sábado, 2 de abril de 2022

La neuroplasticidad necesaria

      Al principio uno intenta capear el temporal y seguir como siempre, como si tal cosa no ocurriese, pero es inútil; si la embestida es fuerte hay que alterarlo todo. Otro ritmo, otro camino, otra vía...

      Hace ya unas semanas que no salía por aquí a contar algo en mi blog. Lo he tenido abandonado y no he tenido humor ni ganas para expresarme y comentar algo. Todos sabemos que a veces la vida da un vuelco y todo cambia, los ritmos de ayer no valen y hay que emprender otros caminos. Algo de esto me ha sucedido y he visto en primera persona como el advenimiento de unas circunstancias adversas obligan a variar la letra y música de la vida.

      Realmente, en este intervalo de tiempo que he estado fuera de presencia en el blog, han sucedido muchas cosas; cosas ─algunas trágicas─ que ahora no voy a relatar, pero que han sido determinantes para rotar el timón y cambiar de rumbo.

      Neuroplasticidad. Eso es, neuroplasticidad...

      Ahora pensaba en eso, ¿cómo se adapta nuestro cerebro a los cambios drásticos?

      La neuroplasticidad se define de una forma simple como la capacidad que posee el cerebro para recuperarse, reestructurarse y adaptarse a nuevas situaciones. Es la mente que se proyecta sobre la materia. O, quizás, es algo más que eso, es la propia mente que se transforma en materia cuando nuestros pensamientos generan nuevos crecimientos neuronales. Hay que modificar, variar, la neuro-estructura, construir una nueva.

      Todos nuestros pensamientos, miedos, preocupaciones, inquietudes y esperanzas se encuentran en las neuronas de nuestro cerebro. Así que no hay más remedio, habrá que ganar “musculatura” neuronal para la batalla que viene. Y a esto nos ayuda la neurociencia. Sé perfectamente que para crear una potente ─y nueva─ neuro-estructura hay que evitar los traumas y el estrés emocional porque estos elementos activan la producción de glucocorticoides en el cerebro y esas sustancias inhiben la neurogénesis. Así que vamos a calmarnos.

      En fin... Esto no es nada más que un intento de hallar una pizca de serenidad, no sé sí es, o no es, válido, pero es eso; un pequeño desahogo, algo de calma...

miércoles, 2 de febrero de 2022

Los desahogos y la vida

      Sus respuestas eran extrañas. Incluso a través de WhatsApp las percibí lánguidas, cortadas, abatidas; me pareció que surgían de entre lagrimas. Sus palabras no eran las habituales, creí por unos instantes que hablaba con otra persona, pero era ella. Sentí desazón y le escribí muy directo:

      ─Estás muy triste, ¿no? ¿Qué te pasa?

      Esperé frente a la pantalla, tardó en contestar una eternidad. Y recibí la frase siguiente en una ilustración "jpg".

      Lo leí un par de veces, la primera muy encima, la segunda con más detenimiento, aunque no conseguí comprender. Le escribí de nuevo:

      ─Creo que estoy hoy un poco cerril, no logro entender ─así le dije tratando de sacarle una sonrisa invisible.

      Veía interrumpirse el letrero verde de WhatsApp que dice “escribiendo...” con letras demasiado pequeñas para leerlas bien. Me pareció que transcurría mucho tiempo, pero al fin apareció su respuesta:

      ─”Ya mañana es otro día” Y es verdad, pero no sé si seguirá todo igual o peor. Muy probablemente, será peor. Estoy segura, pero “Ya mañana debes levantar la cabeza y sonreír. No puedes vivir por siempre triste, te pierdes momentos mientras tienes los ojos cerrados, sube la cabeza... y sonríe.”

      Un poco (o bastante) perplejo respondí:

      ─Es bonito lo que dices, incluso muy literario, pero no comprendo nada.

      Impaciente y con poca delicadeza insistí:

      ─¿Me dices qué te sucede de una vez? ¿Necesitas mi ayuda? ¿Qué puedo hacer? ¿Puedo hacer algo por ti?

      Otra vez salía eso de “escribiendo...” en cursiva color verde y se interrumpía de vez en cuando. Al fin salió:

      ─Hoy no puedo. Necesito soltar lágrimas; mañana quizás te cuente. Necesito desahogarme. Ya sabes, y yo lo sé, que las emociones pueden canalizarse de muchas maneras. Llorar siempre tiene su punto. Ahora necesito un rato de soledad para estar conmigo misma y reorganizar mis pensamientos y realidades. También sé que cuento contigo, necesito desahogarme. Dame un día... O dos.

      Respiré hondo tres veces. Sé que esta noche no dormiré bien.

viernes, 14 de enero de 2022

El día después

 

    Esto decía Ricardo Piglia (un excelente especialista en Jorge Luis Borges) sobre lo que era su idea de escribir cartas. “Escribir una carta es enviar un mensaje al futuro; hablar desde el presente con un destinatario que no está ahí, del que no se sabe cómo ha de estar (con qué ánimo, con quién) mientras le escribimos y, sobre todo, después: al leernos. La correspondencia es la forma utópica de la conversación porque anula el presente y hace del futuro el único...”


      Ayer ─día de mi cumpleaños como muchos sabéis─ recibí una enorme cantidad de mensajes cariñosos de felicitación, me llegaron por todas partes, por WhatsApp, por Instagram por e-mail, por Facebook, por Messenger... Creo que nunca he recibido tantos. Realmente fue un disloque y me gustaría disponer de mucho tiempo para ir contestando a todos. Podría hacer muchas reseñas de ellos, desde los más escuetos hasta los más extensos, pero hay uno que me impresionó (e, incluso, me emocionó) en él, una persona me dice cosas que agradezco con toda el alma y que hacen que el día de hoy sea para mí mucho más colorido y venturoso.

      A lo largo de mis años de profesión y dedicación he contribuido a cambiar algo de la vida de algunas personas. A veces esos cambios han sido grandes, los que considero que han sido mis triunfos, las más de las veces ─en otras ocasiones─ he conseguido pequeños cambios en personas que han sido, por fortuna, decisivos para ellos. Cierto también que ha habido fracasos, normal, pero esos no voy a computarlos aquí hoy, no es el momento ni el día.

      Posiblemente ese sea el mejor legado que dejaré de mi existencia y paso por este mundo. Y aunque muchas personas me han reconocido lo hecho por ellas en estos aspectos, nadie como en ese e-mail ─que he citado antes─ lo ha expresado de una manera tan gratificante para mí; el equipararme ─o interpretarlo─ como que he sido un mensajero de un Poder Superior me sitúa en un plano tan impensable que incluso mi ego se resiente.

      Todo es recíproco en esta vida, se da y se recibe siempre, también yo he de sumar a mi vida todo lo que me han aportado mis amigos de todos los lugares del planeta, en mi humanidad, en la capacidad de comprender, en sentido de la compasión, en disciplina, en mis percepciones, en incrementar la paciencia, en mis conocimientos y en muchas otras cosas. Siempre ─todos─ habéis sido para mí un gran descubrimiento y habéis logrado enriquecerme en múltiples y variados aspectos.

      Vosotros también sois un milagro de esos que han aparecido siempre en mi vida.

      Un gran abrazo.

jueves, 13 de enero de 2022

Un año más a mi costal

      Hoy ya estoy aquí, 13 de enero, en esa edad en la que se coloca una valla que tiene un letrero colgando que nos dice que ya somos bastante mayores y que hemos superado un número considerable de años. Me he levantado temprano con la intención de escribir algunas palabras para contar esas primeras sensaciones que presumía que iba a tener, pero la realidad es que ─hasta ahora mismo─ no percibo nada especial, acaso una especie de “déjà vu” como el que entra cuando se pasan indiferentemente las hojas de un calendario, es esa sensación que tenemos cuando nos ocurre algo que parece que ya hemos vivido antes; nada más.

      Posiblemente este sea un buen día para declararme mayor (¿viejo?), es una realidad que no suele gustar a nadie y viene aliada con los sentimientos de impermanencia. Quizás me gustaría más declararme únicamente adulto, pero sobrepaso ese umbral y creo que mi estadio está un poco más allá que el de adulto-mayor. O a lo peor estoy en el de anciano “light”, el de la primera vetustez, aunque no sé si esa nomenclatura existe; lo probable es que no. Me entra risa al ver todas las vueltas que le doy a esto. De todos modos es preferible lo de mayor, ¿no?

      Ahora viene a mi memoria la muy citada frase de Pablo Picasso: «Cuando me dicen que soy demasiado viejo para hacer alguna cosa procuro hacerla enseguida». Me sucede algo parecido desde hace tiempo y lo hago con ánimo batallador, aunque es cierto que todo va siempre más pausado. Tal vez (no lo sé, estoy en un mar de dudas) sea mejor, y sin más vacilaciones, definirme ─y asumir─ que soy un anciano y tirar hacia adelante, pero eso no me gusta... ¿Cuestión de preferencias?

      No obstante, y para no desanimar al personal más joven, diré que hay un factor esencial capaz de modificar la acción de los años, este factor es la CURIOSIDAD (la escribo así, en mayúsculas, y la señalo como parámetro fundamental). Fíjense, hace poco tiempo leí que la 'curiosidad' puede estar vinculada a un instinto que, incluso, puede formar parte de los mecanismos de subsistencia de los seres vivos. La curiosidad, en este sentido, es muy posible que esté codificada en el ADN de las especies. Y antes de saberse esto, ilustres “viejos” como Saramago, Edmund Burke, San Agustín, Oscar Wilde y muchos otros nos dejaron excelentes perlas sobre la “curiosidad”.

      El escritor José Martínez Ruiz, “Azorín”, lapidó el asunto con una frase definitiva: «La vejez es la pérdida de la curiosidad».

      ¿Será verdad eso de que la juventud no tiene edad?

      ¡Bienvenido sea un año más a mi costal!


domingo, 9 de enero de 2022

El maestro zen de Kimura

      Me es muy agradable conversar con mi amigo Kimura, un japonés de una mentalidad muy curiosa, él dice que su mentalidad es rara, una mentalidad híbrida, integrada por una formación estrictamente oriental en su niñez y en su adolescencia y después matizada (es su palabra) por los estudios y viajes al mundo del Occidente. No suelo hablar con él con la frecuencia que me gustaría pues la diferencia horaria es muy grande ─ocho horas─ y eso dificulta la comunicación.

      Hoy estuvimos en comunicación un rato y me dio un susto. Le hice una pregunta ─que ahora mismo no recuerdo cual era─ pero tengo muy presente su respuesta, Kimura dijo:

      ─Me estoy preparando para morir...

      Antes de que yo pudiese decir algo e intentar salir de mi estupor añadió:

      ─Aunque espero que esto suceda dentro de algunos años.

      Y, además, empezó a reír con indudable perversión por el espanto que me había provocado.

      Queriendo retornar al inicio le pregunté:

      ─¿Qué te pasa?, ¿estás bien?

      ─Sí, bastante bien. O muy bien. Lo que sucede es que estoy cambiando muchos aspectos de mi cosmovisión. Ya sabes, eso que nuestros amigos alemanes llaman Weltanschauung. Es más, estoy de retorno a mis orígenes, cambiando de paradigmas; una vuelta al pasado.

      ─No te entiendo muy bien, ¿qué quieres decir?

      ─Te lo iré contando con más tiempo, pero he invitado a vivir en mi finca del campo a un monje Zen que conocí hace algún tiempo. Aceptó y aquí lo tengo hospedado, él hace su vida normal de monje y no suelo verlo durante el día. Ya sabes que esta casa es muy grande e, incluso, con las personas de servicio suelo cruzarme pocas veces al día. Muchas tardes charlamos y es un auténtico placer hacerlo. Está enseñándome a meditar y su mundo es fascinante; por eso digo que está variando mi cosmovisión, la imagen general de la existencia y de la realidad del mundo, ¿entiendes?

      No supe por dónde salir y le comenté medio balbuceando:

      ─¿Sabes que me encanta la palabra “cosmovisión”? El diccionario de la RAE es bastante escueto con ella y dice que se trata de la concepción global del universo que tiene un individuo o una sociedad.

      ─¡Hablamos mañana! ─exclamó rápido y cortó.

      Aquí eran las diez de la mañana y allí eran las seis de la tarde. Imagino que tendría su charla con ese monje Zen.

sábado, 8 de enero de 2022

¿El odio de los dos minutos?

 

      Sería muy difícil transcribir una conversación entera, literal, de las conversaciones que he tenido en las tertulias de amigos esta Navidad, tendría que escribir ─reposadamente─ un libro y, aún así, me dejaría cosas en la faltriquera de la memoria. Intentaré, no obstante, repasar las cosas que mejor recuerdo.

      Hemos hablado de algunos libros, de esos libros que recordamos, de los de siempre. Nos hemos referido varias veces a la capacidad casi profética ─tristemente premonitora─ de George Orwell en su obra «1984».

      Hago una breve sinopsis de ella. Todo se desarrolla en una imaginaria ─me dan ganas de ponerle comillas a la palabra imaginaria─ sociedad coercitiva y policial. El Estado ha logrado un control absoluto sobre los individuos, no hay lugar para la libertad, ni siquiera hay una pizca de posibilidad para cualquier intimidad personal; en esa sociedad oscura el sexo está perseguido, las emociones son un crimen de lesa humanidad y la sumisión total al sistema es condición ineludible para estar vivo. La llamada 'Policía del Pensamiento' tiene fiscalizado e intervenido hasta lo más mínimo y es la encargada de torturar y ejecutar a los conspiradores, aunque tenga que sacrificar a inocentes; su fin les justifica todos los medios.

      Winston Smith y Julia, son miembros del Partido, pero a pesar de ser conscientes de la vigilancia del todopoderoso “Gran Hermano”, se tornan rebeldes contra ese poder que se ha adueñado de las conciencias de los ciudadanos. La novela relata las peripecias de la pareja y el trayecto de sus vidas en un incierto viaje hacia la libertad.

      Recordé a mis contertulios la pregunta que nos quedó pendiente de análisis en el relato anterior («La cosa va de “influencers”»). Terminé el escrito así: ¿Qué “producto” nos venden? ¿Cómo nos influye ese “producto”? La conclusión de muchas personas, incluida la mía, es que nos venden emociones. Si alguien ejerce dominio sobre lo que un individuo siente, desactivará sus aspectos racionales y lo anulará radicalmente. Desgraciadamente esto es algo muy real y cotidiano.

      En la novela de Orwell, se ve perfectamente. Uno de los métodos que se aplica, para moldear las mentes y manipularlas a capricho (vendiéndonos todo lo que quieran vendernos) son los denominados “Dos minutos de Odio”. Se trata de un procedimiento del gobierno del "Gran Hermano". Esta estrategia para el control mental de la población se realizaba en lugares de trabajo, en escuelas... Básicamente consistía en que a un aviso por altavoces, los individuos se debían de concentrar frente a una enorme pantalla que les ponía imágenes del supuesto gran enemigo de la patria, un tal Goldstein. Se proyectaban escenarios bélicos y secuencias preparadas para modelar la psicología de los habitantes, acompañadas de sonidos y ruidos insufribles: «Un momento después se oyó un espantoso chirrido, como de una monstruosa máquina sin engrasar, ruido que procedía de la gran telepantalla situada al fondo de la habitación. Era un ruido que le hacía rechinar a uno los dientes y que ponía los pelos de punta. Había empezado el Odio.»

      Después de unos minutos el público comenzaba a maldecir y a injuriar con furia a Goldstein o a quien se le ordenase desde la pantalla y los altavoces. Este sistema simple representaba también un desahogo para la agresividad de los ciudadanos y una forma de crear un chivo expiatorio para culparlo por las dificultades económicas y por la ausencia de bienestar. Los "dos minutos de odio" eran una táctica infalible para mantener un férreo control sobre las personas y los miembros del partido.

      Un amigo extrapolaba ─y creo que con bastante razón─ diciendo que los “dos minutos de odio” de «1984» se parecen mucho a las cotidianas “guerras” que se producen en las RR.SS., especialmente en “Twitter”. A través de los smartphones y tablets, mucha gente arroja venenos contra los gobiernos, contra los enemigos de los gobiernos, contra escritores que no gozan de sus preferencias, contra artistas a los que odian, contra el portero de su equipo y contra el delantero que falló el gol, contra el árbitro... Posiblemente la diferencia con «1984» estriba en que en “Twitter” se puede hacer de forma anónima y el odio circula por la red por gusto y afición y no por inducción.

      Nos “venden” miedo, tristeza, ira, alegría, sorpresa y asco...

lunes, 3 de enero de 2022

La cosa va de "influencers"

 

      Me encantan esas tertulias de viejos amigos que nos encontramos durante las fiestas navideñas para felicitarnos. Solemos conversar alrededor de unas cervezas y unas copas de fino recordando y añorando otros tiempos. No sé el motivo pero uno de ellos trajo a colación una frase muy celebrada ─y no por ello menos cierta─ de Noam Chomsky: «El propósito de los medios masivos… no es tanto informar y reportar lo que sucede, sino más bien dar forma a la opinión pública de acuerdo a las agendas del poder corporativo dominante».

      Otro añadió que, según medios oficiales, un español medio ve la televisión cuatro horas diarias, cuatro horas recibiendo impactos, consignas y eslóganes de todo tipo. Y a esas horas debemos sumar las dedicadas a los móviles, tablets y ordenadores cada día más repletos de variadas propagandas.

      Intervine diciendo que esas varias propagandas también juegan con la manipulación del lenguaje, cité cómo han introducido con fuerza el término “influencer” ─sin presencia en el diccionario─ en todos los medios, hasta niños pequeños conocen ya este palabro (que sí lo registra la RAE) y algunos hasta aspiran a serlo cuando sean más mayores. Un "influencer" no es más que alguien que cuenta con alguna credibilidad sobre un tema en particular y, que por su continuada presencia y presión en las redes sociales, puede llegar a ser un prescriptor de cierto interés para una marca o producto. Con nuestros verbos “influir” e “influenciar” podríamos haber encontrado un sustantivo español perfecto, pero ya sabemos que el esnobismo imperante prefiere los anglicismos que poco aportan.

      Continué comentando algo que es muy obvio pero que se olvida con frecuencia, los medios de comunicación, sean de la dimensión que sean, tienen todos ellos algo en común, y es que todos son empresas y como empresas buscan la venta de un producto. El dilema surge cuando nos preguntamos cuál es el producto que venden, ¿información veraz?, ¿o cómo manipular a la opinión pública según convenga a las estructuras de poder?

      Recordé que hacía unas semanas había repasado el extraordinario libro de Edward Bernays, titulado “Propaganda”. Bernays era austriaco, sobrino de Sigmund Freud, especialista en relaciones públicas y considerado el padre de esa profesión.

      Tiré de mi smartphone para buscar y leerle a mis amigos lo que decía Chomsky en su prólogo a la citada obra:

«La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento de importancia en la sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen el gobierno invisible que detenta el verdadero poder que rige el destino de nuestro país.

Quienes nos gobiernan, moldean nuestras mentes, definen nuestros gustos o nos sugieren nuestras ideas son en gran medida personas de las que nunca hemos oído hablar.»

      Uno de mis amigos preguntó con cierta sorna riéndose:

      ─¿Noam Chomsky era “conspiracionista”?

      Otro respondió:

      ─En realidad se le ha calificado de casi todo lo habido y por haber, no me extraña nada que también, en algún momento, le hayan tachado de “conspiranoico”.

      Tomás preguntó:

      ─Jamás había oído hablar ni de ese libro ni de su autor, ¿de qué va?

      ─Lo puedes encontrar fácilmente en Internet, no es muy largo se lee fácilmente y considero que es una joya. Bernays lo publicó allá por los años veinte del siglo pasado y en el mismo se mostraba extraordinariamente sorprendido de todo lo que se podía influir sobre el comportamiento humano en aquella época, con las posibilidades de entonces, ¿qué no podrán hacer ahora? ─comenté.

      Uno de los contertulios utilizó de nuevo la ironía:

      ─¿Sería ese uno de los libros de cabecera del ínclito Joseph Goebbels, el ministro de Ilustración Pública y Propaganda de Adolf Hitler?

      Añadí que seguro que conocería ese libro, Edward Bernays y Goebbels eran casi de la misma edad.

      La conversación tuvo muchos derroteros, que iban desde el color del vino fino ─que ya no era como el de antes─ hasta la falta de lluvia y el nivel de los embalses. Al final nos quedó un mal sabor de boca, los medios, los “influencers”, el cine subvencionado, el montón de “sálvames”, tienen el monopolio de lo que tenemos que ser y de lo que tenemos que pensar, estamos cercados, estamos a su merced. Al final ─en palabras de uno de mis amigos─ toda la “información” (así, entre comillas) está controlada y sujetada por el dinero y por los intereses de quienes la proporcionan...

      La pregunta seguía golpeándonos: ¿Qué “producto” nos venden? ¿Cómo nos influye ese “producto”?

viernes, 17 de diciembre de 2021

La desinhibición elegante

 

      Todos tenemos palabras que nos gustan y satisfacen, aunque casi nunca nos paramos a pensar en ellas e, incluso, no tenemos idea de qué vocablos son. Los hay de todo tipo; adjetivos, verbos, adverbios,...

      Le daba vueltas a esto y llegué a la conclusión de que las palabras que más satisfacen son los verbos y, probablemente, gustan los verbos porque marcan acción de muchas maneras. Por ejemplo, uno de ellos es el verbo “inhibir”, o su contrario “desinhibir”, que se utiliza mucho más. Inhibir parece que se utiliza a menudo como término médico para indicar la suspensión por un tiempo determinado una función o actividad del organismo mediante la actuación de algún tipo de estímulo.

      Sin embargo, “desinhibir” es intentar que alguien pierda las inhibiciones y se comporte de una manera natural, sencilla y espontánea sin miedos ni vergüenzas. Esto me condujo a considerar que se podrían considerar dos tipos de desinhibición diferenciados: el de la vergüenza y el de los miedos. Aunque hemos de reconocer que entre vergüenzas y miedos hay intersecciones. Incluso se podría añadir que hay desinhibiciones elegantes y desinhibiciones zafias.

      No dudo que en todas estas consideraciones puede existir mucha subjetividad, lo admito, pero personalmente me agradan las que llamo desinhibiciones elegantes, que son aquellas que se llevan con donosura y gracia.

      Estábamos sentados en un bar disfrutando el agradable sol del mediodía en el invierno del sur. Bebíamos cervezas en vasos grandes y tapeábamos con unas exquisitas croquetas de diseño moderno. Conversábamos y reíamos informalmente.

      Pasado un rato, una de nuestras amigas se levantó con la inequívoca intención de ir al baño. Regresó al cabo de unos minutos y ─sin inmutarse─ nos dijo que un inoportuno golpe de tos le habían distendido los músculos del aparato urinario y que se había miccionado en los pantalones dejándolos con una larga y oscura ristra húmeda.

      Totalmente desinhibida y con serena solemnidad se volvió a sentar en su silla, habiéndola orientada antes hacia el sol, alargando sus piernas.

      Desinhibición elegante; nada le alteró, ni nadie se escandalizó.

      La temperatura, el sol, la charla y las risas harían el resto...

viernes, 10 de diciembre de 2021

La imagen de la civilización

      Esta mañana bien temprano en España hablaba con mi amigo japonés, ya saben ustedes, Takumi Kimura. Hacía bastantes semanas que no echaba una parrafada con él y se me apetecía mucho pues él es una persona que siempre te aporta algo interesante. Me he quedado con una sensación un tanto extraña, le he visto con pocas energías, no sé; él siempre tan dinámico, fuerte, juvenil. Hoy le he notado desanimado, bajo, sin ganas...

      Le pregunté por sus constantes viajes. Su respuesta fue seca, aunque educada como siempre.

      ─No volveré a viajar, me voy a quedar aquí, no deseo ir ya a ninguna parte. Estoy en un proceso de desilusión de todo.

      ─¿Cómo es eso? ─le dije perplejo─. Tú siempre has valorado mucho tus viajes, tus experiencias por el mundo, ¿qué te ocurre?

      Paró de hablar unos segundos y me dio la impresión de que tenía la mirada perdida en el vacío.

      ─Ante la absurda situación del mundo voy a pararme a pensar, a tratar de respirar y a nacer, en caso de que sea posible, por una segunda vez. Debo vaciarme de todo lo que no soy yo.

      ─¡Eso suena muy místico! ─exclamé.

      Le vi esbozar una ligerísima sonrisa y contestó:

      ─Deseo dejar de tener experiencias sean del tipo que sean, voy a limitarme a vivir, a dejar que la vida se exprese a través de mí de la forma que sea, y no colmarla con la artificialidad de viajes, lecturas, relaciones, búsquedas, frivolidades... ¿No te has fijado nunca en que nuestras experiencias compiten con la vida e, incluso, la consiguen marginar?

      Creo que le escuché atónito y no supe bien qué decirle. Él continuó hablando:

      ─¿Sabes que en mi país antiguamente para moler el trigo los hombres del campo utilizaban caballos para mover las ruedas de los molinos? Incansables, los caballos daban vueltas y vueltas durante todo el día impulsados por el deseo de coger una zanahoria que les colgaba por encima de los belfos. Llegada la noche, después del día agotador, se les permitía comer la zanahoria.

      ─¿Y qué? ─le pregunté.

      ─¡Pues que esa es exactamente la imagen de nuestra civilización hoy!

      Quedé un poco pensativo y le contesté que tenía razón.

      Miles de borregos, que no caballos, detrás de una zanahoria.

martes, 7 de diciembre de 2021

Navidad y entropía

      Una de las ideas de la Física que siempre me ha fascinado es la de la “entropía”, es un concepto que tiene miles de aristas y que se puede aplicar a muy distintas áreas del conocimiento. Siempre, de algún modo, vuelve a mi cabeza y ahí la tengo desde hace muchos años; a veces me parece que la entiendo bien y otras, muchas, se me escapa. Si mal no recuerdo, la palabra viene del griego, de la palabra ἐντροπία que quiere decir transformación y también evolución. Mi primer contacto con esta palabra fue cuando comencé a estudiar Termodinámica, recuerdo también que el profesor engolaba la voz cuando pronunciaba este misterioso término. Allí supe que la “entropía” era una magnitud física que representaba una clase de energía residual que no podía utilizarse para la producción de un trabajo. En un sentido más general se podía interpretar como una medida del desorden de un sistema, entendí también que estaba relacionada con la cantidad de energía que podía intercambiar el susodicho sistema con el medio externo.

      Esta mañana pensaba que la Navidad ─cada Navidad─ está conectada con la “entropía”, se me ocurría que al ser mayor la “entropía” de un sistema abierto (no se me pierdan, un sistema abierto es un sistema que tiene interacciones externas) menor es su disponibilidad de energía y mayor es el desorden del mismo. Quizás aún estaba dormido, no lo sé bien. Los conceptos de reversibilidad e irreversibilidad, equilibrio y no-equilibrio, azar y determinismo, caos y orden me generaban un extraño cóctel mental con la Navidad.

      Recordé que Sigmund Freud también había utilizado la “entropía” para tratar de explicar el porqué había neuróticos que, a pesar de presentar patologías muy similares, no podían ser tratados del mismo modo pues se obtenían resultados diferentes. Freud lo explicaba a través de procesos de conversión de energía psíquica y, para ello, hacía uso de la “entropía”.

      Una Navidad más, ahí está el dilema. ¿Han sentido ustedes algún tipo de desazón depresiva cuando llega la Navidad? A veces, irónicamente, la llegada de las fiestas nos viene acompañada de una sensación de estrés, incluso de frustración y soledad.

      Me levanté de la cama, la ropa la tenía toda en desorden sobre la silla, lo habitual. ¿Es la tendencia a la organización a partir de la desorganización lo que nos hace vivir?

      La otra tendencia va a la disipación de energía, hacia la máxima entropía. A un mayor desorden, a una mínima energía.

      ¡Feliz Navidad amigos!

martes, 2 de noviembre de 2021

Las neurociencias y la meditación

 

      Quiero relatar una extraña aventura que estoy corriendo ahora y en estas semanas anteriores. Siempre me han interesado las llamadas “neurociencias” que tratan de explicar cómo funciona el cerebro. Cada vez que algún escrito sobre ellas ha llegado a mis manos lo he leído con curiosidad y placer, también he leído libros y he dirigido también algún trabajo sobre determinados aspectos de la informática que tienen relación con las fascinantes “neurociencias”.

      Este verano me decidí a estudiar y escribir algo sobre estos temas. No se me ocurrió nada mejor que intentar ponerme en contacto con algún relevante científico extranjero. Unos amigos alemanes me consiguieron el c.e. del director del Centro de Investigación en Neurociencias del Hospital Universitario Charité de Berlín, Dietmar Schmitz. Le escribí en mi macarrónico alemán contándole mi historia y le pedí algo de auxilio para escribir mis artículos y aprender algo. Al cabo de una semana me respondió con suma amabilidad diciéndome que él no tenía tiempo para ello pero que me ponía en contactos con dos investigadores que trabajaban con él en la inmensa Charité de Berlin y que sabían algo de español, la Dra. Heike Lehner y el Dr. Dedrick Köhler. Rápidamente me puse en contacto con ellos vía e-mail y les relaté lo que deseaba hacer, también fueron amabilísimos y se pusieron a disposición mía encantados. Les dije que no tenía ningún plan, programa preestablecido, y que quería preguntar y hablar sobre las “neurociencias” como si estuviésemos en la barra de un bar, creo que se quedaron un poco perplejos pero aceptaron. Quedamos que una semana hablaría con uno y a la siguiente semana con el otro; conectaríamos por “Zoom”.

      La primera semana me tocó con Dedrick Köhler, un chico simpático, muy risueño y con ganas de ayudarme. Dijo que su español no era muy bueno, pero pronto noté que era mucho mejor que mi alemán, lo había aprendido en estancias en Colombia y México. Le repetí que no tenía ningún orden programado y me contestó que le preguntase lo que quisiera sobre “neurociencias”, que él trataría de responderme.

      Me quedé pensativo unos segundos y le espeté:

      ─¿La meditación ─o el “mindfulness”─ tienen que ver algo con los estudios que se realizan en la “neurociencia”?

      Lanzó una medio carcajada, quizás sorprendido por mi planteamiento inicial y asintió diciendo:

      ─Por supuesto, por supuesto ─repitió─. La meditación, básicamente, es un proceso cerebral consistente en ser lo más consciente posible de una cosa mínima. Cada día tenemos más evidencias que la meditación tiene profundos efectos en el pensamiento, las emociones y el cerebro. Lógicamente, entonces, es algo que cae muy dentro del ámbito de las “neurociencias”.

      ─¿Entonces la meditación es como un entrenamiento mental? ─le pregunté.

      ─No. Creemos tener bastantes evidencias de que se trata de procesos muy diferentes, pero coincidentes en algunos resultados. Por ejemplo, la meditación a largo plazo mejora una serie de tareas que están en relación con la atención, y también con la memoria de trabajo y los procesos espaciales; esto también es posible de conseguir con un entrenamiento mental apropiado.

      ─¿Ha sido posible detectar algún tipo de cambios anatómicos en los cerebros de los meditadores?

      Miró unos papeles que parecía tener delante y contesto:

      ─Estamos en ello. Se está investigando mucho en esa dirección y hay señales claras de alteraciones anatómicas. Por ejemplo, los meditadores experimentados muestran una reducción de la amígdala. La amígdala es una zona del cerebro vinculada con el miedo y la ansiedad. Y también se ha observado un aumento de la corteza frontal, asociada con las más altas formas del proceso cognitivo y de la inteligencia. También parece ser que la meditación modifica la corteza prefontal haciendo más eficiente su actividad, por lo que necesita menos trabajo, o desgaste, para realizar una tarea determinada de manera óptima.

      ─¿Entonces la meditación tiene posibilidades terapéuticas? ─le pregunté con cara de asombro.

      ─Es evidente que así es, pues tiene propiedades reductoras del estrés, que es una enfermedad en aumento en nuestros tiempos, con implicaciones en la generación de otros tipos de padecimientos más graves. La meditación se aplica cada vez más como herramienta clínica, al contribuir de modo manifiesto a aliviar los síntomas del dolor crónico, la depresión, la ansiedad, la esquizofrenia y otras enfermedades.

      ─Quizás no sea extraño que en los próximos años veamos salas de meditación en clínicas y hospitales, ¿no? ─le dije con curiosidad.

      Sonriendo dijo:

      ─Es posible, sí es posible y quizá las haya actualmente en algunos centros médicos, no lo sé. Pero lo que es cierto es que la meditación también constituye una protección contra la demencia, lo que tiene lógica, ya que la meditación hace que las regiones del cerebro relacionadas con el pensamiento complejo y la memoria crezcan en lugar de reducirse con el paso del tiempo.

      ─¿Es verdad que la meditación disminuye la necesidad de sueño?

      ─Sí. Es totalmente cierto. Al igual que es verdad que altera la percepción y que los meditadores experimentados son capaces de detectar estímulos mucho más leves y sutiles que el resto de las personas.

      Hablamos de más cosas y comentó que seguro que me encantaría hablar con la doctora Heike Lehner, que era una gran especialista, con grandes conocimientos en todas las áreas de las “neurociencias”. Añadió que ella se acababa de jubilar y que hablaba un español perfecto, pues desde pequeña había pasado grandes temporadas en Mallorca.

      Me despedí con un afectuoso: “Vielen Dank, bis nächste Woche!”.

viernes, 8 de octubre de 2021

Receta y desánimo

      A veces no tengo demasiadas ganas de escribir y dedico mi inmenso tiempo libre a otras tareas, incluso a ordenar y tirar papeles. El mundo no tiene buen cariz y eso me desanima, las cosas las veo chungas por todas partes, por eso trato de evadirme y escapar, aunque me es imposible la mayor parte del día.

      Una de las faenas favoritas a la que me entrego con pasión es la cocina, esto ya lo he comentado aquí a menudo. Esta mañana, en los saludos cotidianos y matinales que intercambio con muchas amistades por WhatsApp, le comenté a mi amiga Carmen G. que ayer a mediodía hice un guiso marinero que salió de auténtico lujo, de restaurante de varias estrellas. Carmen respondió rápida en demanda de la receta; a ella y a su marido también les encanta cocinar y sospecho que son unos auténticos maestros en el arte culinario.

      El guiso marinero ─así me parece apropiado denominarlo─ partío de una receta muy simple con ciertas analogías a la de un bacalao al pil-pil clásico. Y ahí comenzó todo.

      En una cazuela puse cuatro generosas cucharadas de aceite, partí en dos una cebolla, pulverice una de las mitades en la “picadora” con tres dientes de ajo y la otra la trabajé con el cuchillo, desmenuzándola en trozos pequeños. Puse todo a sofreir. Poco después añadí unos cuadrados ─bastante grandes─ de bacalao fresco con la piel hacia abajo. También unas hebras de azafrán. Espolvoreé por encima una cucharada de pimentón de la Vera picante y sal. Lo cubrí con dos vasos, uno de agua sola y el otro era una mitad de vino fino, agua y una cucharadita de harina de trigo normal bien disuelta.

      La obra la completé echando en la cazuela unos langostinos pelados. Pensé en dejarlo unos veinte minutos de cocción, pero en esto se me ocurrió que podía añadir unas cuantas cosas de esos sobres congelados que se dicen de “preparados para paella” y que tienen trocitos de algún pescado, mejillones, alguna gamba perdida, almejas, calamares... Vacié en el recipiente al fuego un cuarto del sobre que tenía en el congelador.

      A los diez minutos aquello ya tenía un aroma muy atrayente, probé con un cucharón y quedé estupefacto, ¡estaba riquísimo!

      Vigilé atento los últimos minutos para que no ocurriese ningún estropicio. Adorné los platos con unas ramitas de perejil fresco en el borde. En la mesa todos pudimos disfrutar de un excelente invento culinario surgido casi sobre la marcha.

      (He optado por escribirlo aquí para mi amiga Carmen y para recordarlo la próxima vez que me lo pidan hacerlo en casa)