viernes, 19 de marzo de 2021

El joven arquero y Carlitos

 

     Me encanta sorprender a mis nietos con raras historias, ayer le improvisé a Carmen un viaje a la Luna en una expedición de siete naves con siete pasajeros en cada una, se trataba de la primera incursión formada por cuarenta y nueve personas que íbamos a sentar las bases para construir una estación permanente en nuestro satélite. Por supuesto que yo era uno de los expedicionarios de este viaje al espacio. Pero, más adelante, ya contaré esta historieta que necesita varios capítulos.

     La que quería contar ahora es la que le narré a Carlitos basada en una historia de un maestro Zen.

     Empecé diciéndole que una vez en el Japón antiguo existió un joven arquero que tenía una gran destreza en el tiro, sus flechas acertaban con una enorme frecuencia en difíciles blancos y salía siempre como vencedor absoluto de los muchos campeonatos en los que participaba.

     Este joven oyó hablar un día de un anciano maestro Zen casi ciego que le dijeron que tenía unas habilidades increíbles con el arco y las flechas. El muchacho hizo un largo viaje hasta que lo pudo encontrar en una lejana tierra. Con profundo respeto, pero también con una carga enorme de vanidad, se acercó al maestro para pedirle que contemplase sus habilidades con el arma. El anciano asintió complacido y el muchacho realizó varios lanzamientos certeros con sus flechas mostrándose muy ufano de lo conseguido. El anciano no se pronunció respecto a su talento y le dijo solamente:

     ─Ven, acompáñame.

     Caminaron hasta un despeñadero cercano, en el que había un largo y grueso tronco de árbol que unía, a modo de puente, dos de sus partes. Muchos metros abajo discurría un río que apenas se veía por la enorme altitud del barranco.

     El anciano tomó su arco y con paso seguro comenzó a caminar por el tronco hasta la mitad del mismo, encima del vacío, allí tensó su arco y disparó una flecha hacia un árbol lejano acertando con mucha precisión. Regresó junto al joven y le indicó:

     ─Haz lo mismo.

     El chico se acercó al tronco y apenas puso un pie encima miró hacia el abismo y comenzó a temblar; retrocedió paralizado de miedo.

     ─Eres muy diestro con tu arco, ─le comentó el maestro, notando el desasosiego de su desafiante joven– pero tienes poca habilidad con tu mente, esa es la que no te deja lanzar la flecha.

     Mi nieto escuchó toda la historia muy interesado y le pregunté:

     ─¿Qué conclusión has sacado de la historia del arquero?

     Se quedó un poco pensativo mirando a su derecha. Y después, mirándome de nuevo, dijo:

     ─Es que el muchacho se puso demasiado chulito, ¿no abuelo?

miércoles, 17 de marzo de 2021

Tiempos de horror y esperanza

 

     Sigo mirando largo tiempo por mis ventanas. Gran parte de mis reflexiones diarias están vinculadas al azote del corona virus. No paro de pensar que nunca habíamos compartido un miedo a la muerte tan intenso y general. Incertidumbre y desasosiego penetran por nuestras mentes y por nuestros sueños. Poco a poco van pasando los días y comienzo a tener clara conciencia de que muy posiblemente nuestra vida no vuelva a ser como era antes. Antes de ese día nefasto cuando en China, una persona se contagió de un virus que jamás había infectado a los seres humanos.

     Tiempos de horror, estamos en tiempos complicados, es posible que nunca antes hayamos vivido así. Hacía muchos años que el mundo no se encontraba en una situación análoga. Una espada de Damocles sobre todas las culturas y razas de la tierra. Un microscópico enemigo que nos tiene cercados, encerrados y llenos de fatalidad. Muy probablemente, nuestros hábitos, nuestras rutinas, nuestra cotidianeidad, no vuelvan en largo tiempo y que cuando regresen, es muy posible, que toda la superficie del globo terráqueo tal como la conocíamos haya cambiado. Y sin remedio.

     Esta mañana hablaba con mi amigo Cooper George, el pastor protestante de Nueva Zelanda, y me decía con mucha razón que si la gente de alrededor no se cuida poco importa que nosotros nos cuidemos individualmente.

     Cooper añadió:

     ─Aunque estemos en un mundo alejado, en un isla del Pacífico, no vivimos aislados y es prácticamente imposible aislarse del todo, aunque nos encerremos a cal y canto en nuestras casas. Nuestra vida depende, en muy buena medida, de otros, pero especialmente de quienes ejercen el poder, toman decisiones cruciales. El mundo es una especie de trenza revuelta y todo está unido, aunque parezca separado.

     Le contesté con lentitud:

     ─Posiblemente nunca estaremos preparados para las emergencias inéditas, nunca podremos estar del todo preparados...

     Hubo una pausa y después vi en la pantalla una pregunta en la que adiviné cierta sorna:

     ─¿Te mando un versículo?

     Reí y le dije:

     ─Por supuesto que sí.

     ─Es del libro de Job, el 2:10, y dice: «Si aceptamos los bienes que Dios nos envía, ¿por qué no vamos a aceptar también los males?».

     No supe qué responder. Seguí meditando sobre la espera. Esperar a que transcurran estos días para tener otra vez tiempo de mirar paisajes de prados repletos de flores, viendo cómo, por encima del caos, las flores siguen allí, danzando, con la brisa y los vientos...

martes, 9 de marzo de 2021

La "vejez productiva"

     

     Esta mañana tuve ocasión de charlar un rato con Kimura. Por supuesto que uno de los asuntos fue la incidencia del coronavirus en nuestros respectivos países. Allí las cifras son envidiables, si se puede decir así. Han tenido, en total, unos 440.000 casos con un numero de fallecidos que ronda los 8.300 muertos a fecha de hoy, cifra muy baja a tenor de que Japón tiene unos 127 millones de habitantes. Me dijo Kimura que, sin embargo, los japoneses vacunados aún son muy pocos, por debajo de los 48.000. Le comenté que aquello es otro mundo con respecto a las cifras que aquí manejamos.

     Después estuvimos hablando de mi escrito de ayer en el 'blog' sobre los mayores y las facultades que se dilapidan por no existir un proyecto inteligente y para aprovechar toda esa capacidad y talento (“Mayores en Internet: un potencial”).

     Mi amigo Kimura dijo:

     ─Es cierto, hace falta un despliegue mayor de esfuerzos por parte de los gobiernos y de fuerzas sociales. Felizmente, en mi país, cada vez más se ponen en marcha nuevos proyectos para estimular la actividad de los mayores. Los objetivos son los de mantener una buena salud, llegar a altos niveles de bienestar y acrecentar las relaciones sociales que les permitan superar los problemas de la soledad no deseada. Pero todavía hay carencias que el sistema no logra superar.

     Como no contesté inmediatamente, él añadió:

     ─No sé cómo lleváis en España esta cuestión.

     Torcí un poco el labio tratando de lanzar algo como una especie de sonrisa que no logré emitir y le comenté:

     ─Bueno, aquí cualquier cosa debe pasar por una agotadora fase previa de charlatanería, de comisiones poco operativas que discuten y cobran dietas, pero un horizonte a corto plazo que contemple estas cosas no veo.

     ─Sí, ya sé que vuestra situación es bastante diferente, además hay aspectos culturales que nos diferencian mucho. La figura de la persona mayor, en general, no tiene el mismo peso en Oriente que en vuestro Occidente...

     Se quedó un poco en silencio y tomó de nuevo la palabra para decir con deje nostálgico:

     ─Aunque en esto también vamos cambiando.

     Intervine para comentar:

     ─En España, todavía estamos lejos de entrar en la consideración de lo que se ha dado en llamar “vejez productiva”. En la crisis que ya llevamos arrastrando unos años, ha forzado que muchos jubilados hayan tenido que acoger y mantener en sus casas a la familia de alguno de sus hijos contando con el único recurso de la jubilación y siendo esta jubilación bastante escasa con frecuencia. Hay también muchos que se ocupan del cuidado de sus nietos mientras los padres de éstos trabajan. Los hay también que dan su apoyo colaborando a cuidar a algún familiar enfermo dependiente.

     ─En Japón ─dijo Kimura─ hay también personas jubiladas que realizan un trabajo de apoyo social no remunerado, acompañando o asistiendo a personas que viven solas, ayudando en comedores sociales, o colaborando con algunas ONG's en diversas actividades. ¡Ah! Ese concepto que has citado de “vejez productiva” es muy interesante.

     ─Sí, pienso que por ahí deben de ir los tiros. Opino que las estructuras deberán tornarse más flexibles, más moldeables, para que puedan permitir a las personas manejar los diferentes tiempos: de aprendizaje, de trabajo, de ocio y de desarrollo de los valores humanos, a lo largo de todo su ciclo vital.

     Kimura se despidió de mí diciéndome:

     ─Tenemos que seguir hablando de esto, me parece que es un vagón que tenemos que empujar. Hoy día las personas estamos cambiado más rápidamente que las estructuras, ¿no?

     Me quedé con la cabeza impregnada de eso de la “vejez productiva”...

lunes, 8 de marzo de 2021

Mayores en Internet: un potencial

    Estos días anteriores he estado curioseando sobre la utilización de Internet por parte de personas mayores y he quedado muy gratamente impresionado, su uso ya es masivo. Miles, millones, de personas de más 60 años y hasta los 80 y muchos, echan mano de Internet para múltiples tareas. Hacer esta pequeña investigación vino porque estaba pensando en el potencial humano que se pierde ─que queda paralizado─ con la jubilación. En modo alguno la jubilación debe ser un sinónimo de inactividad para la gente mayor y todavía menos, suponer que tienen imposibilidad de contribuir con su esfuerzo al desarrollo económico y social de un país. Quizás todo lo contrario. El incremento de la esperanza de vida facilita que las personas mayores tengan una necesidad continua de mantenerse no sólo activos y operativos, sino también productivos. Aunque, lamentablemente, no tenemos una sociedad preparada para aprovechar este potencial. Se hacen necesarios cauces y oportunidades para el desarrollo de toda esa energía dilapidada.

     Un amigo extranjero me comentaba hace poco que conoce algunos países en los que se aprovecha la experiencia de los mayores, tanto profesional como personalmente, para elevar la actividad económica del país. Algunas empresas,  utilizan a los trabajadores que se jubilan para formar a los más jóvenes. Y lo hacen sin deterioro de su pensión. Otros lo hacen de manera altruista y desinteresada.

     En esta línea, otra cosa que me ha llamado poderosamente la atención es la enorme presencia activa ─y algunas activísimas─ de mayores en Facebook, Instagram, Gab y, supongo, que en otras de las muchas redes sociales que existen. Claro, y también destacar la amplísima utilización que hacen de WhatsApp y Telegram.

     Pero quizás lo que más me ha gustado ─y animado─ ha sido el apreciable número de páginas Web y de 'blogs' desarrollados y mantenidos espléndidamente por abuelos incansables, dignos del mayor encomio y ejemplo para nuevas generaciones. ¡Quién lo iba a decir hace veinte años!

     No quiero dejar de citar aquí a mis amigos Gonzalo y Jesús, que ─con sus más de 75 años─ son unos verdaderos jabatos, difundiendo cultura, saber e información a diario en Internet. 

     Vendrán nuevos tiempos, nuevas tecnologías, nuevos asuntos, pero habrá que contar con estos miles y miles de mayores en la vanguardia, gente ilusionada y perseverante, que recuerda a aquellos pioneros de la radio, que con sus contribuciones técnicas tuvieron tanta influencia en el desarrollo de las comunicaciones en toda una gran época.

lunes, 1 de marzo de 2021

El Apocalipsis no es tan apocalíptico

 

     Sí, es cierto, me quejo y emito mil lamentos por el confinamiento, por la pandemia y por otras muchas cosas. Pero he de reconocer que también hay algunos efectos positivos que me han sido traídos por toda esta hecatombe. Y uno de estos son los amigos que he ido haciendo en este trayecto.

     Es curioso todo lo que he aprendido, todo lo que he disfrutado en mis conversaciones con ellos, a veces ─como es natural─ teñidas de alguna polémica. ¡Qué cantidad de horas de charlas interesantes sobre mil y un temas! También he podido conocer un buen puñado de programas de comunicaciones que desconocía; sin un buen software la cosas no hubiesen sido tan fáciles. La práctica de idiomas ha tenido un protagonismo fundamental. A veces, y a trompicones, he logrado la fluidez suficiente para entenderme con ellos a la perfección. Algunos hablan un español estupendo, como Kimura y el padre Horst Seehofer. Y no quiero olvidar a mi gran amiga, Zenaide, brasileña, que este año pasado ha conseguido defenderse en español de manera admirable. Además ha sido una profesora excelente para enseñarme ese portugués ─tan musical y vivo─ del Brasil.

     Desde luego quiero recordar también las charlas con Briseida, llenas de pasión y activismo frente al “Nuevo Orden Mundial” y sus tentáculos. Pero hoy quería hablarles de mi amigo ─al cual no he citado nunca antes en ningún artículo─ Cooper George Wright, que vive muy lejos, en Nueva Zelanda, ¡nada menos! Por la cuestión horaria tengo un poco complicada la comunicación con él, pero casi todos los días nos echamos una buena charla o nos intercambiamos audios. Cooper es pastor protestante, casado y con varios hijos, ya esta semijubilado. Lo conocí por medio de Kimura. Claro, con él, los temas frecuentes de charla son: la Biblia, teología, la religión en general, la sociedad, el estado del mundo...

     Cooper, desde Wellington, habló esta mañana del Apocalipsis de San Juan e hizo una síntesis fantástica del mismo. De estos resúmenes que se quedan grabados para siempre en el cerebro. Se lo agradecí de verdad. Entró en el tema diciéndome que no estaba claro que este san Juan del libro fuese el apóstol y que algunos creían que era otro Juan desconocido, pero que eso le daba igual y prefería la idea de que fuese el mismo apóstol. Esta postura ecléctica me gustó. Comentó que para él, el Apóstol Juan escribió el libro cuando ya era muy anciano. De hecho, él era el único discípulo de Jesús que no había muerto por aquel tiempo. Dijo que estaba en prisión en la isla de Patmos, que es como una roca gigante y fea en medio del Mar Adriático y que a Cooper le gustaría conocer. Habló mi amigo que mientras el apóstol estuvo allí, experimentó las visiones contenidas en el “Libro del Apocalipsis” (al que él denomina “Revelación”). Y que tiene que ver con el fin de los tiempos y con todas las cosas que ocurrirán. Añadió que el libro está repleto de símbolos y visiones que son muy difíciles de entender. Y que eso, quizás, es porque aún no es el momento de comprenderlas.

     Le pregunté por la fecha aproximada en la que pudo ser escrito el libro y me respondió que sobre el año 95 d.C. Le comenté que mis conocimientos bíblicos son bastante insuficientes, datan de hace mucho tiempo, de cuando estudié Historia Sagrada en el bachillerato y poco más. Y que mi idea del Apocalipsis se resume en saber que se refiere principalmente al fin de los tiempos que rodean la venida de Jesús a la tierra.

     ─¿Qué versículo del Apocalipsis te gusta más? ─se me ocurrió preguntarle.

     Lo pensó unos segundo y contestó rápido:

     ─Sí, quizás Apocalipsis 3:20, «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré y cenaré con él y él conmigo.»

     ─¿Te lo sabes todo de memoria? ─le dije asombrado.

     ─Ya me gustaría, pero no, únicamente se cosas sueltas de casi todos los libros, versículos importantes de cada libro. Además con la edad voy olvidando algunos.

     Un poco en plan provocador le pedí:

     ─Dime otro párrafo del Apocalipsis.

     Ahora fue más rápido:

     ─Te digo el 21:1: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar no existía ya.»

     Este versículo lo vi optimista.

     Pensé que el Apocalipsis no era tan apocalíptico...

jueves, 25 de febrero de 2021

La guerra singular que padecemos

 

     Los temas se me acumulan, uno tras otro, pero no tengo demasiadas ganas de escribir; paso los días contemplando cómo pasan los días, valga la redundancia. Voy realizando tareas a tropezones y dando vueltas en la soledad del confinamiento. En realidad tampoco me importa mucho o, al menos, eso me agrada pensar. Este estado de guerra es tan singular que aún es pronto para contar toda su historia. Ahora pasaba un rato escuchando una música estupenda, agrupada y denominada como jazz relajante. Hace un día fresco y con un sol agradable; casi para dormir aquí sentado y viendo esas pompas de pensamientos que van pasando delante de mi frente. He escuchado un repique de campanas, parecen que suenan de otro modo ahora, su sonido es como el que oía cuando era pequeño; pienso que eso será por la menor afluencia de tráfico en las calles y por el poco ruido de la gente. ¿Existen los 'pensares' igual que los cantares?

     Me repantingué en el sillón, el jazz me obligaba. El mando de la televisión tonteaba en mi mano y dejé las imágenes solas, sin sonido. Unos señores ─unos sí lo eran y otros no─ hablaban por turnos y me llegaba únicamente su gesticulación. Apuesto que todos “trabajan para el pueblo”, ¿no? Aunque la realidad suele ser otra.

     Una vez leí, que ningún sistema político es bueno ni malo y que sólo son instrumentos de música política que deben estar siendo ─continuamente─ afinados y mejorados. ¿El mal está en los que gobiernan para sí mismos?

     Me encantaba esa idea de música política y de instrumentos que deben ser afinados continuamente.

     Unos periodistas pululaban tomando fotos, otros iban con un pequeño magnetófono en ristre. La democracia siempre termina en eso, en la manipulación de la prensa y los medios para llevar el fiel de la balanza al sitio que convenga.

     Creo que me quedé dormido...

miércoles, 10 de febrero de 2021

Vaciar la taza

 

     Hace un rato abrí "facebook" para ver qué había allí. Quizás ─pensé─ algún amigo ha dejado escrito algún comentario en alguna de las múltiples entradas que suelo poner.

     "Facebook" me asaltó de nuevo con su eterna e impertinente pregunta: ¿Qué estás pensando?

     En realidad, no estaba pensado en nada, sólo cruzaban mi mente algunas burbujas de esas que contienen pensamientos inmaduros, blandos, sutiles, que vienen y van a gran velocidad. Esas cosas que hay que detener para que se conviertan en verdaderos pensamientos.

     Estuve unos segundos, o minutos, contemplado esas burbujas y agarré una al azar. La rompí y en ella estaba la historia de Nam-în, que era un monje Zen japonés que vivió en la era Meiji bajo el mandato del emperador Mutsuhito entre 1852 y 1912. En aquella época Japón empezó a abrirse al mundo y experimentó una reestructuración de los sistemas político, económico y social, llevando el país a una modernización extremadamente rápida.

     Nam-în recibió a un profesor universitario americano que había viajado a Japón para estudiar qué era aquello del Zen y quería hacerle una serie de preguntas acerca de esa misteriosa forma del budismo.

     En el primer encuentro Nam-în le sirvió un té cortésmente. Y echó el líquido hasta llenar la taza del visitante y, no obstante, siguió vertiéndolo. El profesor contempló el té que se derramaba hasta que ya no pudo contenerse y exclamó:

      ─¡No cabe una gota más! ¡La taza está completamente llena!

      ─Al igual que esta taza ─le dijo Nam-în─, usted está lleno de sus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo puedo mostrarle qué es el Zen a menos que primero vacíe su taza?

     Noticieros, informaciones, incidencias de contagios, muertes, vacunas sí y no, elucubraciones, pronósticos, planes...

     Necesito vaciar mi taza...

lunes, 8 de febrero de 2021

Daruma y la compasión budista

 

     Ayer mi amigo Kimura tuvo a bien presentarme a una amiga suya a través de Internet, me dijo que se llamaba Daruma ─nombre que hace referencia a un famoso buda─ que era budista practicante, y que hablaba un español mucho más que aceptable. Instalé su número de teléfono como contacto en el móvil y rápidamente me pude comunicar con ella por WhatsApp.

     Iniciamos la conversación con las frases de cortesía habituales y hablamos de nuestra mutua amistad con Kimura. Dedicamos también unas palabras ─ya es cosa también normal─ al maligno virus que nos asola. De aquí pasamos a comentar sobre las actitudes mentales que debemos poner en marcha ante la pandemia.

     Nuestra charla fue muy larga y departimos de variados asuntos, sería difícil reducir todo a unas líneas aquí escritas. Pero voy a tratar de resumir algunos de los puntos que me parecieron de gran interés. Quizás el que más me llamó la atención fue el de la “compasión”. Daruma dijo:

     ─La esencia del budismo es la compasión hacia todos los seres sin diferenciación alguna y, sobre este pilar, no lastimar a nada ni a nadie. Buda afirmaba que «la mayor de las virtudes es la compasión».

     Respondí que mi concepto de compasión era ─posiblemente por ignorancia─ demasiado pobre, casi igual de aséptico que el del diccionario que únicamente dice así: «Sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien».

     El WhatsApp advertía que estaba escribiendo y pasaron algo más de dos minutos antes de salir a la pantalla su respuesta:

     ─Esa definición es, bajo nuestro punto de vista, incompleta y estática. Sin duda hay bondad y buen sentimiento cuando acompañamos el padecer de otro, pero hay ahí cierta pasividad. El concepto budista de la compasión es mucho más amplio. La compasión de la que nosotros hablamos va más allá de sentir pena o de llorar con el que llora o de sufrir con el que sufre. Y la compasión que nosotros entendemos no sólo se enfoca y dirige hacia el prójimo más inmediato si no que también se dirige hacia los enemigos. Nuestro sentido de la compasión no contempla excepciones, va hacia todos: amigos, enemigos y extraños.

     También tardé un poco en contestar lo siguiente:

     ─Sí, creo que fue San Pablo, el apóstol cristiano, el que dijo que la compasión es: «Reír con los que ríen y llorar con los que lloran», y creo que aquí se vincula su significado con la idea de “compartir”, ¿no lo ves así?

     ─Conozco esas palabras de Pablo de Tarso. Aunque si te fijas bien esas palabras parecen que tienen más que ver con la idea de empatía. Y sigue, de alguna manera, uniendo la compasión a un sentimiento estático y pasivo de lástima o pena ante el dolor o la desgracia de otro y nada más. Nosotros entendemos que al compartir un dolor, o la soledad o el sufrimiento de los demás también debemos llevar hacia ellos un consuelo real, una esperanza, un rumbo; debemos ofrecer alternativas al sufrimiento de esas personas y, en último término, a sublimar el padecimiento y a serenar su espíritu.

     Le comenté que me gustaría seguir hablando con ella de estas cosas, que me enriquecían y elevaban mi contrita moral en este maldito confinamiento.

     Nos reímos un poco cuando le dije que era la primera vez en mi vida que hablaba con una japonesa y que estaba encantado de leer su español tan perfecto y preciso. Las risas de ella aumentaron de tono cuando me confesó que no era japonesa.

     Y no me dijo cuál era su nacionalidad...

viernes, 29 de enero de 2021

Un vaso de vino, un trozo de tarta de chocolate y muchas flores

     Siempre recuerdo un proverbio, creo que es galés, que dice: «El amor perfecto a veces no llega hasta el primer nieto». Y suelo repetir aquello que escuché una vez de que los abuelos somos simplemente niños pequeños antiguos.

     Tengo la inmensa suerte de estar cerca de mis nietos y pasar algún tiempo con ellos a menudo; eso aparte de las parrafadas por teléfono que casi a diario nos echamos. Ayer estuve un rato con la mayor ─que en unos días cumplirá once años─ y me hizo unos comentarios espléndidos sobre la lectura que está terminando: “La vuelta al mundo en 80 días” de Verne. Me contó que ya le falta espacio en su mueble biblioteca, pero le regalé unos cuantos libros más y unos cuadernos de viñetas de Mafalda, quedó encantada.

     Por la tarde/noche llegó la llamada que esperaba, era mi nieto que había estado atento al momento en que alguno de sus progenitores dejaba el teléfono a su alcance para ponerse en contacto conmigo. Me contó varias cosas de su día, del colegio y de esas construcciones de “Lego” que tanto le entusiasman. Después de unos minutos me pasó a Emma que, por lo visto, tenía urgencia de hablar conmigo.

     Emma, tiene gran facilidad expresiva y me comunica todas sus cuitas, incluso los pequeños dramas con sus amigas. Primero contó que el “cumple” de su hermano, Carlos, era el día 6, y después de una serie de disquisiciones, salió explicándome que en enero, y con muy pocos días de diferencia cumplíamos años su madre, ella y yo. Entonces preguntó:

     ─A ver, abuelo, ¿tú cuántos años tienes?

     Lo dijo en un tono que no tuve más remedio que lanzar una carcajada y responderle entre más risas:

     ─¡Tantos como Matusalén! ¡Novecientos sesenta y nueve años!

     Quedó reflexiva un par de segundos y contestó:

     ─Eso no tiene sentido abuelo, estarías ya muerto. No se puede vivir tantos años; nadie vive eso.

     ─Es verdad, no tengo tantos, pero son muchos ya ─le contesté, sin parar de reír y le pregunté─: ¿Tú cómo sabes que no se vive tanto tiempo?

     Mirándome con un atisbo de conmiseración, dice:

     ─Yo lo he visto en los cementerios, en las tumbas dicen los días de nacer y los de morir.

     ─¿Qué cementerios has visto tú? ─le pregunté sorprendido.

     ─He visto dos, el de aquí, del Puerto y uno pequeño muy bonito en un monte, en “Villalengua Rosario” (algo así dijo). Quiero ir otra vez contigo a verlo de nuevo. En el de aquí, que esta cerca de casa y fuimos andando, he visto la tumba de mis bisabuelos y más.

     Pensé que yo, la primera vez que vi las tapias de un camposanto, tendría catorce años. Estaba absolutamente perplejo con mi nieta.

     Al final de la conversación, y con la naturalidad más grande del mundo añade:

     ─Abuelo, cuanto te mueras yo iré todos los día trece de enero al cementerio y pondré en tu tumba un vaso de vino, un trozo de tarta de chocolate y muchas flores.

     Ella sabe que me encantan las tartas de chocolate...

martes, 26 de enero de 2021

Emma y su rabo de toro

     Graham Greene decía que escribir es una forma de terapia, y cuando los tiempos son como los que estamos viviendo/padeciendo está muy claro que tenía mucha razón. Ponernos delante de un folio en blanco (ya saben, aquella antigua metáfora) es un intento de comprender lo que nos rodea, es tratar de representar todo aquello que es irrepresentable, de decir lo que nunca se dice.

     Y sí; es una terapia. Contar cosas es una acción curativa y necesaria. Cualquier pequeña narración, por nimia que parezca, nos libera.

     No sé si mi nieta pequeña aceptaría lo que digo en los párrafos anteriores, a veces, cuando le comento alguna cosa que le parece compleja o dudosa me contesta, segura y firme: "Abuelo, eso no tiene sentido". Aunque también conoce la palabra "absurdo", ella siempre prefiere decir que algo no tiene sentido.

     Ya escribí hace unos meses sobre algunas de las anécdotas que ella nos proporciona a diario ("Los tonos de Emma"). Acaba de cumplir ocho años, es menudita y bien proporcionada, cariñosa y de sabia mirada. Minuto a minuto sorprendente. El domingo pasado fuimos a comer a una venta y ─ni corta ni perezosa─ pidió, como primer plato, un suculento rabo de toro. El primer sorprendido fue el propio camarero que quedó un poco paralizado, atónito, al oír la petición y nos miró a los mayores para ver si lo aceptábamos. Con media sonrisa todos asentimos y el hombre marchó a cursar la petición de la niña.

     Al llegar el plato humeante y repleto, todos miramos a la mesa de los pequeños.

     Con ceremoniosos gestos, cogió el cuchillo y el tenedor, se levantó porque sentada en la silla no alcanzaba con comodidad y púsose a trocear aquella enormidad.

     Sus bellísimos ojos grises lo escrutaban todo, miraba el rabo que cortaba y estaba pendiente de las asombradas miradas que caían sobre ella. Esbozaba su singular y leve sonrisa de bruja sabihonda.

     Mientras tanto, su hermano se hacía ─y comía a la vez─ un tremendo bocadillo relleno de croquetas de puchero.

     Al final, “nos homines sumus”, humanos somos, no pudo acabar tan desmesurada vianda.

     Su hermanito y su papá ─ambos al quite─ dieron fin al rabo de toro, ya frío, de Emma.

     (Quizás, escribir sólo sea hallar cosas para contar a los demás.)

lunes, 25 de enero de 2021

Trescientas treinta

 

     No quiero llegar a las cuatrocientas palabras, no soy capaz hoy...

     Estoy escribiendo con dificultades, sin apenas ganas, intento conocer en qué momento estoy, trato de desbrozar las emociones y los pensamientos que me aturden. Escucho música clásica tratando de afinar la mente y ver a través de ella las imágenes de lo que puede ayudarme, o de lo que me atribula. Pienso que eso sería una medida terapéutica recuperadora.

     Miro a la calle, el cielo está gris, la lluvia emborrona los cristales y veo el exterior con intermitencias: entre gotas.

     Intento enumerar los recursos con los que afrontar la situación, el confinamiento. Administrarlos ─o gestionarlos, utilizando esta palabra que se repite ahora hasta la saciedad─. Quiero enumerar todas las actividades que puedo realizar en la mitad (¿en la mitad?) de esta pandemia y son bastantes; eso ─desde luego─ consuela algo... Me faltan horas...

     Salgo confortado de estas ideas, tengo estrategias para enfrentarme al tedio, y he aprendido en los encierros algunas más. Estar convencido de que existe una exigencia de coexistir con el coronavirus y del tremendo peligro al que nos enfrentamos los que somos de riesgo, hace que no sea demasiado difícil adoptar medidas de cuidado y seguridad, éstas se aceptan bien.

     Parece que se aclara un poco día, ha dejado de llover, quizás sólo por un breve rato.

     Todo se va modificando, todo nuestro alrededor se va traduciendo en cambios muy sustanciales en lo cotidiano. La prolongación de este marco tan perturbador, incierto y singular me genera desgaste emocional, agotamiento mental...

     Es posible que este autodiálogo, y con todo lo que digo a mí mismo, reconforte mi alma y recargue las pilas.

     En realidad no hay mucha complicación, se trata de una actuación sistémica: interpretar nuestro universo, evaluar constantemente (tener un "feedback" ininterrumpido) y ponernos a actuar en consecuencia.

     ¿O no?

(He llegado hasta aquí en mi autoterapia expresiva escritural y no he alcanzado las cuatrocientas palabras, he quedado atrancado en las trescientas treinta.)

martes, 12 de enero de 2021

¿No parece que estamos viviendo de milagro?

     

     La pandemia nos está llevando progresivamente a una nueva realidad, el futuro ya no es tan prometedor y seguro, no es ese paso obligado desde el presente. El vivir lo estamos empezando a considerar un milagro.

     Mañana cumpliré años, hoy ya, cuando alguien esté haciendo una lectura amable de estas letras. Muchos años, siempre demasiados; el tiempo va pasando de forma avasalladora deshaciendo la vida. Este año es peculiar y distinto para todos, hemos perdido aquel hermoso horizonte de rutina que guiaba nuestra existencia, nadie pensaba en una plaga destructora ni nada parecido, el mañana era una continuación homogénea del hoy, sin más.

     Escribo estas líneas mirando de reojo al televisor repleto de dramas; nieve, frío como singular propina. Me sobresalta la visión de las camas de los hospitales, los sanitarios enfundados en inhumanas escafandras, esas agujas afiladas que penetran en los brazos desnudos. Las pieles arrugadas.

     Hay dos palabras que se entrelazan continuamente en mi mente, son inseguridad e incertidumbre. Pero además existen otros ingredientes como confusión, duda, zozobra y desasosiego. De todo hay en esta viña. Y ─por supuesto─ están esas preguntas que intento esquivar por todos los medios, pero que vienen de nuevo reiterativas, incansables. Son puntiagudas y dolientes.

     Procuro suavizar un poco los interrogantes y me digo: ¿Será todo igual este 2021?, ¿remontaré los 365 días de este nuevo ciclo anual? ¿Qué pasará con el coronavirus?

     Miro de nuevo al aparato de TV; la tercera ola está desatada, los contagios se multiplican locos, la vacuna aún va para largo, ¿funcionará bien? Quiero ponérmela, sin duda...

     Llevo días obsesionado ─mis neuras─ haciendo cálculos tratando de predecir cúando nos corresponderá la inyección a los de mi edad. ¿Cuál será?, ¿cuál me tocará?, ¿la de Pfeizer, la de Oxford, la de AstraZeneca...?

     No sé cómo decirlo: ¿Me respetará el virus?, ¿podré evitarlo?

     ¿Si me asalta cómo me afectará?, ¿seré de esos que casi ni se enteran que lo tienen?

     ¿La esperanza?

     De todas maneras la esperanza es un impulso frenético, brutal. Y ─quizás─ no haya nada ni mágico ni espiritual en ella, pero si somos plenamente conscientes de que queremos vivir y ese deseo lo alzamos como una antorcha brillante, nos podrá alumbrar el camino que nos llevará a que las cosas ocurran como un milagro de verdad y llegaremos a varios próximos cumpleaños.

     No obstante ─y ahora miro otra vez a la pantalla─ parece que seguimos viviendo de milagro...