entre gotas.

     Intento enumerar los recursos con los que afrontar la situación, el confinamiento. Administrarlos ─o gestionarlos, utilizando esta palabra que se repite ahora hasta la saciedad─. Quiero enumerar todas las actividades que puedo realizar en la mitad (¿en la mitad?) de esta pandemia y son bastantes; eso ─desde luego─ consuela algo... Me faltan horas...

     Salgo confortado de estas ideas, tengo estrategias para enfrentarme al tedio, y he aprendido en los encierros algunas más. Estar convencido de que existe una exigencia de coexistir con el coronavirus y del tremendo peligro al que nos enfrentamos los que somos de riesgo, hace que no sea demasiado difícil adoptar medidas de cuidado y seguridad, éstas se aceptan bien.

     Parece que se aclara un poco día, ha dejado de llover, quizás sólo por un breve rato.

     Todo se va modificando, todo nuestro alrededor se va traduciendo en cambios muy sustanciales en lo cotidiano. La prolongación de este marco tan perturbador, incierto y singular me genera desgaste emocional, agotamiento mental...

     Es posible que este autodiálogo, y con todo lo que digo a mí mismo, reconforte mi alma y recargue las pilas.

     En realidad no hay mucha complicación, se trata de una actuación sistémica: interpretar nuestro universo, evaluar constantemente (tener un "feedback" ininterrumpido) y ponernos a actuar en consecuencia.

     ¿O no?

(He llegado hasta aquí en mi autoterapia expresiva escritural y no he alcanzado las cuatrocientas palabras, he quedado atrancado en las trescientas treinta.)

martes, 12 de enero de 2021

¿No parece que estamos viviendo de milagro?

     

     La pandemia nos está llevando progresivamente a una nueva realidad, el futuro ya no es tan prometedor y seguro, no es ese paso obligado desde el presente. El vivir lo estamos empezando a considerar un milagro.

     Mañana cumpliré años, hoy ya, cuando alguien esté haciendo una lectura amable de estas letras. Muchos años, siempre demasiados; el tiempo va pasando de forma avasalladora deshaciendo la vida. Este año es peculiar y distinto para todos, hemos perdido aquel hermoso horizonte de rutina que guiaba nuestra existencia, nadie pensaba en una plaga destructora ni nada parecido, el mañana era una continuación homogénea del hoy, sin más.

     Escribo estas líneas mirando de reojo al televisor repleto de dramas; nieve, frío como singular propina. Me sobresalta la visión de las camas de los hospitales, los sanitarios enfundados en inhumanas escafandras, esas agujas afiladas que penetran en los brazos desnudos. Las pieles arrugadas.

     Hay dos palabras que se entrelazan continuamente en mi mente, son inseguridad e incertidumbre. Pero además existen otros ingredientes como confusión, duda, zozobra y desasosiego. De todo hay en esta viña. Y ─por supuesto─ están esas preguntas que intento esquivar por todos los medios, pero que vienen de nuevo reiterativas, incansables. Son puntiagudas y dolientes.

     Procuro suavizar un poco los interrogantes y me digo: ¿Será todo igual este 2021?, ¿remontaré los 365 días de este nuevo ciclo anual? ¿Qué pasará con el coronavirus?

     Miro de nuevo al aparato de TV; la tercera ola está desatada, los contagios se multiplican locos, la vacuna aún va para largo, ¿funcionará bien? Quiero ponérmela, sin duda...

     Llevo días obsesionado ─mis neuras─ haciendo cálculos tratando de predecir cúando nos corresponderá la inyección a los de mi edad. ¿Cuál será?, ¿cuál me tocará?, ¿la de Pfeizer, la de Oxford, la de AstraZeneca...?

     No sé cómo decirlo: ¿Me respetará el virus?, ¿podré evitarlo?

     ¿Si me asalta cómo me afectará?, ¿seré de esos que casi ni se enteran que lo tienen?

     ¿La esperanza?

     De todas maneras la esperanza es un impulso frenético, brutal. Y ─quizás─ no haya nada ni mágico ni espiritual en ella, pero si somos plenamente conscientes de que queremos vivir y ese deseo lo alzamos como una antorcha brillante, nos podrá alumbrar el camino que nos llevará a que las cosas ocurran como un milagro de verdad y llegaremos a varios próximos cumpleaños.

     No obstante ─y ahora miro otra vez a la pantalla─ parece que seguimos viviendo de milagro...

lunes, 11 de enero de 2021

Desiderativismo

     

    Kimura me decía esta mañana que en Occidente hemos caído en la trampa del “desiderativismo”, bien manipulado por las esferas del poder. Primero me sorprendió la palabra en boca de un japonés; ese “ismo” no lo había escuchado nunca. Bien sé que desiderativo es un adjetivo que señala o indica un deseo; pero eso del “desiderativismo” me descolocó un poco. El asunto venía a que estábamos hablando de la ausencia de un buen pensamiento crítico, sin una educación que lo contemple como parte de su estructura fundamental. Y que, de alguna manera, el pensamiento crítico ha sido sustituido por la levedad e inconsistencia del “pensamiento desiderativo”.

     El pensamiento desiderativo se sustenta sobre bases ilusorias y engañosas. De modo que ─siguiendo este tipo de pensamiento─ no importa lo que realmente esté ocurriendo, si vamos por un camino erróneo, si nuestro comportamiento genera algún mal a alguien, si estamos inmersos en equivocaciones. Y, en consecuencia, no tenemos la objetividad suficiente para nada porque estamos visualizando un mundo fantástico, uno que imaginamos y hacemos real en nuestra mente; en resumen, un mundo en donde únicamente vemos lo que queremos ver.

     Opina Kimura que impulsar el pensamiento desiderativo es, sin duda, un objetivo político muy al uso de hoy. El pensamiento desiderativo es cómodo. Con él nos sentimos bastante a gusto, y justo donde deseamos estar. Aunque también nos transforma en individuos cobardes que huyen de la realidad y de todo aquello que no queremos aceptar.

     Le comenté que eso me recordaba una frase célebre de Ayn Rand, filósofa y escritora ruso-americana, que decía: «Uno puede ignorar la realidad, pero lo que no puede ignorar son las consecuencias que puede traerle el ignorar la realidad». Intentar modificar la realidad en lo que nosotros deseamos y provoca que percibamos todo lo que sucede de una manera peculiar y no es muy complicado pensar en los problemas que esto nos puede acarrear en los diversos planos de nuestra vida. Siempre la realidad es como es y aunque que queramos verla de otro modo, no se va a transformar de forma mágica.

     Kimura piensa que el pensamiento desiderativo, es una emboscada que se nos tiende desde los planos políticos, primero porque sustituye y aplasta al pensamiento crítico y después porque cuando el pensamiento se vuelve esclavo del deseo ya no atina con otras cosas.

     Después de la interesante conversación con mi amigo, seguí cavilando sobre todo esto. Me vino a la cabeza el también llamado “pensamiento mágico”. El pensamiento mágico que es una manera de pensar y razonar, basada en supuestos erróneos, informales, o no suficientemente justificados y, con frecuencia, de ámbito sobrenatural, que engendra opiniones ─o ideas─ sin bases empíricas consistentes. Realmente se trata de atribuir un efecto a un suceso determinado, sin existir una relación de causa-efecto comprobable entre ambos factores.

     Hoy hace un frío tremendo, otra vez me encontré mirando por la ventana; pensé que desde un punto de vista simple, el “pensamiento crítico” es el desarrollo ─o proceso─ mediante el cual empleamos el conocimiento y la inteligencia para llegar de forma eficaz a una situación más razonable y justificada sobre un asunto.

     Sí,... no conviene...

lunes, 28 de diciembre de 2020

Poner en pie todo esto

 

     Nadie lo dice, pero la esperanza y el optimismo siempre tienen su punto traidor, conducen a creer que a la tortilla se le da la vuelta perfectamente y con rapidez, y no existe ni esa facilidad ni esa inmediatez; es más podemos verla hecha una desgracia en el suelo de la cocina. Deshacer el desastre no es cuestión de esperanzadoras miradas. Recomponer todas las calamidades que va dejando la pandemia no es cuestión de crear un comité que al final sólo va a acabar cobrando sus dietas.

     Todos sabemos ─o debemos saber ya─ que la situación es grave y ardua, repleta de incertidumbres y no apta para darle respuestas simplistas y de libro, porque los problemas a resolver no tienen nada que ver con situaciones anteriormente vividas.

     La economía de nuestro país ─como del resto del mundo─ está sufriendo unos embates nunca vistos. Incluso pensando en un gran éxito de la vacunación masiva, las consecuencias de la pandemia serán muy amargas; el tejido empresarial se ha desecho mucho, han cerrado cientos y cientos de empresas y otras no podrán proseguir sus actividades en las mismas condiciones de antes.

     ¿Estamos aún a tiempo de hacer algo bien para poner en pie todo esto?

     Estamos en una encrucijada, al comienzo de una nueva fase de enormes riesgos y que exige importantes decisiones para el futuro de todos. Se va a abrir paso una nueva economía, con cambios significativos en los esquemas productivos y de consumo a los que muchas empresas no van a poder adaptarse y van a tener que enviar al paro a muchos de sus empleados. Los negocios incrementaran su deuda, la solvencia caerá y el comportamiento de los consumidores se verá tan afectado que, muy posiblemente, conduzca a cambiar las estrategias de mercado.

     Esta maligna crisis afecta ya a todos los ámbitos y aspectos de la vida, económico, social, personal y colectivo, por el sufrimiento y el caos que trae consigo. Pero la inteligencia dicta que no debemos poner todo el énfasis en lo aciago, tenemos que tener la clara conciencia de que los períodos de crisis también traen los recursos para luchar contra sus efectos perversos. No hay que olvidar nunca que los más grandes logros de la humanidad han surgido detrás de las grandes hecatombes. Pues siempre ha sucedido que en esos instantes es cuando emerge con más fuerza el talento, la fe en nosotros mismos y la constancia.

     Lo que más necesitamos ahora es poner a funcionar a toda máquina la inteligencia, el conocimiento y el saber, dejarnos de insidias, de politiquería inútil, de palabrería vacía y potenciar el desarrollo de ideas, incentivando la creatividad, impulsando la creación de empresas y proponernos el compromiso serio de no perder más trenes hacia el futuro.

domingo, 20 de diciembre de 2020

¿La realidad abarca lo invisible?

     Pegué mi rostro contra el cristal de la ventana, aplasté la nariz hasta notar el frío del vidrio en las mejillas. Llovía un poco, como suele hacerlo aquí; unas gotas, después otras gotas, encharcando lentamente todo el suelo. Una persona perdida bajo un paraguas de color naranja y otras dos cubiertas con el clásico paraguas negro, luego un joven corriendo a cabeza descubierta. Y nada más; es como un telón que se levanta un momento y vuelve a caer. Dos coches de color oscuro que ensombrecen aún más la calle. Las palmeras oscilaban unos cuantos grados...

     Pensé que los hombres hemos perdido la conexión con la naturaleza, con nuestra propia naturaleza, con esa profundidad interior que podemos encontrar, a veces, pegando la cara al cristal de una ventana. Quizás padecemos alguna nueva enfermedad, algo así como un padecimiento que podríamos denominar el 'mal del estilo de vida', llevamos un ritmo de vida demasiado presuroso, de vértigo, mucha contaminación, alimentación desequilibrada, locos por llevar a extremos valores sin valor, de sólo apariencia. Somos humanos enfermos de una humanidad doliente. A través del cristal veo que no puedo creer en la nada, en la «existencia» sin «sentido», en el vacío absoluto; es superior a mis fuerzas.

     Me vino a la cabeza que cada día parece más evidente que la ciencia no se encuentra en posición de ofrecer una real y verdadera imagen de la realidad, es como si cada vez fuese más consciente de sus propios límites. Los resultados de la ciencia son tan extensos y variopintos en inimaginables aspectos, que ya no hay cerebro humano capaz de abarcarlo y comprenderlo todo. Nos hemos topado con que la realidad del ser humano, y la de todo el universo, parecen enormemente más complejas y misteriosas de lo que ─hasta ahora─ se habían imaginado las teorías científicas. Sí, es cierto que el hombre es ─y sigue siendo─ un impertérrito buscador, pero da la impresión que ya no se arriesga a ir mucho más allá; o no puede.

     La ciencia no nos da las respuestas que deseamos para nuestras preguntas, pero quizás no se trata de saber un montón de cosas, a lo mejor únicamente se trata de comprensión, ¿no? Cada día me parece más difícil aceptar que la realidad será completamente comprendida cuando la ciencia la describa, la compruebe y la detalle. Posiblemente la realidad mucho más, ¿abarca lo invisible?...

     Separé de nuevo la nariz del cristal, se me había quedado fría. No se veía a nadie en la calle y la lluvia era triste y gris.

lunes, 14 de diciembre de 2020

No obstante, muchas felicidades

Vivir complacido, satisfecho, radiante, sin miedo... feliz. Vivir libre... Soltar amarras en vez de sujetar, dar, darse... No ensombrezcas tu espíritu ni tu mente con las miserias de ayer, no cargues tu corazón con miedos y preocupaciones... Si no vivimos hoy habremos perdido el día... ¡Al menos intentémoslo!


«El miedo al futuro, ese, el de mañana mismo, siempre nos llega un día antes.»

viernes, 11 de diciembre de 2020

Los que somos "población de riesgo"

     

     Los días grises, son fastidiosos; un día ceniciento de vez en cuando es soportable, pero cuando son varios seguidos acaban siendo muy incómodos. Al mirar por la ventana todo es homogéneo, deseperadamente uniforme, sin los ricos matices que dan la luz y el sol radiante.

     Se me ocurrió pensar que eso de ser “población de riesgo” es una extraña característica añadida, es una forma de estar prisionero sin estarlo, un libre muy condicionado. Al llevar la mirada a la calle intentando vislumbrar indicios de alguna vida, recordé unas palabras de la “Divina Comedia” ─pido perdón por la pedantería, pero no se preocupe mi lector, son las únicas que recuerdo─.  Esas palabras eran algo así: «¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!». Me quedé un momento bloqueado, fuéronse los pensamientos iniciales y me centré en el intento de recordar la frase en italiano, estuve un rato grande perdido en eso. Luego de muchos minutos, la puse en pie. Era, más o menos, así: ”Lasciate ogni speranza o voi che entrate”.

     Dejé de aplastar la nariz en la ventana, busqué un pequeño ejemplar en prosa de la obra de Dante que siempre tengo cerca (creo que él me busca a mí) y leí un poco abriendo al azar; el Canto IV:

«Terrible trueno resonó en mi mente
y me hizo despertar. Me vi llegado
al borde del abismo, desolado
lugar donde mora la doliente
multitud. Retumbaban tristemente
los ayes del dolor, profundo y abrumado,
y en tan densas tinieblas penetrado,
que fatigué la vista inútilmente.»

     Tiré hacia adelante, pasé unas pocas páginas y entré en el Canto V:

«Descendimos al círculo segundo,
de más estrecho cerco y doloroso.
Allí Minos, terrible y espantoso,
analiza las culpas e infecundo,
ordena el puesto que en el ciego mundo
se asigna a cada alma.»

     Dejé el libro. Regresé a la ventana.

     ¿”Población de riesgo”? Me interrogué de nuevo. 

     Pensé después en el torero en la plaza, en el trapecista allá en lo alto...

jueves, 3 de diciembre de 2020

Mi cuestionario Proust de hoy

     

     Marcel Proust, uno de los más lúcidos novelistas de toda la literatura del siglo XX, completó un cuestionario cuando era adolescente y pasaría a la historia como el "Cuestionario de Proust". La lista de preguntas se lo dio a Proust ─en 1890─ su amiga Antoinette Faure.

     Parece ser que al principio Proust respondió a menos preguntas pero ya teniendo más de 20 años contestó al cuestionario con algunas más añadidas. Este cuestionario se hizo famoso porque el locutor francés Bernard Pivot ─director de un espléndido programa de literatura de la televisión francesa "Apostrophes"─ hacía las preguntas del cuestionario a sus invitados, como un modo de entrar en materia.

     Ahí van mis respuestas (las de hoy y ahora, mañana alguna podría variar) al cuestionario Proust:


1. ¿Principal rasgo de tu carácter? El fanatismo por el gota a gota, por el grano de arena, uno detrás de otro...

2. ¿Qué cualidad aprecias más en un hombre? La inteligencia.

3. ¿Y en una mujer? La inteligencia.

4. ¿Qué esperas de tus amigos? Paciencia conmigo.

5. ¿Tu principal defecto? El rebotarme pronto y entrar a cualquier trapo con inusitada facilidad.

6. ¿Tu ocupación favorita? Leer, escribir y escuchar el silencio. Y, muchas veces, mirar por una ventana.

7. ¿Tu ideal de felicidad? Tener el poder de convertir sueños en realidades.

8. ¿Cuál sería tu mayor desgracia? No tener el tiempo suficiente para disfrutar mucho con mis nietos.

9. ¿Qué te gustaría ser? Un “coach” inmejorable y sin posibilidad de errar nunca.

10. ¿En qué país desearías vivir? En Nueva Zelanda, no hay otro más lejos.

11. ¿Tu color favorito? El azul, el del cielo y el del mar.

12. ¿La flor que más le gusta? Muchas de las sesenta mil variedades de orquídeas.

13. ¿El pájaro que prefieres? No lo sé. ¿Quizás un canario gordito y muy amarillo?

14. ¿Tus autores favoritos en prosa? A casi todos los admiro, escribir es difícil, hacerlo ya es un gran mérito. Ahora estoy entusiasmado con Haruki Murakami, muy probablemente mañana sea otro.

15. ¿Tus poetas? Tengo dos: León Felipe y Walt Whitman traducido por León Felipe.

16. ¿Un héroe de ficción? Harry Potter.

17. ¿Una heroína? Mi esposa; soportarme durante tantos años es una heroicidad de enorme magnitud.

18. ¿Tu músico favorito? Ahora recuerdo que Carl Orff.

19. ¿Tu pintor preferido? Adoro a los buenos “urban sketchers”.

20. ¿Tu héroe de la vida real? Un autónomo español.

21. ¿Tu nombre favorito? Lucía. Era el que más le gustaba a mi madre.

22. ¿Qué hábito ajeno no soportas? El de aquellos que tienen la detestable manía de decir “gracietas” en todo momento, circunstancia y lugar.

23. ¿Qué es lo que más detestas? Las ideas de los desalmados.

24. ¿Una figura histórica que te ponga mal cuerpo? Lenin.

25. ¿Un hecho de armas que admires? Ahora mismo no se me ocurre ninguno.

26. ¿Qué virtud desearías poseer? ¿Una? Necesito varias,... con urgencia.

27. ¿Cómo te gustaría morir? Sin dolor.

28. ¿Cuál es el estado más común de tu ánimo? Ahora, en estos días aciagos de Covid19 y drama, estoy reflexivo y apesadumbrado por la realidad circundante.

29. ¿Qué defectos te inspiran mayor indulgencia? Los míos, claro.

30. ¿Tienes una máxima? «Aprende, aplica lo aprendido y disfruta con todo ello». Probablemente esto pueda ser el propósito de la vida.

martes, 1 de diciembre de 2020

Reflexión para no pusilánimes

 

     Muchos de nosotros, quizás porque no hemos sabido desembarazarnos de nuestro materialismo, queremos escapar de las garras de todas las tensiones que experimentamos en estos aciagos días, sin embargo somos insaciables en nuestros deseos. Pero no lo podemos ocultar ─de algún modo todos lo estamos percibiendo─ esta sociedad del bienestar hace aguas, le faltan esencia y sentido. Quizás ─y por fortuna─ ya se nos vayan olvidando los cantos de sirena prometedores de ese ficticio progreso que nos calmará la sed y el hambre de todo.

     Nos está ocurriendo como si descubriésemos nuevas imágenes en nuestros espejos cada vez que nos miramos en ellos. Con la maldición del coronavirus estamos reencontrándonos con nuestra fragilidad, con esa fragilidad humana que habíamos perdido de nuestro horizonte por mor del bienestar, de la ciencia o de no mirar más allá de nuestras limitadas narices.

     Y no se trata sólo del estigma de la muerte ─a la que observamos muy a hurtadillas─ es todo lo que nos acompaña también: el temor, la falta de seguridad, el dolor ante la ingente cantidad de padecimientos que nos rodean... También ese sentimiento de impotencia que nos atenaza a diario. Ese mirar de soslayo y abobado de no saber qué sendero hay tomar.

     ¿Es posible despertar de este mal sueño? Ahora vienen las fiestas de la Navidad y parece que las vemos como un milagroso oasis; pero allá afuera está el desierto, sin luz, sólo sombras y oscura noche, sin maneras de ver confiadamente el mañana.

     Me temo que no, que no despertaremos de este mal sueño. En esta época que nos ha tocado vivir somos refractarios a pensar ─y a asumir de forma determinante─ que somos sujetos atados al dolor, al sufrimiento y al mal, que somos seres acotados y condicionados.

     ¿Es posible que ya no sepamos abandonar el deseo de ser perennes ─infinitos─ sin padecimientos ni muerte?

domingo, 29 de noviembre de 2020

¿Qué estás pensando?... Y ausencia


     Cada vez que entramos en "Facebook" éste nos pregunta, con ineducada insistencia: ¿Qué estás pensando? Ver hoy la pregunta me ha servido para ─inmediatamente─ mirarme por dentro y escribir estas notas.

     Mirad, soy pesimista, lo siento, pero auguro un porvenir perturbador y que, en muchos sentidos, ya está aquí presente. Lo miremos como lo miremos y lo veamos desde la perspectiva que queramos mirarlo, estamos cada vez más sometidos a la manipulación cultural y psicológica, a la deformación de nuestras voluntades, al control de la información ─ya tremendamente adulterada cuando nos llega─ y eso sin contar también con las posibilidades que se abren con la evolución y avance de las técnicas neurológicas que se pueden aplicar a nuestros ya sufridos cerebros o a la misma inteligencia artificial en todos los ámbitos, incluidos, por supuesto, el político y el militar.

     Y pienso que es muy difícil, y que esta guerra ya está bastante perdida, pero la única solución está en que sepamos en qué consiste y cómo se monta este sistema casi perfecto de dominación mental. Es así como tendremos la posibilidad de ofrecer un poco de resistencia y preservar algunas de nuestras libertades. Y tengo la dramática impresión que estamos en una fase última, en la última ocasión de que disponemos para desintoxicarnos. Cosa que sólo podemos hacer utilizando el arma más potente de la que disponemos: pensar por nosotros mismos. Únicamente de este modo podremos descolgarnos de las ataduras del dominio mental a que nos están sometiendo...

     Quise seguir escribiendo, pero me comunicaron el fallecimiento de una amiga y ya no pude seguir; mis dedos se tornaron garfios incapaces de atinar en las teclas del ordenador, eché el cuerpo atrás buscando el respaldo del sillón. La muerte es un “quizás”.

     Después pensé que la noción de la muerte es la que nos hace tomar consciencia de la relevancia de cada uno de los instantes que forman nuestra vida...

     “Sit tibi terra levis”, que la tierra te sea leve, amiga...