lunes, 15 de junio de 2020

El retrato


     Sabemos que un retrato es una pintura principalmente de una persona. También se entiende por retrato la descripción de la figura o carácter, es decir, de las cualidades físicas o morales de una persona. En la composición de un retrato domina la cara y su expresión y en él se intenta mostrar la identidad, la personalidad e incluso el estado de ánimo de la persona. Por lo tanto, también ─en una primera aproximación─ él se refiere a la expresión plástica de una persona a imitación de la misma, lo que ocurre en la pintura, la escultura y la fotografía. 
     Siempre ha habido detractores del retrato que lo han considerado un ‘arte menor’ dentro de la pintura, argumentando que limita las posibilidades creativas del artista, al exigir el parecido con el sujeto del natural: quizá por eso algunos artistas se negaron a practicar el retrato como, por ejemplo, Miguel Ángel. En realidad, el retrato no es una mera reproducción mecánica de los rasgos tal como pueda ser una mascara de cera modelada sobre el rostro o una simple fotografía, sino que entra en juego ─para definirse como tal─ la sensibilidad del artista, que interpreta los rasgos según su propia visión, y también la técnica y el estilo del arte de la época en la que se encuentra.
     En en el siguiente 'blog' pueden ver retratos de maestros españoles en este género. Accedan al mismo pulsando sobre la ilustración.


Pulsiones atávicas


     Aún recuerdo ─y quizás ustedes también─ aquella primera película, de 1973, titulada "El Exorcista" a la que siguió toda una saga. Estaba basada en una novela de W. P. Blatty que narraba un exorcismo real que había tenido lugar en Washington en 1949. Regan se llamaba la niña de doce años que víctima de una posesión diabólica era capaz de manifestar una fuerza sobrehumana. No olvido la impresión que me causaron aquellas terribles convulsiones, el cuerpo retorcido y doblado en lo imposible. Aún me conturba aquella cara tortuosa con ojos tenebrosos y salientes.
     A veces pienso que algo parecido les pasa a esos políticos que, por un precipitado reciclaje, no han asimilado aún las ideas básicas de la democracia y les suena lejano y extraño que la esencia de la misma sea el control y la limitación del poder político y del gobierno. Los veo contorsionarse, excretar babas, arrugarse sobre sí mismos y lanzar rojos rayos por los ojos cuando perciben alguna disconformidad o crítica a su labor por parte de la ciudadanía.
     A menudo escuchamos a políticos que en diversos medios  expresan sus ideas en torno a limitar la libertad de expresión y volver a implantar algún tipo de censura periodística.  Y es también cierto, que muchos suelen desdecirse unas horas más tarde y niegan ─sin el menor rubor─ que en algún momento hayan preconizado la censura de los medios de comunicación. Para tratar de remediar la pulsión atávica autoritaria, intentan paliar el impacto de sus palabras diciendo que lo que habían querido decir con “poner límites” a los medios no era nada que tuviese que ver con restablecer la censura. Aquí, en España, hay otros imponen por decreto unas singulares interpretaciones de las leyes. Y tanto ─en un caso como en otro─ las explicaciones que dan sirven de poco.
     Decididamente hay políticos ─los vemos a diario; por acá, y por allá─ que dicen y pregonan defender las libertades, cosa que quizás hacen cuando el viento les sopla a favor, pero se revuelven y contorsionan, como la niña de «El Exorcista», cuando alguien tiene el atrevimiento de dudar de la eficacia de sus trabajos o ponerle "peros" a las pretendidas bondades de su acción política; enseguida les rebosan sus impulsos atávicos.
Ignacio Pérez Blanquer


Arthur C. Danto: el arte de la crítica



     Arthur C. Danto ha alcanzado notoriedad por su trabajo en "Estética Filosófica", aunque ha incursionado en otras áreas. Es considerado el filósofo analítico más importante en temas de estética. Es crítico de arte de "The Nation", y también ha publicado numerosos artículos en otros diarios. Además, es editor en el prestigioso "Journal oh Philosophy". Danto es autor de numerosos libros de arte y filosofía traducidos en su mayoría a muchos idiomas. Parte de la celebridad alcanzada está basada en su tesis sobre una supuesta "muerte del arte" en el horizonte contemporáneo de la cultura. Danto nació en Ann Arbor, Michigan, en 1924, y creció en Detroit, estudió arte e historia en la Wayne State University para luego seguir estudios de graduación en filosofía, en la Universidad de Columbia, en la que enseña desde 1951 y en donde actualmente es «Profesor Johnsonian Emérito de Filosofía».

Performance art

     El arte del siglo XX también se nutrió de una extensa terminología para, con ella, intentar describir los movimientos, periodos, tendencias y estilos que se estaban originando. El término «Performance» se difundió en las artes plásticas a partir de la locución: «Performance art» con la que se quería expresar la idea de "arte vivo".



     Se podría decir que una «Performance» es una muestra escénica que realiza un individuo, o varios, en un lugar determinado y durante un espacio de tiempo concreto, en la que se trata de provocar o sorprender al improvisado público.



     La «Performance»a la que también podríamos denominar "acción artística", puede tener lugar en cualquier sitio, comenzar en cualquier instante y tener una duración indeterminada.


     La «Performance» siempre intenta, de una u otra forma, asombrar al público ya sea sea a tenor de su temática o de a tenor de su peculiar sentido estético.


     Como la «Performance» se realiza y produce en vivo y existe mientras el artista genera su propuesta. Esto supone una clara diferencia respecto a una exposición convencional.


     A veces lo interesante de una «Performance» no es el propio contenido sino el sitio en donde tiene lugar. Hay artistas que las desarrollan en la calle y otros en una estación de Metro o en un supermercado.


     Una «Performance» es realidad cualquier situación escénica que involucre cuatro elementos básicos: tiempo, espacio, el cuerpo del artista y una relación entre este y el público. El «Performance art» se opone a la pintura o la escultura, ya que no es el objeto sino el sujeto el elemento nuclear del hecho artístico.

domingo, 14 de junio de 2020

El reto de los libros influyentes


     Por supuesto que ayer acepté el reto, de mi amiga Inmaculada Moreno, de poner aquí algunos de los libros que me han influido a lo largo de mis años de lector empedernido. Creo que son más de diez, e incluso aunque elija diez solamente, sé que son muchos más. También he de considerar que el influjo de estos libros es variado, los de algunos son emocionales, los de otros son estéticos, los hay también ─y son bastantes─ de carácter profesional (la ciencia es un gran motor). Y también los hay divertidos, de contenido ideológico, de historia y arte... Muchos, realmente, muchos. Y todos ellos han ido dejando alguna secuela. Desde luego hay algo que será muy difícil y es poner un orden de prelación, considero que ─para mí─ eso es imposible. Además, también hay dependencia de los momentos y circunstancias en los que los libros han sido leídos.
     Ayer, en el muro de Inmaculada, cite dos libros importantes, uno es de Jorge Luis Borges, "Inquisiciones - Otras Inquisiciones" y "La civilización del espectáculo" de Vargas Llosa. Aquí quiero citar hoy uno ─muy determinante─ que leí cuando era joven y que volví a leer pasados muchos años: "La montaña mágica" de Thomas Mann. Probablemente una de las obras más grandes de toda la literatura del siglo XX. Una de las grandes obras maestras de la literatura universal, un retrato de la Europa de principios del pasado siglo y, al mismo tiempo, una profunda reflexión acerca de la condición humana, del tiempo, de los cambios, de la tolerancia, de la estupidez y de la inteligencia y del alma también. Me parece que fue Mario Vargas Llosa el que dijo: «Puede que la vida de un lector se divida en dos: antes y después de haber leído "La montaña mágica", de Thomas Mann». Y lo creo.



Dar barzones


     Esta semana el c.e. ha sido pródigo en nuevas palabras, ha estado cargado de esos pequeños regalos. Hay uno de esos correos que me ha llamado mucho la atención pues el lector me envía un ramillete de vocablos relativos al tipo de habla de muchos políticos que muestran una llamativa destreza para hablar y hablar sin decir nada.  Citaré dos de ellas que me han interesado y que desconocía, son: "filatería" y "vanilocuencia".  La primera se refiere a esa verborrea insistente de la que hacen uso los charlatanes para engañar y persuadir; la segunda, "vanilocuencia", es el término que define aquel cúmulo de palabras insustanciales y vanas que tienen el propósito embaucar.  Es curioso observar que si viésemos la palabra "filatería" aislada y fuera de un contexto sería muy complicado adivinar su significado, cosa que no sucede en el caso del vocablo "vanilocuencia" que inmediatamente podríamos relacionar con el par: vana-elocuencia.



     Aunque realmente tenía ─para hoy─ el propósito de comentar una expresión coloquial que ya hace mucho tiempo que no oigo, se trata de: "dar barzones". Recuerdo que hace años era de frecuente utilización y que ahora está casi totalmente perdida. El diccionario nos dice que es una locución verbal que señala la acción de pasear por pasear, como se hacía en aquellos entonces por la calle Larga y la calle Luna en el invierno o por el Parque Calderón en verano; paseos que seguramente algunos lectores bien recordarán. El diccionario sitúa su uso corriente en Andalucía y Extremadura e indica que la expresión puede hacerse con los verbos "echar" y "hacer" aunque siempre la escuché construida con el verbo "dar".

sábado, 13 de junio de 2020

Mis cacharros


     A nadie debe extrañar que un servidor sea un entusiasta de la tecnología, de los nuevos inventos, de la electrónica, de la informática, y un apasionado de los artilugios más insospechados. Lo llevo en mi profesión y también ─creo─ que está atado a la genética. Sé que mi abuelo paterno ─al que desgraciadamente no llegué a conocer─ era un adepto de la incipiente tecnología de sus tiempos, que iba únicamente un poco más allá de la radio de galena y de rudimentarios ingenios mecánicos.
     Desde hace unos días estoy enredando con «Alexa»; me chifla. Imagino que a todos vosotros ya os han llegado noticias de la existencia de esta maravilla de artefacto para casa.
     Básicamente «Alexa» es lo que se ha dado en llamar un “altavoz inteligente”, pero esa definición es incompleta, induce a error. Mejor habría que decir que se trata de un dispositivo electrónico, conectado a las redes de comunicación, que se controla principalmente por medio de la voz (aunque también se accede a sus potencialidades desde el móvil, tablet u ordenador).
     Le podemos pedir que ponga música de cualquier tipo que se nos antoje: noticias, cuentos, que nos narre algún suceso histórico, que consulte Wikipedia, o que nos despierte por la mañana con alguna rutina de acciones como unos sonidos para despertar seguidos de un saludo personal, una frase de ánimo, un parte meteorológico y un resumen de las noticias más destacadas habidas.
     Pero sus destrezas no paran ahí, «Alexa» puede controlar otros aparatos: luces, enchufes, alarmas, termostatos, cámaras... Puede llamar y comunicarse con otros usuarios que tengan este mismo cacharro. También se conecta con “Skype” o con el robot que nos barre y limpia el suelo de casa. Y mil cosas más que, sin duda, irán apareciendo día a día.
     Es sencillo de configurar y usar y tiene capacidad de aprendizaje. Su manejo no creo que suponga un gran problema para nadie. Aunque, lógicamente, exprimir todas sus posibilidades exigirá algún nivel de conocimiento tecnológico. No obstante, siempre se puede echar mano del amigo entendido o de un joven vecino adicto a los aparatejos de cualquier índole. Y debo añadir que para una época de confinamiento, tipo “coronavirus”, es un acompañante que no tiene precio.
     Ahora, sin más, voy a pedirle a «Alexa» que ponga unas “sevillanas” para compensar la Feria perdida de este 2020…
     ¿O una marcha procesional?


viernes, 12 de junio de 2020

De huracanes


     Quería desayunar pronto y regresar a casa antes de que apretase el calor. Lo habían anunciado: no tomar el sol directamente, beber agua y esas recomendaciones que suelen repetir incansablemente y que nadie escucha. Dando el último sorbo al café llegó mi amigo; no sé si me dio los buenos días, pero con amplia sonrisa me espetó:
     ─Supongo que habrás escrito ya el segundo relato sobre el tiempo, ¿no? El primero fue demasiado breve, ¿no te parece? Y me dejaste alguna pregunta por responder ─añadió.
     Hice algunos dobleces en el papel aceitado de los pocos churros que me había tomado y le dije despacio:
     ─Sí, lo sé. El clima, el tiempo y la meteorología, ¿era eso?
     ─Sí, sí, pero me gustaría que hablaras algo de los huracanes, el otro día vi una película sobre unos tíos americanos que se llaman “cazadores de huracanes” que me dejó impresionado. Estos fulanos son, por lo visto, especialistas en seguir a los huracanes y hacer fotografías y películas del desastre que van dejando allá por donde pasan.
     ─Me parece que te refieres a los llamados “cazadores de tormentas” que van en busca de los tornados. Los tornados suelen ser muy espectaculares, aunque no están exentos, también, de peligro. Pero hay que tener en cuenta que los tornados y los huracanes son fenómenos atmosféricos diferentes. En otra ocasión hablaremos de ellos.
     ─Oye, ¿un huracán se puede controlar de algún modo?



     Enseñándole las palmas de mis dos manos gesticulé queriendo indicarle que me diera unos segundos de respiro, que parara un poco.
     ─¿Controlar artificialmente? No, eso no es posible; podemos prever su trayectoria, pero es imposible detenerlo, y tampoco desviarlo. Un huracán desarrolla energías de muchos megatones, como de varias bombas atómicas. Lo que sí se puede hacer, y se hace, es observarlo en cada instante y ver su evolución con barcos, aviones, satélites y así tener informada a la gente para que tome las oportunas precauciones. Cuando el huracán se desencadena ya hay poco que hacer; rezar, tal vez.
     Mi amigo puso cara de muy interesado, y dijo:
     ─Normalmente se producen en América, ¿no?
     ─Desde luego hay zonas más proclives a los huracanes fuertes y peligrosos como América, en el Mar Caribe y en el Golfo de México, en Australia, en el Golfo de Bengala y en otros lugares de aguas calientes. Aparecen cuando la superficie de las aguas tiene una temperatura de 27 grados o más. Conforme vamos subiendo en el mapa las aguas son más frías y es muy raro que se puedan dar. Se sabe que la mayoría de los huracanes, que se acercan a la costa este americana, giran en redondo antes de llegar a ellas y acaban al norte del Océano Atlántico convertidos en tormentas convencionales.
     ─Hay un poco de lío con los nombres, ¿no? Tifones, ciclones…
     Asentí con la cabeza, añadiendo:
     ─Es cierto, proliferan los nombres según los lugares. Tifón se utiliza al oeste del Pacífico, baguio en Filipinas. Pero, básicamente, es el mismo fenómeno, o sea un viento con enorme velocidad, que se origina en los mares tropicales, que gira como un remolino y transportando una gran cantidad de humedad; y que, por supuesto, si se abate sobre zonas pobladas destruyen casi todo lo que encuentran a su paso.
     Mi curioso amigo siguió preguntando impertérrito:
     ─¿Qué es eso que se llama el “ojo del huracán”?
     El ojo del huracán es una zona, más o menos central, del fenómeno en donde se dan las condiciones meteorológicas más suaves de los ciclones tropicales fuertes. Suele ser aproximadamente circular y tener un diámetro que está entre los 30 y 65 kilómetros. En el ojo es donde la presión atmosférica es más baja, puede ser incluso un 15% inferior a la presión fuera de la tormenta. Digamos que es una zona de relativa calma. Pero está rodeado por un anillo de tormentas, que se llaman “convectivas” y que son terribles.
     ─¿Cómo son esas tormentas convectivas?



     Me quedé mirándolo fijo y dije:
     ─¿No querías saber, solamente, que eran el clima y el tiempo?
     Barboteó un poco contestando:
     ─Bueno… pero…
     ─Mira… El clima, definiéndolo de una manera sencilla, es lo que podríamos denominar el estado medio de la atmósfera en una región determinada. La Meteorología es simplemente la ciencia del tiempo atmosférico y estudia las relaciones físicas en la atmósfera terrestre.
     ─¿Y “el tiempo”?
     ─Solemos llamar tiempo al estado de la atmósfera en un sitio determinado y en un momento dado. Lo describimos mediante los llamados factores de tiempo que son la presión, la temperatura, el viento la humedad, etc. ─le contesté.
     Terminé diciéndole:
     ─Otro día seguiremos, ¿te parece bien?
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia


jueves, 11 de junio de 2020

Los dos chinos


     Me sorprendió un poco el sonido del timbre de la puerta; no esperaba a nadie a esa hora. Pensé que se trataría de alguna equivocación o que sería personal de la compañía de ascensores que no suele ser demasiado oportuno en su horario.
     Caminé el trozo del largo pasillo con la desidia propia de una tarde de calor con algo de viento, contenido, de Levante.
     Al abrir y ver a las dos personas que la puerta enmarcaba me brotaron ideas sobre nuestra era de globalización, posiblemente una de las características más acentuadas de este siglo XXI, en la que la avenencia con otros pueblos, la aproximación entre culturas y lenguas diferentes no es solo una disyuntiva deseable sino que se va convirtiendo en una necesidad real y perentoria.
     Los jóvenes, él y ella, de inequívocos rasgos orientales, muy correctos en su atuendo y maneras, me rogaron con exquisita cortesía que les concediera unos minutos de mi valioso ─dijeron─ tiempo. Sorprendido les contesté que aceptaba y les invité a pasar al salón-recibidor; no tenía ganas de resistir cualquier tipo de agresiva venta de pie y en la entrada.
     Les ofrecí asiento y café.
     Varias veces repitieron esa educada reverencia inclinando hacia adelante la cabeza y ligeramente el cuerpo, que suelen hacer al saludar a personas mayores, profesores universitarios o a personas de poder y poder y prestigio, en señal de respeto. Después del primer sorbo entraron en materia.
     ─En cierta manera somos unos minúsculos, e indignos, embajadores de nuestro país, China. Y queremos hablarle de nuestro idioma.


     No pude evitar poner cara de expectación y levanté las manos unos centímetros con las palmas hacia el frente en señal de espera y aceptación. Intervino la chica diciendo con un español de tono suave y fluido:
     ─Seguro que usted sabe que desde hace unos veinte años existe una demanda incesante de cursos de chino en Occidente. Se puede comprobar que desde la integración de nuestro país en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001 esta demanda ha crecido exponencialmente y cada día son más los habitantes del planeta que apuestan por aprender nuestra lengua.
     El joven chino aprovechó la pausa de su compañera y pidió permiso para enchufar un diminuto proyector de transparencias; también extrajo de su maletín una pantalla muy doblada que colocó encima de la mesa frente a mis asombrados ojos.
     Introdujo un cartucho minúsculo en el proyector y de inmediato aparecieron en pantalla atractivos y dinámicos colores. Se desplegaron ante mí un sinnúmero de incontestables argumentos. Me enteré que en ese idioma la gramática es casi inexistente, los verbos no presentan ninguna complicación, no hay diferencia entre los géneros y que el plural es muy sencillo, pero que a pesar de ello, es una lengua muy rica en el sentido lingüístico, en el cultural y, por supuesto, en el histórico.
     Me hablaron del "putonghua" (lengua corriente) y del "pinyin" como sistema oficial de escritura fácil para favorecer la alfabetización de toda la población china y acercarla a los extranjeros que quieran aprenderla. Lo de los "cuatro tonos" me interesó muchísimo.
     Compré el curso, sí.
     Ya se decir «Ni hao».

miércoles, 10 de junio de 2020

El 'advertidor' apocalíptico


     Me encanta pasear por el enorme patio y por el atrio de la cartuja, lo he hecho muchas veces. Allí se hace realidad eso del remanso de paz, se medita, piensa, y se calman las agitadas neuronas. Queda la mente a su libre albedrío, contemplando arrobado esa arquitectura. La portada tetrástila de Andrés de Ribera da la impresión de ser un arco del triunfo, con florones, ventanucos calados, escudos… Una espléndida muestra de obra de arte renacentista. Y la fachada de la iglesia, de un gótico tardío, que con las obras de 1667 se convierte en una especie de retablo barroco tallado en piedra, con frisos y pilastras, jarrones; con sus columnas corintias.
     Nunca he entrado dentro, no he tenido la oportunidad de hacerlo, ni tan siquiera he visto la iglesia, salvo en fotografías. Como en otras ocasiones tomé asiento en uno de los bancos de hierro del patio, el que está más cerca de la portada. El tiempo se congela allí; quizás había pasado bastante rato cuando un monje encapuchado, al que no le pude ver ningún rasgo de la cara, se acercó a mí.    
     ¿Qué hacía ese fraile allí? No hizo el menor gesto de saludo, se sentó echado hacia delante. Sentí asombro y miedo, quedé paralizado y fundido con el silencio de alrededor. Dudé entre quedarme allí un instante más o marcharme despacio y de puntillas.
     Cuando estaba decidido a irme me sorprendió su voz cavernosa:
     ─¡Vivimos en el núcleo candente de un tiempo de destrucción!
     Lo miré a hurtadillas, sus sandalias de fraile acumulaban polvo de mil caminos. Él prosiguió, planteando terribles interrogantes:
     ─¡¿Hemos perdido todas las esperanzas?! ¡¿Estamos en las tinieblas?! ¡¿Ha desaparecido el orden correcto de todas las cosas?! ─exclamó con roncos sonidos.
     El día era soleado, cálido, dirigí mi vista hacia la cartuja, al portalón del que había salido. ¿De dónde venía aquel monje? La Cartuja de Jerez estaba ocupada por las monjas de Belén desde 2002. No me atrevía a decir nada aunque el temor inicial se me había disipado. ¿Sería un loco?
      ─¡La ambición gana en todos los terrenos, la falsedad, el dinero y el egoísmo son valores supremos! No es posible resistirse; todo va a desaparecer ─dijo alzando el tono de su voz quebrada.
     Levanté mi cabeza un poco, poniendo la vista en el muro de enfrente, el que va paralelo a la carretera.
     ─¿Una especie de lento apocalipsis? ─me atreví a decirle.
     Tardó mucho en contestar. En realidad no esperaba, tampoco, ninguna respuesta. Un automóvil paró a la entrada, antes de la verja. Una pareja salió con lentitud, miraban la portada extasiados. Iban pertrechados de abundante material fotográfico.
      Aquel raro cenobita seguía hierático. Ahora habló más pausado:
       ─Todo acaba siempre, es un ciclo. Un círculo maldito: hambruna, guerras, sociedades destruidas, miles de refugiados buscando pan y techo. Es la época de los hombres sin fuerza, sin valor, es tiempo de los cobardes. El planeta muerto y caliente, apresado por el fuego.

     
     En la pequeña puerta, de uno de los batientes de la soberbia fachada renacentista, apareció una de las monjas de Belén ─monjas de Belén, de la Asunción de la Virgen, y de San Bruno─. A los pocos metros, sin ninguna duda, observé que se dirigía hacia nosotros con determinación.
     Le adornaba una bella sonrisa; era alta, lo noté bien cuando me levanté del duro banco para saludarla. Ojos azules y leve acento francés.
     ─¿Ve usted también al monje pesimista? ¿Le está molestando? ─preguntó sin dejar de sonreír.
     Moví un poco la cabeza encogiéndome de hombros y esforzándome en configurar una media sonrisa que no conseguí. La monja prosiguió comentando:
     ─Sale de vez en cuando por aquí, no sabemos de dónde viene, ni cómo aparece; incluso lo hemos visto deambulando por clausura. Le llamamos el ‘advertidor’ apocalíptico y ya estamos acostumbradas a él. Creemos que es un avisador, que refuerza y eleva la capacidad de nuestro optimismo y de nuestras esperanzas en un mundo mejor.
     Giré la vista a mí izquierda, el monje de la capucha grande había desaparecido.
     En su lugar, una voluta de humo negro se difuminaba rápido en el aire de aquella hermosa y primaveral mañana.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

martes, 9 de junio de 2020

El "gnosiar"


      Hace una semana un amigo me contó esta bella historia y la repito tal cual.
      Un rey en un lejano país de Oriente, muy preocupado por el desarrollo de su pequeña nación pidió consejo a todos los sabios del reino, ¿qué se podía hacer para que sus amados súbditos ganasen sabiduría y conocimiento a fuer de convertirse en una nación avanzada?
      Recibió a muchos sabios y también muchas recomendaciones, pero nadie le convenció demasiado. A los pocos días sus consejeros le instaron a que recibiese a un monje, un eremita que habitaba en unas lejanas montañas y que, en aquellos días, visitaba el reino por primera vez. No lo dudó, e inmediatamente ordenó que llevasen al sabio ermitaño ante él.
      Le hizo la misma pregunta que había planteado a los otros; el barbudo, enjuto, y descuidado monje respondió rápido.
      ─El “gnosiar”, majestad.
      ─¿El “gnosiar”? ─interrogó con asombro─. ¿Qué es eso?
      El apergaminado cenobita sonrió, y esperó unos breves instantes antes de dar la respuesta:
      ─Su reverencia debería crear una moneda nueva, a la que llamaría “gnosiar”, no habría que fabricar, en principio, demasiada cantidad; una cifra prudente. Esa moneda serviría, única y exclusivamente, para una cosa: para pagar los conocimientos que alguien deseara adquirir. A su vez el que reciba ese singular dinero únicamente podrá darle idéntico uso: pagar clases para aprender lo que necesite, y así sucesivamente, desde sus súbditos menos formados hasta los más sapientes ─y luego de una pequeña pausa añadió lo siguiente─: Al igual que los movimientos de oro y plata enriquecen a unos y empobrecen a otros; los flujos de conocimiento proporcionarán beneficios para todos. El reino se transformará, progresivamente, en un gran imperio influyente más allá de sus fronteras.
      El rey, que escuchó al sabio con mucha atención, exclamó con entusiasmo:
      ─¡Claro, es cierto! ¡Así podríamos crear una cadena ininterrumpida de maravillosas transmisiones de sabiduría!
      ─De eso se trata, majestad ─y continuó hablando─. Además, siempre habrá que sumar un efecto más. Cada uno, no sólo se satisfará con la sabiduría que adquiera, sino también con la que transmita, puesto que ese esfuerzo de expandir saberes beneficiará igual tanto a quien lo hace como a quien recibe.
      ─Dime, noble sabio, ¿cómo aprendiste todo eso? ─preguntó con curiosidad el rey.
      ─Lo aprendí hace años en un lugar llamado Grecia, muy lejos de aquí, de un maestro que jamás podré olvidar. Él siempre nos decía: «Desearía que el conocimiento fuese de ese tipo de cosas que fluyen desde el recipiente que está lleno hasta los que permanecen vacíos».
      ─Ese hombre debería ser venerado por todos nosotros, ¿cómo se llamaba? ─dijo el rey.
      ─Sócrates, se llamaba Sócrates… Majestad.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia



lunes, 8 de junio de 2020

¿Pan de pan o pan de Viena?


     Si nos situamos poco antes de la década de los años 80 muchos recordarán que nuestra existencia estaba rodeada de opciones muy limitadas, normalmente teníamos dos entre las que elegir. ¿Pan de pan o pan de Viena? Y no había más; igual sucedía con el color del aparato de teléfono, o con los canales de la televisión, ¿recuerdan? VHF o UHF. A veces ─pocas─ había una tercera opción: ¿vainilla, chocolate o fresa? Aquella sociedad podía ser considerada como una sociedad de alternativas mutuamente excluyentes, de gustos muy homogéneos que se podían satisfacer con una corta oferta de productos.
     Esto tenía su clara proyección en la cultura, había entonces una cultura alambicada, de "gurús" instalados, dirigida y de límites estrictos. A partir de la década citada, las cosas tomaron otro rumbo, se fue transitando hacia una sociedad caracterizada por presentar opciones múltiples para todo, y todavía nos encontramos en ese periodo de transición.
     Por supuesto, el arte no ha estado ajeno a estas turbulencias, sobre todo el ámbito de las artes plásticas que siempre han estado en la vanguardia cultural. El arte de hoy está singularizado por la multiplicidad de opciones, no existen corrientes claramente dominantes ni hay opciones mutuamente excluyentes. Bastaría contemplar el panorama de la música clásica, en ella no existen, prácticamente, escuelas de ningún tipo. Muchísimos compositores siguen sus propias líneas y orientaciones personales, fieles a sus propias musas. Si nos fijamos en las líneas interpretativas musicales vemos que hay una diversidad impresionante. Podemos observar también el mundo de la danza, en éste, el desarrollo de distintos estilos y formas es abrumador.
     Nos encontramos en ese paréntesis, en la transición; aún habrá que esperar un tiempo para ver cómo se produce una sedimentación y el sistema se hace estable y podamos hablar de un período definido en cualquiera de las artes; pero mientras, miles de artistas y cientos de escuelas aparecen sin que broten nuevos líderes capaces de gobernar la incertidumbre. Actualmente hay más creadores y artistas que en ninguna otra época anterior, realmente no ha sucedido nada semejante en el pasado. Esta alborotada actividad creativa, y la estimulante variedad del arte de nuestros días tienen gran interés porque son un perfecto reflejo de esa sociedad de opciones múltiples en todos los ámbitos (arte, religión, diversión, familia, trabajo...) a la que nos acercamos a buen paso, y a pesar de la crisis en la que estamos inmersos.
     Los tiempos de transición son así, de cuestionamiento y cambios, de retos, de oportunidades y posibilidades, de dudas e interrogantes. Inciertos y prometedores pero con la exigencia de que tengamos un rumbo claro, una nítida concepción y un buen mapa del camino que tenemos ahí delante.



Este artículo fue publicado en el "Diario de Cádiz" el 13/12/2011 y no ha perdido nada de actualidad: ¿Pan de pan o pan de Viena?