viernes, 24 de enero de 2020

La mentira en el pedestal


     La mentira y la política siempre han ido de la mano, hay testimonios de ello de hace muchos años. Sin necesidad de irnos más atrás, Nicolás Maquiavelo postulaba hace quinientos años que: “La política no tiene relación con la moral”. En la actualidad, en la política, la verdad ha sido sepultada y la mentira y la falsedad han subido a lo alto del pódium.
     Lo realmente preocupante es que estamos viviendo unos momentos en los que se enaltecen la mentira y el engaño a todos los niveles, creándose así un ambiente putrefacto de corrupción con poca vuelta atrás porque indefectiblemente nos lleva a un quebranto social en todos sectores.
     De este maridaje política-mentira se ha escrito mucho, ¿recuerdan a Jonathan Swiff, el autor de “Los Viajes de Gulliver”? Él nos dejó un librito muy interesante titulado: “El arte de la mentira política”, pero entonces la mentira política no tenía las dimensiones que hoy posee. El célebre filósofo francés Jacques Derrida define nuestro mundo como el de la "entronización de la mentira absoluta y definitiva". No va a ser nada fácil (en caso de que sea posible), darle la vuelta a este estado de cosas por medios democráticos. Estamos metidos dentro de un movimiento de retroceso en lo social, en lo económico, en lo político y, por supuesto, en lo ético. El tan cacareado “progreso” no es más que el que se refiere a lo tecnológico, a la información y a la comunicación social, que, tarde o temprano, tendrá “efectos secundarios” nada agradables.
     Sería necesario llevar las actuaciones políticas a un nivel más alto y persistente de veracidad y credibilidad y eso debería obligar a erradicar la mentira, pero...
     ¿Quién le pone el cascabel al gato?


miércoles, 22 de enero de 2020

Envueltos en humo


     Hoy día, abrir un periódico o ver un noticiario de televisión es exponerse a una lluvia implacable de bombas de humo. Una cortina de humo es una de las maneras que tienen los gobiernos de distraernos y despistarnos para encubrir sus acciones. Así, de ese modo esconden la verdad de forma intencionada. Está muy claro, lo sabemos todos, que las cortinas de humo están provocadas para embaucar, enredar o abobar al ciudadano. Realmente todo aquello que sea utilizable para impedir que la gente sepa o vea lo relevante, es una “cortina de humo” (Y si no es "cortina de humo" es propaganda, como decía en una entrada anterior).
     Hay una película muy buena del siglo pasado (aún me suena raro eso de decir “siglo pasado”) titulada “La cortina de humo”, en ella se narra la historia de un presidente de los EE.UU. del que se descubre su participación en un suceso muy escandaloso, cosa que ocurre unos días antes de su posible reelección. Entonces, él y sus asesores más directos, traman la creación de un conflicto muy gordo para desviar la atención de la prensa y de los ciudadanos y generarles otro foco de atención. Y no se les ocurre otra cosa que “fabricar”, en plan Hollywood, una guerra con Albania. Creo que era algo así, ya no lo recuerdo del todo.
     No piensen que la utilización de estos métodos son una exclusiva de los gobiernos de aproximación totalitaria, también son muy proclives a su uso los medios de información y, sin duda, las grandes empresas. Lo cierto es, que si queremos tener nuestro sentido crítico abierto y en buena navegación, tenemos que estar continuamente disipando el humo con el que nos envuelven reiteradamente.
     ¡Ah! La película obtuvo un buen puñado de galardones y estaba interpretada, entre otros, por Robert de Niro y Dustin Hoffman.


martes, 21 de enero de 2020

De sabios a necios

     Muchas veces he dicho que nuestra civilización ─la que ahora se tambalea un poco─ se asienta sobre tres libros: la Biblia, la Iliada y la Odisea; ahí están las bases (algunos dicen, y también es razonable, que los fundamentos están en: el derecho romano, la filosofía griega y la cultura cristiana). Por eso son libros que suelo tener cerca y con frecuencia leo alguna página. Hoy abrí la Biblia por un sitio al azar y me encontré con Romanos 1:22.
     Pensé después que la Biblia profetizó, con cientos de años de anticipación, el “aumento del conocimiento” en ese siglo, pero esos nuevos descubrimientos científicos y avances tecnológicos ─y muchos somos los que tenemos esa impresión─ sólo le han servido a la humanidad para hacerla más arrogante y engreída.
     Así está... tan dislocada. ¿No?



lunes, 20 de enero de 2020

Propaganda saturante

      
     Basta ver la mayoría de las televisiones, leer algunos periódicos y nos vemos envueltos en mil argumentos contradictorios, en las “fake news”, en las falaces opiniones con las que nos aporrean los tertulianos farisaicos de toda índole. Será difícil que veamos algún noticiero que no lleve una carga de profundidad de propaganda política, dirigida, fundamentalmente, a la manipulación de nuestras emociones.
     Recuerdo ahora que Joseph Goebbels, Ministro del Reich para la Ilustración Pública y Propaganda, sabía bien cómo manejar las emociones, era un auténtico maestro en eso. Observen, por ejemplo, como pequeña muestra de ello, el siguiente párrafo:
«Nuestras mujeres saben por qué luchan sus hijos y nuestras esposas saben por qué luchan sus maridos. Cada trabajador y cada agricultor están más seguros que nunca de por qué está balanceando su martillo o parado detrás de su arado. Millones de niños nos miran. El enemigo ve nuestro futuro en ellos y quiere destruirlos. ¡Así que manos a la obra! El enemigo nos ha dicho lo que está en juego.»
     La propaganda política de algunos partidos de hoy está basada en un intento coordinado de domesticar a la opinión pública por medio de la utilización publicitaria de los medios de comunicación puestos a su servicio o convenientemente "comprados". La propaganda ha sido empleada con profusión por los gobiernos totalitarios o con tendencias acentuadas para llegar a serlo. Conocemos bastante bien la maestría de los nazis en su empleo y también sabemos ─lo vemos a diario─ que la propaganda política hostiga a los ciudadanos de muchos países desde entonces y sin piedad. Todo gobierno tiene claro que la utilización masiva y sistemática de la propaganda es el medio más seguro para proporcionarles el poder y, además, es un instrumento crucial para mantener ese poder durante mucho tiempo. Y, claro, es algo imprescindible para la implementación de ciertas políticas.
     Y ahí estamos...

viernes, 17 de enero de 2020

¡Cómo está el patio!


     Mirando a nuestro alrededor en estos días de grandes divergencias políticas (y ya llevamos así bastantes días) nos tenemos que hacer algunas preguntas, eso sí, retóricas en su mayoría. La primera podría ser: ¿Por qué es tan difícil que podamos entendernos?
     Las divisiones sociales se van convirtiendo en piedras graníticas, el debate público es una especie de gallinero en el que todos gritamos, nadie escucha a nadie y cada uno piensa que únicamente él está en posesión de la verdad.
     Seamos ─y da igual─ de derechas o de izquierdas, siempre tenemos la convicción profunda de que nuestro oponente político no sólo se enfrenta a nosotros si no que, además, no comprende nada de nuestros argumentos y ni siquiera intenta entenderlos.
     Se me ocurre pensar que los habitantes de estas sociedades modernas estamos divididos por tener diferentes puntos de vista morales de la realidad y eso nos lleva a situarnos en torno a clanes políticos muy enfrentados. Y esto se traduce en una incapacidad de entender que tanto los progresistas como los conservadores o los liberales, o los creyentes y los ateos, tienen su parte de razón; pero ese conflicto moral al que hemos aludido impide verlo.
     ¿Habrá algún tipo de prescripción ─o receta racional─ para tratar de superar los antagonismos y aprender a resolver los conflictos?


jueves, 16 de enero de 2020

Asuntos del tiempo meteorológico

     Dicen que los ingleses son los que más hablan del tiempo y de cuestiones meteorológicas, desde luego se trata de una buena excusa para conversar, casi un obligado preludio. Creo que también los españoles hablamos mucho de cómo están las condiciones climáticas... y los alemanes... y todos.
     Basándome en esto escribí unos cuantos artículos en 2018 que ahora iré reproduciendo aquí.
      


HABLAR DEL TIEMPO
     Llevamos una temporada en la que hablar del tiempo es una constante; no pasa un día sin que hayamos echado alguna parrafada con alguien respecto a cómo está el tiempo. Todos quisiéramos conocerlo anticipadamente, también culpamos al viento (el de Levante se lleva la palma) del dolor cabeza o en los inviernos más crudos nos quejamos del coste de la calefacción; el estado del tiempo es algo que se enmarca entre los supuestos principales de nuestra vida. El hombre ocupa una delgada capa de atmósfera y, no cabe duda, que nuestros estados físicos y psicológicos ─la vida─ están muy relacionados con el medio atmosférico que nos envuelve.
      Un amigo me comentó hace días:
      ─¿Por qué no escribes algo sobre el tiempo? Ahí siempre hay tema. Tú eres físico, algo debes de saber de todo eso.
      ─Sí claro. Lo que sé es lo mucho que ignoro sobre tantas, y tantas, cosas, y la meteorología no es de mis puntos fuertes ─le respondí con sinceridad.
      ─Pero todos hablamos del tiempo a diario, hacemos nuestras predicciones, nuestros comentarios. A veces, incluso, discrepamos de nuestros interlocutores y discutimos sobre el asunto ─insistió él.
      ─Pero ¿qué puedo decir? Todo el mundo sabe que la atmósfera rige la vida de muy diversas formas y proporciona los elementos que intervienen en los procesos biológicos. Y sabe, además, que es como una especie de defensa, un escudo, para muchos tipos de radiaciones, e incluso, de partículas que proceden del espacio exterior. De lo poco que estoy seguro es que los fenómenos del tiempo son entidades físicas que obedecen a leyes físicas y poco más. Te añadiré que me asombra mucho la adaptación de los humanos, y sus tareas, a su ámbito atmosférico de manera que únicamente puede soportar cambios muy pequeños sin sufrir trastornos.
      Creí que mi querido amigo ya no insistiría después de esta parrafada, pero me equivoqué, él volvió a preguntarme:
      ─¿Tú crees que el clima se puede cambiar?


      Me quedé un poco parado al escuchar el interrogante, quizás un tanto sorprendido. Realmente en los primeros instantes no supe que responder. Después de una corta pausa, pero muy meditativa, le dije:
      ─Probablemente sí podría hacerse, aunque pienso que aún nadie lo ha conseguido, ni tan siquiera cambiar el tiempo. Y desde luego no me gustaría que nadie pudiese hacerlo, ni que lo intentase; las consecuencias podrían ser devastadoras, ¿no te parece?
      Hizo caso omiso a mi pregunta y volvió al ataque:
      ─Has utilizado tres términos que me confunden un poco: tiempo, clima y meteorología ¿me los podrías aclarar, y diferenciar, un poco?
      Aquí encontré la puerta de escape y le contesté:
      ─Mira, lo tendré en cuenta, pronto escribiré algo sobre estas cosas que nos preocupan a todos y que son de nuestro día a día. Vale, tú ganas.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

miércoles, 15 de enero de 2020

Invierno y resfriados

     Desde hace unos días hay una cuadrilla de virus acosándome, no han logrado ─todavía─ abatirme y estoy resistiendo como un jabato, pero no sé hasta cuándo podré aguantar. Este asedio vírico me ha traído a la memoria unas palabras que escribí en 2011 ante un asedio semejante.

UNA PANDILLA DE VIRUS
     Tengo aposentada, desde hace días, en mis pulmones una maléfica horda de virus. Ha venido acompañada de una amplia coreografía de fiebres y otras mil molestias. Llegar a una tecla del ordenador era una aventura, y buscar algo en una 'carpeta', ¡ay! ¡Buscar algo en una 'carpeta'! Eso era como intentar caminar sobre un fino alambre en las alturas. Las ideas se me esfumaron desde entonces, mi cabeza parecía un cuadro de Wassyly Kandinsky. Aunque sin esa musicalidad que subyace en ellos. 




     Imaginaba que los virus eran como esas deidades -autenticas joyas del arte tibetano- llamadas Chakrasamvara, que me pinchaban con sus múltiples brazos. 


     En algunos momentos, de esos que los modernos llaman de hipertermia, creo que estuve al borde de lanzar algún grito aterrador al estilo del cuadro del pintor noruego Edvard Munch: 


     A veces, mi alrededor estaba poblado de imágenes de desvaríos y pinturas extrañas con las que un patán -de cuyo nombre no quiero acordarme- había alterado mi vista y mi cerebro alguna vez. 


     Además, para colmo, se me ha estropeado un bonito viaje de varios días que tenía previsto a Extremadura. Aún no estoy para tirar cohetes pero, ¿qué le vamos a hacer?... ¡Paciencia y cuidados!

     Saludos

lunes, 13 de enero de 2020

La primera acuarela

     Siempre hay recuerdos persistentes, son como burbujas que nos rodean perennes, que no se van, ni estallan, continuamente nos acompañan. El que sigue es uno de ellos.
     A principios de 2011 ─cuando confeccioné el blog para la Academia de Bellas Artes Santa Cecilia─ no sabía qué poner al principio, había estado enredando con las cuestiones técnicas y no había pensado en un artículo en plan exordio para iniciar aquello. No sé para qué me levanté de la silla delante del ordenador y al caminar unos pocos pasos vi el cuadro de cuando era niño. ¡Saltó la chispa...!
     Escribí lo que viene a continuación:

EMPEZAMOS
    Estaba confeccionando este ‘blog’ de la Academia de Bellas Artes, e inevitablemente un batiburrillo de recuerdos me venían a la cabeza. Nosotros, de niños, siempre hacíamos supresión de la solemne palabra Academia y decíamos sólo Bellas Artes.
     Yo comencé bastante pequeño, primero dos cursos de dibujo a lápiz y carboncillo y después, en 1957, el anhelado curso de pintura a la acuarela. ¡Los pinceles y el color! ¡Qué maravilla!
     La vieja casona de la calle Santo Domingo, mi carpeta muy grande, o al menos así me lo parecía, los pinceles, el gordo, el finito y el intermedio, los tubitos de acuarelas comprados en Pérez Pastor en la calle Larga. Un trozo de cristal con los bordes lijados que servía de paleta. ¡Más de medio siglo ha pasado!
     Sonidos… los sonidos, aquel repetitivo do-re-mi-fa-sol que se oía desde la calle, la música imponente del piano, que llenaba el caserón o el chirrido de un violín maltratado. 
     El tiempo no me ha hecho olvidar a ninguno de aquellos queridos y respetados profesores, tampoco olvido la Secretaría, llena de amigos de mi padre que siempre sabían reír.
     En un discreto lugar de mi casa, pero siempre a la vista, tengo mi primera acuarela, una simple pintura de niño, pero la miro con frecuencia y placer. Quizás ella también ─misteriosamente─ me mire a mí y nos digamos algo, algo que sólo nosotros entendemos...

(Mi primera acuarela, mayo de 1957)

domingo, 12 de enero de 2020

Charlando de Iberismo

     El Diccionario de la lengua española define el Iberismo como la «doctrina que propugna la unión política o el mayor acercamiento de España y Portugal». En el siguiente artículo ─que recupero aquí─ de ENCUENTROS EN LA ACADEMÍA (375) también continué con este interesante tema.

   El tema salió por casualidad, alguien comentó algo de mi artículo “Mirando hacia el Oeste” e iniciamos una conversación en torno al asunto del “iberismo”. Uno de los contertulios muy versado en historia nos habló ─un poco para situarnos─ del célebre «Tratado de Tordesillas» que data de 1494, en éste Castilla y Portugal firman un tratado que dividía el océano Atlántico en dos partes por medio de una raya trazada de polo a polo, a algunas millas al oeste de las islas de Cabo Verde, quedando el hemisferio oriental para la Corona de Portugal y el hemisferio occidental para la Corona de Castilla. De esta forma los Reyes Católicos y el rey Juan II de Portugal acuerdan los límites de las conquistas futuras que podrán realizar los dos estados en el mundo recién descubierto. Este tratado presentaba algo novedoso, se trata de que por primera vez se creaba una frontera que partía tanto el mar como la tierra, y además generaba una nueva concepción de partición territorial que determinó la actual configuración de la América del Sur. Nos comentó que este famoso tratado ─a su juicio─ era el punto de partida de partida del iberismo. A lo que otro de los amigos respondió rápido:
     ─O fue el punto de partida del “no-iberismo”, ¿no os parece?
     Otro amigo, que suele tener planteamientos más radicales, dijo:
     ─¿Qué queréis que os diga? De verdad que creo que el iberismo como concepto está muy bien, y que una idea buena, pero estás ideas, repito, en principio buenas, suelen ser manejadas por individuos, o grupos, que tienen otras intenciones y otros proyectos, que nada tienen que ver con el iberismo, y cuya pretensión es la de imponer una forma muy concreta de organizar la sociedad y forzar a la gente contra sus intereses, todo ello desde puntos de vista bastante totalitarios. A mí, este tema, me pone en posición de “verlas venir”.

     A Jorge le suelen llamar el “Sr. Depende”, porque es corriente que empiece cualquier intervención con esa palabra; él explicó:
     ─Opino que todo depende mucho del tipo de fusión o unión, ¿se trataría de una simple anexión? Eso me huele que no podría ser, ni tendría mucho sentido. Por otra parte España es una monarquía constitucional y Portugal es una república, ¿quién tendría que dejar de ser lo que es? ¿Portugal se tendría que hacer monárquica? ¿España convertirse en república? Eso plantea problemas que, según mi punto de vista, son bastante amplios. Eso sin contar a los catalanes y a los vascos. De todos modos creo que la unión Portugal-España podría abarcar otros aspectos menos traumáticos o complejos. Ya digo… todo depende de cómo se vaya a realizar esa unificación. Sin duda que habría muchos aportes beneficiosos. Por ejemplo, la importancia, económica, social y política, de esa nueva “Iberia” aumentaría bastante tanto a nivel europeo como mundial. Habría un efecto sinérgico que haría “Iberia” fuese mucho más influyente que España y Portugal yendo por separado. Creo que el peso de Iberia en la Comunidad Europea sería, al menos, el mismo que ahora tienen Italia o Francia.
     María había escuchado muy atenta las palabras de Jorge y añadió:
     ─Pienso que lo que dice Jorge es muy sensato, pero mi pensamiento es más pragmático… creo que mucho más práctico. Por ejemplo, España y Portugal son de los productores más importantes del mundo, no sé la clasificación exacta, de vino, de aceite de oliva y de corcho. ¿No se podrían poner de acuerdo en todo lo relativo a estos tres productos agrícolas? También está el tema del turismo. La Iberia podría ser la más puntera del mundo como destino turístico, ¿no sería maravilloso unir esas dos potencialidades de cada país en una sola? O imaginaros que se unen las industrias marítimas? ¿No sería la mayor del mundo?, poco le faltaría, ¿no?
     Julio suele introducir siempre alguna nota de humor entre las intervenciones de cada tertuliano y acertó en decir:
     ─La dificultad para hacer esas fusiones parciales o sectoriales, que dice María, imagino que sería algo complicado y difícil. Habría que hacer, por lo menos, cincuenta tesis doctorales sobre el asunto.
     Después de unas sonrisas, Julio continuó hablando:
     ─Desde luego, entre los dos, tendríamos varios miles de kilómetros de costa para la pesca y para todo lo vinculado a ella, sería algo verdaderamente grandioso. Hemos de tener en cuenta que el poderío histórico de ambos países siempre ha estado ligado al mar.
     Emilio nos sorprendió a todos exclamando:
     ─¡Yo tengo una receta mágica para empezar a construir la Iberia!
     Todos nos quedamos mirándolo con cara interrogativa.
     ─¡Sí! ─afirmó rotundo─. ¡Yo tengo la solución! Pero os la diré en la próxima tertulia que hagamos, ahora me tengo que ir.
     Con inusitado brío y muchas carcajadas se levantó de la silla y se despidió diciendo:
     ─¡Pagadme el café!
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

Artículos anteriores sobre "Iberismo": 
Y al Oeste... Portugal

miércoles, 8 de enero de 2020

Y al Oeste... Portugal

     Me encantan las ficciones utópicas. La ficción utópica es un estupendo género literario que nos permite crear mundos irreales en donde todo transcurre de modo perfecto, lógico y racional.

     Este artículo fue escrito para la serie ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (374) que se publicaba en el "Diario de Cádiz", en noviembre de 2018. 


MIRANDO HACIA EL OESTE

     Era una bonita tarde, como casi todas la de nuestro otoño. Miraba por la ventana y quedaba absorto por el encanto de mi solitaria calle que siempre mira hacia el Oeste. Allá arriba, unas nubes lejanas revoloteaban lentas y jugaban con los colores azul y naranja. Pendientes de un hilo de memoria vinieron a mi mente estos versos de Fernando Pessoa: «Tenemos quienes vivimos, / una vida que es vivida / y otra vida que es pensada, / y la única en que existimos / es la que está dividida entre la cierta y la errada». Fue un soplo procedente del Poniente, allí estaba Portugal. Casi siempre a nuestra espalda. La nube más grande se convirtió en una bola naranja revestida de blancos y grises.
     Unamuno ya nos habló de una colisión constante ─que habría que superar─ entre la «suspicacia portuguesa» y la «arrogancia española», generada por faltas de comunicación y muchas guerras. ¿Mirar a la espalda, mirar de frente?... Pessoa repetía dentro de mí: «No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo».
     Pensé en eso que se suele denominar iberismo; el impulso de carácter político tendente a unir Portugal y España en único bloque peninsular. Los partidarios de avanzar en la integración política, económica y cultural de Portugal y España llevan bastante tiempo intentando coordinar una estrategia para presentar una candidatura atractiva al Parlamento Europeo en 2019. Claro, habrá que seducir, primero, a los electores y después a los políticos, de que la fundación de una Comunidad Ibérica formada por España, Portugal y también por Andorra, es la única posibilidad, no solo de superar todos los problemas actuales, sino de caminar juntos en la dirección de convertirnos en una potencia mundial en muchos órdenes.
     Cierto es que el iberismo tiene mucho de enigma político y es curioso observar que cuando se realizan encuestas sobre reforzar más la vinculación entre Portugal y España, el grado de aceptaciones asombroso, pero este tema está totalmente al margen de toda agenda política. Quizás ─lamentablemente─ para casi todo el mundo, hablar de «iberismo», es poner sobre el tapete una singularidad o un discurso intelectual inane.



     Los iberistas estiman que la península fue la primera promotora de la globalización y del mestizaje y que estamos en un mundo con un futuro azaroso en el cual vuelven a erigirse muros. Nos recuerdan que poblamos una tierra, al sur de los Pirineos, en la parte más occidental de Europa, en cuya frontera sur ─allí donde se unen las aguas del Mediterráneo y el Atlántico─ está el punto crítico donde se forja nuestro “espíritu ibérico”, en palabras de Fernando Pessoa. Y que somos una civilización, fruto del cruce de otras anteriores, que fue la primera de las europeas en adentrarse en tierras desconocidas, llevando nuestras culturas y lenguas al mundo.
     “Solo hay dos naciones en Iberia: España y Portugal”, dijo el escritor. “La región que no forma parte de una, forma parte de la otra. El resto es filología”.
 Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

viernes, 3 de enero de 2020

Recordando a don Benito Pérez Galdós

     Hoy, 4 de enero de 2020, se cumplen 100 años justos de la muerte de uno de los más grandes escritores españoles de todos los tiempos: Benito Pérez Galdós. No quiero dejar pasar este aniversario sin dedicarle mi recuerdo y un pequeño homenaje con estas líneas que siguen.


Recordando a don Benito Pérez Galdós
     La biblioteca de mi instituto tenía tres grandes ventanales, uno daba a una calle y los otros dos a otra, la de la fachada principal. Intentaba siempre situarme cerca de la ventana por la que entraba más luz, o me lo parecía a mí, era la que estaba lejos de la puerta y cerca de la mesa escritorio del alumno que hacía las veces de bibliotecario. También estaban, muy a la mano, las estanterías con las enciclopedias, de aquellas enormes cuyos tomos parecían pesar tres kilos o, quizás, más.
     Aún ─entre las tinieblas de mi memoria─ puedo recordar aquel día de invierno en el que leía a Charles Dickens, no recuerdo qué título (¿Sería el Pickwick?), pero sé que había poca luz y me movía incómodo tratando de que llegasen hasta mí algunos de los mustios rayos que repartía el ventanal. Cerré el libro un tanto desesperado. Esperé unos instantes y palpé la gruesa tapa de cartón gordo del tomo, levantándola un poco. En la primera página, debajo de las grandes letras del título había otras, más modestas, que decían que aquel libro lo había traducido Benito Pérez Galdós. Resultó curioso.
     Aún, en la clase de Literatura, no habíamos llegado a Galdós, pero me sonaban sus “Episodios Nacionales”. Dirigí mis pasos a la estantería en la que creía que estaban los libros de don Benito. Efectivamente, estaban allí. No tardé mucho, cogí Cádiz y corrí a la mesa del bibliotecario para tomarlo en prestámo.
     Un rato después, al llegar a casa, sucumbí ante el encanto de los primeros párrafos:
«En una mañana del mes de Febrero de 1810 tuve que salir de la Isla, donde estaba de guarnición, para ir a Cádiz, obedeciendo a un aviso tan discreto como breve que cierta dama tuvo la bondad de enviarme. El día era hermoso, claro y alegre cual de Andalucía, y recorrí con otros compañeros, que hacia el mismo punto si no con igual objeto caminaban, el largo istmo que sirve para que el continente no tenga la desdicha de estar separado de Cádiz; examinamos al paso las obras admirables de Torregorda, la Cortadura y Puntales, charlamos con los frailes y personas graves que trabajaban en las fortificaciones; disputamos sobre si se percibían claramente o no las posiciones de los franceses al otro lado de la bahía; echamos unas cañas en el figón de Poenco, junto a la Puerta de Tierra, y finalmente, nos separamos en la plaza de San Juan de Dios...»
     Ya no pude dejar de leer a pesar de los ruegos de mi madre para que comiera y descansara de tanta lectura.
     Mi entusiasmo me llevó después a buscar Trafalgar e intentar leer todos los que hubiese en la biblioteca, pero estaba cogido y hube de conformarme con Nazarín que estaba en un rinconcito ─un tanto escondido─ de la estantería.
Lo que pude comprender ─en principio─ era que el personaje se llamaba Nazario Zaharin y que era un cura peculiar, entregado a sus creencias, dedicado por completo a los pobres, a los muy humildes. Las gentes veían a Nazarin ─así le llamaban─ como a un sacerdote católico bastante distinto a los normales en aquel tiempo tiempo. Vivía con los más pobres, se quitaba el pan de la boca para dárselo a los demás, a los más abandonados por la vida y la suerte. Su existencia transcurría en un barrio de Madrid, en un universo de pobreza, de miseria y de marginación; un sitio que tenía la delincuencia y la prostitución como medio de vida; el mundo en donde habitan los residuos que genera una sociedad injusta.
     Llevé el libro a la clase de Literatura y se lo enseñé al profesor. Comentó que era un buen libro, excelente, pero que no lo entendería, que era una lectura demasiado profunda para mi edad y conocimientos.
Una mujer que se llamaba Andara, le pidió ayuda porque había apuñalado a otra mujer y le suplica que la esconda. Una persona fue a casa de Nazarín y percibió un extraño olor a perfume y descubrío que allí se ocultaba alguien. Andara tuvo que salir huyendo, pero antes, para no comprometer a Nazarín, quema sus ropas y provoco un gran incendio que destruye la casa del sacerdote y también una pensión de mala fama en donde se podían encontrar toda clase de maleantes. Total, el cura se queda en la calle.

     Mi profesor, don Manuel, aclaró que esta novela pertenecía a un ciclo de Galdós de “novelas espirituales” y que de alguna manera entroncaba con la obra del escritor ruso León Tolstoi. No lo comprendí demasiado bien.
Se refugió en la casa de otro cura que le acoge a regañadientes pues no comprende como el padre Nazario se mezcla con ese tipo de personas. Se extendió el rumor que Nazarín había escondido a la mujer en su casa y que fue él quien incendió la casa y sufre un enorme rechazo por ello. Nazarín sin casa, sin dinero y en la miseria más absoluta, inicia una especie de destierro por distintos lugares. Él asumió esa situación con cierto placer, pues aborrecía ser como otros curas de la época. En ese deambular encontrará de nuevo a Andara que le dirá que, para ella, es un gran santo por haberla auxiliado y ayudado en sus más terribles momentos. Le pide que la lleve con él en su periplo a ninguna parte. También se va con ellos dos, Beatriz, mujer que el padre Nazario conoce a través de Andara. Los tres vivirán un duro peregrinaje hasta que será apresado por la justicia, maltratado y encerrado en la carcel con sus dos compañeras.
     Dijo don Manuel que Galdós establecía una comparación de Nazarín con el propio Jesucristo, pero que también había algunos paralelismos muy interesantes y significativos con don Quijote de la Mancha. No capté nada de esas cosas pues aún mi conocimiento del libro de Cervantes era demasiado superficial. También comentó algo sobre San Juan de la Cruz pero ahí me perdí.
     Sí, recuerdo que al final explicó que se trataba realmente de una obra maestra de don Benito Pérez Galdós sobre la santidad y sobre los méritos de ser cristiano en una sociedad cruel y perversa como aquella en la que Nazarín no pudo, ni podía, sobrevivir.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia



miércoles, 1 de enero de 2020

Un cuarto Rey Mago

     Los humanos somos unos individuos, unos bichos raros, que nos pasamos la vida esperando a los Reyes Magos, se llamen como se llamen y vengan de donde vengan, da igual. Siempre estamos ansiando su llegada y en alerta continua, oteando el horizonte, el del Este, el del Oeste o el del Norte o el Sur, o ─con más frecuencia─ el de la más cercana Administración de Loterías.
     El artículo que sigue lo escribí en el 2018, en los primeros días de aquel enero, recuerdo haberlo hecho con placer. Aunque no sé si los Reyes me trajeron lo que les pedí entonces...


«Todos nuestros sueños se pueden
hacer realidad si tenemos el coraje
de perseguirlos.»  (Walt Disney)


    Vi la señal en el cielo a la vez que los otros y a la vez, también, decidí seguirla por los más recónditos caminos del Oriente. Muy rápido se preparó el cortejo y salimos una fría mañana muy temprano. Hacía tiempo que no subía al camello y mis huesos empezaron a notarlo pronto; paré la caravana, así podría descansar un rato y comer algo. Grité dando las ordenes pertinentes para que me construyesen un palanquín. Me negué a seguir el viaje en el maldito camello bamboleante. Sé que transcurrieron varios días antes de encontrarme en un oasis ─muy próximo al zigurat de Borsippa de altos muros y con siete pisos─ con los otros. Jamás había oído hablar de ellos, se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar, pasamos la primera noche hablando y hablando, eran tipos muy simpáticos, risueños. Un poco exagerados en sus atavíos, eso sí. Llevaban capas de armiño, joyas, turbantes con perlas, se ve que les encantaban los colores, aunque de noche ─en el desierto─ no les lucía nada. Comentaron que uno llevaba oro, otro incienso y otro mirra. Yo no llevaba nada, no sabía por qué debía de llevar algo, yo seguía aquel cometa como astrónomo aficionado y nada más; quería saber dónde iba o dónde caería, en otros tiempos ya había seguido varios brillos del cielo y siempre me habían frustrado. Jamás vi, ni encontré, nada.
     Hubo momentos en los que pensé que ellos estaban más enterados, quizás sabían cosas que yo ignoraba. Mientras estuvimos en el oasis la estrella ─¿era una estrella?─ permaneció fija detrás de la palmera más alta. En cuanto nos dispusimos a emprender la marcha parece que el objeto brillante del cielo se dio cuenta y empezó a hacer círculos y espirales como si estuviera bailando en las alturas.
     El palanquín, desde luego, era más cómodo que el camello, pero mucho más lento. No me decidí a utilizar el látigo con los esclavos que me llevaban en andas, me pareció que no era políticamente correcto estando cerca los otros reyes magos. Al cabo de cuatro días ya los había perdido de vista, aunque aún seguía viendo el rastro del cometa.
     Pasamos cerca de unas cuevas y decidí acampar allí para reponer fuerzas; envíe un mensajero para que comunicase a los que iban delante que me retrasaría algo; y que siguiesen, que ya les alcanzaría en cuanto pudiese. Nos aposentamos lo mejor que pudimos en aquellas grutas en las que nos topamos con una caravana de mercaderes que también habían elegido aquel lugar para reposar. Les compré unas jarras de exquisita porcelana que traían de China, unas tocas de seda de bonitos colores.
     Después de dos días llegó un cortejo de unas pocas personas con otro rey mago al frente que dijo llamarse Artabán. También me comentó que él era el cuarto rey y había estado en el zigurat de Borsippa pero que ya no había nadie esperándole. No tardé un instante en aclararle que el cuarto rey era yo, y él, en todo caso, sería el quinto. Artabán era buena persona, y un poco ingenuo. Se conformó rápidamente con el papel de quinto seguidor de la estrella.
     El rey Artabán llevaba tres regalos: un diamante de la isla de Meroe, un trozo de jaspe de Chipre, y un rubí sanguíneo. El segundo día de estar allí nos preocupamos muchísimo porque la estrella había desaparecido de nuestra vista. El firmamento estaba limpio, miramos por todos los rincones del cielo, pero no logramos ver el cometa. Pensamos que se había ido, guiando, a Melchor y los otros. Artabán tomo la decisión de partir al día siguiente, a primera hora, siguiendo sus propios cálculos.
     Cuando desperté Artabán ya había marchado. Tuve un gran disgusto, algunos de mis porteadores me habían abandonado subrepticiamente y se habían marchado uniéndose al grupo de Artabán, ahora mi caravana tendría que caminar con más lentitud, o debería volver a subirme a un camello. Me tomé el día para pensar qué hacer, ¿seguiría el camino y trataría de encontrar la estrella para seguirla de nuevo? ¿No sería mejor dar la vuelta y regresar a casa? Así pasé todo el día. A la caída de la noche vino la decisión, la resolución era clara: volver a casa.

     Íbamos a emprender la marcha cuando unos tipos raros cubiertos de harapos, capuchas, y luengas barbas se acercaron a nuestra comitiva. El que parecía ejercer de portavoz de ellos se aproximó diciendo: “Si no podéis ser feliz aquí y ahora, no lo seréis nunca”. Las palabras esas me pararon en seco y después de unos momentos de incomprensión e incertidumbre le dije:
     ─Buen hombre, no sé a qué se refiere, ¿podría explicármelo mejor?
     ─Buscando la felicidad nos enfrentamos continuamente a nuestros propios límites, eso nos genera siempre una profunda insatisfacción.
     No sabía muy bien qué contestarle y le invité a unirse a nuestra caravana.
     ─Vamos de regreso a casa, hacia el sur, cerca de Eridu y de Ur, ¿se vienen con nosotros?
     Asintió rápido moviendo la cabeza afirmativamente y añadió:
     ─La felicidad siempre es una cosa que vislumbramos, una esperanza fugaz, algo presentido…
     Nada más que se me ocurrió decirle:
     ─¿Entonces ya no volveré a ver la estrella?
     Alzó la mirada al cielo con ojos profundos, y unos segundos después respondió:
     ─Jamás.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia