martes, 31 de diciembre de 2024

Fin de Año: fe, esperanza y amor en la adversidad

      Este año que termina ha sido duro, un camino lleno de pruebas que a veces parecen estar muy por encima de nuestras fuerzas. Sin embargo, al mirar atrás, siempre encontramos algunos destellos de luz: la unión familiar que se fortalece en la dificultad, las pequeñas alegrías que se convierten en tesoros y el amor entre todos, que persiste y da sentido incluso en los días más oscuros.

      La enfermedad nos recuerda nuestra fragilidad, pero también nos desafía a redescubrir la profundidad de nuestra confianza y la inmensa capacidad del corazón humano para resistir. En medio del dolor, seguimos teniendo esas anclas y nuestra brújula y nuestra razón para seguir adelante.

      El año próximo puede traer retos mayores, pero cada nuevo amanecer es una oportunidad para elegir la esperanza. Aunque el camino sea incierto, confiamos en que no caminamos solos. Hay algo que nos sostiene, y el amor compartido, aunque marcado por lágrimas, es una fuerza que renueva el alma.

      Sigamos luchando, no solo por vencer, sino por vivir plenamente cada momento posible, honrando la vida que nos une. Que el año venidero, aunque difícil, sea también un tiempo de aprendizaje, de fortaleza y, sobre todo, de amor. Juntos, y un día detrás de otro, podemos seguir adelante.

¡FELIZ AÑO PARA TODOS!

viernes, 27 de diciembre de 2024

Un "cumple" el Día de los Inocentes


      En un 'blog' como éste, que se llama MIS COSAS, no tengo más remedio que reflejar que mañana, mi hijo mayor, cumple 50 años, no sé si le sentará mal que lo diga por aquí, pero no puedo evitar sentir una profunda satisfacción y gratitud por llegar a este momento,... ¡medio siglo!

      Algunos amigos ─un tanto incitadores─ me han preguntado qué se siente al ver a un hijo alcanzar esta edad, pero la verdad es que, más allá de cualquier respuesta trivial, lo que realmente importa es estar aquí, en buenas condiciones (por supuesto, sin entrar en detalles), para disfrutar de este día tan especial, ¿no?

      No, no se trata solo del número o del tiempo que ha pasado, sino de la oportunidad de compartir este momento con los seres queridos. Realmente es un privilegio poder celebrar, rodeados de amigos, de la familia, de los niños que corren y llenan el ambiente de risas. Más que interrogarme con nostalgia por el paso de los años, prefiero concentrarme en el placer de estar juntos y disfrutar de esta especial ocasión.

      Es cuestión de elección ─o al menos así lo veo─ y en lugar de ver esta celebración con melancolía, elijo tomármela con alegría y optimismo. Es un día para charlar, para comer, beber y brindar, para mil veces decir que ojalá podamos vivir muchas más celebraciones como esta. Estos instantes son un tributo a la vida y a los lazos que hemos construido.

      Me reitero, lo más importante no son las cifras, sino cómo elegimos vivir cada momento. Y elijo estar presente, disfrutar, y agradecer por todo lo que hemos compartido y por todo lo que aún nos queda por vivir. Este cumpleaños de mi hijo no es solo un hito, es un recordatorio de que la vida está hecha de momentos como este: llenos de amor, gratitud y esperanza.

martes, 24 de diciembre de 2024

Nochebuena: Una celebración con la manta eléctrica

      ¡Ay! ¡La Nochebuena! Ese momento mágico del año en el que las familias se reúnen, las mesas rebosan de manjares. Para mí, este año, es también el momento de reflexionar sobre lo que significa estar vivo... porque estoy bastante seguro de que mi espalda hoy no lo está.

      Sí, mis queridos amigos, esta Nochebuena me encuentro atrapado en un vals incómodo entre la silla del comedor, el sofá y cualquier superficie plana que prometa una pizca de alivio a mi devastada columna. Mientras otros se deleitan con turrones diversos y brindis, yo me convierto en un espectáculo digno de un Belén viviente: el pastorcito cojo que intenta levantarse con su bastón sin maldecir al universo.

      Preparar la comida ha sido una odisea épica. Cortar entremeses sobre la encimera es ahora una actividad tan emocionante como escalar el Everest. "¿Por qué no te sientas?" sugiere con condescendencia mis hijos y nietos, como si no supieran que sentarme es el equivalente a enfrentarme a un maleficio medieval. Claro, sentarme ayuda... pero sólo si tu idea de "ayuda" incluye dolor punzante y la sensación de que alguien está tocando un tambor en tus nervios.

      El verdadero regalo de esta Navidad no está bajo el árbol, el regalo es esa mantita electrica que enchufo rato sí y rato no, siguiendo un ritual que bien podría considerar mi Nochebuena Fitness Plan.

      Por supuesto, los niños no entienden de lumbalgias ni de la paciencia que implica sobrevivir con una espalda traicionera. "¡Abuelo, vamos a jugar al suelo!" gritan emocionados, ajenos a que para mí el suelo es ahora un enemigo jurado. Les sonrío desde mi trinchera en el sillón, mientras sus padres me lanzan una mirada de "déjate de dramas y baja al suelo".

      Pero no todo es lamento. De cierto modo, esta lumbalgia me ha enseñado algo: la Navidad no se trata de correr, cargar regalos o decorar. Se trata de resistir. De encontrar alguna alegría entre un doloroso espasmo y otro, de reír cuando alguien te dice que hagas un brindis pero no tienes fuerzas ni para levantar la copa.

      Así que aquí estoy, brindando (mentalmente) por todos los que, como yo, celebran esta Nochebuena entre villancicos y quejidos. ¡Felices fiestas! Y que el próximo año nos traiga salud, fuerza... y un buen fisioterapeuta.

domingo, 22 de diciembre de 2024

Oclocracia, por no llamarlo de otra manera

 

      Suelo recurrir a menudo en mis conversaciones a la metáfora del jarrón roto que me parece especialmente poderosa porque ilustra la fragilidad del tejido social, institucional y político. Cuando un sistema se rompe —ya sea por malas políticas, corrupción, polarización o falta de visión a largo plazo—, su restauración no es sencilla. Requiere virtudes que hoy día escasean como la paciencia y el saber esperar, inteligencia y bastantes recursos, todos ellos fundamentales para una reconstrucción sostenible y efectiva. Sin embargo, creo que, lejos de trabajar en la reparación, el sistema actual parece estar aumentando la fragmentación, dispersando cada vez más los "pedazos" del jarrón y, así, haciéndolo todo más difícil.

      Somos muchos los que tenemos una profunda preocupación por el estado actual de un sistema político que no dudo en definir como oclocrático, es decir, gobernado por la chusma y/o una presión popular mal dirigida, donde la toma de decisiones parece estar condicionada por factores emocionales o manipulaciones ideológicas en lugar de principios sólidos y racionales. Los efectos negativos que estas dinámicas tienen sobre el país en su conjunto son muchos, pero se pueden identificar, a grosso modo. Varias causas posibles son: un "buenismo" mal entendido, desinformación con falta de trasparencia y una actitud de apatía o inacción generalizada.

      A mi juicio, debemos reflexionar, muy mucho, sobre la responsabilidad colectiva frente a los problemas sociales y políticos. La inacción, ya sea por desidia o por sentirse impotente ante un sistema corrupto o ineficiente, no sólo perpetúa las crisis, sino que también las agrava. Esto implica que los efectos adversos se proyectarán hacia el futuro, afectando a las generaciones venideras. En otras palabras, nuestros hijos y nietos heredarán un sistema bastante más deteriorado si no se toman medidas correctivas hoy.

      Hay que combatir la desinformación y toda ideología que distorsione la percepción de la realidad. En un entorno dominado por la manipulación, se dificulta la construcción de consensos y soluciones colectivas. Por ello, la educación, el acceso a información veraz y el desarrollo de un pensamiento crítico libre resultan esenciales para contrarrestar los efectos negativos del sistema averiado.

      Hacen falta llamadas a la acción consciente y responsable. Hay que reconocer los desafíos que conlleva el reconstruir un sistema roto, pero también tenemos que convencernos que la alternativa —la apatía o la aceptación resignada— sólo agravará los problemas. Reparar el "jarrón" puede parecer una tarea monumental, pero es indispensable, y comienza con el compromiso individual y colectivo de afrontar las dificultades con valentía, inteligencia y perseverancia.

sábado, 21 de diciembre de 2024

La "Fábrica de realidades" y el miedo conductor


      Me lavanté esta mañana con ganas de escribir algo que me sirviera de desahogo matutino, no sabía de qué, pero me bastó encender la televisión durante cinco minutos e inmediatamente me llegaron las ideas. Pensé en esto que llaman "era de la información". Los medios de comunicación, que antaño eran defensores de la verdad y herramientas para la liberación del pensamiento, se han transformado en una maquinaria capaz de fabricar realidades paralelas, o sea, falsedades sin cuento. 

      Este fenómeno, que podríamos denominar la "fábrica de realidades", evoca con inquietante similitud las distopías descritas por George Orwell en 1984. En esa obra emblemática, los órganos de propaganda gubernamental no solo controlaban la narrativa de los hechos, sino que alteraban la percepción colectiva de lo real, creando una ficción totalitaria que desconectaba a las masas de su propia experiencia cotidiana.

      Actualmente, las herramientas de esta fábrica moderna no son menos poderosas. La prensa y la televisión han dejado de limitarse a informar; ahora configuran, modelan y reconstruyen un mundo ficticio que, a menudo, tiene poco que ver con la vida real que enfrentan las personas. Pero, a diferencia del pasado, el proceso actual es mucho más sutil y omnipresente. Ya no hace falta un Ministerio de la Verdad, porque la manipulación fluye de manera orgánica entre noticias sesgadas, narrativas perfectamente seleccionadas y un flujo constante de alarmismo que penetra en cada hueco de nuestra vida cotidiana.

      Un componente muy relevante de esta fábrica de realidades es su habilidad para manipular el miedo. Se ha convertido en una fábrica de los horrores donde el pánico, la incertidumbre y el sentimiento de amenaza se emplean como herramientas para controlar. Ya sea mediante crisis sanitarias, climáticas, económicas o sociales, el miedo se instala como un estado permanente. La repetición incesante de mensajes alarmistas no solo refuerza la sensación de vulnerabilidad, sino que debilita la capacidad de análisis crítico de las personas, que acaban aceptando pasivamente las "soluciones" que se les presentan desde las altas esferas.

      Este entramado mediático no opera de forma inocente, desde luego que no, realmente se ha convertido en una maquinaria imprescindible del avance hacia formas de gobierno cada vez más totalitarias. Se amparan con la excusa de "proteger" o "guiar" a la sociedad, los políticos más corruptos y degenerados están utilizando todas esas herramientas para consolidar su poder y eternizarlo. La censura disfrazada de regulación, la vigilancia camuflada como seguridad y la obediencia maquillada como solidaridad son síntomas de un proceso que nos acerca peligrosamente al autoritarismo más cruel y desfasado.

      Así, los medios no son ya simples transmisores de información, sino constructores de una opresión velada. La verdadera realidad, la que vive y siente la gente, queda sepultada bajo el ruido de una narrativa fabricada. Esta "fábrica de realidades" no solo amenaza la libertad individual, sino que destruye los cimientos mismos de la democracia. Frente a este panorama, resulta tremendamente recuperar el pensamiento crítico y exigir a los medios que no fabriquen universos ficticios, sino que sirvan a la VERDAD. Solo así será posible escapar del círculo vicioso de miedo y manipulación que nos amenaza o, más bien, que ya tenemos encima de nuestras pobres cabezas.

viernes, 20 de diciembre de 2024

La sensación de huida en tiempos tempestuosos


      No sólo son los efectos del llamado “cambio climático”, parece que muchos notamos que vivimos en un presente que parece sacudido por tormentas constantes. Creo que, sobre todo, las generaciones de los que ya somos mayores percibimos estos tiempos con una intensidad particular, como si la velocidad y el caos de las transformaciones actuales chocaran con la experiencia que hemos acumulado, dejándolos en un estado de desconcierto y extravío. Es una sensación de pérdida de anclaje, de no saber muy bien dónde nos encontramos ni cómo responder ante este vendaval de incertidumbre.

      Pienso que en este contexto, emerge la llamada "sensación de huida". Es una emoción que no discrimina por edad ni circunstancia, y se presenta como un anhelo de escapar, de alejarse hacia un horizonte desconocido. A veces, esta sensación parece irracional, casi inexplicable, pero en su núcleo encierra algo profundamente humano: el deseo de encontrar serenidad, de reconectar con uno mismo lejos del ruido y las expectativas.

      Desde luego no creo que esa sensación de huida necesariamente implique cobardía o rendición. Más bien, puede ser un síntoma de que nos sentimos atrapados, sobrepasados por la rutina, por las exigencias del mundo o por nuestras propias expectativas no cumplidas. En momentos de estrés y confusión, este impulso de apartarnos —aunque sea imaginariamente— actúa como una forma de resistencia, un grito silencioso por recuperar algo que sentimos que se nos escapa.

      Muy posiblemente, lo interesante de este fenómeno es que no es exclusivo de los tiempos actuales. A lo largo de la historia, muchos han compartido este deseo de emprender un viaje sin retorno, de perderse para encontrarse. Quizás la diferencia radica en que hoy, en medio de la “hiperconexión” y el ritmo acelerado, este sentimiento se ha hecho más universal y recurrente.

      Quizás lo más valioso sea entender que esta sensación no es un final, sino un comienzo. Es una oportunidad para preguntarnos qué nos falta, qué nos pesa o qué nos ancla en el malestar. No siempre podemos emprender esa "huida" física, pero podemos construir espacios de quietud en nuestro interior, donde el horizonte perdido no sea un lugar lejano, sino una promesa de reencuentro con nuestra esencia.

      Los tiempos tempestuosos, combinados con la Navidad, son también unos magníficos tiempos para la reflexión. Y la sensación de huida, más que una debilidad, puede ser una brújula que nos invite a redefinir ─incluso a reinventar─ nuestro rumbo.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Teologizarlo todo


      Repasando la prensa de esta mañana y aún en la cama con el sopor propio de una hora muy temprana, leí un titular que me captó de inmediato: “Teología del hogar”. Quedé traspuesto durante unos instantes; apagué el móvil y me arropé de nuevo para seguir durmiendo.

      ¡Teología del hogar! ¿De cualquier cosa se puede elaborar una teología? No pude proseguir el sueño y pensé que sí, que prácticamente de cualquier cosa se puede elaborar una teología, siempre que se analice desde una perspectiva que conecte ese tema con la naturaleza de la creación, la vida espiritual o los principios de fe. Para mí que la teología no se limita a estudiar lo divino en abstracto, sino que busca comprender cómo lo divino se manifiesta o se relaciona con diversos aspectos de la realidad; por tanto queda claro que se puede teologizar cualquier aspecto de lo humano y de lo divino. ¿Vosotros lo veis así?

      Seguí dándole vueltas al asunto y llegué a la conclusión de que la teología del hogar es aquella que examina los espacios domésticos como lugares de comunión espiritual, reflexión sobre la creación de un ambiente que refleje el amor y los valores supremos, y la importancia de las relaciones familiares desde una perspectiva sagrada. ¿Podría ser eso?

      Quedé unos momentos medio dormido, pero el tema no permitía que el sueño cuajara y de nuevo me interrogué: ¿Existe una teología del aburrimiento?

      No sé cuánto tiempo estuve navegando entre el sueño y el despertar.

      La respuesta a mí mismo fue afirmativa, una teología del aburrimiento es no sólo posible, sino que podría ofrecer reflexiones profundas sobre la experiencia humana y su relación con lo espiritual. El aburrimiento, aunque a menudo percibido como una experiencia negativa, puede analizarse teológicamente para descubrir lo que revela sobre el Creador, el tiempo, la existencia humana y nuestra relación con el sentido de la vida. Y que, igual que existía una teología del trabajo, que trata sobre el sentido del trabajo humano como participación en la obra creadora. Y, posiblemente, a esa teología del aburrimiento se le podrían dar diferentes enfoques, por ejemplo, uno de ellos podría ser el aburrimiento como vacío existencial y otro el aburrimiento y la creatividad espiritual. Y posiblemente muchos más.

      Recordé, de haberlo estudiado para mi artículo de hace unos días, que en la tradición mística, algunas figuras como San Juan de la Cruz y su concepto de la "noche oscura del alma" han reflexionado sobre estados de sequedad (tedio) espiritual que podrían vincularse al aburrimiento. Estos momentos de aparente vacío pueden ser la antesala de un encuentro más profundo con lo trascendente.

      Total, que una teología del aburrimiento podría ayudarnos a ver esta experiencia no como un obstáculo, sino como un lugar de potencial encuentro con nosotros mismos y con nuestra esencia y una oportunidad para reordenar nuestra vida hacia todo aquello que verdaderamente importa, ¿no?

      Ya dejé la cama pensando en cómo podría organizar un poco mi cabeza y poner por escrito todo este follón mental y matinal. Bueno, ahí lo dejo, casi me dan ganas de decir: ¡Qué os aproveche!

martes, 17 de diciembre de 2024

"Daleao"


      ¿Cuál es vuestro primer recuerdo? Esta es una pregunta que, con frecuencia, surge en cualquier conversación cotidiana. Resulta curioso cómo, al intentar responderla, nunca sabemos con total certeza cuál es realmente nuestro primer recuerdo. La memoria es caprichosa y, muchas veces, tendemos a elegir un episodio concreto que nos gusta, uno que consideramos significativo o que funciona como un símbolo del momento en que, de alguna manera, comenzamos a tomar conciencia de la vida.

      Desde hace ya mucho tiempo, tengo uno favorito, uno que me viene siempre a la mente cuando pienso en ese instante inicial. Mi primer recuerdo está relacionado, curiosamente, con una palabra que ni siquiera está admitida formalmente en el idioma: “daleao”. Por cierto, ahora que lo menciono, me he dado cuenta de que no conozco ninguna palabra en español que termine en “-eao”. Bueno, quizás una excepción la encontraríamos en el español cubano. Allí existe una palabra peculiar que se refiere a un animal volador, al que en algunas zonas de aquella isla llaman “guareao”. Sin embargo, este tampoco es un buen ejemplo porque, en realidad, la forma más común de nombrar a esa ave es “gauriao”.

      Pero volvamos al tema. En Andalucía, por alguna razón, tenemos una tendencia muy marcada a transformar las terminaciones en “-eado” y pronunciarlas como “-eao” suprimiendo la "d". Es algo tan habitual y tan natural para nosotros que apenas lo notamos. Así, palabras como floreado, alineado, saneado, bronceado, escaneado, empleado y corneado se convierten, por arte de birlibirloque, en “floreao”, “alineao”, “saneao”, “bronceao”, “escaneao”, “empleao” y “corneao”. Y la lista podría continuar, porque este fenómeno es una auténtica marca de identidad en nuestro modo de hablar.

      Ahora bien, ¿por qué estoy hablando de todo esto? Pues porque este asunto tiene una relación directa con ─quizás─ mi primer recuerdo. Yo tenía una niñera llamada Juana. Aún puedo recordar su cara amable y su uniforme negro, siempre impecable, con aquel delantal blanco limpísimo que resaltaba su pulcritud. Por las tardes, ella solía llevarme de paseo. Me llevaba al parque o a la plaza de Peral en un carrito de bebé porque todavía no caminaba. Sin embargo, había algo que ocurría con frecuencia: al parecer, me inclinaba un poco en el carrito. Juana me miraba con dulzura y, muy a menudo, decía: «Ignacito, ponte bien, que siempre vas "daleao"».

      Aquella palabra, “daleao”, me perturbaba enormemente. La repetía en mi mente sin entenderla del todo, como si me sonara mal pero no supiese por qué. Tanto me inquietó que un día, sin pensarlo demasiado, lancé la que creo que fue mi primera frase completa en este mundo: «¡Se dice ladeado!». 

      Y ahí está, intacto en mi memoria...

sábado, 14 de diciembre de 2024

San Juan de la Cruz, poeta y místico español

      Esta mañana al leer la hoja del calendario me dí cuenta que hoy celebrábamos el día de San Juan de la Cruz (1542-1591) poeta que marca el máximo punto de fervor en nuestra literatura mística; un excelente personaje para completar mi año con un mínimo de 40 entradas en este blog, como me había propuesto.

      En la actualidad es difícil encontrar algún joven que haya oído hablar de este santo escritor. A mi juicio, la marginación de la literatura mística representa una pérdida significativa, especialmente en lo que respecta al reconocimiento de figuras muy importantes y, en concreto, a San Juan de la Cruz como uno de los máximos exponentes de este género. Estoy convencido de que esta exclusión se manifiesta en varios niveles: desde la insuficiencia de su presencia en los planes de estudio hasta la tendencia a considerar la literatura mística un fenómeno periférico, limitado a contextos religiosos o históricos, sin reconocer su profunda riqueza que se extiende desde lo literario a lo filosófico. La obra de San Juan de la Cruz trasciende lo teológico, ofreciendo una exploración universal del alma humana, el lenguaje poético y las experiencias límites del ser.

      En mi opinión, la literatura mística, con su poderosa capacidad para vincular lo humano con lo trascendente, debería ocupar un lugar relevante en los estudios literarios, no sólo como patrimonio espiritual, sino también como una fuente de innovación formal y temática que influyó en tradiciones posteriores. Al ignorarla lo que se hace es perpetuar una visión parcial de la historia literaria y nos priva de la oportunidad de estudiar textos de una profundidad y belleza incomparables.

      Nacido como Juan de Yepes Álvarez en Fontiveros (Ávila) fue un religioso, poeta y reformador del Carmelo. Su vida estuvo marcada por su profunda espiritualidad y una búsqueda incansable de la unión con Dios, temas centrales en su obra. Ingresó en la orden de los carmelitas en 1564, adoptando el nombre de Juan de San Matías, pero su camino cambió al conocer a Santa Teresa de Jesús. Inspirado por ella, se unió a la reforma del Carmelo, comprometiéndose con la austeridad y la contemplación. Adoptó entonces el nombre de Juan de la Cruz.

      La reforma provocó tensiones dentro de la orden, lo que llevó a su encarcelamiento en Toledo en 1577. Durante esta etapa, en condiciones de extrema adversidad, escribió algunos de sus poemas más célebres, como el Cántico espiritual y la Noche oscura del alma, obras. que exploran la purificación y la unión mística con Dios. Además de su poesía, San Juan dejó una obra en prosa que incluye comentarios espirituales como Subida del Monte Carmelo y Llama de amor viva. Su estilo combina una hondura teológica con una lírica sublime, marcada por imágenes metafóricas y un gran contenido simbólico.

      Beatificado en 1675 y canonizado en 1726, es proclamado Doctor de la Iglesia en 1926. San Juan de la Cruz permanece como una figura clave de la espiritualidad cristiana y de la literatura universal.


Coincidir en un mundo y en un tiempo


      Ayer, una muy apreciada amiga, me envió una ilustración con una frase que me gustó: “Por ti, por mí, y por el placer de haber coincidido en la vida...”. Luego de degustar la frase ─y como suele ser habitual en mí─ comencé a complicarlo todo haciéndome una pregunta: ¿Qué probabilidad hay de que dos personas se encuentren en un espacio y en un tiempo? Ahí empezó el lío...

      Se ha sabido recientemente, gracias a nuevos descubrimientos científicos, que la historia de la evolución humana tiene que ser reescrita en varios puntos. Durante mucho tiempo, se creyó que los Homo sapiens surgieron en un solo lugar del este de África hace, poco más o menos, unos 200.000 años. Pero investigaciones últimas nos cuentan una historia más antigua y diversa, que podría remontarse hasta hace 300.000 años. Y, además, parece que nuestra evolución fue un proceso conectado entre muchas regiones, más que un evento único en un solo punto del mapa.

      Los sabios que tratan estos asuntos nos dicen que en lugar de una población ancestral aislada, lo que tenemos es un mosaico: pequeños grupos de humanos modernos repartidos por África, que interactuaron entre sí durante milenios. Más tarde, estas conexiones se extendieron a otras partes del mundo, como Europa y Asia, a medida que nuestras migraciones avanzaban. La verdad es que esto recuerda al viejo modelo denominado “multirregional”, que sugería que las poblaciones humanas no evolucionaron en aislamiento, sino en constante relación.

      Y vuelvo a mi pregunta de antes: ¿qué tan probable era que dos personas vivieran en el mismo lugar y al mismo tiempo en épocas remotas?

      Pienso que la respuesta puede depender de diversos factores. Para empezar, en los primeros tiempos de los Homo sapiens , las poblaciones eran muy pequeñas y estaban dispersas en áreas enormes. Coincidir en un mismo lugar no era algo tan común, salvo en zonas clave como rutas migratorias o regiones donde diferentes grupos interactuaban. Se me ocurre, por ejemplo, que en un mundo con solo 10.000 personas distribuidas por grandes territorios. Las probabilidades de cruzarte con alguien en el mismo espacio geográfico eran bastante bajas. Además, la esperanza de vida era corta, lo que reducía aún más el margen de coincidencia. Sin embargo, estas probabilidades aumentan con el tiempo, especialmente en los últimos 50.000 años (¿He dicho algo?), cuando las poblaciones humanas crecieron y se concentraron en regiones más específicas.

      Muy posiblemente este panorama de intercambios no fue un accidente, sino una pieza clave en nuestra evolución. El modelo “multirregional” destaca que estas conexiones contribuyeron a compartir no solo genes, sino también herramientas, ideas y cultura. Fueron estos encuentros los que impulsaron el desarrollo de los Homo sapiens , haciendo posible que se conviertan en la especie global que somos hoy.

      Pues eso,... aunque en el pasado la coincidencia entre personas era menos común, esos encuentros marcaron una gran diferencia. Al final, nuestra historia no es solo la de la supervivencia individual, sino la de las conexiones que nos han definido como especie.

      Así que está claro: “Por ti, por mí, y por el placer de haber coincidido en la vida...”.

jueves, 12 de diciembre de 2024

El lavado de cerebro: un arte modernizado

      Es posible que muchos recordéis aquella época en la que se hablaba del “lavado de cerebro” a todas horas, era una expresión ─malvadamente─ de moda. En aquel tiempo el "lavado de cerebro" evocaba imágenes de tortuosas salas de interrogatorio, luces cegadoras y siniestros personajes armados con técnicas de manipulación psicológica. Qué nostalgia, ¿verdad? Esos días quedaron atrás. Hoy, en la era de las redes sociales, los algoritmos y el contenido viral, se ha perfeccionado tanto la técnica que ni siquiera necesitamos llamar a las cosas por su nombre. Ahora, el "lavado de cerebro" es un sofisticado ejercicio de persuasión masiva camuflado de entretenimiento y educación.

      ¿Para qué queremos interrogatorios y privaciones sensoriales cuando tenemos videos cortos que nos enseñan a pensar, comprar y votar en menos de 60 segundos? Es mucho más efectivo —y rentable— que cualquier método anticuado. Esos tipos de moda, los llamados “influencers”, nos muestran qué productos necesitamos para ser felices, los “trending topics” nos dicen ─en imperativo─ qué opiniones son moralmente correctas y los filtros de nuestras aplicaciones preferidas nos enseñan que nuestra cara nunca será lo suficientemente perfecta sin un toque dado con el “Photoshop”. Todo esto, por supuesto, con nuestro consentimiento implícito, porque "nadie nos obliga" a mirar una pantalla diez horas al día.

      Por otro lado, el "lavado de cerebro" de antaño solía ser un ejercicio exhaustivo, dirigido a individuos específicos. Ahora, gracias a los avances tecnológicos, hemos democratizado el proceso. Los algoritmos, imparciales como siempre, hacen el trabajo sucio, seleccionando cuidadosamente qué noticias debemos leer, qué emociones debemos sentir y qué valores debemos adoptar. El resultado es un consumidor perfectamente alineado, fundido, con las necesidades del mercado y un ciudadano que encaja a la perfección en su burbuja ideológica.

      Irónicamente, mientras dejamos que nos programen a voluntad, seguimos pensando que somos más libres que nunca. ¿Acaso no es la libertad poder elegir entre mil versiones de la misma cuestión? Y si alguien se atreve a denunciar este panorama, siempre podemos acusarlo de paranoico, porque, ya sabes, eso del "lavado de cerebro" pertenece a otra época, ¿no?

      Así que vamos a dejar de preocuparnos por esos viejos términos. "El lavado de cerebro" ya no necesita nombre ni que se nombre. Se ha integrado tan profundamente en nuestra vida diaria que ni siquiera lo percibimos. Eso sí, no olvides suscribirte al canal, darle "me gusta" y activar las notificaciones. Que, al fin y al cabo, ¿de qué otra forma podríamos asegurarnos de que tú sigas pensando "correctamente"?

miércoles, 11 de diciembre de 2024

Teístas y deístas


      De vez en cuando ─y después me arrepiento─ me meto en algún jardín de manera inadecuada e inoportuna. Hace unas cuantas noches paseaba por la calle con mi esposa y nos abordaron unas chicas jóvenes estadounidenses, que se definieron como misioneras. El asalto fue realizado con estudiada simpatía y un deficiente dominio del español. Sonreímos y continuamos paseando con ellas y pronto salió a relucir el asunto de las creencias, nos dijeron que ellas eran de algo como de la iglesia de los “últimos días” o parecido, aunque yo entendí iglesia del “séptimo de caballería”.

      Una de las primeras preguntas fue si nosotros éramos creyentes y no me agrada nada contestar a ese tipo de preguntas, que a mi modo de ver, son complicadas de responder, sobre todo en la calle y a gente desconocida. Les dije que éramos “Teístas”, intentaron reajustar sus esquemas, pero pusieron una cara muy rara, parece que esa palabra jamás la había oído. Y les dije:

      ─¿No sabéis que significa “teísta”? En español, “teísta” es una persona cree en la existencia de uno o más dioses. Aunque esta creencia puede variar según las tradiciones religiosas o filosóficas, desde un dios personal y activo (como en el cristianismo, islam o judaísmo) hasta dioses más abstractos.

      La más alta y rubia, que manejaba un poco más nuestro idioma, contestó:

      ─Creía que esa palabra se relacionaba con el ateísmo ─su cara reflejaba cierto desconcierto.

      ─No, no. Seguro que sabéis que un ateo no cree en la existencia de dioses. Esto no implica necesariamente negar categóricamente su existencia, a eso se le llama ateísmo fuerte o positivo. A la simple la falta de creencia se le suele denominar ateísmo débil o negativo. No necesariamente, aunque en general los términos están relacionados con posturas opuestas respecto a la creencia en Dios o en dioses.

      La otra americana, también rubia, pero de menos estatura, que me dio la impresión de que no se enteraba de mucho intervino preguntando:

      ─¿Entonces ustedes son agnósticos?

      ─Creo señorita que no me ha entendido bien, un agnóstico no afirma ni niega la existencia de dioses; sostiene que esta cuestión no se puede conocer o no está decidida, ¿comprende?

      Ella hizo un mohín algo raro y añadí:

      ─Claro que hay más matices en el espectro de creencias respecto a la existencia, o no existencia de dioses. Está también la postura de los “deístas”.

      Con una desgana ya evidente, al borde de la rendición, la chica alta preguntó:

      ─¿Qué son los “deístas”?

      ─Los “deístas” son aquellos que creen en un dios, pero el dios en el que ellos creen es uno que no interviene de manera activa en el universo ni en el mundo de los humanos como sucede en el “teísmo”.

      La que llevaba la voz cantante, dijo: “Creo que no les vamos a convencer, adiós”.

      Y de modo, un tanto maleducado, salieron a toda prisa caminando rápido por delante de nosotros.

martes, 10 de diciembre de 2024

El sabor de las palabras

      Anoche tomé una infusión de una combinación de hierbas ─nada raras─ la mezcla es de melisa, tila, hierba luisa, lavanda, hojas de naranjo y manzanilla. La compré para probar, necesito dormir unas cuantas horas seguidas, me noto cansado y con ganas de desconectar. De pronto, por sorpresa, sentí ganas de escribir, ese deseo me vino porque pensé que las palabras tienen un poder único: no solo comunican ideas, sino que también despiertan emociones, crean imágenes y nos envuelven con su ritmo. Deseaba hablar de "palabras con sabor" y ─perdonad─ ese “sabor” no tiene nada que ver con la cocina. Se trata de la manera en que las palabras nos llegan, cómo suenan en nuestra mente y cómo nos conectan con algo más profundo.

      El lenguaje tiene una especie de música propia. Las palabras pueden ser suaves y cálidas como una melodía tranquila, o intensas y rápidas como una canción apasionada. La poesía, por ejemplo, no solo se entiende; también se siente. Su ritmo y sus imágenes logran que la experimentemos de una forma única.

      No sé cómo me vino a la memoria el escritor alicantino, José Martínez Ruiz, conocido como “Azorín”, que expresó la magia de lo sugerente y lo inacabado con una frase llena de sensaciones: "Lo inacabado tiene un profundo encanto. Esta fuerza rota, este impulso interrumpido, este vuelo detenido, ¿qué hubieran podido ser y adónde hubieran podido llegar?". Siempre hay algo especial en las palabras que nos dejan pensando, que no lo dicen todo pero insinúan mundos posibles.

      No es necesario hablar de las palabras en la música, o con la música, una canción no sería lo mismo sin una letra que nos revuelva el corazón. Puede contar una historia, traer recuerdos o ponernos a reflexionar sobre cosas que, de otro modo, ni notaríamos. Las palabras nos conectan con nuestra mente y nuestra imaginación. Una sola palabra bien escogida puede transportarnos a otro lugar o hacernos sentir algo que parecía olvidado. Tienen un impacto que va más allá de lo que dicen, y por eso nos fascinan tanto.

      Percibí en mí un ritmo mucho más lento, las palabras ya fluían despacio, perezosas... Sí, las palabras son mucho más que herramientas para comunicarnos... Tienen sabor, ritmo y fuerza. Nos envuelven, nos inspiran y nos acompañan, como una melodía que sigue sonando dentro de nosotros...

      Creo que me quedé profundamente dormido...

domingo, 8 de diciembre de 2024

¿Estamos en un volcán en llamas o en un reality show?


      Esta mañana he estado ojeando las noticias y veo que en tan sólo diez días los insurgentes han conseguido dar un vuelco a la guerra civil Siria que llevaba catorce años activa, o dormida a ratos. Al Assad ha huido del país, presuntamente a Rusia. Pero, ¿quiénes son estos rebeldes? ¿Cuáles son las siguientes etapas para un nuevo Gobierno sirio? Todo es casi incompresible en esta guerra mundial a trozos en la que está nuestro planeta.

      Parece como si los guionistas de este mundo hubiesen decidido cambiar el canal de "telenovela romántica" a "distopía apocalíptica"? Porque, francamente, los titulares parecen sacados de un híbrido entre Juego de Tronos y un telediario especial a medianoche. Parece que esta bendita Tierra no quiere quedarse atrás en la competición de “¿Quién crea más caos en menos tiempo?”. ¡Bienvenidos al siglo XXI, donde la guerra es por capítulos y la paz, apenas un anuncio televisivo!

      Empecemos con Ucrania, esa tierra hermosa que alguna vez nos dio el pan de cada día (literalmente, el mayor exportador de granos) y ahora parece estar protagonizando un remake interminable de la Guerra Fría. Rusia sigue lanzando su mejor interpretación de “villano de la vieja escuela”, mientras que el resto del mundo se debate entre aplaudir o mandar más armas, ¡curiosa tesitura! La trama, hasta ahora, incluye destrucción masiva, sanciones económicas y una generosa dosis de indiferencia internacional. ¡Ah!, y mientras tanto, ¿alguien se acuerda del invierno energético? Europa está haciendo juegos malabares entre calentar sus hogares y no cabrear a Moscú. ¡Qué época tan complicados para los que estamos aún vivos!

      Pero no nos quedemos ahí, que el conflicto en Oriente Medio está empeñado en demostrar que el caos tiene un doctorado en reincidencia. Israel, Palestina, y ahora el siempre impredecible Siria (Damasco ha sido tomado) donde Turquía, Rusia, los kurdos y todo el vecindario se reparten roles en esta trágica obra de teatro. ¿Cuál será el desenlace? Bueno, eso depende de quién grite más fuerte y quién pierda primero los nervios (o los misiles, que es peor).

      ¿Y qué decir de Corea del Norte? Porque no sería una crisis mundial sin un dictador que juega con misiles como si fueran cohetes de Año Nuevo. Mientras tanto, Corea del Sur, Japón y Estados Unidos hacen su mejor esfuerzo para no parecer preocupados. Es como si Kim Jong-Un quisiera asegurarse de que nadie se olvide de su pequeño rincón de paranoia nuclear.

      En fin, mis queridos amigos, este mundo ─que no es otra cosa que un punto muy marginal en la Vía Lactea─ parece un volcán en constante erupción. Pero, como en cualquier reality show, los espectadores —todos nosotros— seguimos viendo desde el sofá, esperando a que alguien cambie el guion.

      ¿Qué es lo más irónico de todo?

      ¿Lo más irónico? Es que a pesar del drama, aquí estamos: discutiendo en redes sociales, preocupados por el próximo modelo de iPhone y, claro, preguntándonos si sobreviviremos al próximo episodio.

      ¿Seguimos tomando una cervecita tumbados en el sofá?

sábado, 7 de diciembre de 2024

Las cabalgatas distópicas de la Navidad actual


      En los últimos años, una nueva tendencia ha comenzado a surgir en algunos municipios, se trata de las cabalgatas de navidades y  reyes con temáticas que poco o nada tienen que ver con el espíritu navideño tradicional. Estas iniciativas, al parecer impulsadas por concejales deseosos de innovar o sorprender, han dado lugar a desfiles que, más que evocar la magia de estas fiestas, parecen sacados de mundos distópicos o de fantásticos relatos medievales.

      El ejemplo más reciente lo viví anteayer en mi propio pueblo. La cabalgata, que se suponía destinada a emocionar a los más pequeños con la llegada de Melchor, Gaspar y Baltasar resultó ser un espectáculo sorprendente y confuso. Un imponente desfile de dragones, al estilo de los de San Jorge, cruzaba las calles. Sobre ellos, guerreros con férreas armaduras negras y amenazantes, parecían más preparados para una batalla épica que para repartir alegría. Entre ellos, un grupo disperso de romanos malabaristas con espadas y lanzas añadía un toque circense, mientras desde las carrozas del cartero real se lanzaban caramelos con tal fuerza que más de un niño tuvo que esquivarlos como si se tratase de proyectiles.

      Aunque es cierto que las cabalgatas tradicionales pueden repetirse hasta la monotonía, el viraje hacia este tipo de demostraciones plantea preguntas importantes: ¿Qué conexión tienen estos elementos con la historia de los Reyes Magos y la Navidad? ¿Es realmente necesario sacrificar la coherencia temática en aras de la originalidad?

      A nuestro entender el propósito original de las cabalgatas debe ser el de transmitir la magia de los Reyes Magos y su mensaje de generosidad. Sin embargo, esta nueva moda corre el riesgo de desvirtuar la tradición, confundir a los niños e incluso generar incomodidad en los asistentes. Aunque es comprensible que las autoridades locales deseen ofrecer algo diferente, sería ideal encontrar un equilibrio entre la creatividad y el respeto por el espíritu navideño.

      Quizás sea momento de que los responsables municipales reflexionen sobre estas decisiones. ¿De verdad queremos que nuestras cabalgatas se conviertan en una mezcla de fantasía medieval, distopías y confusión? ¿Lo único que vale ya es el espectáculo?

      ¿No será mejor recordar que, a veces, lo clásico y sencillo es lo que más llega al corazón?

viernes, 6 de diciembre de 2024

El hombre que olvidó sus navidades


      En un rincón polvoriento de su casa, rodeado de libros amarillentos y fotografías en blanco y negro que ya no reconocía, él pasó la tarde de aquel diciembre contemplando la ventana. Afuera, la calle bullía con luces, villancicos y risas de mayores y niños, como si el tiempo se hubiera negado a tocar ese lugar. Los aromas de la Navidad flotaban en el aire, pero a él solo le llegaban como ecos de algo que no podía alcanzar.

      Pronto cumpliría un año más, muchos ya. Su memoria, que aún era ágil para los detalles recientes, le jugaba una extraña jugarreta con su infancia. Hacía años que intentaba ─sin ningún éxito─ recordar cómo eran sus navidades de niño. Buscaba entre los resquicios de su mente, como quien excava en un baúl olvidado, pero allí solo encontraba retazos inconexos: la forma borrosa de un portal, una sensación cálida junto a una mesa redonda con un brasero debajo, el roce áspero de un juguete de madera y una radio que de vez en cuando lanzaba pitidos. Nada más.

      —¿Dónde se fueron mis navidades? —murmuró al aire vacío. Su voz resonó en la sala como si hasta los muebles compartieran su melancolía.

      Sabía que era normal olvidar ciertas cosas con la edad, pero él sentía que esto no era un olvido cualquiera, era algo más que eso, era una ausencia. Como si esas navidades nunca hubieran existido para él, como si alguien las hubiera borrado de su vida. Sin esos recuerdos, sus días de infancia parecían hojas en blanco, páginas en las que alguien olvidó escribir.

      Una tarde, decidido a encontrar respuestas, subió a la que habitación olvidada. Allí guardaba una vieja caja de latón con pertenencias de sus padres, fallecidos hacía bastantes décadas. Abrió la caja con manos temblorosas y la encontró llena de cartas amarillentas, figuritas de barro de un Belén, y un par de fotos desvaídas. En una de ellas, un niño bien peinado que miraba a la cámara con ojos azules y brillantes. Reconoció sus propios rasgos, aunque la expresión parecía la de un extraño. El niño estaba de pie junto a un nacimiento que tenía un trozo de papel de plata que hacía de río, montañas de cartón y ramas de lentisco. Un gran papel azul al fondo hacía de cielo, tenía pintadas algunas estrellas y unas aisladas nubes blancas.

      Apretó la foto contra su pecho, intentando forzar a su mente a recordar el instante en que había sido tomada. ¿Había sentido felicidad? ¿Había recibido algún regalo especial? Nada acudía a su rescate. Sintió un nudo en la garganta, una mezcla de pena y rabia. ¿Cómo podía ser tan cruel la memoria, borrando los momentos que debían ser de los más luminosos?

      Esa noche ─antes de dormir─ se quedó sentado frente a la ventana. En la calle habían encendido más luces, y un grupo de niños jugaba entre gritos. Sintió una punzada en el pecho, pero esta vez no era tristeza. Era una idea, un destello de claridad. Tal vez, pensó, su infancia no era solo lo que él recordaba, sino también lo que había dejado en el mundo.

      Al día siguiente, con esfuerzo, bajó al portal y se unió a los niños del barrio. Se presentó con torpeza, llevando en las manos varias figuritas del Belén de su padre.

      —¿Queréis ayudarme a montar un nacimiento? —les preguntó.

      Los niños aceptaron con entusiasmo. Juntos, buscaron arena, piedras y ramas para armar un pesebre improvisado. Reía al verlos correr de un lado a otro, y por primera vez en mucho tiempo sintió que algo cálido volvía a llenar el vacío en su pecho.

      Esa noche, cuando cerró los ojos, no soñó con su infancia perdida. Soñó con risas y villancicos, con pequeñas manos que colocaban figuras de arcilla junto a un fuego imaginario.

      Al despertar, a la mañana siguiente, comprendió que nunca recuperaría aquellos recuerdos, pero podía llenar su presente con nuevas navidades,... tan reales como las que, quizás, alguna vez vivió.

jueves, 5 de diciembre de 2024

Quizás compraré manzanas


      No sé por qué estoy escribiendo esto, quizás porque llega la Navidad, no lo sé, pero siento que necesito organizar mis pensamientos. Nadie lo leerá, nadie lo verá. Solo soy yo, escribiéndome a mí mismo, como si este pedazo de papel pudiera ser un espejo, o una confesión sin penitencia.

      Hoy la vi otra vez. No hablaba con ella desde hace cinco o seis años, desde aquella discusión estúpida. Casi seguro que el problema no fue lo que dijimos; fue lo que no nos dijimos. Sabía perfectamente lo que ella quería escuchar, pero las palabras se quedaron atrapadas en algún rincón oscuro de mi orgullo. Y ella, con su mirada de reproche, dejó caer un silencio más fuerte que cualquier grito.

      Desde entonces, nuestras vidas han seguido trayectos diferentes, como ríos que se bifurcan incomprensiblemente en una llanura. A veces, me pregunto si esos ríos podrían volver a cruzarse.

      La vi en el supermercado, entre los estantes de frutas. Estaba buscando manzanas, como solía hacer. Pero esta vez, la escena tenía un aire diferente. Las luces navideñas colgaban del techo, reflejándose en las superficies metálicas y llenando el espacio con un brillo cálido. En algún lugar cercano, sonaba un villancico que hablaba de paz y amor. Ella se inclinaba hacia los estantes, con su gran escote perfectamente ajustado y las pulidas mejillas tenuemente enrojecidas por el frío de diciembre.

      Era su ritual, elegir las manzanas más rojas, las más limpias y brillantes, las más perfectas. Me quedé observándola unos segundos, sin saber si acercarme. Recordé las navidades últimas, cuando preparábamos juntos tartas de manzana en su pequeña cocina. Yo pelaba las manzanas mientras ella mezclaba la masa, y el aroma a canela y clavo llenaba la habitación. Su risa, siempre vibrante, resonaba incluso cuando la tarta salía del horno ligeramente quemada por culpa de alguna de mis torpezas.

      Quizás hace años habría corrido hacia ella, habría intentado decir algo simpático o torpe, pero sincero. Este yo ─el que escribe ahora─ no supo qué hacer. Estuve quieto, fingiendo interés por una bolsa de mandarinas mientras el eco de un "Noche de paz" se colaba por unos altavoces del techo. Cuando finalmente me armé de valor, ella ya había desaparecido.

      He pasado el resto del día preguntándome qué habría pasado si la hubiera abordado. ¿Habríamos hablado como viejos amigos? ¿Habría habido reproches, silencios incómodos? ¿O acaso, por un milagro inexplicable, habríamos retomado esa conexión que parecía tan fuerte en su momento?

      Fue mi mejor amiga, mi confidente, mi todo, y la perdí por una suma de pequeñas decisiones equivocadas. A veces, pienso que la vida es eso: un mosaico de elecciones diminutas, algunas sin importancia aparente, que juntas forman un cuadro que apenas reconocemos como nuestro.

      La Navidad no ha sido mi época favorita, pero en los últimos años aún lo ha sido menos, no he tenido ni el más mínimo entusiasmo. Sin embargo, hoy, por primera vez en mucho tiempo, sentí algo distinto. Recordé lo que leí una vez en una tarjeta navideña, más o menos era algo así: La Navidad es un tiempo de reconciliación, donde el espíritu de amor y esperanza nos invita a sanar heridas, renovar lazos y celebrar juntos el poder transformador del perdón.

      No sé por qué estoy escribiendo esto. Es posible que sea para recordarme que todavía sigo respirando. Que, aunque pasen los años y las palabras se queden paralizadas en mi garganta, sigo siendo un humano.

      Mañana volveré al supermercado. Tal vez compraré manzanas. Quizás las envuelva en papel brillante con una nota que diga "Feliz Navidad".

      Nadie leerá esto. Es mejor así.

      Mañana volveré al 'super'...

      Tal vez compraré manzanas.

miércoles, 4 de diciembre de 2024

La noche de las cucarachas


      Don Ramón, con su suéter verde de renos y un gorro de Santa Claus que su nieta le había obligado a usar, estaba cómodamente hundido en su sillón favorito. Sobre la mesita, un plato con galletas con chocolate a medio comer y un vaso de leche tibia completaban la escena. En la televisión, la cadena local transmitía un especial navideño sobre la fauna del Ártico: focas jugando entre témpanos y morsas descansando en playas de hielo. El ambiente en su salón estaba impregnado de cálida nostalgia.

      De pronto, algo interrumpió la paz. Ramón sintió un leve cosquilleo en la nuca, esa sensación que uno tiene cuando algo no está del todo bien. Giró la cabeza hacia la puerta de su habitación, que daba a un pasillo sumido en sombras. Allí, entre la penumbra, estaban ellas. Un grupo de cucarachas lo observaba en formación cerrada, perfectamente alineadas, como soldados en espera de órdenes. Pero esta vez, no eran sólo las cucarachas, cada una llevaba una carga de diminutas piezas entre las patas: bolitas de color, lentejuelas brillantes, abalorios variados y unas cuantas incluso arrastraban lo que parecían migajas de algodón. Ramón parpadeó, incrédulo.

      Volvió la vista a la pantalla, donde un oso polar avanzaba entre la nieve, y luego regresó a la puerta. Las cucarachas no se habían movido. Se quedaban ahí, inmóviles, sus antenas oscilando suavemente, como si escucharan el eco de algún villancico lejano. Ramón sintió un sudor frío en la frente.

      —¿Esto es real? ¿O he comido demasiadas galletas de chocolate? —murmuró, tocándose el pecho para comprobar que su corazón aún latía.

      Por un momento, todo parecía suspenso, como si el tiempo se hubiera congelado. Ramón esperó a escuchar un sonido: un cascabel, una campana, tal vez hasta el "jo, jo, jo" de Papá Noel. Pero en lugar de eso, un extraño pensamiento cruzó por su mente: “¿Y si esto es una invasión navideña?”

      Los ojos del anciano se movieron nerviosamente por el salón. Calculó las probabilidades: ¿podría atrincherarse detrás del árbol de Navidad? Tal vez usar las luces como una barrera electrificada improvisada. Luego miró hacia la ventana; podría ser su única vía de escape, aunque la idea de enfrentarse al frío invernal lo hizo estremecer.

      Con manos temblorosas, tomó el teléfono fijo de la mesita.

      —¿Emergencias? —dijo con voz temblorosa cuando la operadora respondió. —Necesito ayuda… ¡Hay cucarachas navideñas! Están organizadas, llevan adornos.

      Del otro lado de la línea, el silencio fue inmediato. Finalmente, la operadora respondió, su tono mezclando confusión y paciencia.

      —Señor, ¿podría repetir eso? ¿Adornos?

      Ramón abrió la boca para insistir, pero entonces un movimiento en la puerta lo dejó petrificado. Las cucarachas habían comenzado a moverse, no hacia él, sino en filas perfectamente coordinadas hacia el árbol de Navidad. Con una destreza inquietante, comenzaron a subir por las ramas, dejando todos los abalorios y las migas de algodón en su camino, como si estuvieran decorándolo.

      Por un instante, don Ramón no supo si debía gritar, reír o simplemente dejarse llevar por el espíritu de la locura. Colgó el teléfono con manos temblorosas y observó cómo su árbol terminaba de adornarse con una precisión que hubiera hecho llorar de emoción a cualquier diseñador de escaparates.

      Esa noche, don Ramón no durmió. Sentado en su sillón, observó a las cucarachas trabajar en su extraño ritual navideño hasta que el primer rayo de sol iluminó el salón. El árbol brillaba con una mezcla única de luces, oropeles, y… restos de algodón.

      Al día siguiente, cuando los niños llegaron para abrir los regalos, Ramón no dijo nada sobre las verdaderas responsables del esplendor del árbol. Pensó que a partir de esta Navidad, dejaría adornos brillantes y bolas de algodón colocadas cerca del pasillo oscuro, por si sus ayudantes navideñas decidían volver.

martes, 3 de diciembre de 2024

¿Un desorden ordenado? La entropía de la mente


      Siempre he sido un obseso de la entropía, posiblemente sea el concepto físico que más me ha impactado en toda mi vida. Ustedes dirán ¿qué es eso de la entropía? Así, para empezar, se trata un concepto fundamental de la física que describe el grado de desorden o aleatoriedad en un sistema. Atentos a eso: grado de desorden (desorganización) de un sistema.

      La entropía ha sido tradicionalmente asociada a procesos físicos. Sin embargo, en las últimas décadas, científicos y filósofos han comenzado a explorar la posibilidad de extender este concepto a los espacios de la mente y la conciencia. Desde luego, la relación entre la entropía y la conciencia es un tema asombroso y complejo que ya ha generado grandes debates en la comunidad científica y filosófica. Aún queda mucho por investigar, pero esta conexión (o posibilidad de conexión) ofrecería una nueva perspectiva para comprender la naturaleza de la mente y la conciencia. Al explorar esta relación, quizás podamos acercarnos a responder algunas de las preguntas más fundamentales sobre la naturaleza de la existencia humana.

      Es sabido que el cerebro humano es uno de los sistemas más complejos conocidos. Con miles de millones de neuronas interconectadas, es capaz de generar una rica variedad de estados mentales, desde pensamientos simples hasta emociones complejas y experiencias conscientes. Esta complejidad intrínseca sugiere que la mente podría ser considerada un sistema de alta entropía.

      También conocemos el hecho de que la conciencia no es estática; en primera aproximación podemos decir que es un flujo constante de pensamientos, sensaciones y percepciones. A medida que la mente explora nuevas ideas y experiencias, el grado de desorden interno aumenta. Este dinamismo constante podría interpretarse como un aumento continuo de la entropía mental. Sin embargo, esta aparente falta de orden no es caótica, sino más bien una manifestación de la flexibilidad y adaptabilidad de la mente.

      Pero es curioso ─y muy importante─ que a pesar de este constante flujo entrópico, los seres humanos somos capaces de poner un cierto orden en nuestra experiencia mental. Organizamos nuestros pensamientos, creamos estructuras cognitivas y construimos modelos del mundo que nos permiten navegar por la complejidad de la realidad. Y está, además, la capacidad de encontrar patrones en el caos que es una característica fundamental de la inteligencia humana.

      No cabe duda de que la idea de que la conciencia esté relacionada con la entropía puede tener, tiene, profundas implicaciones para nuestra comprensión de la mente. Podría sugerir, por ejemplo, que la conciencia es un proceso disipativo, que requiere un constante flujo de energía para mantenerse. Además, podría ofrecer nuevas perspectivas sobre fenómenos como la creatividad, la depresión y el envejecimiento.

      En fin, el aumento de entropía nos hace viejos...

      Pero lo que es completamente cierto es que esta conexión también plantea numerosos desafíos. Uno de los principales sería el de la dificultad de medir la entropía mental, ¿cómo se podría medir la entropía de la mente?, la entropía física puede cuantificarse con precisión, pero la entropía mental es mucho más evasiva e inconcreta. Además, creo que la naturaleza subjetiva de la conciencia dificultará mucho cualquier estudio científico.

      La entropía no disminuye en nada, va a más.