domingo, 23 de febrero de 2020

El retorno cíclico de mi 'Padre Nuestro'


     Creo que lo escribí hace más de quince años, quizás entre quince y veinte. Recuerdo que se me ocurrió un día cuando ─casi al amanecer─ paseaba a mis perros Shambeh (eso quiere decir ‘sábado’ en idioma iraní) y Kussy por el parque. Caminaba cerca del borde del río y ya aparecían frente a mí, por el Este, las primeras claridades. De súbito se me ocurrió ese ‘Padre Nuestro’ al que luego, en casa, dí forma definitiva.
     Después lo lancé a volar por Internet; antes lo envíe a algunos amigos y también lo puse en algunos foros.
     Estuvo retenido en mi memoria durante algún tiempo y luego lo olvidé. Cuando pasaron unos años lo recibí en un e-mail, un amigo me lo enviaba sin tener la más leve sospecha de que yo era el autor de la oración que me remitía. Pasados dos o tres, años, otra vez lo volví a ver en Internet. Desde entonces lo he encontrado de diversas maneras varias veces. Ayer lo volví a recibir; parece que de forma cíclica regresa, como si no quisiese separarse de mí, ni ser olvidado.
     Hoy lo he releído, con mucho cariño ─ya por enésima vez─ y he decidido darlo a conocer, otra vez, desde aquí.
     Al fin y al cabo forma parte importante de “mis cosas”...  

Y la espada atada a la cintura

     Cada nueva generación no debe sólo absorber los resultados culturales y educacionales de la generación anterior, la de sus padres, sino que debe llevar esa cultura hacia nuevos horizontes, a los que las gentes de las anteriores generaciones no han podido, ni han tenido recursos, para llegar.
     Hace mucho tiempo que estoy totalmente convencido de que nuestro problema como país tiene dos soluciones únicas: la educación y la cultura.
     Lamentablemente nuestra apuesta ha sido siempre la misma, la del pobre hidalgo que con un harapo de camisa, destripa terrones con la azada en una pequeña porción de tierra, pero ─eso sí─ con la espada colgada y atada a la cintura con un cordón de cáñamo.

jueves, 20 de febrero de 2020

De lejos miraron la Alhambra...

(Pulse sobre la ilustración)

    En realidad se trata del declive de una civilización y el nacimiento de otra, u otras. Estamos en los prolegómenos de una nueva era o edad desconocida, de un nuevo mundo, que no tiene porque ser mejor ni peor; eso sí, será muy diferente. Posiblemente esta nueva "Edad" (pongámosle el nombre que queramos) aún tarde unos pocos de años en eclosionar, ¿digamos en el próximo siglo XXII? Pero, ahí está llegando, imparable. Y se nota en muchos y variados aspectos, es la ola de tiempo nuevo que ─como decía Alvin Toffler─ nos puede ahogar si no sabemos surfear sobre ella.
     Las religiones no están a salvo y ya, también, están sufriendo violentos embates.
     ¿Sabéis de qué me estoy acordando ahora? Pues me acuerdo de aquella historia del rey nazarí Boabdil cuando en el lugar que hoy se llama El Suspiro del Moro, que está camino de las Alpujarras, escuchó las palabras de Aixa, su madre, que le dijo: "Llora como una mujer lo que no supiste defender como un hombre". De todas formas Boabdil supo contestarle a su madre de un modo certero: "Tampoco tú supiste defenderla, ni fuiste lo bastante hábil para cambiar ni tu destino ni el mío".
     Posiblemente ambos miraron a la lejanía reflexionando, desde allí ya podían divisar la colina sobre la que se aposenta la Alhambra...


miércoles, 19 de febrero de 2020

Necio que repite su necedad


     No estoy educado en la lectura regular de la Biblia y únicamente ─muy de vez en cuando─ miro algo en ella o consulto alguna cosa. Quizá debería leerla más, no hay que olvidar que es la base de nuestra, actualmente, maltrecha civilización occidental. Hoy me topé con este proverbio, el 26:11, ¿saben que fue lo primero que pensé?... Pues pensé en un pueblo necio que repite su necedad; es como un perro que vuelve a su vómito...
     Ahora recuerdo una especie de anécdota de un príncipe africano que visitó Inglaterra en viaje oficial y en la audiencia con su majestad la reina Victoria, el príncipe le hizo una pregunta muy significativa:
     ─¿Cuál es el secreto de la grandeza de Inglaterra?
     La reina mostró al príncipe una Biblia bellamente encuadernada, y le dijo:
     ─Éste es el secreto de la grandeza de Inglaterra.
     ¿Tendría razón la reina?

miércoles, 12 de febrero de 2020

El fastidio de la realimentación


     Con nuestros cerebros y con nuestros pensamientos sucede una cosa que si la dejamos ir y dominarnos puede volvernos completamente locos.  A ver si el párrafo que sigue os suena de algo, mirad:
     «Nos perturbamos y ponemos nerviosos por algo que sucede en un momento de nuestra vida. Los nervios nos agitan y nos paralizan a la vez. En ese instante nos preguntamos por qué estamos tan trastornados. Enseguida nos vamos poniendo más ansiosos y neuróticos por el hecho de estar nerviosos, existe una especie de proceso de realimentación ─un “feedback”─ en el nerviosismo. Nos ponemos doblemente nerviosos, histéricos, en este momento ya en la angustia total...
     ¿Qué hago? ¿Me doy un chocazo contra la pared? ¿Dónde está la maldita botella de whisky?...»
     Por esa razón es importante que haya cosas que nos importen un bledo, un rábano, un pimiento... ¡A la mierda!... Y eso es lo que salvará al mundo. Y lo salvará cuando aceptemos que el mundo está totalmente fastidiado, y está bien, porque siempre ha estado así y siempre será así, ¿o no?



domingo, 9 de febrero de 2020

Ceremonia y trato


     Portugal es un país que me agrada mucho, lo he visitado varias veces y siempre traigo recuerdos bonitos de una feliz estancia. Creo que es algo que no he dicho nunca, o quizás lo haya expresado de pasada en algún ámbito muy reducido, ¿no?
     El portugués suele ser una persona exquisitamente educada y cortés y, desde luego, espera que se le trate de la misma manera, algo que los españoles no siempre solemos hacer.
     Nuestros vecinos respetan mucho las formas en el trato y las fórmulas en el tratamiento y lo hacen con notable suavidad y delicadeza. Ellos tienen ─o me parece a mí─ tres niveles de tratamiento básicos: el «tuteo», que, afortunadamente, está mucho menos extendido que en España y que se usa apenas entre jóvenes o entre amigos íntimos.
     El término «você», es el punto de encuentro entre una confianza acotada y una cortesía debilitada por el trato cotidiano (entre compañeros de trabajo, por ejemplo), y, por último, el trato de mayor cortesía, usado con todo extraño, superior o persona de respeto, y cuya base es: «o senhor/a senhora» (el señor/la señora) poniendo el verbo en tercera persona. Quedaremos a la altura de las circunstancias si utilizamos esa forma, o bien, si nos resulta difícil, podemos siempre recurrir a nuestro pronombre de cortesía "usted", que todos los portugueses entienden y lo agradecen.
     Frecuentemente me asombro de lo cerca que está Portugal y de lo lejos que lo tenemos.
     Boa noite. Muito obrigado pela leitura.



sábado, 8 de febrero de 2020

El primero es conversar...


     Seguro que a menudo os habéis dado cuenta de que «la conversación» es el lazo que une a los seres humanos. Hoy es factible enviar e-mails, SMS, WhatsApp’s y mensajes de todo tipo y colores a todo el mundo, pero lo de comunicarnos en un sentido más profundo, sobre una base recíproca, de persona a persona, la «conversación» no tiene rival. Es la llave para abrir los portones que, de otra manera, separarían a la gente.
     Aunque estoy convencido de que hay mucha gente que no sabe muy bien qué es en realidad la «conversación”. «Conversar» se confunde habitualmente con “charlar” e incluso con “opinar” y “discutir” pero hay importantes diferencias y matices entre todos esos conceptos. Hoy se lleva mucho lo de “opinar”, pero “opinar” carece de varios elementos que sí tiene la conversación: relajación, calma, serenidad y conocimiento estricto. Normalmente, la “opinión” suele ser el preámbulo de una “discusión”.  
     ¿No os parece que hay diferencias reseñables entre el «conversador» y el «hablador»? Hay muchas personas que son excelentes «habladores» pero no son buenos «conversadores» ni de lejos. Incluso personas de gran brillantez intelectual pueden ser muy malos conversadores.
     Hay una anécdota, probablemente apócrifa, que os quiero contar hoy:
     «El ensayista británico Charles Lamb se encontró un día en la calle al celebre poeta inglés Samuel Coleridge. Coleridge era un hablador compulsivo y se mostró encantado de haber encontrado a Lamb, lo agarró por un botón de la chaqueta, cerró los ojos y se lanzó a contar una de las interminables historias por las cuales era famoso.
     Justo aquel día Lamb tenía bastante prisa, escuchó con impaciencia unos instantes, pero después sacó una navajita de uno de sus bolsillos y, acto seguido, cortó el botón por el que lo tenía sujeto Coleridge y escapó siguiendo su camino.  Volvió a pasar por allí a su regreso, una media hora después, y todavía Coleridge, con los ojos cerrados. ¡Peroraba y peroraba incansable!»
     Seguro que todos habéis estado retenidos alguna vez por un charlatán (o charlatana, claro) desaforado y que os habéis sentido cansados y con ganas de huir.  Y no es que en esa situación nos hallemos aburridos, es que el oponente no nos deja meter baza, y se trata de esa gente que hace monólogos interminables sin dejarnos tomar parte.
     Sin duda el hecho de hablar ocupa un lugar de la vida cotidiana muy importante y el hablar va desde el discurso público hasta decir: «¿Quieres el café con leche o solo?». Creo que hay que considerar la conversación como un instrumento; un instrumento que tiene muchos usos y debe ser dominado. Utilizado con habilidad nos permite establecer nuestra entidad, e identidad, como individuos.
     Aunque creamos ser buenos conversadores no estaría mal que nos hiciésemos la siguiente pregunta: ¿Tenemos facilidad para empezar una conversación?


viernes, 7 de febrero de 2020

Hablar del tiempo es intemporal

     Este artículo que traigo aquí hoy lo escribí en el 2018, ¡Dios mío, cómo pasa el tiempo!
     Publiqué en esos días varios artículos sobre asuntos meteorológicos y climáticos ─me dio por ahí una temporada─ y como hoy no está el día muy bueno y he echado un rato charlando del tiempo con varios amigos, lo pongo aquí de nuevo.

HABLAR DEL TIEMPO


     Llevamos una temporada en la que hablar del tiempo es una constante; no pasa un día sin que hayamos echado alguna parrafada con alguien respecto a cómo está el tiempo. Todos quisiéramos conocerlo anticipadamente, también culpamos al viento (el de Levante se lleva la palma) del dolor cabeza o en los inviernos más crudos nos quejamos del coste de la calefacción; el estado del tiempo es algo que se enmarca entre los supuestos principales de nuestra vida. El hombre ocupa una delgada capa de atmósfera y, no cabe duda, que nuestros estados físicos y psicológicos ─la vida─ están muy relacionados con el medio atmosférico que nos envuelve.
      Un amigo me comentó hace días:
      ─¿Por qué no escribes algo sobre el tiempo? Ahí siempre hay tema. Tú eres físico, algo debes de saber de todo eso.
      ─Sí claro. Lo que sé es lo mucho que ignoro sobre tantas, y tantas, cosas, y la meteorología no es de mis puntos fuertes ─le respondí con sinceridad.
      ─Pero todos hablamos del tiempo a diario, hacemos nuestras predicciones, nuestros comentarios. A veces, incluso, discrepamos de nuestros interlocutores y discutimos sobre el asunto ─insistió él.
      ─Pero ¿qué puedo decir? Todo el mundo sabe que la atmósfera rige la vida de muy diversas formas y proporciona los elementos que intervienen en los procesos biológicos. Y sabe, además, que es como una especie de defensa, un escudo, para muchos tipos de radiaciones, e incluso, de partículas que proceden del espacio exterior. De lo poco que estoy seguro es que los fenómenos del tiempo son entidades físicas que obedecen a leyes físicas y poco más. Te añadiré que me asombra mucho la adaptación de los humanos, y sus tareas, a su ámbito atmosférico de manera que únicamente puede soportar cambios muy pequeños sin sufrir trastornos.
      Creí que mi querido amigo ya no insistiría después de esta parrafada, pero me equivoqué, él volvió a preguntarme:
      ─¿Tú crees que el clima se puede cambiar?

      Me quedé un poco parado al escuchar el interrogante, quizás un tanto sorprendido. Realmente en los primeros instantes no supe que responder. Después de una corta pausa, pero muy meditativa, le dije:
      ─Probablemente sí podría hacerse, aunque pienso que aún nadie lo ha conseguido, ni tan siquiera cambiar el tiempo. Y desde luego no me gustaría que nadie pudiese hacerlo, ni que lo intentase; las consecuencias podrían ser devastadoras, ¿no te parece?
      Hizo caso omiso a mi pregunta y volvió al ataque:
      ─Has utilizado tres términos que me confunden un poco: tiempo, clima y meteorología ¿me los podrías aclarar, y diferenciar, un poco?
      Aquí encontré la puerta de escape y le contesté:
      ─Mira, lo tendré en cuenta, pronto escribiré algo sobre estas cosas que nos preocupan a todos y que son de nuestro día a día. Vale, tú ganas.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

viernes, 31 de enero de 2020

"Neutrinos" con descafeinado


     Estaba dando los últimos sorbos al primer descafeinado de la mañana en el bar; ya doblaba el periódico con cuidado para que sus páginas no estuviesen demasiado descuadradas cuando una voz femenina y familiar sonó a mi espalda:     
     ─¡Hombre! ¡A ti tenía yo ganas de verte!     
     Se puso a mi lado derecho, y me giré hacia ella pasándome la servilleta por las comisuras. La miré con cara interrogativa y me espetó: 
     ─¿Qué hay de eso de los "neutrinos"? ¿Es verdad que corren más que la luz?  No tuve más remedio que sonreír, era lo que menos me esperaba a esa hora de la mañana. Le dije: 
     ─¿Los "neutrinos? ¿Te ha dado ahora por la física de las partículas? ¿Has dormido bien esta noche? 
     ─Están los periódicos hablando de eso, también la televisión, he leído algo, y claro, ni papa. Cuéntame algo de eso, anda. 
     Sabía que le tendría que hablar de los "neutrinos", no tenía posibilidad de escape. Tomé aire y pedí al camarero dos descafeinados. Mirando hacia las botellas del anaquel de enfrente empecé a decirle: 
     ─En el siglo XIX los físicos aún estaban convencidos de que la materia y la energía eran dos cosas muy distintas y que casi no tenían nada que ver una con la otra. Para ellos la materia era lo que ocupaba un lugar en el espacio y tenía masa. Al tener masa le afectaba el campo gravitatorio, y tenía inercia. Sin embargo la energía, era algo sin masa, no ocupaba lugar en el espacio pero era capaz de generar trabajo. ¿Comprendes? 
     Asintió con un movimiento de cabeza y añadió: 
     ─Pensaban además que la materia era un conjunto de partículas o sea átomos y que la energía eran ondas, ¿no? 
     ─Exacto ─le contesté─, además creían que tanto la materia como la energía, cada una por su parte, no podía ser creada ni destruida. La cantidad de materia y la cantidad de energía en el universo era constante. Regían de manera absoluta las leyes de conservación de la materia y de la energía. Sabrás que en 1905, Einstein demostró que la masa es como energía concentrada y que la masa podía convertirse en energía, y al revés. 
     Paré un poco mi discurso, la miré y vi que seguía muy interesada, proseguí diciéndole: 
     ─Sobre los años veinte del pasado siglo ya se vio que no era posible hablar de materia y energía como si fuesen cosas diferentes. Los físicos descubrieron que las partículas con masa a veces se comportaban como si fuesen ondas, y que las ondas se comportaban en ocasiones como si tuvieran masa.
     Se le iluminó la cara con una sonrisa y exclamó: 
     ─¡Ah! ¡Claro! Por eso se habla de "ondas del electrón" o de "partículas de luz" o "fotones", ¿no es así? ¿Ves? Yo también sé un poco de esto. 
     ─Ya veo, ya veo. Pero  viniendo de ti no me sorprende ya nada. No obstante debes tener en cuenta que hay todavía una palpable diferencia ─hice una pausa para tomar un largo sorbo del muy caliente vaso─. Las partículas de materia pueden hallarse en reposo respecto a un observador y aún en reposo tienen masa. Los "fotones", sin embargo, en reposo tienen masa nula. Bueno, pero eso es pura teoría pues las partículas que tienen en reposo una "masa nula" nunca pueden estar en reposo con respecto a ningún observador. 



     Mi amiga puso mirada inquisidora y dijo: 
     ─Y esas partículas se mueven siempre a la velocidad de la luz. ¿No? 
     ─¡Sí señora! Esas cosas se mueven siempre a la velocidad de 299.793 Km/s en el vacío. Tan pronto como nacen o aparecen se empiezan a mover a esa velocidad.     
     Ella, de natural impaciente, me volvió a preguntar:      
     ─¿Y los "neutrinos"?      
     ─Ahí voy, ahí voy. Los "neutrinos" se forman en determinadas reacciones nucleares y hasta el momento no se les ha podido medir su masa; lo probable es que los "neutrinos", al igual que los fotones tenga en reposo "masa nula". Pero los "neutrinos" son bastante distintos a los fotones. Por ejemplo, los fotones interaccionan fácilmente con las partículas de materia, son absorbidos por ella o retardados. Sin embargo los "neutrinos" pueden atravesar enormes, inmensas, masas de materia, sin verse afectados por ella. ¡Ah! De las propiedades electromagnéticas de los "neutrinos" creo que no se conoce prácticamente nada. 
     Mi amiga puso un poco gesto de decepción, quizás pensaba que los "neutrinos" era algo más concreto y conocido. Preguntó ahora:
     ─¿Y qué hay de su velocidad? 
     Bebí el último sorbo y le dije: 
     ─Parece que lo que está claro hasta ahora, es que si los "neutrinos" tienen una masa en reposo nula entonces no son materia. Por otra parte, se necesita energía para formarlos y también cuando se desplazan se llevan parte de esa energía consigo, luego podríamos decir que son una forma de energía, que se supone tenía que moverse a la velocidad de la luz. Si de verdad se mueven a mayor velocidad entonces aparece un misterio grande. De todos modos te diré que en 1967 Gerarld Feinberg, estudió los "taquiones" que eran unas partículas hipotéticas que viajaban a velocidades mayores que las de luz, curiosamente este físico de la Universidad Columbia predijo la existencia de uno de los tres tipos que hay de "neutrinos". 
     ─¿Y qué pasará si realmente los neutrinos van más rápidos que la luz? ─y seguidamente añadió─ Tendremos que seguir hablando de esto.
     ─Pues nada, querida, nada. Un genio aparecerá, creará una nueva Física que lo explique todo y quizás dentro de un puñado de años se verá alguna consecuencia de todo esto. Se terminó su café y exclamó: 
     ─¡Pues vaya con los "neutrinos"!
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia




jueves, 30 de enero de 2020

Hoy me levanté físico


     ¿Sabéis una cosa?... Hay días en los que me levanto “físico”. No he indagado si en otras profesiones sucede igual, no sé si un ingeniero hay días que se levanta “ingeniero” o un carpintero se levanta por la mañana con la sensación de ser “carpintero” con sierras, martillos, gramiles, escofinas, cepillos y garlopas pululando alrededor de su mente. Quizás ─no lo sé─ sea más fácil pensar que un historiador se despierte alguna mañana en plena Edad Media.
     Me ocurre, sí. Hay días en los que me levanto de la cama “físico” y entonces es como si estuviese moviéndome en la realidad de una manera diferente. Muchas veces el fenómeno comienza con una ecuación, esa ecuación me asalta y ya no me la puedo sacar de la cabeza. Otros días me invade, por ejemplo, la entropía y pienso en la “entropía de las civilizaciones” o cómo anda España de entropía.
     Hace unos pocos días me sucedió con la conocida “Ecuación de Dirac” que dicen que es la más bella de la Física y también se conoce como la “Ecuación del Amor". ¿No os parece hermoso que exista una ecuación del amor? Pues esa es la ecuación de Paul Dirac que, aunque tiene unas cuantas representaciones distintas, una de las más conocidas es la siguiente:

     ¿Y qué nos dice esta ecuación?
     Pues nos dice algo así: «Si dos sistemas (e intentemos entender sistema de una forma amplia) interactúan entre ambos durante un cierto tiempo y después se separan, será posible describirlos como dos sistemas diferentes, distintos, pero de una forma sutil y misteriosa siguen siendo un sistema único en “espíritu”, y todo lo que le sucede a uno de ellos le sigue ─también─ afectando al otro; incluso aunque se hallen a distancia de kilómetros o de años-luz».
     ¿No os suena a algo así como el AMOR?
     Pero esto puso de cabeza abajo a los físicos (a los de entonces y a los de ahora). ¿Cómo era posible transmitir una señal instantáneamente a un sistema que puede estar al otro extremo del universo?
     Einstein se mostraba incómodo con esta idea, le era difícil imaginar un infinito número de conexiones cuánticas en un universo con otro infinito número de partículas que “hablan” con sus parejas distantes.
     Pero es lo que es. El universo es un colosal sistema cuántico que aún estamos muy lejos de comprender.



miércoles, 29 de enero de 2020

La inspiración nuestra de cada día...


     La inspiración sigue una sinusoide. No, no... seguro que será otra curva más irregular. No lo sé, pero parece más que evidente que depende de muchas cosas, tanto internas como externas, de ahí esa irregularidad.
     Hay días en los que se nota un extraño picor en las interioridades del cerebro y ya sabe uno que de ese escozor pueden salir cosas interesantes. Hay otros días secos, acartonados, en los que nuestra mente se asemeja a un páramo yermo, incapaz de decir e imposibilitada de crear algo.
     Quizás es hoy uno de esos días; hay nubes que tapan la claridad del día y le dan colores grises. Tampoco tengo muchas ganas de leer y tengo varias lecturas pendientes muy interesantes ─e incluso inspiradoras─ pero no sé ni qué libro coger ni dónde ponerme cómodo a leer.
     ¿Hace una infusión de buen té verde?, ¿un café negro y apretado?
     Es posible que acurrucándome un poco en mi sillón y entrecerrando los ojos surja algo... No sé.
     Pasaré un rato mirando figuras así,... algo sucederá...

lunes, 27 de enero de 2020

Mi nieto y el coronavirus de Buján


     Noté que tenía prisa al llegar a mi lado, le hice esperar unos instantes hasta acabar algo que estaba haciendo en el ordenador. Con cierta dosis de excitación me comentó:
     ─Abuelo, ya hay tres casos en Singapur y en Malasia y uno en Canadá.
     No supe a qué se refería y ante mi momento de silencio exclamó:
     ─¡El virus de Buján, abuelo!
     ─¡Ah! ¡El coronavirus de Wuhan! ¡Ya!
     ─¡Y en Francia! ¡Lo tenemos en la frontera!
     ─Bueno, tranquilo, tranquilo, que no nos va a entrar por las puertas ahora. Sí, hace un rato he leído algo de eso pero no me suelen preocupar mucho estas noticias tan exaltadas y, normalmente, sobredimensionadas.
     Creo que no entendió mis palabras muy bien y dijo:
     ─Voy a lavarme las manos.
     Se fue de mi lado y quedé pensativo. La genética es la genética, a mi nieto le pasa igual que a su abuelo, cuando enfocamos la lupa mental en algo que acapara nuestro interés nos volcamos con pasión sobre ello, así hasta que encontramos un nuevo asunto en el que arrojar nuestros entusiasmos. Como todos los niños él tiene sus intereses cotidianos, el fútbol, sus juguetes, su colección de monedas... Pero, de vez en cuando, le asalta un tema que acomete con inusitado ardor. Parece que el coronavirus de Buján (como él dice) es de esos.
     Regresó del lavabo diciendo:
     ─Abuelo, creo que ya hay más de 80 muertos y más de 2.500 personas enfermas, pero no se sabe muy bien, ¿sabes cómo se llama el virus?... Yo lo sé.
     ─He prestado poca atención, pero creo que le llaman “neumonía de Wuhan”, ¿no?
     ─Estas equivocado... Bueno, no. También se llama así, pero es el 2019-nCoV.
     ─Ese será el nombre que le ponen a las etiquetas de los tarritos con muestras del virus ─le dije con un matiz de burla en los ojos.
     No me hizo mucho caso y me explicó muy bien que el foco parecía ser el mercado de pescado y marisco de la ciudad de Wuhan, que es muy grande. También me añadió que el virus se trasmite por contacto con animales y con personas.
     ─¿Por eso te lavas las manos? ─le pregunté.
     ─Sí. Hay que lavarse las manos por lo menos siete veces al día, lo he escuchado en la tele ─respondió rápido.
     Me estaba resultando muy curiosa e interesante la conversación con él, no sé si su fuente de información era únicamente la televisión o también había indagado en Google. Ahora le pregunté de nuevo:
     ─¿Sabes cuáles son los síntomas de ese 2019 “yo no sé qué”?
     ─Abuelo, 2019-nCoV. Síntomas son: mucho cansancio, la gente no se puede ni mover, fiebre y una tos que no es como cuando uno está resfriado, es otra tos, ¿comprendes abuelo?
     Asentí moviendo la cabeza, no quería interrumpirle. Él siguió su perorar:
     ─Y también hay otro síntoma, pero que toda la gente no lo tiene, es como si se ahogan y no pueden respirar bien. No sé cómo se llama eso, una palabra rara.
     ─Pregúntale a mamá, yo no la recuerdo ahora.
     ─Ahora voy, y de paso me lavo las manos.
     Tardó unos minutos en regresar y me repitió:
     ─Abuelo, se llama disnea, me lo ha dicho mamá. ¡Disnea! Eso es que cuesta mucho trabajo respirar y uno se ahoga y los pulmones se aprietan.
     ─¿Y esas máscaras que se ponen los chinos en la boca?
     ─¡Ah! Eso también lo sé. Abuelo, se llaman mascarillas. Mamá tiene ahí, voy a pedirle una y te la enseño. Cuando llegó a la puerta le dije:
     ─¡No hace falta que te laves las manos de nuevo!
     Regresó en un minuto escaso con una mascarilla.
     ─Abuelo, hay que ponerse estas mascarillas o si no tiene uno mascarilla hay que ponerse un pañuelo para tapar la boca y la nariz cuando tose y también cuando se estornuda y se echan virus por la boca. También está prohibido tocar animales y no ir a sitios en donde haya mucha gente.
     ─¿Y lavarse las manos?
     ─Sí. Lavarse las manos siete veces...
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia