Este es el primero de una serie de artículos (o capítulos) que comencé a escribir en mayo de 2012 con la intención de escribir un libro sobre un grupo ─bastante nutrido─ de artistas relevantes de arte moderno. La idea partía de la existencia de unas supuestas notas manuscritas de un amigo imaginario llamado Gustavo. Este amigo va contando de una manera anárquica algunas de sus andanzas en el mundo del arte contemporáneo acompañado de su esposa Elisa, de su amiga Lina y de otros personajes. El libro empezaba así:
Nunca me he aclarado con él, pero creo que a lo largo de su vida ha sido "curador", galerista, artista, crítico e incluso coleccionista en algunas ciudades de Estados Unidos y también de Europa. A veces le he pedido que me precisara con alguna definición su concepto del arte contemporáneo y sólo he conseguido que me diga alguna frase de cierta oscuridad como: "el arte es todo aquello que un artista consiga que alguien bien posicionado ─y con influencias─ en el mundo del arte admita como tal, o también cuando alguien de fuera de ese entorno se atreva a decir que no es arte". Sus notas son dispersas y he debido de introducir un poco de orden en ellas, pero creo que la esencia de lo que Gustavo pretende con sus escritos es decirnos que la tarea que se realiza en el mundo del arte contemporáneo es de gran relevancia para la sociedad y que todas las personas de ese ámbito hacen un aporte colectivo importante para apreciar y entender mejor nuestra realidad social, vital y política, y que ─viendo con mayor perspectiva histórica─ también se contribuye a generar un testimonio duradero de nuestro presente.
«Desde 1850»: Tamara de Lempicka
Sabía que el título le iba a sorprender a mi esposa y me preguntó inmediatamente qué significaba, le contesté que era el comienzo de la revolución del arte pictórico, es la frontera, los balbuceos del impresionismo, pero que tampoco había que dar una significación especial a una fecha, es sólo un indicador ─una referencia─ para situarnos con cierta aproximación. Creo que le gustó, me indicó que era algo muy breve y fácil de recordar. Después me hizo algunas consideraciones sobre qué orden seguiría o qué criterio, le dije que no habría ninguna cronología y que tampoco mis gustos personales influirían, que todo dependería de las exposiciones, museos o galerías que visitase. Me miró con gesto dubitativo ─o de sorpresa. No sé─ y siguió en sus cosas. Ese mohín me dejó muy claro que, por el momento, no estaba muy interesada en esta nueva aventura artístico-literaria.
Después llamé a mi amiga Lina que seguro que me acompañaría al museo para ver la muestra de Tamara de Lempicka. Cuando le expliqué el asunto tuve la impresión de que no se enteró muy bien pues inmediatamente me hizo el correspondiente chiste fácil. Le expliqué un poco que Tamara de Lempicka era una artista polaca que nació en 1898 adscrita al Art Déco y que sus pinturas se han convertido, a lo largo de los años, en un exponente de la superficialidad, sofisticación y decadencia de la alta sociedad de aquella época. Eso le interesó y me interrumpió diciéndome:
─¡Vale, vale! ¿A qué hora me paso por ti? ─y aún añadió─: Gustavo, ¿cómo dices que se llama la pintora?
Le repetí su nombre, también que murió en 1980. Quedamos en que ella pasaría por casa a recogerme, pues el Museo Central nos cogía de paso.
Llegamos a la inauguración de la muestra (vernissage) puntualmente, ella vestía de manera impecable y de alguna manera tuve la impresión de que iba a juego con los cuadros.
Teníamos un acuerdo tácito, y cuando visitábamos juntos un museo, o una galería, cada uno se movía con toda libertad por la sala y se paraba con quien quería; de vez en cuando nos cruzábamos para cambiar alguna rápida impresión, y otra vez cada uno se dirigía a su punto de interés más inmediato. Solía darle algunos datos para que se relacionase con facilidad por allí y pudiese conversar con soltura. Le expliqué que la artista fue muy famosa y que pintó a muchas celebridades de su tiempo, su máximo esplendor lo alcanzo entre los años 1925 y 1940, cuando dejó París para afincarse en Estados Unidos, durante ese periodo hizo más de cien retratos. También le comenté que su obra se basaba muy exclusivamente en el tratamiento de la figura femenina, pintaba mujeres volátiles, con sutiles curvas y con leves toques eróticos, que solía superponer a rascacielos oscuros en el fondo.
Lina me escuchó muy atenta; ella tenía una sorprendente ─y admirable─ habilidad para sacar partido de esa pequeña información que yo le proporcionaba.
Algunos consideran ─y no les veo errados─ que el llamado «mundo del arte» es el juego intelectual más sofisticado que jamás haya sido inventado. Ese juego tiene una serie de reglas complejas de funcionamiento y los participantes se mueven en un sistema de tres coordenadas: una social, en la que el establecimiento de relaciones es lo primordial; otra coordenada es la económica que es en la que subyacen todos los movimientos del juego. Y la otra ─y no menos importante─ la política con su parafernalia de influencias, intereses, administración de la cultura, subvenciones, apoyos, etc.
De regreso en su automóvil ─que siempre me olía a un buen, y perfumado, tabaco de pipa─ me preguntó:
─¿Qué papel jugabas hoy? ¿De crítico? ¿De coleccionista? ─y añadió─: Para mí ha sido una excelente velada inaugural y he disfrutado mucho con los cuadros y con la gente que he conversado, me alegro de haber venido. Curiosa mujer debió ser la Lempicka.
Con un dedo conseguí aflojarme la corbata y le respondí:
─Sí, sin duda, una mujer sorprendente, que en un paisaje dominado por hombres que llevaban sus posibilidades artísticas hasta los límites como el Cubismo, el Dadaísmo, el Fauvismo y el Surrealismoque eran los movimientos artísticos más influyentes en su época ─me refería a los 40 primeros años del siglo XX─ ella pintaba a gente de la nobleza, a estrellas del espectáculo, a ricos y a gente de moda.
─Puedo imaginar perfectamente que no era bien vista por sus colegas artistas ─dijo Lina.
Dejé pasar bastantes segundos antes de responderle a la pregunta que le había dejado pendiente:
─Creo que me han considerado coleccionista, he percibido mucha amabilidad y deferencia a mi alrededor, he recibido varias gentiles invitaciones de galeristas y el comisario de la exposición me ha saludado muy cortés y muy rápido, también he intercambiado un apretón de manos con el director. Además he conversado muy poco con los críticos. Todos esos son signos inequívocos.
Cuando yo salía del auto, a pie de casa, me comentó:
─¿Sabes qué impresión he sacado de la vernissage como tú dices? ─y añadió sin esperar mi respuesta─: Allí todo el mundo aparenta no ver nada, pero sin embargo todos están muy atentos a todo.
Sonreí en señal de asentimiento y le tiré un beso de despedida poniendo y quitando los dedos de mis labios.
Una
vez dije que las democracias actuales son ensoñaciones que no
resuelven los problemas, es más, en muchas circunstancias los
agravan. Los políticos en ellas únicamente pueden hacer tres cosas
y la primera es echar ingentes cantidades dinero sobre los problemas
que nos acucian y que ponen en duda los votos que puedan obtener en
las próximas elecciones. La segunda es imponer una enorme cantidad de leyes y normas para que los ciudadanos las cumplamos, sí o
sí. Y por último crean comisiones de control y supervisión para
vigilar que todos esos reglamentos que nos han endilgado se cumplan.
Analícenlo con atención y lo verán claro. Otra tarea no hacen, ni
tan siquiera pueden pagar las cuentas que son consecuencia de sus
actividades, esas las dejan para que los contribuyentes las abonen.
Eso
sí, todo adobado con millones de palabras y con mucha propaganda,
para confundir a la gente de a pie. Recordaba ayer un vídeo de hace
unos años en el que se entrevista a una mujer después de escuchar
un inflamado discurso de Barack Obama en su campaña electoral. Casi
con lágrimas en los ojos la señora exclamaba: «¡Ya no tendré que
pagar mi hipoteca, ni los billetes de tren ni de autobús!». ¿Es
este el tipo de mentalidad que generan las democracias de hoy día?
Las
consecuencias de un sistema tan imperfecto ─y no voy a entrar en la
clásica polémica de “lo mejor de lo peor”─ es la burocracia.
A nadie se le oculta que las abundantes democracias de nuestro
planeta han generado desmesuradas burocracias, que tiranizan nuestras
existencias con cada vez más poder avasallador. Puesto que ellas
constituyen el gobierno, son capaces de escudarse contra las duras
realidades económicas con las que el resto de nosotros tenemos que
lidiar continuamente. Sus negociados no pueden quebrar ni
resquebrajar, los burócratas muy difícilmente pueden ser enviados
al paro, y extrañamente entrarán en conflicto con la ley, ya que
ellos son la ley. Tienen capacidad para poner un gran número de
dificultades sobre el resto de de los ciudadanos con sus normas,
regulaciones y reglamentos. No hay lugar en el mundo en donde la
burocracia no fastidie y desmotive las nuevas empresas con multitud
de leyes, preceptos y disposiciones, además de brutales costes.
También las empresas ya establecidas padecen bajo la sobrecarga de
la burocracia. Es normal, además, que más desasistidos y las personas
de menor nivel educativo sean los más aquejados en este sistema y
que no pueden encontrar trabajo, porque las leyes del salario mínimo,
y otras múltiples normas, que aumentan los costes de trabajo los
sitúan al margen del mercado laboral. Incluso, si intentan emprender
algún negocio, se les hace casi imposible porque no dominan los
resortes y las teclas que hay que pulsar en la selva burocrática.
Eso
que algunos dicen de que la democracia se arregla con más democracia
es una una falacia, las democracias que intentan (la que lo intente)
arreglarse lo hacen siempre aumentado la burocracia y eso las lleva,
inexorablemente, al declive y a algún tipo de totalitarismo.
Es
una lata eso de olvidar la desconexión nocturna del notificador de
WhatsApp. Además, lo suelo tener muy fuerte para ─si tengo el
móvil perdido por casa─ poderlo escuchar desde cualquier lugar.
Esta mañana, ¡a las seis!, me pegó un pitido que salté de la cama
asustado; era Briseida que me mandaba el enlace a un artículo
acabado de publicar, aquí en España, para que lo leyese. Imaginé
enseguida que tendría algo que ver con las tesis que ella sostiene
respecto al NOM ─ya saben, el “Nuevo Orden Mundial”─ el
Globalismo y todos esos asuntos. Pulsé en el enlace que adjuntaba en
el mensaje y, efectivamente, leí: «El argumento de Soros para conseguir la traición de la izquierda mundial».
Decidí
volverme a dormir un rato más y ya lo leería más tarde, a la hora
del desayuno. Estuve dando vueltas un cuarto de hora, vi que cada vez
estaba más despierto. Encendí la luz de la mesilla, me incorporé y
tomé el móvil para leer el escrito.
Los
dos primeros infundían temor, pero no veía ningún dislate:
«George
Soros, principal promotor del Nuevo Orden Mundial (NOM) junto con
Bill Gates y el Partido Demócrata de Estados Unidos, ha logrado
convencer a la mayoría de las fuerzas de izquierda del mundo, desde
chinos a comunistas y socialistas, argumentando que la democracia es
un peligro y que a la larga caerá en manos de los extremistas de
derecha, lo que obliga a suprimirla creando un gobierno universal
único, tiránico e invencible.
La
España actual es una de las víctimas de esa conspiración
antidemocrática y Pedro Sánchez y los suyos son de los mas
entusiastas seguidores del NOM en todo el planeta, sometiendo a su
pueblo, sin escrúpulos, a una transformación traidora y forzada que
la mayoría rechaza».
El
tercero remataba la faena:
«Casi
todas las barbaridades que promueve el gobierno español, como su
alianza con los que odian a España, el acoso a los que defienden la
Constitución, el ataque constante a la Monarquía, la demolición de
los sentimientos religiosos y la utilización de una memoria
histórica arbitraria y parcial para inyectar odio sólo se entienden
como parte de la gran conspiración mundial para acabar con la
democracia y los derechos del ser humano».
Me
pareció que lo mejor sería leerlo después del desayuno. Puse la
radio para enfrentarme a las noticias que traía el día e inicié mi
ceremonia de preparación.
Hicimos
bien en intercambiarnos los números de teléfono; esta mañana me
llamó “Jotaerre” ─ya sabéis, Jesús Ramón─ para tomar un
café a media mañana. Inmediatamente le contesté que sí; tenía
mucha curiosidad por saber más cosas de algunas fases de su vida,
sobre todo de aquellas relacionadas con su vida dentro de la Iglesia
como sacerdote y del rompimiento con la disciplina religiosa. Soy un
curioso incurable.
Habíamos
quedado en un bar de amplia terraza que a esa hora estaba casi vacío,
nos sentamos cómodamente y ambos pedimos descafeinado de máquina
con leche y media tostada con jamón.
Decidí
ser osado y hacerle la pregunta directamente, lo abordé así:
─¿Aún
eres un hombre religioso?
Levantó
un poco la mirada apretando los labios, creo que le sorprendí y
tardó bastante en contestar.
─La
respuesta es sí. Y creo que ahora, que soy un cura secularizado, soy
todavía más religioso. Imagino que en este momento tu pregunta
será: ¿Y por qué te saliste?
Calló
y cambió de postura mirando a la lejanía. No dije nada y esperé
que siguiera hablando. No se demoró demasiado y añadió:
─Es
un asunto muy complicado. Ya ha transcurrido bastante tiempo y aún
no lo tengo claro del todo. Fue producto de una gran crisis interna,
muy compleja... Y creo que no he salido de ella.
Me
atreví a preguntarle:
─¿Y
cuál fue el núcleo de la cuestión?
─Lo
he pensado muchas veces, no estoy muy seguro, pero creo que un día
me planteé un interrogante que fue como una explosión en mi mente y
en mi espíritu...
Otra
vez se detuvo y seguí manteniendo un respetuoso silencio. Al cabo de
unos segundos continuó hablando:
─Un
día, era una mañana fría pero con un sol muy brillante en la
aldea, después de celebrar una Eucaristía con muy pocos fieles, no
más de cuatro ancianos, pensé que la Iglesia estaba, y está,
bloqueada por ritos y normativas de siglos pasados. A partir de ahí
todo fue un cataclismo, una catarsis imparable. Sentí que estaba
equivocado, percibí que el centro y el eje de la Iglesia no podía
ser la fiel observancia de reglas, ritos litúrgicos y normas. No
tardé en concluir que el centro director y la brújula que indica el
camino de la Iglesia es el Evangelio de Jesús... Y todo se
precipitó...
─¿Fue
muy largo el proceso hasta la secularización?
Dio
los últimos sorbos al descafeinado. Luego dijo:
─En
realidad el tiempo carecía de importancia; fueron más de dos años.
Lo verdaderamente importante para mí era concentrarme en lo
esencial, en lo decisivo del camino que debía emprender en la
búsqueda de un cristianismo de rostro más humano.
─¿Y
que tal ha ido esa búsqueda? ─le pregunté con una sonrisa.
Él
contestó de igual modo diciéndome:
─Te
seguiré contando más otro día, ¿vamos a dar un paseo?
Takumi
Kimura, mi amigo, está de nuevo en Japón después de pasar unos
días en Singapur. Singapur le gusta mucho pero no soporta el clima
de allí en esta época. Comentó que su intención es pasar en su
casa una temporada y venir a Europa cuando la pandemia del Covid19 la
vea controlada. Le pregunté si estaría en la ciudad o en otro lugar
y me dijo que en el campo.
Al
decir el campo él se refiere a una magnífica casa en el interior de
la prefectura de Niigata. Se trata de una antigua granja que hace
unos años acondicionó y modernizó pero conservando la estética
antigua. También tuvo que modificar los cimientos para reforzar la
estructura antisísmica, pues por allí son muy frecuentes los
terremotos. Cuando Kimura me invita a ir a Japón siempre me dice que
su casa puede resistir movimientos sísmicos de hasta 7,9 en la
escala de Richter y que no debería tener miedo. Yo siempre le
contesto lo mismo: “¿Y si nos coge en la calle?”.
También
le pregunté por la situación del coronavirus en Japón y me
contestó que no era algo que le preocupaba demasiado y que creía
que estaba muy bien contenido. Después me dio los últimos datos que
tenía que mostraban un total de 79.438 casos y de ellos 71.648
curados. Fallecidos en total 1.508. Considera que es una cifra muy
pequeña de muertes con relación a una población de 127 millones de
habitantes.
─¿Crees
que hay algo especial a considerar que explique este número tan
reducido de casos y muertes en tu país?
Se
quedó pensativo unos instantes y respondió:
─Probablemente
se deba a varias causas pero hay una hipótesis que a mí me llama
mucho la atención y que me parece muy curiosa.
─¿Cuál
es? ─pregunté con rapidez.
Sonrió
y añadió después:
─El
doctor Tatsuhiko Kodama, de la Universidad de Tokio, cuya dedicación
principal es investigar cómo los pacientes japoneses reaccionan al
virus. Sostiene la hipótesis de que Japón pudo haber sufrido el
coronavirus en alguna época anterior. No exactamente el Covid19,
sino algún virus muy parecido que pudo haber dejado a su paso una
“inmunidad histórica”. Él insiste que un virus similar al SARS
habría circulado por aquellas regiones de Asia en tiempos anteriores. Esto
también podría explicar las bajas tasas de mortalidad, no sólo en
Japón, sino en gran parte de China, Corea del Sur, Taiwán,
Singapur, Hong Kong y otras zonas del Sudeste Asiático. ¿Qué te
parece? ─preguntó.
─Me
parece una hipótesis muy interesante si la pudiese probar, imagino
que eso no será demasiado fácil. ¿Tú como lo ves?
─Yo
soy escéptico, me parece difícil que sea eso. Pienso de manera más
simple.
Comencé
a reír y le dije:
─¡Será
la primera vez que veo a un japonés que piensa de manera simple!
Reímos
ambos de buena gana y después añadió:
─Confío
más en tratar de evitar las «TRES C».
─¿Qué
es eso?
─Pues
mira, se trata de algo muy conocido ya. Evitar espacios cerrados con
poca ventilación, “Closed spaces”, escapar de los espacios
llenos de gente, “Crowded places”. Y el “Close contact”, es
decir evitar los contactos cercanos y las conversaciones cara frente
a cara.
Comienza
el Otoño. ¿Cuánto se habrá escrito sobre el Otoño hasta hoy?
Bueno, comienza otro Otoño y se colorea el paisaje con otros tonos,
dorados, amarillos rojos y todos los ocres del mundo. También la luz
del verano pierde su dureza, se hace más débil y tenue; es el
anuncio del Invierno que llegará después con sus fríos y lluvias.
En
nuestro hemisferio norte, el equinoccio de otoño de este año
histórico 2020 será hoy martes 22 de septiembre a
las tres y media de la tarde. La estación durará 89 días
y 20 horas, y finalizará el 21 de diciembre con la irrupción del
invierno y una Navidad que será, probablemente, muy singular.
Pues
sí... dentro de un rato comienza el Otoño... Nada mejor ahora que
escuchar unos minutos al gran Antonio Vivaldi, al que decían "Il prete rosso"
(«El cura rojo») por ser sacerdote y pelirrojo. Y, también, leer a
nuestro Juan Ramón Jiménez.
Tuve
mucha alegría de encontrarme con un amigo de la adolescencia, de
aquellos tiempos del instituto. Hacía años que no le veía aunque
tenía algunas referencias de su vida. Aún recuerdo que se marchó a
mediados de un curso ─no sé cual─ pues a su padre lo destinaron
a otra provincia. A lo largo del tiempo he ido teniendo noticias
desperdigadas de él. Sé que se hizo sacerdote y estuvo de párroco
en unos pueblos de la diócesis de Segorbe-Castellón. Después no sé
si colgó de forma voluntaria la sotana o le instaron a que se
saliera de cura, alguien me comentó que se había dedicado en
demasía a la bebida y que por eso le habían puesto en la calle;
demasiados comentarios. Lo cierto es que me dio gran alegría
encontrarme con él después de tantos años.
Nos
reconocimos rápido después de un encuentro casual en una cola de
las de dos metros de separación por el coronavirus. Nos fuimos luego
a tomar un café y así charlar un poco. Él se llama Jesús Ramón
pero los compañeros le decíamos siempre “Jotaerre”. La primera
impresión que me dio fue que le vi demasiado taciturno, como si le
molestase hablar, y con talante melancólico. Decidí no preguntarle
nada sobre su vida y que la conversación fluyera del modo más
natural posible.
Por
el camino le expliqué algunos de los muchos cambios que había en la
ciudad y me paré en una librería a comprar un periódico. Creo que
no prestaba demasiada atención a nada. Le pregunté cuánto tiempo
hacía que andaba por aquí y me contestó con imprecisión: “Unos
días”.
Tomamos
asiento en una mesa amplia y alejada, doblé el periódico por la
mitad y lo puse al borde de la mesa contra la pared. En la primera
página se leía un par de veces la palabra “democracia”, JR le
pegó un vistazo y comentó:
─La
democracia es ya una religión, una religión actual y seglar. La
religión de la modernidad.
Sentí
como si empezará a jugar una rara partida de ajedrez y le respondí:
─Y
lo peor es que la democracia no tiene que ver nada con la “voluntad
del pueblo” como se nos quiere hacer creer, sino con la “voluntad
de los políticos” que es sustentada por grupos de afectos
profesionales, de grupos de interés y por activistas. Esa “voluntad
de los políticos” es la que verdaderamente reina en la gran
mayoría de las llamadas democracias.
Me
pareció ver que respiraba más tranquilo y añadió:
─Sí,
es cierto. La confianza del personal en los políticos
democráticamente electos está en los niveles más bajos de todos
los tiempos de acuerdo con algunos estudios. Hay una enorme
desconfianza de los gobiernos, en los líderes políticos, en las
élites y en los organismos internacionales, que parecen haberse
aposentado por encima de las leyes. Muchísima gente se ha vuelto
pesimista en relación al futuro y para colmo ha llegado a nuestras
ya depauperadas vidas el Covid19. ¡El remate! ─exclamó.
Intenté
profundizar un poco más y darle más confianza:
─También
está sucediendo que los que presumen de ser gobiernos los
democráticos no realizan bien lo que mucha gente considera su labor
más importante: mantener la ley y el orden. El crimen, el
vandalismo, los “okupas” caminan a sus anchas. Tanto la policía
como el sistema judicial se muestran incompetentes, inermes y,
frecuentemente, proclives a la corrupción. Pero, y tienes mucha
razón, la democracia se ha convertido en una religión o en un dios
inconcreto al que se le rinde el mayor culto de la tierra.
─Sí,
así es. Casi 180 países del mundo proclaman sus excelencias
democráticas, la nueva fe. Únicamente algunas naciones árabes, el
Vaticano, Suazilandia y Birmania o Myanmar no se alinean en la
creencia en el dios de la democracia. El politólogo americano
Francis Fukuyama autor del famoso y controvertido libro “El fin dela Historia y el último hombre” manifestaba que el sistema actual
de la democracia occidental es el culmen de la evolución política,
el “non plus ultra” del desarrollo político de la humanidad.
─O
sea, ¿la democracia liberal occidental como forma definitiva de
gobierno para toda la humanidad? ─le pregunté.
Afirmó
agitando la cabeza de arriba abajo y añadió:
─Sí.
Parece que algunos quieren fabricar una especie de ficción
denominándola “democracia” como punto final de la política en
el mundo. Y, claro, todo aquel que tenga el atrevimiento de pensar de
otra forma será marginado por ser una mente desviada y será
inevitablemente equiparado a terroristas, fundamentalistas o
fascistas. Nadie deberá osar estar en contra de un concepto tan
sagrado.
En
estas últimas palabras le noté poner un énfasis especial y le
pregunté:
─¿Y
hay alguna solución?
─Soy
pesimista, cuando el hombre se ha convertido en borrego es muy
difícil que se transforme otra vez en hombre, casi imposible, hace
muchos años que lo vengo observando. Y, además, sufre grandes
presiones para que ni lo intente.
Intervine
para sólo decir:
─Entiendo.
Cuando
nos despedimos me quedé, un tanto desolado, pensando en aquella
frase de George Orwell en «1984»:“El poder consiste en hacer
pedazos las mentes humanas y volver a unirlas en nuevas formas que
elijas”.
Esta
mañana pude conectar con Kimura, estaba un poco perdido. No sabía
en qué parte del mundo estaba y no tenía ni idea de cuál sería el
horario más apropiado para hablar con él. Lo primero que me dijo es
que se echaba para atrás en su intención de venir a España a
finales de este mes de septiembre o a principios de octubre. No ve
nada clara la situación del Covid19 aquí y tampoco tiene confianza
en cómo se está llevando el asunto, así que ha decidido dejar el
viaje aquí para cuando el panorama esté más nítido. En esas
fechas se irá a pasar unos pocos días en Singapur ─uno de sus
lugares preferidos─ y después volverá a su Japón natal.
Me
ha dado mucho pena que no venga, pero lo comprendo. Le pregunté por
qué le gustaba tanto Singapur y me contestó:
─En
primer lugar es un sitio bastante seguro respecto al coronavirus,
según mis últimas noticias sólo ha habido 27 fallecimientos y
ahora mismo únicamente hay algo así como 577 casos activos. Allí
ha habido 57.488 casos y los curados, o recuperados, han sido 56.884
de los contagiados. Allí me sentiré seguro.
─¿Cuánta
gente hay allí?
─Algo
más de seis millones de habitantes y ya llevan realizados más de
dos millones de pruebas de coronavirus. Cuando llegue allí me
tendrán que hacer otra, ya me he han hecho cuatro. De todas formas
es un sitió interesante, me gusta Singapur. Pasó de ser una isla
pobre a uno de los países más ricos del mundo en apenas sesenta
años.
─¿Pasarás
allí muchos días?
─No
más de una semana, creo que alguna vez te dije que no me agradan las
temperaturas ni las lluvias del país de las ventanas de Overton en
estos meses de septiembre y octubre.
─¿De
las ventanas de Overton? ¿Qué quieres decir? ─le pregunté
curioso.
─Creía
que la conocías. La ventana de Overton es una teoría que explica
cómo es posible legitimar unas ideas ante la opinión pública y
cómo la gente va adoptando estas ideas que al principio parecía
imposible. Overton usó la ventana como una metáfora para intentar
comunicar la idea de un campo de visión estrecho y perfectamente
limitado a través del que únicamente podremos ver unas cosas y no
otras, al igual que en las ventanas. Los políticos crean “ventanas”
por las que únicamente podemos ver aspectos de la realidad, de la
realidad que a ellos les conviene que veamos, claro.
─Ahora
que lo dices me parece recordar algo. ¿Se trata de sacar a la luz
una idea inaceptable y hacer que se convierta, poco a poco, y con
pasos perfectamente estudiados, en una idea asumible?
─Pues
sí, eso es. Así una política impensable en determinados momentos,
se puede hacer evolucionar hasta ser aceptable, de aquí a ser
considerada racional y sensata, después popular hasta que,
finalmente, se transforme en una política necesaria.
─O
sea, es una estrategia de manipulación que se aplica a los
ciudadanos... En Singapur y aquí, ¿no?
Lo
vi sonreír a través de la pantalla, aunque no era una sonrisa, era
un rictus. Unos instantes después dijo:
─Sin
duda, sin duda, es una manipulación de la sociedad. Se va
modificando la opinión pública y, en definitiva, algo que se puede
considerar impensable e inaceptable, se transforma por medio de esta
técnica de ingeniería social en algo totalmente aceptado por todos
en el transcurso de algún tiempo.
Esta
mañana estuve un rato largo hablando con Briseida, primero me
comentó algo sobre el tiempo en Munich, me parece que dijo que era
muy bueno, muy soleado y que el termómetro marcaría más de 28º,
eso sí, por la noche refresca un poco, pero aún son temperaturas
muy agradables. Después tratamos el asunto de las “fake news” o
bulos que dan la vueltas al planeta en poco minutos. También
charlamos un poco de la segunda explosión del coronavirus aquí en
España, me preguntó cómo veía yo la situación y le conté la
anécdota de un amigo con el que todos los días me cruzó en el
paseo matinal.
Este
conocido de toda la vida tiene alrededor de 80 años, pero va tieso
como un palo, con un bastón y un sombrero marrón de ala corta con
el que intenta protegerse del fuerte sol. No interrumpe ni un solo
instante la sonrisa y saluda a casi todo el mundo. Cuando lo encontré
fui yo el primero en preguntarle:
─¡Buenos
días Roberto! ¡Qué tal va todo hoy!
Me
respondió rápido en latín:
─Morituri
te salutant!
─¿Cómo
es eso? ¿Te has levantado pesimista?
─¡Nada
de eso! ¡Realista, únicamente realista! ─contestó.
Después
de unas risas entrambos, dijo:
─Mira,
a mí esto del puñetero virus ese, me está transformando el
pensamiento. Antes de febrero le temía mucho a la muerte, lo de
morirme me daba bastante repelús, ahora, después del confinamiento
y de tantas muertes ya me da hasta igual. Esto es así y es así...
no hay que darle más vueltas, por eso voy por ahí diciendo, a todos
con los que me paro por la calle, eso de “los que van a morir te
saludan”: “Morituri
te salutant!”.
La cosa está dura, aquí en El Puerto ya han muerto unos cuantos y
el virus vuela por ahí y si me agarra, me revolea en unos minutos
y... ¡plaf!, ¡al camposanto directo!
─Eso
es cierto. Si nos coge, como somos personal de alto riesgo, nos manda
al más largo paseo en menos que canta un gallo. Pero tenemos que ser
prudentes y andar con la máxima cautela. ¿No crees?
Hizo
un gesto la mano como espantando una mosca y añadió:
─Yo
no voy a confinarme más, ni dejar mis paseos, ni las charlas con mis
amigos, ni mis ratos diarios para tomar alguna copa de vino. Llevaré
a cuestas mis máscaras y el tarro con ese asqueroso líquido
gelatinoso que me ha dado mi hija. También me lavaré las manos las
veces que pueda y ya está. Pero sin preocupación, iré mirando al
frente y seguiré saludando con el “morituri
te salutant”.
Cuando
nos despedimos lanzó otro latinajo:
─Recuerda:
“Nascimur
uno modo, multis morimur”
que dijo Séneca.
Seguí
caminando dándole vueltas a la última frase que traduje, más o
menos, como: “Todos
nacemos de una única forma, pero morimos de muchas”.
Creo que era así.
Briseida
se rió mucho y comentó:
─¿Ves?
Esas son las cosas que echo de menos de España.
Puedo
asegurar que hoy no tenía interés ninguno de hablar sobre el
binomio pesimismo-optimismo, es más, al levantarme de la cama creía
tener cierto sesgo optimista, pero para que se me quitara esa incipiente señal bastaron unos minutos escuchando la radio. Da igual la
emisora.
Y
precisamente no parloteaban del antivirus ni de las vacunas, estaban
con el asunto de la economía. Una señora rubia del gobierno (lo de
rubia lo sé por las fotos, evidentemente, el color del pelo no se
traslucía a través de las ondas radiofónicas) persistía en
pronunciar la palabra “reactivación”, quizás la ha pronunciado
veinte veces en los pocos minutos de su entrevista. Era como si
tratara de inocularnos la convicción de que esto está en las
mejores manos y que vamos hacia arriba a tope. La visión de los
entrevistadores no era tan optimista, aunque lo expresaban muy
educadamente.
Me
asombraba la estolidez de la señora rubia. Su voz, casi meliflua,
insistía en la palabra “reactivación” y de convencer de que
estamos en esa senda. También repetía cansina eso de la
responsabilidad de todos y de arrimar el hombro, aunque creo que ─en el
fondo─ trataba más bien de decir lo de arrimar el ascua a la
correspondiente sardina.
El
binomio optimismo-pesimismo, lo digo así, es como un potenciómetro
deslizante, ¿saben qué es eso? Es un dispositivo que se
utiliza en los circuitos eléctricos y electrónicos para variar la
resistencia al paso de la corriente eléctrica entre dos puntos del mismo. Así que unos días el botón
deslizante del artilugio lo tengo en puntos de optimismo y otros, al
extremo contrario, en el del pesimismo. Lo peor es que desde hace una
temporada apreciable no se mueve del sitio del pesimismo.
Por
la mañana estuve desayunando en mi lugar preferido, aquella era casi
mi mesa particular; es más, si estaba ocupada solía regresar a casa
o ir a otro sitio. Tuve suerte, no había nadie ocupándola. Comencé
a mirar en el móvil algunos periódicos para ver qué cosas, la
mayoría tristes, nos depararía el día.
Había
tres señores a mi derecha en los que no había reparado antes, les oí
la expresión “síndrome de la trinchera”. Comencé a disimular
como si estuviera atento al teléfono pero en realidad me concentré
en lo que hablaban.
Uno
de ellos, el que me daba la espalda, decía que desde la I Guerra
Mundial hay mucha documentación sobre síntomas que afectaban a
muchos soldados, en esa documentación se analizan casos de
combatientes que habían sufrido pérdida del habla, espasmos y
también el síntoma que denominaron de las “miradas vacías” o
también “mirada de las mil yardas”, ya que los soldados parecían
fijar su mirada muy a lo lejos, como si estuviesen oteando las
trincheras del enemigo.
Otro
comentó:
─No
sé si eso tiene mucho que ver con un nuevo síndrome de
trincheras o neurosis, llámale como quieras, que está generando con
este maldito coronavirus. Hay gente que ya padece un tremendo temor y
no se atreven a salir a la calle, a lo sumo pasean un poco por lugares
solitarios en los que difícilmente se cruzan con nadie.
El
que habló de la I GM añadió ahora:
─Sí,
yo creo que algo tiene que ver, alguna relación hay. Probablemente
esa neurosis de la trinchera se debía a que los soldados vivían en
aquellas guaridas como animales asustados. Había combatientes que se
quedaban petrificados e incapaces de reaccionar al ver cómo un
compañero caía muerto a su lado. E, incluso, hay relatos en los que
se dice que esas sensaciones no eran, ni por asomo, comparables con
el gran pavor que les atenazaba al oír el silbato con el que se les
conminaba a abandonar las trincheras y correr hacia el enemigo a
cuerpo limpio, oyendo el terrible estruendo de las balas y obuses a su
alrededor.
El
tercero de ellos, que aún no había dicho nada, intervino:
─No
sé mucho de esto, pero veo algunos paralelismos que me parecen
preocupantes. El confinamiento y estar en las trincheras tienen algún
parecido. El escuchar el silbato como orden de salir y enfrentarse al
enemigo es algo que también veo. La “mirada vacía” de todos
dirigida a la incertidumbre también es algo común. Y, desde luego,
el ruido de las balas y del campo de batalla, creo que es paralelo a
la algarabía de las televisiones, radios y periódicos a todas las
horas del día.
Creo
que se dieron cuenta de que estaba escuchando, no obstante siguieron
hablando.
─El excesivo estrés de las batallas provocó que muchos
combatientes perdiesen la razón. Las horribles pesadillas que muchos
padecían y las enormes dificultades para dormir provocaban que no
pudiesen diferenciar entre lo que realmente habían vivido y lo que habían soñado. Como era previsible,
los casos más severos de este tipo de neurosis hacían que algunos
soldados, sintiesen graves impulsos suicidas...
De
un modo un tanto incorrecto me introduje en la conversación
diciendo:
─Perdonen
ustedes, no he podido evitar escucharles en su interesante
conversación, también creo que hay analogías entre ese “síndrome
de las trincheras” y el que vamos a padecer a causa del coronavirus
y de la gestión de la pandemia. Aunque creo que no debemos olvidar,
que al gran número de soldados muertos, había que sumar todas las
víctimas que una vez terminada la acción bélica quedaron sin
lesiones físicas, pero muy traumatizados y ya fueron incapaces de
acoplarse a una vida sin guerra, quedando afectados por una
experiencia que les había destruido, o dejado muy perturbado, su
mundo emocional y mental. ¿Estaremos pronto en ese mismo caso? ─me atreví a preguntarles.
Uno
asintió con un movimiento de cabeza y los otros dos, a la vez,
dijeron:
Cuando
se llega a mi edad es grato tener un buen grupo de amigos, gente
sensata y normal que es lo más fructífero, pero también tiene uno
algunos amigos un poco extraños, raros.
Desde
los primeros tiempos de WhatApp tengo uno (lógicamente omito su
nombre) que firma comentarios y mensajes con el nombre de "Khanasxh",
que no sé qué significa, ni él me lo ha explicado nunca. Mis
contactos con Khanasxh no son muy frecuentes, una vez al mes diría
yo, y siempre por WhatApp porque odia "Facebook".
Hace
años me comentó que había leído todo lo que tenía que leer y que
únicamente dedicaba su tiempo al último libro de la Biblia, al
"Apocalipsis" de san Juan, que según él, es lo único que
vale la pena leer de todo lo escrito en el mundo. También, muy de
vez en cuando, me remite algunos versículos, no sé si en plan
ilustrativo o tienen algún mensaje interior que no acierto a
averiguar por mi torpeza bíblica.
Hoy
me ha enviado el que sigue, en amarillo sobre negro, lo he leído un
par de veces y da un poco de miedo, pero creo notar alguna relación
con el artículo que escribí el otro día en MIS COSAS: ¿Todo empezó con el "VeriChip"?