lunes, 23 de marzo de 2020

El microcuento de León Tolstoi


     Con cierta periodicidad me viene a la memoria este pequeño relato del maestro Tolstoi que me leía mi madre muy a menudo, cuando era pequeño, se trata del «EL PERRO MUERTO». Un cuento de connotaciones evangélicas en el que el escritor nos hace ver que, cualquiera que sean las circunstancias, por duras que sean, en ellas siempre habrá algo de positivo. Es algo similar a lo que quiere expresar nuestro viejo refrán: «No hay mal que por bien no venga». Pensemos en esto.
     Ahora ─en esta situación de crisis y de desolación─ es necesario que nos esforcemos en encontrar todos los aspectos positivos que pueda haber: es imprescindible que busquemos los dientes blancos del perro.

EL PERRO MUERTO (León Tolstoi)
     Jesús llegó una tarde a las puertas de una ciudad e hizo adelantarse a sus discípulos para preparar la cena. Él, impelido al bien y a la caridad, internose por las calles hasta la plaza del mercado.
     Allí vio en un rincón algunas personas agrupadas que contemplaban un objeto en el suelo, y acercose para ver qué cosa podía llamarles la atención.
     Era un perro muerto, atado al cuello por la cuerda que había servido para arrastrarle por el lodo. Jamás cosa más vil, más repugnante, más impura se había ofrecido a los ojos de los hombres.
     Y todos los que estaban en el grupo miraban hacia el suelo con desagrado.
     ─Esto emponzoña el aire ─dijo uno de los presentes.
     ─Este animal putrefacto estorbará la vía por mucho tiempo ─dijo otro.
     ─Mirad su piel ─dijo un tercero─; no hay un solo fragmento que pudiera aprovecharse para cortar unas sandalias.
     ─Y sus orejas ─exclamó un cuarto─ son asquerosas y están llenas de sangre.
     ─Habrá sido ahorcado por ladrón ─añadió otro.
     Jesús les escuchó, y dirigiendo una mirada de compasión al animal inmundo:
     ─¡Sus dientes son más blancos y hermosos que las perlas! ─dijo.
     Entonces el pueblo, admirado, volviose hacia Él, exclamando:
     ─¿Quién es éste? ¿Será Jesús de Nazaret? ¡Sólo Él podría encontrar de qué condolerse y hasta algo que alabar en un perro muerto…!
     Y todos, avergonzados, siguieron su camino, postrándose ante el Hijo de Dios.


domingo, 22 de marzo de 2020

Kimura y las preocupaciones


     Estábamos Kimura y yo tomando el descafeinado de media mañana y oímos la noticia de la ampliación del ‘estado de alarma’ a quince días más. En realidad era una cosa esperada y no nos sorprendió demasiado. Kimura estaba ─como siempre─ impertérrito, parece que a él casi todo le resbala y no le afecta como a cualquier otro mortal, le envidio esa impasibilidad que tiene y le interrogué sobre eso diciéndole:
     ─¿Cómo puedes dominar tan bien la preocupación? Me asombra tu impavidez.
     Se quedó un rato pensativo. Se acerco a la ventana, permaneció un minuto con la mirada perdida, después se volvió hacía mí y dijo:
     ─Mira, he sido empresario muchos años. Cuando comencé no ganaba ningún dinero, mi proyecto empresarial se lo llevaba todo, lo reinvertía. Mi vida se sostenía a duras penas y pagaba a mis empleados una miseria. La situación muchas veces rozaba la tragedia pues mis hermanas y mis padres dependían de mí en gran medida.  Tenía muchas, muchísimas, razones para preocuparme. Los primeros tiempos de mi empresa fueron desalentadores pero estaba convencido de que algún día iría todo hacia adelante y bien. No obstante, ocurría que después de cada tropiezo o fracaso solía preocuparme hasta el extremo de no poder comer ni casi dormir. Pero un día dejé de preocuparme, hace ya más de treinta años. Y estoy convencido que, si no hubiese dejado de preocuparme por aquel tiempo, estaría en la sepultura desde hace bastante tiempo.
     No conocía esa parte de su historia, me quedé entre asombrado y perplejo. Le pregunté después de una silenciosa pausa:
     ─¿Qué hiciste para dejar de preocuparte y tirar hacia adelante?
     ─Ciertamente no me acuerdo bien, pero sé que lo primero fue la consideración de lo inútil que era preocuparse. Percibí con claridad la preocupación no me llevaba a ninguna parte que era una seria amenaza para la pervivencia de mi empresa. Y también que iba a perder mi salud si seguía sumido en la preocupación.
     ─¿Y qué camino seguiste después de ver eso?
     ─Muy sencillo, te sorprenderás ─y sonrió semicerrando sus ojos orientales.
     ─¿Cómo fue? ─insistí.
     ─Observé que me preocupaba más cuanto más cansado estaba y decidí estar en la cama, cada noche, un mínimo de nueve horas y echaba una siesta recuperadora todas las tardes de treinta minutos. Y también, a diario, intentaba alentar a mis trabajadores con elogios en lugar de desanimarlos con quejas o malos modos. Traté de tener una palabra amable para todos y todos los días.
     ─¿Alteraste en algo tu enfoque empresarial?
     ─Sí, claro. Me dediqué, con todas mis fuerzas, a proyectar y preparar el éxito en los retos futuros de la empresa, así que no tuve apenas tiempo para preocuparme por los fracasos que había tenido antes. A partir de ese momento todo comenzó cambiar.
     Estuve pensativo unos momentos y después le comenté:
     ─Parece fácil, ¿no?
     ─Todo eso me llevó a cambiar mis actitudes. Por ejemplo, no llamaba la atención a mis trabajadores por algún fallo cometido hasta transcurridas veinticuatro horas, para así estar sereno y analizar las cosas con perspectiva. Y, es curioso, pasadas estas horas los errores no parecían tan grandes. No lo dudes, si no hubiese apartado de mí las preocupaciones ahora estaría metido en un hoyo.
     Pensé que, quizás, el secreto para quitarnos de en medio muchas preocupaciones esté en convertir nuestros sueños en objetivos haciendo una buena planificación y así daremos vida a nuestro futuro.



sábado, 21 de marzo de 2020

"Gatopardismo"


     Ahora pensaba que hay que romper ya, de manera ineludible, con el «gatopardismo», que a veces se denomina «Efecto Lampedusa». Con esta palabra se pone de manifiesto la actitud de “cambiar todo para que las cosas sigan iguales", tal como lo proclama ─muy a menudo─ el personaje de la novela de Giuseppe Tomasi de Lampedusa (1896-1957) «El Gatopardo». Esto lo dice siempre cuando hace referencia a las confabulaciones y pactos (más, o menos, espurios) con sus adversarios políticos.
     Realmente el «gatopardismo» es la filosofía de quienes piensan que es preciso que algo cambie para que todo siga igual. Este «gatopardismo» consiste en hacer las cosas de modo que algo se mueva, o cambie, con la fraudulenta intención que todo lo demás permanezca absolutamente inalterado en la organización social. Todo se basa en la apariencia, en hacer reformas meramente de envoltura, de fachada. Se trata de hacer reformas superficiales, demagógicas o, incluso, de espectáculo, que únicamente pretenden mantener inamovibles los beneficios y privilegios económicos y sociales que los caciques de esas transformaciones, los «gatopardistas», ambicionan.


viernes, 20 de marzo de 2020

Receta para confinados


     Estos días son propicios para experimentar un poco en la cocina y hacer algo diferente, aunque mi especialidad es el arroz y mis tentativas siempre van en esa dirección. Comenté en el artículo anterior que Kimura había vuelto y que le ha cogido el asunto del confinamiento por el "coronavirus" aquí en casa, así que hay que cocinar a diario para tres. Un día le toca a mi esposa ejercer en la cocina y otro día me toca a mí, Kimura ayuda haciéndonos compañia en la cocina y repite que se lamenta por no poder hacer nada debido a que no conoce los productos de nuestra cocina.
     Hoy, mientras yo preparaba algunas cosas, Kimura bebía con placer una copa de vino de Jumilla, le encanta y siempre suele ocuparse de que haya alguna botella a mano.
     ─¿Vas a improvisar? ─preguntó.
     ─Sí, ya sabes que siempre lo hago, es un gusto introducir algunos toques, algunas modificaciones y ver qué sucede. Aunque juego con la seguridad de que saldrá bien ─añadí sonriendo.
     Kimura se acercó y abrió el frigorífico:
     ─No sé, no sé... Aquí veo unas morcillas, ¿con eso puedes hacer algo?
     ─¡Hombre, claro! ¡Un arroz con morcilla! ─contesté rápido. Y lo voy a preparar en poco tiempo. ¡Vamos a ver!
     Fui a ponerme la mano en la cabeza en actitud pensativa pero rápidamente desistí al acordarme del “coronavirus”. Después le dije:
     ─Saca esas, morcillas, un trozo de cebolla y un pimiento verde del cajón de las verduras y mira en la despensa a ver si hay caldo de pollo en tetrabrick.
     Afirmó con la cabeza y lo puso todo encima de la mesa, así como la cebolla y el pimiento.
     ─¡Ah! Y ahora ajo, tres o cuatro dientes. Un poquito de pimentón de la Vera y algo de pimienta y sal. ¡Claro, y el arroz!
     ─¿Con esas cosas nada más? ─pregunto Kimura extrañado.
     ─¡Y sobra! ¡Ya verás!
     Encargué a Kimura cortar la cebolla muy finita y el ajo también, mientras puse un chorro, no demasiado, de buen aceite en la sartén y comencé a calentarlo.
     ─Voy primero a dorar la cebolla y el ajo y tú puedes cortar el pimiento en trozos de un centímetro cuadrado o algo mayores.
     Comenzó a reír y dijo:
     ─¿Necesito una regla o un calibre?
     No hice caso de su broma y seguí moviendo el sofrito. Cuando ya estaba a punto incorporé los trocitos de pimiento verde.
     ─Ahora cortaré yo las morcillas en rodajas de un centímetro y medio.
     Corté las morcillas y después, con sal y pimienta lo eché todo a la sartén. Olía ya de maravilla, cosa que no le pasó desapercibida a Kimura. Sumé el arroz a todo, lo deje sofreír un par de minutos, puse el pimentón.
     Me avisó Kimura de que el horno ya estaba caliente a los 200º previstos. El caldo también estaba caliente en una olla aparte.
     Mi amigo ayudó a volcarlo todo cuidadosamente sobre un recipiente de cristal resistente al fuego del horno, dejando un poco de caldo en reserva.
     Lo metimos en el horno durante media hora. Ahora tomamos otra copa para esperar la media hora preceptiva.
     ¿Cómo salió? ¿Queréis saberlo?
     ¡Espectacular! ¡Riquísimo!
     Tuvimos que descorchar otra botella de Jumilla... 


jueves, 19 de marzo de 2020

Recordando al pez dorado

     Este pequeño cuento dedicado a mis nietos lo escribí en 2013, formaba parte de mi segundo libro publicado: «Cuentos, relatos y extravagancias», una colección de relatos, a la que tengo enorme cariño, complementado con una novelita corta. Creo que todo forma parte de la propia biografía, así lo creía el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro: «Pienso a menudo que así como la literatura de algún autor es la hechura de su propia vida, así también la vida de un autor es lo que uno escribe».


EL PEZ DORADO
    Un país, al norte. Aquel día era frío, desapacible, lleno de nubarrones negros que soltaban lluvia. El mar estaba muy agitado, las olas chocaban y saltaban sobre el muelle, los barquitos que estaban amarrados se movían de arriba y abajo como si estuvieran nerviosos, también había truenos y relámpagos que cruzaban de vez en cuando el cielo oscuro. El viento movía las copas de los árboles y levantaba todas las hojas de las plantas del parque.
     No había gente en la calle, el pueblito parecía dormido y a merced de los elementos. De pronto una gran ola se levantó a lo lejos y vino en dirección al muelle, los pocos que la vieron se asustaron mucho, en poco segundos aquella ola se arrojó sobre el pueblo y de ella salió un enorme pez dorado que se lanzó sobre la plaza. Allí se estrelló contra la esquina, rompió el muro, los ladrillos saltaron por todas partes, y atravesó hasta la otra calle quedándose encajado.
     No sabe nadie si fue mucho después pero el tiempo se calmó y un sol débil hizo unos guiños queriendo salir. Algunos habitantes ─con temor e inseguridad─ se atrevieron a asomarse a puertas y ventanas. En pocos minutos la gente llenó la esquina viendo el pez que la cruzaba.
     El gran pez hacía raras muecas que parecían risas y todo el mundo se contagió y empezaron a reír también.
     ¿Sabéis por qué reía el enorme pez dorado?... Pues porque un niño que estaba en la habitación que había destrozado le hacía cosquillas en su lomo derecho.
     Los niños gritaban y los movimientos del pez se hacían más lentos, su risa iba más despacio... Quedó parado.
     Su color cambió, se convirtió en piedra de oro que brillaba cuando le daban los rayos del suave sol.
     Allí quedó, adornando la esquina para siempre...

miércoles, 11 de marzo de 2020

Me apena la palabra


     El lenguaje actual nos obliga a un continuo “entender entre líneas”. Debemos ir en pos de significados ocultos, casi esotéricos. En el mensaje que se recibe hay que presuponer que siempre debe transportar alguna falacia, alguna mentira o en el mejor de los casos un falso halago o también, quizás, algún tipo de provocación.
     ¿Nos encontramos al borde de una extraña revolución en la que las ideas de verdad o mentira no sirven de puntos de apoyo o referencia? Ahora el éxito ahora está vinculado solo al dominio de lo práctico, a los objetivos y logros, a tratar de conducir a personas y sucesos en paralelo de tácticas planificadas.  El materialismo anormal ha conseguido someter al lenguaje común a la obscenidad y a la desvergüenza más descaradas pero, sin embargo, no se ha reflejado en una mejora sustancial en las relaciones humanas.  
     Vemos con dolor como las palabras cada día van perdiendo más y más su directa significación. Parece ser que lo importante, en el acontecer cotidiano de las relaciones humanas, no es lo que expresan los interlocutores en una conversación, sino lo que les conviene decir.
     Es como si se estuviera gestando una nueva forma, espuria, de comunicación. Las palabras ya no son esos hermosos vehículos que trasmiten emociones, deseos, razonamientos, conocimientos... Las palabras son ya sólo instrumentos al servicio de determinadas intenciones. Estas palabras, convertidas en herramientas, se mezclan, se disuelven unas en otras, para que generen ciertas reacciones que a alguien convienen. Las frases ya no tiene significado por si mismas, su sentido literal es algo vacío, despreciable, su valor pasa a ser subliminal, lo importante es su mensaje implícito, y este mensaje lleva, casi siempre, un detonador para producir un efecto preconcebido en el que escucha. La trasmisión pierde fatalmente frente a la manipulación.
     Parece que la humanidad repite posición y se encuentra otra vez en una ya conocida encrucijada: ¿Importa el hombre o el progreso material a cualquier precio?


martes, 10 de marzo de 2020

Temor y apocalipsis


     Esta mañana mientras desayunábamos y después de echar un vistazo a los periódicos Kimura decía:
     ─Desde luego es muy claro que el comportamiento humano y su postura ante la vida está sujeta, en gran medida, a los miedos que salen de nuestro interior y que van desde un simple susto por un ruido inesperado hasta la alarma desatada, el miedo y el terror. ¿No te parece?
     Por supuesto que se refería al asunto del día: al "coronavirus".
     ─Sí. Creo que habría que partir de la base que un miedo, un temor sensato y controlado es una cosa que nos beneficia, nos ayuda a preservar la vida y también de otras maneras: nos hace más prudentes y cuidadosos. El problema son los excesos, como en todo.
     Kimura, asintió con la cabeza y respondió:
     ─En el Oriente utilizamos mucho una frase muy breve y muy budista, que dice: «Quien posee, teme».
     ─Muy cierto, esa es una fragilidad humana muy habitual en las personas y que, en distinta escala, es común a todos los hombres. Es verdad: «Quien posee, teme».
     Nos quedamos un rato pensativos, tomando el café para que no se nos enfriara con la charla y luego Kimura prosiguió diciendo:
     ─Lo verdaderamente preocupante es el temor que podríamos llamar irracional o también imaginario. Se trata de ese miedo que de alguna manera favorece a que las desventuras y desgracias ficticias a las que uno teme se conviertan en realidad. ¡Ah! ¡Y también están las fobias!
     ─Sí, las fobias merecen un capítulo aparte. Pero el núcleo de la cuestión está en saber enfrentarse a los miedos, ¿no?
     ─Es así, la base de todo temor está en lo que se ignora, en lo que se desconoce. Conocer es la mejor manera de enfrentarse al miedo, sin duda. Es un poco la acción de lo positivo contra lo negativo.
     Ya estábamos terminado de desayunar, escuchábamos las últimas noticias que no eran demasiado optimistas, nuestras caras denotaban alguna preocupación. Kimura se levantó de la mesa diciendo:
     ─Creo que es algo indiscutible que la conducta de los seres humanos está continuamente impulsada por el miedo y la ignorancia, pero es esperanzador saber que esa conducta también puede ser inspirada por el conocimiento, la estima y el amor...


viernes, 6 de marzo de 2020

Cuestión de farsantes


     Kimura es imprevisible, nunca sabemos cuándo se marcha ni cuándo viene otra vez. Hace un poco más de tres semanas, se levantó muy temprano con su pequeño equipaje ya hecho y dijo que regresaba a Japón, quería dar un vistazo a su tierra y ver cómo iban por allí las cosas, ver “in situ” cómo iba la cuestión del “coronavirus”. También quería visitar a alguien de su familia. Lo cierto es que está aquí de nuevo; para él, ir a cualquier parte del mundo es un juego de niños. Es un tipo excelente al que le tenemos muchísimo aprecio y no nos importa el tiempo que se quede con nosotros, no da ninguna lata y lo pasamos muy bien con él, realmente ─incluso─ es de una gran ayuda en muchas cosas. A nosotros nos recuerda siempre ─y a veces lo comentamos con él─ al personaje de la novela cumbre de Giovanni Papini, a «Gog», pero en bueno. Papini retrata a Gog como a un multimillonario hawaiano cansado de los negocios y que decide gastar  su dinero ─y su tiempo─ entrevistándose con grandes hombres de su época. Pero, repito, Gog es un sujeto bastante indeseable, un cínico, un hipócrita al que la humanidad le importa un bledo. Sin embargo, Kimura es, todo lo contrario, tremendamente humano, muy preocupado por todo lo que afecta al hombre de cualquier lugar del mundo; eso sí, viaja continuamente y tiene amigos por todos sitios.
     En casa no nos sorprendió su regreso, es algo a lo que estamos acostumbrados. Viene y va como una pelusa de tamo. Primero contó algunas cosas de sus pocos familiares y del “coronavirus” en Japón. Dijo que allí aumentarían las restricciones para contener la propagación y también que el Gobierno japonés ha anunciado que pondrá en cuarentena a los viajeros que procedan de China y Corea del Sur antes de autorizar su entrada.
     Después comentó con suavidad oriental:
     ─¿No crees que en España abusáis un poco de la palabra “democracia”?
     ─¿Por qué lo preguntas? ─le respondí preguntando.
     ─Porque veo que la empleáis para todo. Es como un apéndice que colocáis después de cualquier palabra, una especie de epíteto para reforzar un significado.
     ─¿Pones algún ejemplo? ─le inquirí para aclararme.
     ─Sí, hay muchos. Habláis de “normalidad democrática”, de “enfrentamiento democrático”, de “juego democrático”, de “carácter democrático”... Le ponéis la palabra a todo, lo hacéis como forma de validar o reforzar cualquier argumento. En realidad se trata de una manipulación del lenguaje, ¿no?
     Quedé un poco pensativo y después le dije:
     ─Creo que tienes razón, aunque es un asunto de cierta complejidad. Cierto que es un abuso de la palabra, y del concepto, que conduce muchas veces a frases incongruentes, pero es una estratagema que usan los políticos y que aprenden en esos escondidos y secretos cursos de oratoria que les imparten en sus partidos.
     Miró con un asomo de perplejidad y preguntó:
     ─¡¿Cómo?!
     ─En realidad se trata de un truco simple. Si alguien desliza la palabra “democracia” al lado de algo, aunque no pegue ni con cola, ya se sitúa en una posición de privilegio en la partida dialéctica. Y, así, el adversario corre el peligro de quedar en una posición “anti-democrática”, ¿comprendes?
     ─Sí, creo que sí. Parece que quieres decir que si tú añades la palabra “democrático”, o “democrática”, a un concepto, ya pones a tu interlocutor en una postura inestable, pues podría ser tachado de antidemocrático, ¿no?
     ─Exactamente, eso es. Se trata de un ardid para desestabilizar los argumentos del contrario. O sea, si yo me adjudico un “talante democrático” en una discusión y tú estás en contra de mis razones, sutilmente te estoy llevando a un terreno en el que podrías ser calificado de antidemocrático. ¿Lo ves?
     Kimura, dijo:
     ─Entonces se trata de una cuestión de farsantes, ¿no?
     No tenía ya muchas ganas de hablar de esto y le respondí escuetamente:
     ─Cierto, sí,... de farsantes...


lunes, 2 de marzo de 2020

Vienen cambios


     Lo de que se trata de una “Revolución” me parece algo muy evidente y claro, pues dando un vistazo a la historia de nuestro mundo observamos que todo cambio social ha ido aparejado a una revolución.
     En Europa tuvimos un brote epidémico muy cruel y mortífero, la peste bubónica, en el período final de la Edad Media, 1347 y años siguientes, mató a un tercio de la población humana, incluso, algunos autores dicen que la cifra de unos veinticinco millones de personas fallecidas es escasa. De acuerdo con los conocimientos de ahora, la pandemia de la ‘peste negra’ salió en primer lugar en Asia, para después llegar a Europa por las rutas comerciales. Bastantes historiadores argumentan que como consecuencia de ella la sociedad se hizo más violenta, hubo una evidente disminución de la calidad de vida, aumentaron las guerras, los crímenes y las revueltas populares. También creció la presencia de flagelantes que se azotaban en público como acto de penitencia y confundían a la población y la atemorizaban más, si cabe; y hubo toda clase de persecuciones.
     Se trató realmente de una “Revolución” con todas las de la ley. Y hay que añadir ─por si aún no estamos convencidos─ que el enorme descenso de población conllevó trastornos económicos por la gran movilidad social que se produjo, llevando muchas zonas a la despoblación. La peste provocó una caída considerable del área cultivada en Europa, lo que hizo perder mucha de su producción agraria.
     Se produjo una escasez de mano de obra barata que generó un gran impulso para la innovación que, lógicamente, contribuyó al fin de la Edad Media. Algunos creen que, incluso, fue la pandemia la que provocó la llegada del “Renacimiento”. Tengamos en cuenta que la peste se repitió en una serie de avalanchas hasta el 1490.
     Las preguntas que ahora nos podemos hacer son un sinfín de ellas, pero quizás las primeras sean: ¿Qué revolución social, política y económica nos trae el "coronavirus"? ¿Hacia dónde nos conducirá esta nueva revolución? ¿Quiénes saldrán beneficiados de este caos?...
     Bueno,... tampoco hay que estar demasiado desazonados, una revolución no es más que un pensamiento que se pone en marcha y eso lleva su tiempo...


sábado, 29 de febrero de 2020

La verdad aún se lleva


     Desde luego, y vaya por delante, no estoy capacitado para contribuir en nada al tema de la ‘verdad’ que ha ocupado a grandes pensadores de todos los tiempos. Mi reflexión parte de la creencia ─particular, sin duda─ de que la verdad no es hoy un valor en alza, en estos tiempos de tanto posmodernismo parece que la verdad, o las verdades, quedan reducidas a meros convencionalismos.
     Estos predican que la verdad carece de sentido porque lo que existe realmente son lo que ellos denominan ‘constructos sociales’. Cierto es que tampoco veo muy claro esto del “constructo”. Dicen (los “entendidos”) que esto es una entidad que resulta de un sistema creado por los integrantes de una sociedad. Y que los inmersos en dicho ‘constructo’ se comportan como si tal ente existiera, asumiendo determinadas reglas convencionales; de ahí ha surgido el “constructivismo social” que se dedica analizar y estudiar los constructos sociales. O sea, la verdad no existe, pero hay una mayoría que acepta unas reglas y que se comporta como si la verdad tuviese existencia real, ¿voy bien así?
     Incluso algunos de estos posmodernos han llegado a afirmar que las ciencias no tienen por objeto buscar verdades, sino que los que los científicos hacen es conversar y negociar (¿enredar?) mediante lenguajes de símbolos. En mi humilde pensamiento, esta gente tiene una falta de coherencia que asusta. ¿Acaso ellos no van al médico si enferman? ¿No existe la enfermedad? ¿No existe el coronavirus? ¿El coronavirus es un “constructo social”?
     Yendo un poco más allá pienso que tampoco les valen los códigos éticos o morales, si no hay verdad, no hay verdad ética, ni de ninguna clase, como por ejemplo: “la mentira es mala” o el “engaño agrede a quien se engaña” o “la dignidad es necesaria”. ¿De verdad hay alguien que se considere bien de la cabeza y que piense así?
     Mario Bunge decía que la vida normal de hoy exige un rico muestrario de verdades de toda clase y tipo. Y añadía que los posmodernos, que niegan la verdad, sobreviven sólo porque hay otros que trabajan por ellos.
     Creo ─y afortunadamente aún somos muchos los que pensamos así─ que la VERDAD siempre es deseable y que es absolutamente necesaria en todos los aspectos de nuestra existencia, a pesar de modas pasajeras y elucubraciones de “progres” y asimilados.


miércoles, 26 de febrero de 2020

Ni sabe ni quiere saber...


     Se han escrito bastantes libros y artículos sobre los ‘pecados’ de los españoles, quizás uno de los más conocidos sea “El español y los siete pecados capitales” de Fernando Díaz-Plaja que, quizás, algunos de ustedes hayan leído. Pero hay otros, incluso uno que viene del siglo XVI, se trata del titulado: “Agonía del tránsito de la muerte con los avisos y consuelos que cerca de ella son provechosos”, (Toledo, 1537). Este libro lo escribió el castellano Alejo Venegas de Busto, que fue un escritor y humanista español del Renacimiento. En su libro definía los pecados específicos de los españoles de entonces. Es posible que nuestros yerros de hoy no sean exactamente los mismos que los de esa época aunque es muy probable que de ahí procedan.
     Venegas de Busto decía:
     «El primero [de los pecados] es el exceso de los trajes, cuales por exceder extraordinariamente al caudal ordinario de la renta o hacienda, engendran ordinarias trapazas y pleitos, por cuya causa están las ciudades afianzadas; y ese poco de la hacienda que había de andar como en rueda del mantenimiento de casa, se va en las audiencias.»
     Después añadía:
     «El segundo vicio es que en sola España se tiene por deshonra el oficio mecánico, por cuya causa hay abundancia de holgazanes y malas mujeres, demás de los vicios que a la ociosidad acompañan [...]. Los cuales si no tuviesen por deshonra el oficio de mecánico, allende que represarían el dinero en su tierra que para comprar las industrias de las otras naciones se saca, excusarían muchos pecados, que ordinariamente suelen nacer de la ociosidad.»
     El tercero lo expresaba así:
     «El tercer vicio nace de las alcurnias de los linajes, el cual, aunque parece común con las otras naciones, en esto es propio de España que se da por afrenta la novedad de familia [...].»
     Y luego:
     «El cuarto vicio es que la gente española ni sabe ni quiere saber [...].»

     Para el escritor toledano los cuatro anteriores eran ‘pecados’ específicos, propios de los españoles, a los que había que añadir todos aquellos que afectan al resto de la humanidad:
     «De estos cuatro vicios tienta el diablo al cristiano español, demás de los otros que son generales a todos los hombres.»
     Posiblemente sin tener noción clara de ello, Alejo Venegas caracterizó las actitudes mentales que seguro que contribuyeron a que España no participase en la revolución industrial: una tendencia al consumo desaforado, el prejuicio social basado en un origen sin mancha y el desdén hacia las actividades productivas, hacia la ciencia y la técnica.
     Indudablemente, y desde mi punto de vista, el cuarto “vicio” es el peor, el más relevante, porque la ignorancia y el desprecio del saber y de la ciencia, explicarían perfectamente como España se empezó a quedar atrás en todo a partir del siglo XVII y a separarse de la evolución de la Europa de entonces.
     Posiblemente de los tres primeros ‘pecados’ aún queden algunas secuelas, pero el que sigue siendo nuestro tormento es el cuarto: «El cuarto vicio es que la gente española ni sabe ni quiere saber [...].»

martes, 25 de febrero de 2020

El germen del diablo y un poco de sensatez


     Sorprende la cantidad de cosas que se están propagando respecto al coronavirus o 2019-nCoV. Algunas son de lo más insólito, hoy leía que se había difundido por ahí que la orina infantil podía proteger frente al coronavirus, aunque cualquiera ─medianamente informado─ sabe que la orina no elimina los virus ni las bacterias. E incluso, la orina, a veces contiene algunas cantidades de material vírico o bacteriano.
     Otro de los asombrosos rumores es el de que el frío y la nieve pueden matar al 2019-nCoV, cuando casi todo el mundo está enterado de que la temperatura del cuerpo se mantiene alrededor 36,5° y 37°, con independencia de la temperatura exterior o de las condiciones meteorológicas. Es evidente que, por lo tanto, no hay razón para creer que el frío pueda “espantar” al coronavirus. También algunos desaprensivos están extendiendo que la cocaína puede proteger —de alguna extraña manera— del virus. Otro de los engaños que han circulado es que el coronavirus puede llegar hasta casi diez metros de distancia de una persona que tose o estornuda, cuando la realidad es que las denominadas gotículas respiratorias llegan, como mucho, hasta un metro de distancia de un sujeto que estornuda o tose.
     Alguien me decía esta mañana que con seguridad plena lo más eficaz es rociar todo el cuerpo con alcohol o cloro. Está claro que aunque nos duchemos en alcohol eso no puede servir para terminar con los virus que ya hayan entrado en el organismo. Aunque no deja de ser cierto que el alcohol ─al igual que el cloro─ pueden ser de gran eficacia para desinfectar las superficies sobre las que se hayan podido asentar algún bicho de esos.
     Sin duda la mejor medida, aunque no es la única, es  limpiarse las manos a menudo con un gel especial desinfectante o con agua y jabón simplemente.
     Es cierto que existen aún muchas incógnitas, pero —no lo duden─ que se irán despejando los próximos días. Por ejemplo, todavía no hay datos claros sobre la población de riesgo; si bien es cierto que la mayoría de las muertes han sido de personas mayores de 65 años y que ya tenían alguna otra enfermedad o condición crónica.
     Tampoco se sabe procedente de qué animal saltó a los humanos.
     Por el momento parece que los datos confirman una tasa de mortalidad alrededor del 2% y esto quiere decir que por cada 100 casos confirmados, mueren dos personas, aunque realmente todavía es pronto para dar una cifra con absoluta seguridad. El peligro está en que esta tasa de mortalidad podría incrementarse si el virus muta a otra variedad, y eso sí que es una gran y peligrosa incógnita.
     En fin... introducir en la lucha contra este germen del diablo un poco de sensatez y raciocinio no nos vendrá nada mal...